Conferencia de Mauricio Zúndel en San Mauricio (Suiza), en 1959. Publicada en "Avec Dieu dans le quotidien" (Con Dios en lo cotidiano). (*)

La Iglesia y toda comunidad religiosa son esencialmente misión

La Iglesia es el misterio de la Encarnación que continúa a través de los siglos; la Iglesia es esencialmente misión. Es lo que quiere decir la palabra apostolado. Ella fue enviada, es misión: “Como mi Padre me envió, yo también os envío” (Jn. 20:21).

El carácter de misión de la Iglesia es de importancia infinita porque la autoridad de la Iglesia proviene de esta misión. Por haber sido enviada, ella puede dirigirse al mundo entero, pues justamente ella está plenamente investida de la presencia de Jesús al cual lleva a través de la historia para reunir a todos los hombres en el único rebaño bajo un solo Pastor.

Lo que es verdad de la Iglesia es verdad de toda comunidad religiosa. Toda comunidad religiosa es esencialmente misión, esencialmente apostólica. Y justamente, el carácter de misión de la comunidad religiosa nos explica mejor su naturaleza y el sentido de los votos religiosos.

Carácter de santificación de la comunidad religiosa

En los tiempos modernos se ha insistido mucho sobre el carácter de santificación de la comunidad religiosa. Entramos en comunidad para santificarnos. Entramos porque amamos a Dios y queremos pertenecerle plenamente. Por eso nos separamos del mundo.

Esta concepción me paree falsa y peligrosa porque parte la Iglesia en dos. Pone en la Iglesia una separación entre los seglares y los no seglares, les da a los seglares la impresión de no estar llamados a la santidad y de obtener su salvación solo por intercesión de las comunidades religiosas.

Eso es demasiado grave porque esa situación ha desvalorizado la vida cristiana. Según esa concepción, el común de los seglares se consideran como descargados de la perfección cristiana. El seglar hace parte del mundo, debe comprometerse en el mundo, darse todas las permisiones que se da el mundo, vivir como todo el mundo porque no está en un convento. Los conventos son los encargados de la perfección. Pero el seglar no tiene las mismas obligaciones. Hacemos lo que podemos, somos simpatizantes con el cristianismo, tratamos de recibir los sacramentos, pero ser perfectos no es nuestro problema.

Es una situación muy grave, porque eso es falso y da la impresión a los consagrados de ser un pueblo elegido, de pertenecer a una tribu privilegiada, de ser mimados por Dios y de tener un mejor puesto en el cielo.

Hay una especie de farisaísmo religioso que tiende a poner de nuevo la perfección cristiana en las diferencias. Dicen nuestra celda y no mi celda. Imaginan que hacen algo grande. Meten las manos en las mangas con mucha seriedad e imaginan que eso es modestia sobrenatural. No son como todo el mundo, entonces son más perfectos.

La vida religiosa no es separación pues todo cristiano está llamado a la santidad

A veces hay en las religiosas una espantosa falta de naturalidad que proviene de ahí. No han comprendido que la vida religiosa no es una separación y que la perfección es consustancial con el bautismo cristiano. Todo cristiano está llamado a la perfección en virtud del bautismo. Todo cristiano debe estar consagrado a Dios, y el sacramento del matrimonio no es un compromiso menos profundo que la profesión religiosa. Si el matrimonio no estuviera llamado a la perfección, no estaría permitido casarse.

En la vida religiosa los medios están ordenados directamente a la santificación del alma, pero la santificación es la misma en el estado religioso y en el estado seglar: es la caridad. No hay nada más grande que la caridad y todo es medio para la caridad.

La perfección es exactamente la misma en la vida religiosa y en el matrimonio. Todos los cristianos están llamados a la perfección, solo los medios son diferentes.

La comunidad tiene una misión particular, una misión eclesial

Sea como fuere, es cierto que no está bien definir la vida religiosa viendo en ella una garantía de salvación y de perfección. Lo propio de la vida religiosa es que la comunidad tiene un misión especial, una misión eclesial. En la Iglesia hay un fin, un objetivo por realizar, que es necesario para el desarrollo de la vida mística, necesaria para la plenitud de la vida eclesial, y la comunidad que cumple esta finalidad recibe así una misión de la Iglesia que la dedica a este fin y le asegura la gracia desbordante para alcanzarlo.

Hay que ver la vocación religiosa por el lado de la Iglesia. No entramos al convento en primer lugar para santificarnos. En comunidad se entra para realizar uno de los fines indispensables a la vida de la Iglesia. Superándose pues a sí mismo se hace parte de una comunidad, en una perspectiva católica, universal y con el sentimiento de realizar una misión.

La comunidad como una especie de sacramento colectivo

Esto es muy importante para definir el organismo de la vida religiosa, de la vida comunitaria. Es vida eclesial, y la comunidad constituye una especie de sacramento colectivo.

Si ven una comunidad como de trapistas, de benedictinos, o de carmelitas, ¿cuál es el sentido de esas comunidades? Es ser un alto lugar de silencio y oración, una especie de jardín abierto al cielo para darle aire a la vida humana.

Es cierto que un monasterio que vive regularmente, donde se observa el silencio, es un sacramento colectivo. Es cierto que ahí se respira un silencio, una Presencia, y uno se cura de su agitación encontrando ahí un ritmo de vida que es ritmo de eternidad.

La humanidad necesita esas puertas de aire que son los monasterios. El papel de los monasterios es ser sacramentos colectivos. A veces un monasterio está compuesto de miembro que no son todos santos. En su conjunto, el monasterio ha recibido una misión eclesial, una misión colectiva, e irradia sobre la humanidad gracias a dos o tres miembros que se comprometen a fondo, porque ha recibido una misión de silencio y belleza, así como otras comunidades han recibido una misión activa de difundir la verdad y el pensamiento cristiano.

La vocación

Hay que retener este carácter eclesial de la vocación. Todos los cristianos están llamados a la santidad, todos están llamados al espíritu de pobreza y castidad, pero todos no están llamados a la forma particular de vida que es la vida de comunidad.

Hay épocas en que la Iglesia necesita de tal servicio. En otra época será otro servicio. Pero todas las formas comunitarias están ordenadas a la misión de la Iglesia. Entonces se entra en comunidad para ser la Iglesia, para cumplir la misión de la Iglesia que es de transformar la humanidad en Jesús.

Creo que esta es la única visión que no parte la Iglesia en dos, que no excluye de la santidad a los seglares, y no crea un falso ideal de santidad para las almas consagradas. Esta función determina muy precisamente la vida orgánica de la comunidad y da a la obediencia religiosa su verdadero carácter.

La obediencia

La obediencia religiosa es la repetición de la misión: “Id”. La obediencia es la misión. Actuar por obediencia es actuar siendo enviado. Esto es de importancia capital porque cambia todo en el misterio de la obediencia. En la Iglesia la obediencia tiene carácter de misión, como la autoridad misma que es una forma de la obediencia porque también es enviada, pues también es sacramento.

Somos enviados por el que nos envía, por el único que nos envía que es Jesucristo, y cada grado de autoridad es esencialmente repetición del envío, de la misión: Ite, missa est. Esto es absolutamente capital. Es claro que como sacerdote yo no soy yo mismo. Soy sacerdote precisamente para no ser yo mismo sino para ser sacramento de Jesucristo. Es claro que si los hombres confían su alma, sus más profundos secretos a un sacerdote, es porque no es él mismo sino sacramento de Jesús.

Es claro que el sacerdote jamás podría entrar en el misterio del hombre si no fuera enviado Y aun siendo mediocre, es enviado. Y aun siendo mediocre, tiene la gracia de la misión.

A veces el sacerdote da consejos que lo superan infinitamente, porque es sacramento y en la medida en que obedece a la misión puede contar con la ayuda de Dios. Eso lo he experimentado, yo sé que nunca debo emprender algo por mí mismo pues soy enviado.

Entonces, todo lo que pedimos a los superiores es que nos den la misión que haga de nuestra vida una vida eclesial, una vida católica y universal, una vida que contribuya al esfuerzo unido de todo el Cuerpo místico, que haga que cada una de nuestras acciones se integre en la comunión de los santos y brille en toda la tierra y a través de toda la historia.

En manos de Dios

En la obediencia, los gestos que hacemos, el trabajo que realizamos, devienen apostólicos, católicos, universales, y adquieren importancia infinita porque actuamos como sacramentos vivos. En este sentido tiene la obediencia valor supremo ya que nos pone en manos de Dios, del Espíritu Santo, como se puso nuestro Señor en las bodas de Caná en manos del Espíritu Santo. Cuando la Virgen le pide el milagro, nuestro Señor dice: “Mi hora no ha llegado”, es decir: “Yo no puedo decidir por mí mismo pues mi alimento es hacer la voluntad del que me envía”. Primero se abandona a la voluntad del Padre, y en esa obediencia es como se realiza el milagro, así como en la Anunciación la Virgen se entrega totalmente a la voluntad de Dios: “He aquí la esclava del Señor”.

Esta obediencia total es primera en toda misión y determina la Encarnación en la historia. La obediencia es una nobleza inmensa. La autoridad es también obediencia en la Iglesia porque es también una misión.

En el campo del Cuerpo místico, la obediencia es una nobleza porque reviste toda nuestra vida con la misión de los apóstoles. En este sentido es necesario tomar muy en serio la obediencia, como nuestro Señor. No hay discusión posible. Somos de Iglesia en la medida en que somos enviados, y la misión cuyo sacramento es la autoridad nos asegura de que cada día tendremos todas las gracias necesarias para realizar la obra de Dios. Lo que es imposible a un hombre se hace posible cuando cree que ha sido enviado y que no hace sino cumplir lo que exige la misión.

Una misión en la orden recibida

Cuando recibimos una orden no hay que tomarla como venida de los superiores en su personalidad individual y concreta. Hay que ver en la orden una misión. Es realmente un sacramento que concretiza nuestro campo de acción para hoy en la Iglesia. Así tomará inmediatamente un valor universal y una importancia infinita.

Cada vez que la obediencia interviene en nuestra vida, estamos en misión. Como la comunidad entera es sacramento colectivo, la obediencia interviene para mantenernos al servicio de Dios y cualquiera que sea la manera como interviene la autoridad siempre será en nombre de la misión para realizar la obra apostólica.

Viendo la obediencia bajo este aspecto, nos aparece como espacio porque nos abre el campo del universo y nos integra en el Cuerpo místico del Señor.

Si se admite que la obediencia juega un papel, que es de verdad el envío que el Señor hace de nosotros, es evidente que la obediencia se hace ligera, ligera como el amor. Será eficaz, creadora como la libertad, porque es una forma de libertad.

Sentido de la obediencia bajo la forma eclesial

Pero es de suponer también que la obediencia, justamente por ser comunicación del envío del Hijo por el Padre y de los apóstoles por nuestro Señor, es de suponer también que la obediencia es suscitada por una autoridad viril, amplia e inteligente.

La obediencia está toda contenida en el sentido de la misión. Debe hacer crédito a los hombres y a las mujeres y no tratarlos como menores.

Me parece que se debe poner el sentido de la obediencia bajo la forma eclesial. Es una misión necesaria a la Iglesia. En cuanto que la obediencia es indispensable al carácter apostólico de la vida comunitaria, importa darle a la obediencia todo el amor posible, y me parece que no se debe hacer nada en comunidad sin haber recibido misión.

La vida religiosa es una de las formas de la misión eclesial

Me parece, y es lo que deseaba subrayar esta mañana, que la vida religiosa solo se concibe como vida apostólica. La vida religiosa es una de las formas de la misión eclesial. Los votos religiosos no están ordenados en primer lugar a la santificación del individuo sino a la misión apostólica de la comunidad. Por eso los votos religiosos tienen carácter sacramental.

Por eso hay que tomarlos en serio, como tomaba nuestro Señor su obediencia, diciendo que era su alimento. Por la obediencia, nuestra jornada será toda entera apostólica y nuestras acciones estarán todas marcadas con el signo de la autenticidad y tendrán importancia universal.

Así recupera la obediencia toda su nobleza sacramental y siguiendo esta línea de conducta, somos preservados del carácter escrupuloso y despótico que ha tomado la obediencia en ciertas comunidades donde las religiosas son tratadas como súbditos.

Pero si la tomamos en el sentido que acabo de decir, nos libera en verdad de nosotros mismos y nos da el sentimiento de libertad alegre porque somos enviados y que ser enviados por Cristo es recibir el mundo entero en nuestras manos.

A pesar de nuestras faltas y tentaciones, somos realmente, por nuestra consagración, sacramentos vivos que tienen la misión de dar a Cristo y de ser para los demás su rostro, su Presencia, su Amor y su Corazón. Es lo que quiere decir la palabrita con que termina la liturgia y que debe estar en la cumbre de nuestra jornada: “Ite Missa est – ¡Id, es la misión!”

TRCUS (*) Livre “Avec Dieu dans le quotidien (Con Dios en lo cotidiano). Retiro para religiosas”

 Ed. Saint-Augustin – Saint-Maurice (Suiza). Presentación de Marcos Donzé. Septiembre 2008. 269 págs.

 ISBN : 978-2-88011-453-4

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