Conferencia de M. Zúndel en Ghazir, Líbano, en 1959, a las Franciscanas misioneras. Publicado en Silence Parole de vie. (*) (Silencio, Palabra de Vida). Se añadieron los títulos.

Introducción

El momento en que uno se encuentra y en que se encuentra a Dios es uno y el mismo.

Esta mañana tomamos conciencia de la distancia entre nosotros y nosotros mismos. Esa distancia infinita es tan grande entre nosotros y nosotros mismos como entre nosotros y Dios. El texto de san Juan sobre el segundo nacimiento nos dio toda la dimensión de esa distancia, pues nuestro Señor habla de un nuevo nacimiento. Es necesario nacer de nuevo y justamente lo que impide a la inmensa mayoría el encuentro con el verdadero Dios es que todavía no han nacido, y, no habiendo llegado a sí mismos, no podrían llegar a Dios.

Veremos, en efecto cada vez mejor que el momento en que uno se encuentra a sí mismo, como Wilde lo experimentó en su prisión, el momento en que uno se encuentra a sí mismo y el momento en que encuentra a Dios es un solo y mismo momento.

Dios es el camino hacia nosotros mismos y es imposible llegar a nuestra intimidad sin enraizarnos en Él. Por eso podíamos concluir anoche que el reino del hombre y el reino de Dios coincidían, precisamente porque somos de verdad nosotros mismos solo en la relación viva que nos arroja en Dios.

Queremos ahora profundizar esa distancia, darnos cuenta más exacta de ella, con la ayuda del psicoanálisis y de todo lo que puede enseñarnos la psicología contemporánea sobre el fondo misterioso que llamamos el inconsciente.

Los descubrimientos del psicoanálisis sobre el inconsciente

El diario de una esquizofrénica

Ustedes recuerdan que ya Pascal había dicho: “El corazón tiene razones que desconoce la razón.” Esta frase tan corta y tan hermosa nos permite pensar que, con su genio, Pascal tenía ya una intuición de lo que el psicoanálisis debía descubrir con mayor precisión. Y para no quedarnos en lo vago, vamos a servirnos de nuevo de uno o varios ejemplos, comenzando por uno que debemos meditar por ser el más convincente, ya que fue publicado y es conocido de todos los psicoanalistas y que yo mismo conocí al protagonista o mejor a la heroína de la historia.

La heroína era una niña de cinco años que tuvo problemas de orientación, es decir que se quedaba en medio de una calle sin poder avanzar ni retroceder pues el mundo se deshacía a su derredor y ella no lograba captar las relaciones que había entre las cosas y estaba por consiguiente literalmente desorientada. Ella guardó para sí el secreto de las perturbaciones que la asustaban y que se agravaron al llegar a la pubertad. Entoces sintió verdadero pánico y pedía a sus compañeras de colegio que la acompañaran para regresar a su casa, pero sin decirles por qué.

Mientras tanto había conocido a una psicoanalista mundialmente conocida por sus trabajos, la cual se había interesado por su caso. No teniendo hijos, la terapeuta se había interesado por la joven y la rodeaba de cuidados maternales muy puros y generosos, sin emprender con ella un verdadero tratamiento.

Como las condiciones familiares eran demasiado difíciles, la joven tuvo que suspender sus estudios secundarios, en los que iba muy bien y comenzar a trabajar.

La situación se agravó mucho pues además de la desorientación sentía un imperioso impulso a hacerse daño, bajo la forma particular de impulso a quemarse. Ella buscaba pues todas las ocasiones de meter la mano al fuego o en placas rojas para quemarse si lograba. Y un día la sorprendió su jefe de servicio cuando iba a poner su mano sobre una placa calentada al rojo, sin ella darse cuenta, y el jefe dio a conocer el caso al Departamento de Higiene Pública.

Una noche los enfermeros vinieron a arrestarla, es decir a internarla, y afortunadamente ella no estaba en casa. Esa noche estaba precisamente donde la psicoanalista de que hablé. Puesta al corriente de la tentativa de internamiento, la psicoanalista comprendió que debía prevenir eso, y ella misma la hospitalizó en una clínica abierta, informando al personal sobre sus tendencias para que la vigilaran.

De hecho, como había que vigilarla 24 horas al día, hubo que renunciar a la clínica abierta y ponerla en un hospital psiquiátrico, donde a causa de una promiscuidad infernal, se fracasó rotundamente. La pusieron entonces en una clínica cerrada de mejor nivel, y ahí se declaró la esquizofrenia de manera evidente.

La joven estaba encerrada en sí misma, perdía todo contacto afectivo con los demás y su agresividad contra sí misma se volvió más violenta que nunca. Rehusaba totalmente alimentarse, hubo que alimentarla artificialmente, y buscaba todas las ocasiones de arrojarse por la ventana o de atentar contra su vida.

Sin embardo, había una excepción singular en su régimen: comía manzanas, a condición de poderlas coger del árbol. Le podían presentar kilos de manzanas y no las tocaba, pero podía comerse espontáneamente las manzanas que ella misma cogía del árbol, lo cual provocaba historias extrañas con las campesinas que no tenían idea de tratar con una enferma.

Un día hizo una fuga en la montaña donde la encontró una campesina que comprendió su infortunio y logró llevarla a su clínica. Pero unos días después le cambiaron su enfermera sin prevenirla y ella reaccionó con una inmensa ira e hizo otra fuga. Llegó completamente deshecha donde la psicoanalista la cual le ofreció manzanas que ella no quiso tocar.

Pero como había tocado al fondo de su problema, hizo un gesto revelador y mostró con la mano el seno de la psicoanalista en respuesta a las manzanas que le ofrecía. Entonces la psicoanalista comprendió en una intuición que las manzanas significaban el seno y de ahí concluyó que el origen de la enfermedad era un destete, es decir, un acontecimiento de la primera infancia, impreso en el inconsciente como una herida.

Segura de sí misma, tomó a la joven sobre sus rodillas, cortó l manzana en pedacitos y se la dio a la joven diciendo: “Este es el seno que mamá le da a la pequeña Renata.” Y esta fórmula simbólica que respondía precisamente al fondo del inconsciente infantil, provocó una verdadera resurrección. La joven se liberó, y desde esa noche la joven quedó totalmente normal.

Maravillada, la psicoanalista creyó ganada la partida y al día siguiente quiso tratarla como a alguien normal, la sentó a la mesa y le dijo con cierta severidad que comiera con lo cual provocó un choque que precipitó a la joven en un estado peor que antes.

Pero había encontrado el método y la psicoanalista puso a la joven simbólicamente en el seno materno, en una pieza con luz verde tamizada y volvió a comenzar a amamantarla simbólicamente con manzanas, con la misma fórmula, liquidando todos los complejos de celos que habían opuesto la joven a sus hermanos y hermanas, con pequeños personajes de papel, hasta que al fin quedó ganada la partida.

La joven se curó, a tal punto que ella misma escribió su diario, Diario de una esquizofrénica, y ejerce actualmente como psicoanalista.

Origen del traumatismo

¿Cuál era el origen de ese traumatismo, de la herid que debía tener consecuencias tan terribles, pues la enfermedad duraría más de veinte años? Se trataba, en efecto de un destete que se había realizado radial y brutalmente, noten la precocidad, a los tres meses, por un diagnóstico errado de un médico que creyó que la niña sufría de gastritis y había ordenado la supresión de la leche materna para remplazarla por agua con unas gotas de leche.

La niñita se desmejoraba cada vez más y una de las abuelas, la abuela materna, venía a visitar la familia y adivinó de inmediato con su intuición que la niña se moría de hambre. Y así era. La abuela se la llevó a su casa y restauró su salud, pero desgraciadamente tuvo que devolverla, yo no sé por qué, tuvo que devolverla al cabo de siete u ocho meses, es decir a la edad de once meses la devolvió a la mamá.

El padre de la niña, eran cinco hijo y la niña debía ser la mayor, yo anticipo ya que ella tiene once meses solamente, el padre era un personaje burdo, absurdo sin ningún sentido de responsabilidad paterna ni de la dignidad de la niña y estallaba de risa cuando la pequeñita pedía que comer y él simulaba devorar a la mamá delante ella para hacerla llorar, y cuando la niña llegó a los cinco o seis años, abandonó completamente a la familia, dejándola en completa miseria. Él tenía buena fortuna y tenía como mantener la familia, pero la abandonó totalmente de modo que la mamá tuvo que criar sus cinco hijos a fuerza de brazos.

Pero aunque la madre fue muy valiente y digna, le faltó por completo la psicología y le pedía continuamente a la mayorcita, la heroína de la historia, que dejara sus juguetes y los dulces que tenía a sus hermanitos menores: “Tú eres la mayor, tienes que sacrificarte, tienes que pensar en los demás.” Y además le decía: “No me escondas nada, no trates de esconderme nada porque yo leo en tus pensamientos.” Entonces la pequeñita, celosa de su intimidad como es natural, luchaba por pensar cosas que no pensaba para que no supieran en qué pensaba. ¡Pues hay de qué desquiciar una pequeñita condenada a semejante gimnasia!

Como ven, y esto es lo importante de esta historia, un acontecimiento producido a los tres meses iba a marcar todo el desarrollo de la vida.

Determinismo del inconsciente

Y así es para todos los hombres: nadie escapa al determinismo del inconsciente. El inconsciente es la primera fuente de todas nuestras energías y, contrariamente a lo que se piensa, el niño ve todo, oye todo, y se acuerda de todo. Más aún: no solo ve, oye y recuera todo sino que recuerda todo naturalmente sin discernimiento, como viene, sin comprensión. En el fondo, tiene una película ilimitada e infinita que se desarrolla continuamente, porque no tiene que ocuparse de las exigencias más rigurosas de la existencia material. Esta película que nos habita es la que se desarrolla continuamente cuando no estamos en estado de vigilia.

La película se forma desde el primer día y aún antes, ya en la vida intrauterina: de todas las impresiones que el embrión puede recibir a través de la madre. Y la película continúa cuando el niño nace durante los dos primeros años de vida, de manera tan impresionante que el niño jamás podrá separarse de ella.

Porque los dos primeros años cuentan por veinte del total de la vida. El tiempo de los niños es infinitamente más rico que el nuestro, es mucho más creador, en él suceden infinitamente más cosas. Y los dos primeros años en que el niño graba más o menos pasivamente sobre todo el primer año, los seis primeros meses, graba pasivamente una multitud innumerable de impresiones, esos dos primeros años marcan toda la vida.

No recordamos sin duda, somos incapaces de localizar los primeros acontecimientos. La niña, o la joven, esta enferma jamás habría podido imaginar que en su conciencia de adulta sufría de un destete realizado a los tres meses.

Y solo a la luz de este símbolo en que el seno materno estaba simbolizado por la manzana pudo establecerse el contacto. Evidentemente, ningún lenguaje adulto puede penetrar en esas profundidades, pues esas impresiones se acumulan en el inconsciente y lo constituyen en un momento en que el lenguaje no existe todavía en el niño.

Además, nadie puede recordar esos acontecimientos tan primitivos, por cuanto que son recuerdos que podemos clasificar diciendo que eran de tal época, que tenían tal forma o figura, pedo cada uno de nosotros los experimenta como impulsos.

Justamente, el inconsciente no es ante todo un archivo de imágenes sino de impulsos. El inconsciente nos influencia bajo forma de tendencias, bajo forma pasional, bajo forma de movimientos afectivos.

Nadie escapa al inconsciente, nadie escapa a su pequeña infancia, al deseo de valer

Es universal: nadie escapa al inconsciente, nadie escapa a su pequeña infancia y casi todas las actitudes de los adultos, todas sus decisiones son gobernadas por los impulsos de un psiquismo infantil.

Marcados por el inconsciente

Y todos estamos más o menos marcados por el inconsciente, pero si quieren buscar el origen de una enfermedad mental, de los escrúpulos, de casi todos los desórdenes afectivos, el origen de casi todos los crímenes, ahí es donde hay que buscarlos: en ese dinamismo pasional, en esa masa increíble de impulsos cuyo origen ignoramos y que no podemos no sufrir. Aunque una cantidad innumerable de actitudes de los adultos son simple proyección y realización de tendencias infantiles de las que son totalmente inconscientes.

Yo apuesto fuerte que Hitler, que casi puso el mundo al revés, y que sigue perturbándolo pues su sistema se propaga por doquiera bajo forma de torturas impuestas a seres desarmados, apuesto que Hitler es alguien cuya infancia fue humillada y que tomó una venganza terrible y sin saberlo, con todos los dones que tuvo, pero con un instinto primitivo que lo llenaba, quiso que su venganza fuera fulgurante.

Y aprovechó de que Alemania entera tenía el mismo sentimiento, el mismo deseo de venganza después de la guerra del 14 en que había sido derrotada, para integrar de cierto modo su propia pasión en la de su pueblo y llevarlo a la aventura que iba a ser para el mundo entero una catástrofe irremediable.

Necesidad de primacía en el niño

Hay una leyenda de que los niños son inocentes. Es absurda. El niño no es inocente ni culpable. Hasta cierto grado, el niño es espontáneo, es decir que sabe menos camuflar que el adulto, eso es todo. Es claro que el niño trae al mundo todos los apetitos de posesión, todos los deseos de monopolizar, todo el deseo de valer, de hacerse valer, de ser admirado, de ser amado, de ser el primero. Es tan clásico que no les digno nada nuevo al indicar que esta niña que es la mayor, que tiene dos años y medio y se llama Nadina, que es adorada por su abuela, que es la mayor maravilla del mundo para sus padres, que está siempre en primer plano y lo sabe, que se vuelve maravillosa comediante porque no quiere perder ocasión de hacerse valer, cundo llega la catástrofe del nacimiento de un hermanito.

Para ella es una catástrofe ya que tendrá que compartir, compartir la admiración, el afecto, la actividad. ¡Es imposible! Además, la abuela que se interesa por ella sigue mimándola. Pero un día la abuela se olvida y yendo en coche como cada día con la niñita da sus caricias al bebé y recibe un violento mordisco de la niña que le recuerda su existencia.

Eso es tan clásico que hay libros llenos de ejemplos como la niña que oye exaltar los bellos ojitos de su hermanita y le echa vitriolo para destruirlos y que no se hable más de ellos.

Para tomar un ejemplo menos sensacional, otra mayorcita, Clara Lisa, que es muy precoz, que es la admiración de todo el vecindario y a la cual le sucede esa misma desgracia, el nacimiento de una hermanita. Y la mamá, que tiene un poco de psicología, quiere familiarizarla con la recién nacida la hace venir a la maternidad para regresar a casa juntas. Pero la mamá no va hasta el final de su intuición y pone a la mayorcita al lado del chofer y pone a la bebé a su lado y la niña siente el muro. Su madre ya es toda para la hermanita y ella está separada de ella, al lado del chofer. Entonces, llegados a casa, la niña se precipita con todo su impulso cuando abren la puerta, para caer, herirse y sangrar para que se ocupen de ella.

El inconsciente es el que maneja el mundo

El inconsciente es el que dirige el mundo. El consciente escribe la Historia pero es el inconsciente el que la hace.

Observo que todo eso va a ser reprimido por la educación, todo eso se va a camuflar, se van a aprender fórmulas de humildad, fórmulas de generosidad, pero que no remedian nada: en el fondo del corazón llevaremos la rivalidad, los celos, la necesidad de primacía que hará de tal señor un presidente del consejo, de otro un cardenal o un obispo, pero cada uno buscará su desquite sin darse cuenta de ello. Hay quienes entran a la Academia con el vestido verde y sombrero con pluma, simplemente como desquite de una infancia humillada que ya ni recuerdan.

Es el inconsciente el que dirige el mundo y como yo decía, el consciente escribe la Historia per es el inconsciente el que la hace.

Baudelaire, el gran poeta que ustedes conocen bien, vivió toda su vida bajo el sentimiento del segundo matrimonio de su madre. Adoraba a su madre, su padre era considerablemente de más edad que ella y murió cuando él era todavía muy pequeño.

Toda su pasión fue para su madre a la que adoraba; ella era su única ternura y el se creía su único amor. Cuando ella se casó con un general, Baudelaire sufrió tanto que quedó excepcionalmente marcado durante toda su vida. Toda su historia está dominada por este segundo matrimonio que nunca perdonó a su mamá.

Y si se entregó a desórdenes excesivos y murió demente a los 49 años después de todo género de excesos, no es porque amara el mal, aunque escribió Las flores del mal, sino porque deseaba echar en cara a su madre el oprobio de su vida. Quería hacerle sentir que era culpa de ella: “Eso soy yo, por culpa tuya. Porque no me amaste, porque preferiste tu felicidad a la mía yo estoy en esta situación. Si te quieres quejar de mi conducta, échate la culpa a ti misma.”

El poder de la afectividad

Estamos desde luego muy lejos de la pequeña infancia, ya que Baudelaire era un niño perfectamente capaz de hablar y de razonar cuando su madre se casó, pero eso ilustra y va en la prolongación del poder increíble de la afectividad que acabamos de indicar y de profundizar como ilustración de primera talla, pues se trata de un hombre de genio que fue totalmente incapaz de darse cuenta de que lo dominaba ese complejo y se dejó llevar por sus tendencias mucho más para castigar a su madre que por satisfacer a sus propios deseos.

Insisto en ello porque la inmensa mayoría de los educadores no son conscientes de esa situación y provocan catástrofes porque enredan más los complejos que se han formado reprimiéndolos, desconociéndolos o eventualmente castigándolos.

Y lo que es mucho más grave, los directores espirituales no tienen conocimiento alguno de ello y construyen un quinto piso sobre el suelo olvidando que hay todo eso por debajo. Damos consejos de virtud, imponemos obligaciones, damos direcciones, imaginamos pruebas místicas increíbles sin darnos cuenta que simplemente tratamos con un inconsciente que se quedó infantil y es incapaz de no disparar los impulsos que sufre la persona.

El deseo de valer

Conocí a una fundadora de monasterio, una fundadora de mucha clase, es decir, de dones excepcionales, extraordinarios, de cultura fantástica, una dama de régimen muy antiguo además, muy aristocrática, muy rígida, muy austera, que hablaba de los doce grados de humildad como un libro y que había reunido un inmenso monasterio del que ella era la legislación viva y al que edificaba con su grandeza, su inteligencia y sus consejos tomados de los Padres griegos y latinos que leía en sus lenguas originales y daba en verdad la impresión de ser un Himalaya de la vida espiritual.

Pues bien. A esta priora le sucedió el peor infortunio y fue que un día no la reeligieron como priora. Eso significaba que su comunidad, esa comunidad que ella había fundado, que había sido toda formada por ella, que la mayoría de su comunidad no la apoyaba. Eso fue una catástrofe: ella jamás pudo aceptar la dimisión y cuando la nueva priora daba sus instrucciones, la escuchaban murmurar en un rincón agitando su bastón, porque estaba en un estado de protesta en que iba a perseverar hasta la muerte.

Este caso que escandalizó a ciertas religiosas que le tenían la más alta admiración, este caso es claro para mí: esa mujer no había nacido todavía. Tenía ciertamente dones excepcionales, pero no había nacido todavía.

Era la niña prodigio que había triunfado en todo, que había ocupado siempre el primer puesto y jamás había tenido fracasos, que tenía naturalmente gustos elevados y naturalmente no podía tener bajas tentaciones por su clase y su inteligencia, pero que no se daba cuenta de que la dominaba el deseo de valer, como su pudo ver cuando la destituyeron lo cual era el primer fracaso de su vida.

Este primer fracaso que llegó tarde, revela que ella no había nacido. Había revestido toda la vida religiosa del exterior y además con sinceridad. No hay que pensar que se equivocó consciente y voluntariamente, simplemente había seguido la vida religiosa porque correspondía a sus gustos. Como había tenido la primacía, le era fácil imponer penitencias que correspondían igualmente a sus gustos, pues finalmente por doquiera y en todo era ella. Fue necesario ese acontecimiento para revelar lo que era ella: una niña que todavía no había pasado por el segundo nacimiento.

Identificada con la autoridad

Conocí a otra priora de un convento muy grande, la cual estaba sometida a una reelección trienal y que logró mantenerse cuarenta años y más en el mando con astucias políticas, impidiendo que se encontraran las religiosas que le eran contrarias (era un convento claustrado). Entonces, como jamás podían reunirse antes de las elecciones, siempre resultaba ella electa.

Y yo asistí además a su no reelección finalmente voluntaria, es decir que la habían persuadido – yo creo que ella no había entendido – la habían persuadido de rehusar una nueva elección. En efecto, había declarado que no aceptaría una nueva elección.

Lo que no le impidió en el momento de transmitir sus poderes a la nueva priora, le daba órdenes exactamente como si ella fuera su priora, pues 40 años de mando la habían identificado con la autoridad y no podía imaginar que eso pudiera cambiar un día.

El interés por la ortodoxia a través de una pasión amorosa

Eso va muy lejos: una joven muy rígida en sus principios católicos, formada en la escuela de santo Tomás de Aquino, de repente me habló un día de la ortodoxia como de algo muy interesante; hay en la ortodoxia mucha más flexibilidad, menos rigidez, mucha más poesía. Yo que soy muy amigo de los ortodoxos, eso no me molesta desde luego. Pero cuando supe que ella comenzaba a amar a un ingeniero ortodoxo, entendí mejor: no era tanto la ortodoxia sino el ingeniero ortodoxo lo que motivaba el cambio de sus posiciones rígidas. Ella no se daba cuenta de que estaba simplemente obedeciendo a un ser humano, lo cual es además perfectamente legítimo, y que justamente el inconsciente había ido mucho más rápido que su inteligencia.

Un cargo confiado que permite sentirse grande a sus propios ojos

Otro caso era el de una religiosa que hacía maravillas en un empleo que la ponía en contacto con el mundo, le daba una iniciativa casi absoluta, y le permitía vivir un poco en margen de la comunidad con las gentes de que se ocupaba, cuando le quitaron el cargo se desinfló por completo, perdió su salud y ya no servía de nada pues justamente, le parecía que ya no sabía, que el cargo que la engrandecía a sus propios ojos y que era su verdadera razón de vivir desde el punto de vista psíquico le había sido retirado y sus acumuladores se descargaron y ya no pudo sino arrastrar su carcasa de enferma.

Una humildad de fachada

Eso va muy lejos. Y si quieren, aquí va otra historieta que contaba el Cardenal Verdier, conmovedora y chistosa al mismo tiempo, pero que va en la misma dirección.

Cuenta el Cardenal Verdier que un sacerdote que tenía mitritis, es decir que le picaba el episcopado, que toda la vida no había pensado sino en eso, que se veía siempre de morado y había hecho todo lo posible por lograrlo, recibió por fin la bula que le anunciaba el nombramiento de obispo. Ya no se aguanta la satisfacción, pero no es muy bien visto mostrar la satisfacción en esas circunstancias.

Va a llorar donde el cardenal, el cual, desde luego, no le cree. “Soy muy indigno. No podré lograrlo.” El cardenal que era un campesino muy dotado y al que no engañaban, le dijo: “Amigo mío, no tome las cosas tan a lo trágico. Puede muy bien no aceptar.” Y, concluyó el cardenal, él prefirió seguir llorando. Es un chiste si quieren, pero va en el mismo sentido: el consciente escribe la Historia, pero es el inconsciente el que la hace.

Nuestras decisiones bajo el poder de un psiquismo infantil

Eso es universal, universal: nadie escapa a su inconsciente, nadie escapa a su pequeña infancia y casi todas las actitudes de los adultos, todas sus decisiones son regidas por los impulsos de un psiquismo infantil. Si tenemos cierta costumbre nos damos fácilmente cuenta y, desde luego, no son cosas que se dicen, ser[G2]ía catastrófico decirlas. Todo lo que podemos hacer es tenerlo en cuenta para no herir y mantener una atmósfera que ayude a la gente a liberarse.

El segundo nacimiento es la condición sine qua non, la condición absoluta de nuestra liberación.

Porque es posible liberarse, y nuestro Señor mismo le da a esta liberación su verdadero nombre: es el segundo nacimiento, y ustedes entienden mejor a través del itinerario que acabamos de recorrer, que el nuevo nacimiento no es una palabra.

El nuevo nacimiento es la condición sine qua non, la condición absoluta de nuestra liberación. Pues solo Dios puede llegar hasta ese fondo. Es un error inmenso creer que la razón puede controlar eso, la razón no tiene control, ningún control. Todos los consejos que uno pueda dar son ineficaces pues solo pueden lograr un resultado: uno va a reprimir, seguir reprimiendo la tendencia que se disfrazará inmediatamente para manifestarse en otra ocasión. La encontraremos siempre como un nivel subterráneo, como lava que surge de manera volcánica cuando la compresión se vuelva intolerable.

El fondo del inconsciente

Y ¿qué hay en el fondo del inconsciente? Un psicoanalista lo vio bien, y creo que es él quien mejor lo vio. Freud había hablado de sexo; otro, creo que Adler, había hablado de voluntad de poder; y este psicoanalista que se llama Hesnard vio bien que el fondo, el deseo más fundamental del hombre es el deseo de valer, el deseo de contar para alguien, la imposibilidad de vivir sin contar para alguien, ya que, después de todo el hombre se puede suicidar. Si sigue viviendo es porque tiene una razón de vivir y este motivo debe sacarlo de una tendencia fundamental en él, y esa tendencia primera es, creo yo, en efecto, la necesidad de valer, de contar para alguien.

Todas las rivalidades infantiles, todos esos celos, esos resentimientos, esas necesidades de desquite que ahogadas por una educación torpe, se sedimentan en ese fondo que uno olvida en la zona consciente pero que permanece debajo, trabajando como una corriente de lava que busca salida para estallar.

Entonces, todos los consejos, todos los libros, todas las facultades teológicas, todas las morales, todas las órdenes y las sanciones fracasan poniendo orden en el psiquismo pues, justamente, para poner orden habría que conocerlo, habría que tener conciencia de ello.

Pero, por definición, no la tenemos y hemos visto que solo el símbolo, el lenguaje simbólico de la manzana pudo entrar en correspondencia con ese acontecimiento completamente olvidado y que solo pudo ser verificado por la madre que podía recordarlo.

El nuevo nacimiento

Hay algo que puede tocar al inconsciente y es el amor, la influencia de una persona, su bondad, el silencio, la música, justamente toda la atmósfera que constituye una respiración y que va hasta las raíces y puede orientarlas hacia el sol. Dios puede influenciar el inconsciente…: él está dentro, no afuera. Y entonces interviene de adentro.

Pero hay algo que puede tocar al inconsciente y es el amor, la influencia de una persona, la bondad, el silencio, la música, justamente toda la atmósfera que constituye una respiración y que va hasta las raíces y que puede orientarlas hacia el sol. Dios puede influenciar el inconsciente pues justamente Dios es una persona, Dios es un ser vivo, una Presencia, Dios es una luz, un amor y Dios es interior: Dios está dentro, no afuera. Entonces interviene de adentro. Puede entonces amansar todos esos poderes, puede iluminarlos, enderezarlos, ordenarlos y hacer de ellos el teclado de las virtudes. Si no, ahí están; ahí están… y si los contrariamos podemos provocar catástrofes.

Una sola cosa es necesaria: mirarlo, escucharlo, volver a Él y perderse en Él

La vida en falso

Es pues totalmente vano querer ignorar esta realidad. La vida religiosa es tan a menudo en falso, como la vida además, la vida en general, la vida del sabio que es ambicioso y prefiere los honores a la verdad, o la del hombre de Iglesia que desea alcanzar dignidades eclesiásticas o la priora que se mantiene en el poder, o la religiosa que se ufana de su ciencia, o la madre de familia con apego animal a sus hijos y que quiere poseerlos para sí misma encontrando siempre un pretexto para impedir que se case su hijo, en realidad para mantenerlo junto a ella.

Sea cual fuere la forma que tome el inconsciente, ahí está, hay que postularlo, suponerlo de antemano y ser muy prudentes en nuestras relaciones con los demás, sobre todo con los niños que estamos educando.

Podemos provocar verdaderas tragedias en los niños cuando queremos simplemente hacer entrar la fiebre que les puede afectar por medio de sanciones, de exigencias, de una insistencia indiscreta que quisiera imponer de afuera una armonía que solo puede establecerse de adentro.

Como también nosotros podemos poner al revés nuestra alma con la conducta de nuestros propios negocios si no tenemos en cuenta estos elementos.

La sanación desde las raíces

Porque el inconsciente no se puede combatir directamente: repito, solo hay una manera de corregirlo y es haciendo penetrar en él la luz de Dios. Ahora bien, Dios ya está en nosotros como un sol, un sol oculto pero presente y, si logramos ser permeable y transparente a ese sol, la sanación se realizará justamente en las raíces.

Se impone siempre un tratamiento de raíces, pues si no se toca la raíz las fuerzas ignoradas y subterráneas que se multiplican como las raíces de los árboles seculares que pueden ir lejos, muy lejos del tronco, esas raíces ignoradas seguirán manteniendo en nosotros un desorden subterráneo y tarde o temprano acabamos siendo presa del inconsciente infantil.

Permanecer de pie en la verdad

Cuando ya no estamos en Dios, en el verdadero Dios, cuando ya no estamos perdidos en Dios, cuando no estamos liberados de nosotros mismos, es imposible no traficar con el inconsciente. Es imposible.

Tomamos así mejor conciencia de la distancia entre nosotros y nosotros mismos, de todo el camino por recorrer para llegar a nuestra verdadera intimidad, de la imposibilidad de existir y de permanecer de pie en la verdad si no estamos ahora mismo en unión con Dios. Cuando salimos de Dios, cuando no estamos en Dios, en el verdadero Dios, cuando no estamos perdidos en Dios, mientras no estemos liberados de nosotros mismos, es imposible no traficar con el inconsciente. Es imposible.

El formulario de la humildad

Y si gravitamos alrededor del inconsciente, si somos adultos, es imposible no camuflarnos. Por eso existe todo un formulario de humildad.

Existe todo un formulario de religiosos que me da náuseas, en que uno busca a contarse cuentos, a hacer creer que nos gusta el último lugar, que gozamos de ser humildes, etc. etc… cuentos en que yo no creo.

Es evidente que la autenticidad de la vida es silenciosa. La verdad no se puede fingir, no se puede. No se puede fingir la humildad y cuando escucho fórmulas de humildad, no tengo confianza: es casi seguro, es un índice seguro de que no hay verdadera humildad y si encontramos tanta gente camuflada sobre todo entre gente devota, entre gente muy bien, ¡Dios mío!... – los pobres diablos se muestran generalmente como son – es justamente porque no hemos nacido todavía.

El hombre no ha nacido

El hombre no ha nacido, y no hay que criticar por eso: es que nadie lo ha hecho nacer. Pero justamente, en la medida en que no ha nacido hay que ser prudentes porque si se hiere ese dinamismo infantil, herimos las tendencias a la primacía, al desquite, a la vanidad, podemos provocar algo peor que todo eso.

Cuando estamos con la gente hay que seguirles el juego pues mientras no sean capaces de corregirse, es decir, mientras no sean tocados por el fondo, por un encuentro propiamente divino, están bien obligados a soportarse como son. Entonces no hay que quitarles las ilusiones, no hay que desinflar el balón. Hay que sacar partido de lo que es, sacar partido de su vanidad, sacar partido de sus ambiciones, de su ciencia, pues solo poco a poco, si la gracia triunfa en ellos, llegarán a una vida auténtica donde su centro de gravedad será justamente Dios.

Lo único necesario es adherir a Dios

En verdad, solo una cosa es necesaria, adherir a Dios, perderse en él. No luchemos contra la vanidad, contra la gula o la sensualidad. Hagamos algo mucho mejor: pasemos por encima de todo eso, cualquiera que sea la tentación, no discutamos con ella: es tiempo perdido pues rechazar una tendencia es seguir tornando en torno de sí mismo.

Por eso nuestro Señor nos orienta hacia lo único necesario. En verdad lo único necesario es adherir a Dios, perderse en él y hay que renunciar a todo lo demás. No luchemos contra la vanidad, la ambición, la gula o la sensualidad. Hagamos algo mucho mejor, pasemos por encima de todo eso y sea cual fuere la tentación, no discutamos con ella, es tiempo perdido pues rechazar una tendencia es seguir tornando en torno de sí mismo.

Hay que pasar sobre sí mismo y volvernos a Dios. Ese debe ser el primer esfuerzo y el esencial de la vida espiritual: mirar a Dios escucharlo, encontrarlo, porque es seguro que si el primer movimiento en la tentación, sea cual fuere, es volvernos hacia Dios, escapamos al centro del mal que es el apego a sí mismo, y nos ponemos en la dirección del bien supremo que consiste en adherir a Dios.

La raíz del mal es adherir a sí mismo

No busquemos pues otra cosa. Inútil hacer psicología porque no pueden. Para ello tendrían que hacer un psicoanálisis y eso es prácticamente imposible. Jamás llegarán al fondo de sus tendencias, solo las pueden ver superficialmente. Jamás llegarán a conocerse en el plano de la psicología, no es necesario además si su vida está obstinadamente centrada en Dios.

Cualesquiera que sean las dificultades, sean cuales fueren sus fallas, sus faltas y sus caídas, si, al salir de nuestra letargia el primer movimiento es volvernos a Él, todo será finalmente salvo pues la raíz del mal es adherir a sí mismo y esta raíz sólo Dios la alcanza.

Dios solo puede darlo porque justamente en Dios están todos los valores. Solo Dios puede colmar nuestro deseo de valer porque lo realiza a su manera, fijándonos en Él.

¡Que Él nos eclipse!

Tratemos pues de retener esta lección de psicoanálisis, con los ejemplos que resaltan la importancia del inconsciente en la memoria, tratemos de retener esta conclusión que es capital: solo hay una cosa necesaria, la que Jesús le aconseja a Marta cuando ella se agita, y él defiende a María que está escuchando y contemplando. Una sola cosa es necesaria, justamente: escucharlo, volverse a él y perderse en él.

Y ya que hablamos de la infancia, citemos estas palabras de una niña que hacía su primera comunión. ¡Ella había comulgado de verdad! La conocí porque yo fui quien le dio la primera comunión. Esa niña había de verdad tomado las cosas en serio – es cierto que tenía una mamá genial que la rodeaba y que difundía a Dios a su derredor. Los niños estaban discutiendo entre ellos el día de su primera comunión. Estaban pues hablando libremente y afortunadamente alguien oyó lo que decían cuando todos hablaban de su primera comunión. Todos, excepto la niñita, decían tonterías, cosas que habían leído en los libros, lo que iba bien en el contexto, lo que indicaba que eran niños piadosos y que en fin, la primera comunión era el día más hermoso de su vida, como lo dicen todos los libros. Y la niña que había realmente comulgado, dijo simplemente: “¡A mí Él me eclipsa!” Eso era auténtico, no estaba en los libros. Ella lo había vivido de verdad.

Esa es la solución de todos los dramas finalmente: cuando la adhesión a Dios es bastante firme y constante, cuando la repetimos continuamente con perseverancia, es imposible finalmente que, aun con todos los complejos, con todos los desórdenes psicológicos, que el fondo del ser no se corrija y que poco a poco las raíces no se orienten hacia el sol.

No busquemos pues de investigar en lo que hemos hecho o no. ¡Eso es inútil! Es inútil preguntarnos si hemos pecado mucho o poco, gravemente o no. Si hemos pecado, es en la medida en que hemos adherido a nosotros. Entonces no insistamos, volvámonos a él o mejor, tratemos de descubrirlo hoy de manera nueva, pidiendo la gracia que obtuvo la niñita el día de su primera comunión: ¡que Él nos eclipse!

“Dios mío, escóndeme en tu luz, eclípsame totalmente en ti y haz de toda mi vida una sencilla mirada de amor hacia ti.”

 (*) Silence Parole de vie Livre « Silence Parole de vie  » (Libro: Silencio, Palabra de Vida)

 Anne Sigier, Sillery, septiembre de 2001, 250 páginas

 ISBN :2-89129-146-8

 

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