Extracto del libro Notre Dame de la Sagesse (1935). (*) Se añadieron los títulos.

Nacimiento de Jesucristo

El Evangelio comienza con una tragedia de amor de la cual San Mateo nos deja entrever lo esencial:

Así fue el nacimiento de Jesucristo:

“María, su madre, estaba desposada con José y antes de que vivieran juntos se encontró encinta por obra del Espíritu Santo.

José, su marido, que era un hombre justo y no quería denunciarla, decidió dejarla en secreto. Estaba pensando en esto cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no tengas ningún reparo en recibir en tu casa a María, tu mujer, pues el hijo que ha concebido viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrá el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”

Cuando José despertó del sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió en su casa a su esposa.” (Mat. 1:18-24)

Las palabras son contadas. Nos encontramos de un solo golpe en el centro del misterio, como se encontró José. Pero nosotros conocemos lo que sigue, y José lo ignoraba.

Amaba a María. Desde el primer encuentro había sentido que era única y que Dios se la confiaba. ¿Se le pedía ahora que la sacrificara, como tuvo que resolverse Abraham a la inmolación de Isaac?

En su corazón sentía una herida infinita. Pero se trataba de un hecho que ninguna negación ni ternura podía alejar. La inocencia de la esposa iluminaba con desgarradora luz los abismos de su angustia. Debía haber un culpable que debía asumir la responsabilidad de sus actos.

No podía hablarle pues ella había preferido callarse. Toda palabra le parecería ofensiva. El silencio la dejaría libre afirmando la confianza que él le tenía.

Fue la decisión que tomó y se durmió en el sueño abrumado que lentifica la vida del cuerpo sin suspender la agonía del alma.

Se debería poder concentrar en un solo corazón todas las admiraciones, toda la entrega, todo el fervor que suscita de generación en generación la devoción a María en las almas cristianas, para hacerse una idea del amor que debió inspirarle a José su esposo, para adivinar la profundidad del drama que se realiza en ese momento.

Qué plenamente podría apropiarse lo que Dante cantaba de Beatriz:

“Ve perfectamente toda salvación,
quien ve a mi Señora entre las damas.”

Siente más que nadie que ella ennoblece la naturaleza y en sus ojos comulga con la Fuente eterna. Si se atrevió a concluir el matrimonio quizás al favor de las relaciones de familia, era para guardar el tesoro que parece hoy en peligro irremediable.

El pensamiento de no haber podido impedir un acto sacrílego con su matrimonio ratificado por la primera mirada como un intercambio de virginidades, atraviesa como una espada el corazón que no ha sido adormecido por el sueño.

Aceptación de una solución que protege a José

Entretanto María vela, como puede velar el amor de una novia cuando el amado le es arrebatado por circunstancias que imponen la separación consagrando la eternidad de la ternura.

¿Cómo no sentir por él los sentimientos maternales que son uno de los componentes más divinos del amor femenino? ¿Cómo no estar desgarrada de dolor? ¿Cómo no vivir hasta el fondo la agonía que sus labios sellados no pueden apaciguar?

El sí que une su alma a la de José es tanto más irrevocable cuanto que compromete su fidelidad hacia Dios que es el único fundamento de su unión.

En efecto, ella había comprendido que un hombre de esa calidad se asociaría al voto insólito que la dedicaba a Dios, poniéndola al abrigo de las intervenciones de la parentela y de las exigencias de la costumbre.

¿Ahora que Dios había hecho fecunda su maternidad y que no podía quedarse sola sin provocar rumores infamantes, le iba a ser arrebatado?

Ella había consentido con el matrimonio en estado de virginidad, ¿y tendría que renunciar en el estado de maternidad?

No era sin duda el oprobio lo que ella podía temer sino las heridas que la indiscreción hace al silencio y la invasión brutal de la mirada envidiosa en los secretos del alma.

Ella no se preguntaba cuál sería la solución de una situación en que solo la había inducido la obediencia superior. Ella aceptaba todo. Pedía solamente que él fuera protegido.

Auxilio del Ángel de Dios

Entonces intervino el Ángel:

José – lo toca apenas, como se hace con un niño que duerme – hijo de David – heredero de la promesa que se va a realizar en ti – no tengas recelo en recibir a María – cuyo nombre contiene el candor y el gozo de todas las auroras – tu esposa – este título, en efecto, es el que la hizo suya para siempre ante Dios – pues lo que en ella ha nacido – para que resuene en ti primero el júbilo divino de todas las Navidades – es obra del Espíritu Santo – que es la eternidad del Amor en la eternidad del Ser.

Y él la recibió en su casa. (Comentando a Mat. 1:20-24)

Así se realizó este matrimonio único en la plenitud de un amor que había sacrificado el gozo mismo de la presencia amada a la verdad crucificante del don.

Un amor desapropiado tan diferente de la embriaguez del espíritu de posesión

No se puede concebir oposición más radical al espíritu de posesión que transforma en esclavitud tantas pasiones, en que dos seres se embriagan con el dominio absoluto que ejercen el uno sobre el otro, prestándose mutuamente el rostro de lo único necesario. Espejismo maravilloso por el que se promueven sin esfuerzo al rango de dioses, saboreando la adoración que muestra su gloria de ser fin último; egocentrismo deslumbrante que se hace crecer hablando el lenguaje del don y que encuentra en la embriaguez de los sentidos la fuente mágica de un fervor ciego: hasta que se abren los ojos y ya solo haya ante sí los límites decepcionantes de un ser limitado objetivado ahora con la banal crudeza de algo indiferente.

No es raro entonces ver suceder al amor, en el resentimiento de haber sido engañado, un odio implacable que prueba con demasiada claridad que el impulso hacia el otro era solo la proyección magnificada de un yo alimentado con la savia del otro.

Sería sin duda cruelmente injusto desconocer toda la sinceridad, la nobleza y la belleza que puede haber en la complejidad de una pasión profunda en que la dominante egocéntrica no deja menos subsistir fases de altruismo que reflejan la divina pobreza del Amor. No lo sería menos olvidar la fatalidad cósmica con que estalla a menudo la pasión bajo la presión del impulso vital por el que la especie quiere asegurar su supervivencia y la tortura que es para algunos la subida de la savia que los sumerge y desequilibra, sin darles la más mínima claridad sobre su naturaleza, su origen y su fin.

Solo la luz divina puede colmar un ser

¿Existe en verdad signo más probable de decadencia original que el fracaso humano de un instinto que en el fondo es solo el llamado maravilloso de la vida y como el primer grito del niño?

Que pueda dispararse tan a menudo en la inconciencia absoluta del ser que inicia, o peor aún, en la exclusión sistemática de la fecundidad que promete, y que la ebriedad que debía ser la orquestación magnífica del don, el júbilo extático de dos altruismos orientados hacia el rostro nuevo que su ternura invita, que la ebriedad creadora haya podido reducirse al turbio misterio de una comunión opaca en que los cuerpos entran en pánico de ser extraños, en que las almas cesan de conocerse: ¿existe ejemplo más trágico de una vida que se vuelve exterior a sí misma, de una conducta que se desenraiza de la realidad?

Extraña figura del hombre, atormentado sin cesar por la sed de Dios y que llega a divinizar sus entrañas y a absolutizar una contracción nerviosa si no encuentra un día, en el silencio de su alma atenta, el altruismo subsistente del primer amor en que el ser se identifica con el don.

Entonces, en efecto, comprende la impureza esencial de la posesión y la locura de querer encerrar en los límites de su yo un ser que solo puede colmar una luz divina.

“Actúa, dice Kant, de manera que trates siempre la humanidad, en tu persona o en las demás como fin y jamás como medio.” Comprendamos estas palabras como ordenación inmediata de la mente a Dios que le quita toda posibilidad de cumplirse sin perderse en los abismos de la eterna caridad, sin comunicar con el impulso infinito del altruismo divino.

Ser sacramentos el uno para el otro

Cómo pues podrían el hombre y la mujer, llamados uno y otro a esta divina plenitud, darse irrevocablemente el uno al otro sino en Dios y por Dios: siendo sacramentos del Infinito el uno para el otro, y el uno por medio del otro, sacramentos del amor que debe unirlos para siempre más perfectamente a Dios, en una desposesión de sí mismos cada vez más rigurosa.

“Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla purificándola por el agua del bautismo y la palabra, para establecer junto a Sí una Iglesia gloriosa: sin mancha ni arruga ni nada de eso, sino santa e inmaculada.”.

Y:

“que las mujeres estén sometidas a sus maridos como al Señor, porque el hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el Salvador del cuerpo (místico).” (Ef. 5:23-27)

Si el matrimonio ha de alcanzar esa altura, si es en Cristo, el sacramento que representa y en cierto modo realiza el misterio de la Iglesia, ¿nos extrañará que la unión de los esposos cristianos esté en un nivel de plena vida espiritual, bajo la primacía de la caridad divina cuyo inefable altruismo representa en la carne y confirma en el espíritu?

Más aún, ¿no habría que esperar ver el matrimonio, fiel al movimiento de la gracia, tender hacia la virginidad del corazón que florece en la carne devenida como interior al espíritu?

De hecho, vemos esposos que limitan estrictamente sus relaciones a las exigencias de la vida, orientados hacia el hijo en una voluntad de puro don, con el solo deseo de ofrecer a Dios un nuevo templo para habitación de su Espíritu.

Cómo no esperar que un recurso cada vez más universal de la vida mística orientará más y más el sentimiento cristiano hacia el ideal eminentemente representado por el matrimonio de María y José, en que la luz de la sabiduría que concilia los extremos imprimiendo a todos los aspectos del ser el teocentrismo de la caridad, el amor conyugal mismo se vuelve el guardián de la virginidad, suscitando una ternura que es toda de Dios, en Dios y para Dios.

Orientados hacia el rostro del hijo

Para nosotros, es ya una admirable claridad comprender que la división de sexos consagra el hombre y la mujer al hijo sellando en su carne los elementos primeros de su vida corporal, prefigurando así en sus cuerpos el altruismo claro que se afirma en la paternidad y la maternidad normales: y es un refugio maravilloso cuando el impulso vital arriesga oscurecer la razón, purificar su impulso en la luz del ser al que está naturalmente ordenada. La inquietud se calma cuando el misterio cuya ignorancia perturbaba la mirada interior toma el rostro de un hijo.

Él está pues en el fondo de todo eso, con la eminente dignidad de su alma, con su capacidad de Dios que es en él como en quienes lo engendran, como exigencia de santidad.

Por poco que cobre fuerza esta imagen, la carne pacificada se recoge y se interioriza, y hecha sensible a la luz del alma, siente un gozo muy puro de haber sido asociada en cierto modo a la fecundidad en acto del espíritu cuya rectitud propaga la vida divina en la comunión de los santos.

José, consagrado a la virginidad de María

Ahora bien, si esta alusión al hijo que podría nacer, con el pensamiento del santuario que su alma ofrecería a la divinidad, tiene tanto poder sobre nosotros, ¿qué sentimiento podía inspirar a María y José la presencia real del hijo-Dios?

Reuniendo en su corazón toda la esperanza de Israel, María había querido permanecer virgen para que todo su ser fuera puro impulso de amor hacia Dios.

Si había aceptado la ternura de José es porque había descubierto o hecho nacer en él el mismo designio. Dios sería el único intercambio de un matrimonio que consistiría todo “en la unión indivisible de las almas.”

Al devenir María milagrosamente la Madre del Salvador, este compromiso recibió la más inefable consagración. Su maternidad era la realización suprema de su virginidad, la flor divina del don, el coronamiento del amor que la desapropiaba totalmente desde el comienzo, el lirio de la pobreza.

Acogiendo a María en su casa, completando la solemnidad que hace definitivo su matrimonio, José participa en la maternidad de su esposa en la medida misma en que estaba consagrado a su virginidad. Es decir que le está totalmente consagrado y que ella realiza su propia fecundidad, como agota la de María: en el fruto maravilloso que es la obra del Espíritu Santo.

¿No dirá ella un día, con la más conmovedora ternura y la más exquisita humildad: “Tu padre y yo te estábamos buscando.”? (Lc. 2:48)

Jesús es pues de verdad fruto de su matrimonio, su virginidad es fecunda, su carne descansa en una exultación tranquila, en la sobre eminente realización del impulso que lleva la vida; y como el lazo que los une es la Persona divina de su Hijo, su matrimonio es santo lo mismo que eterno, pues reviste en grado único todos los bienes de una unión perfecta: fecundidad, fidelidad, indisolubilidad; fides, proles, sacramentum.

La paternidad de José

Además, no olvidemos que María goza de incontestable primacía por todos esos títulos: la virginidad de José es un reflejo de la suya, su paternidad resulta de su maternidad, y, uniéndola por siempre a María, la presencia de Jesús lo confirma en la gracia y lo establece en la santidad eminente que brilla sobre toda la Iglesia.

La primacía de María no invierte el orden natural que hace de José el jefe de la Sagrada Familia. Como Jesús les obedece al uno y la otra, María está tiernamente sometida a José, con la humildad magnánima que hace de la obediencia la atención del Amor, el cual sigue siendo la plenitud de la Verdad y la Vida para expresarse en el hombre.

Por eso, como todos los misterios en que está implicada María, su matrimonio está todo en el fíat que regula todos los movimientos de su alma según las exigencias del don de sabiduría cumplidas siempre en ella, por el cual ella está toda en relación con la eterna Sabiduría que es el Hijo único del Padre y de ella: como el canto divino de su pobreza en la transparencia infinita de un amor sin repliegue.

“De mi corazón ha surgido el Verbo de Amor.” (Ps. 44:2)

María, enseñanza de sabiduría a los esposos cristianos

Los esposos cristianos, cuyo amor debe a veces atravesar períodos de oscuridad dolorosa que en cierto modo responden a las noches de la unión mística, para conservar en toda su integridad los bienes del matrimonio: el hijo, la fidelidad, la indisolubilidad, no deben olvidar que el matrimonio de la Virgen fue inaugurado bajo el signo del dolor.

Esposa y madre con plenitud inefable, ella les enseñará a buscar en un teocentrismo de todas sus intenciones y afectos cada vez más perfecto la solución redentora de los problemas que los atormentan y les enseñará la sabiduría que es el fruto de un amor totalmente desapropiado y totalmente pobre, como el que hace de ella al mismo tiempo:

la Sede de la Sabiduría
y la Madre del Amor Hermoso.

TRCUS (*) Libro “Notre Dame de la Sagesse” (Nuestra Señora de la Sabiduría),  

 Nueva edición en rústica, Eds. Du Cerf, rúbrica espiritualidad, col. “Tesoros del Cristianismo”.

 mayo de 2009.

 124 pp.

 ISBN 978-2-204-08964-7

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