Homilía de Mauricio Zúndel en Friburgo, en Pascua (1966). Publicada en “Ta parole comme une source” (*)

Consideremos varios ejemplos que nos ayudarán a tomar conciencia de los diferentes niveles de la vida:

Una vida vegetativa

- Un anciano que es una especie de aterosclerosis ambulante, un anciano que ya no tiene sino una vida vegetativa, come, bebe, duerme, necesita cuidados extraordinarios, no goza de nada, está ausente, no tiene memoria, cuando uno se separa de él, se imagina que lo han abandonado durante siglos porque ya no logra unir un instante a otro.

Es una vida ya muerta, una vida que es una célula del universo, una célula enferma, que permanece aún en el mundo físico pero ya no se mantiene por sí misma, que no es fuente ni origen de nada, es una vida que además aplasta otras vidas y les impide ser plenamente pues exige cuidados que toman tanto tiempo y causa tanta fatiga que casi no deja vivir, y el mismo anciano tampoco vive.

Honestamente, para él y los demás, uno desea que esta vida que ya no es fuente, que ya no es creadora, se separe por fin del viejo fondo de la naturaleza y que las otras vidas que ella aplasta puedan por fin liberarse y dar su plenitud creando justamente lo que pueden crear.

Este ejemplo muestra bien que lo que cuenta en nosotros no es la vida biológica, la vida físico-química que es un alambique, un laboratorio que nos une al mundo químico sino la vida interior, la vida que puede crear, que puede ser fuente, la vida que viene a nuestro encuentro en un ser perfectamente realizado, y que brilla en su mirada como luz del espíritu.

Lo absurdo de un accidente

- La segunda experiencia es Pierre Curie que muere en el Puente Nuevo bajo los cascos de los caballos. En un instante, este hombre genial que no había dado aún toda su medida, ya no es más que cadáver destrozado, con su cerebro esparcido en la calzada.

Su viuda enloquecida y desesperada, solo puede constatar que la ruptura es total; en adelante, ella trabajará sola: ese hermoso genio ya no podrá dar nada en nuestra historia. Aquí nos escandaliza lo absurdo del destino.

El anciano que no daba nada vivía aplastando la vida de los demás, y este hombre genial que podía dar a la humanidad nuevos descubrimientos, aplastado de manera tan absurda bajo los cascos de los caballos. De nuevo, aquí sentimos dolor ante la muerte de Pierre Curie, no por su muerte física, muerte que esperamos en el caso del anciano aterosclerótico, sino que lo que nos entristece justamente es que la vida ya se había manifestado en él por admirables descubrimientos y ya no podrá continuarla con descubrimientos aún más grandes.

Aquí estaba la vida de la persona pero falta el soporte físico a causa de la destrucción y se interrumpe la Historia.

El hambre impide que el hombre sea un fin

El tercer ejemplo es el que nos da Sartre cuando escribe: “el hambre es el azote del hombre y en todos las regiones mal alimentadas el hambre es mucho más que el hambre”.

¿Por qué es el hambre mucho más que el hambre? Porque el hombre es un fin (1). El hambre material, el hambre que devora las entrañas, el hambre que produce una inquietud loca, el hambre le impide ser fin, le impide entregarse a la creación de un valor interior a sí mismo y no separable de sí mismo sino que se identifica con él y constituye justamente su personalidad y hace de él un origen, un espacio y un creador.

La dirección donde se encuentra la verdadera vida

Vemos muy claramente en qué dirección está la verdadera vida. La verdadera vida está en la creación interior que no puede ser dada, que no puede ser prefabricada, en una dirección interior en que cada uno de nosotros debe construirse.

La verdadera vida está en un surgimiento donde justamente uno se aleja de sus dependencias orgánicas, es cada vez menos prisionero, y suscita, hace nacer y existir un ser autónomo que va a ser capaz de trascender el otro, de vivir por sí mismo por estar además totalmente concentrado en la luz interior, en el impulso hacia el infinito, en la fuente que mana en vida eterna.

La vida de Nuestro Señor

Hay que recordar estos diferentes niveles de la vida para abordar el Misterio de la Resurrección de nuestro Señor; evidentemente no debemos entenderla como el retorno a la vida biológica que enraizaría la existencia en una dependencia respecto del mundo físico, y que vería todo el problema de nuestro destino obligando la vida de regreso de la tumba a liberarse de sus cadenas, a liberarse de sus dependencias biológicas, en una especie de película que jamás terminaría.

La resurrección de nuestro Señor supone que nos pongamos primero ante él como ante el segundo Adán. Nuestro Señor nació virginalmente; Nuestro Señor no es simplemente un hombre, sino el Hombre; Nuestro Señor no es solamente el primero de una generación que debe durar el espacio de unos años sino el comienzo de un nuevo universo, de un universo eterno, de un universo infinito; él es el que contiene toda la Historia, él es el que contiene toda la cadena, él es una Presencia en todos los siglos, en toda edad, en todos los Hombres, una Presencia interior en cada uno de nosotros.

En él, la vida personal es primera, él es primero persona, él es ante todo el ser fuente que buscamos, es decir que él es rostro.

La vida personal, secreto interior

Cuando alguien no nos interesa, nos encontramos como ante un cuerpo inerte, devorado por la arteriosclerosis, un cuerpo en el que y no hay reacción alguna, ninguna luz, ningún pensamiento lo vivifica, no puede aportarnos surgimiento creador, y lo que buscamos siempre detrás de un rostro es la vida personal, el secreto interior, el espacio ilimitado, la presencia que hace de su existencia misma un don.

La muerte interior de una persona en un sentido infinito

En nuestro Señor hay una Presencia. Él es Presencia, es un don absoluto desde el primer instante de su existencia humana. En él la vida es sostenida por la persona y brota de adentro, ab intus; él no depende incondicionalmente de la vida química, de la vida del mundo exterior, él tiene en sí mismo la fuente, la fuente que brota eternamente. Es pues natural que en él la vida sea un fin, en el sentido más absoluto.

Es evidente que nosotros estamos llamados a la inmortalidad en la medida en que somos valor, en que somos creadores. Si el Hombre no puede morir, si está llamado a inmortalizarse, si debe hacerse eterno, es justamente porque puede, porque debe hacerse fin, es finalmente porque todos los valores del universo se concentran en él justamente cuando ha reunido toda la creación en el don de su amor.

Y si nuestro Señor puede y lo hace, es que es una persona en un sentido infinito, porque en él está toda la vida, la vida de dentro, pues se sostiene ella misma, porque él contiene en su Espíritu y en su Amor todo el universo, porque él sostiene toda la Historia.

Nuestro Señor es un ejemplo único y perfecto de fin, porque no debe terminar como ninguno de nosotros y además no debe terminar, no debe tener fin. Y porque en él el fin está perfectamente realizado ya que él está realizado desde el comienzo puesto que en él el despojamiento es total, infinito e insuperable, y para nuestro Señor no hay ninguna posibilidad de morir sino de muerte de Amor.

Jesús no murió de muerte biológica, no murió de muerte en que su ser se habría disuelto como el anciano aterosclerótico que se deshace día por día, solo puede morir de muerte de identificación con nuestra muerte.

El murió de muerte interior, de una muerte que tiene su fuente en el hecho enunciado trágicamente por san Pablo: “Fue hecho pecado” (2 Cor. 5:21). Nuestro Señor murió de la coexistencia en él de la suprema inocencia que era y del pecado nuestro de que estaba revestido, como si fuera el gran culpable de toda la Historia.

Una muerte de identificación

Murió de la muerte de identificación con nosotros, murió de nuestra muerte, para liberarnos de la muerte; pero la exigencia de vida no había sido debilitada en él en lo más mínimo pues al contrario, él seguía siendo el fin, la fuente, la vida enteramente libre que vivía por sí misma, y por eso la Resurrección era una exigencia imprescriptible que debía realizarse en virtud misma de quien era él. Su propia ontología exigía la Resurrección.

Cristo resucitado ejemplo de lo que nosotros debemos ser

Entonces, si contemplamos a Cristo resucitado, tenemos en nuestra Fe delante de nosotros lo que debemos ser nosotros. También nosotros debemos ser fin, realizar todos los valores, todos los esplendores, todas las bellezas, todas las luces, todas las verdades del universo, en la ofrenda de nosotros mismos.

También nosotros debemos dar nuevo comienzo a toda la creación, también nosotros estamos llamados a ser por nosotros mismos y a no dejarnos vivir por la biología, también nosotros debemos dar al mundo el fruto de la actividad interior que es finalmente el resultado de nuestro diálogo con Dios cada vez más intenso y profundo que invade poco a poco todas las fibras de nuestro ser y hace de nuestra persona entera una fuente y un fin.

Porque es claro que la vida eterna no puede establecer un corte; la supervivencia está en la vida, es lo más profundo de la vida, es justamente la vida que, tomada en su fuente, es plantada en la Presencia divina, florece en la eternidad.

La resurrección realiza pues de manera evidente en el segundo Adán nuestra vocación de hombres, nuestra vocación de seres que no son solamente producto de la naturaleza, de los laboratorios o los alambiques vivos, vida precaria destinada a deshacerse; en la medida en que somos hombres, tenemos que hacer hombres, es decir hacer de nosotros fuente y fin.

La sola condición física no tiene valor alguno

Cuando nos entregamos a la sola condición física, o cuando los demás lo hacen, sentimos bien que eso no tiene ningún valor, que mientras más nos entregamos a los instintos más nos hacemos esclavo y menos somos hombres y creadores, menos somos valor, fuente y origen.

La Resurrección, nuestra vocación de hombres

La resurrección realizó nuestra vocación de hombres por […] la victoria sobre todas las dependencias orgánicas, sobre todas las servidumbres biológicas, la victoria del Espíritu sobre la muerte, sobre nuestra muerte.

La resurrección realizó nuestra vocación de hombres poniéndonos ante los ojos de la mente y del corazón la victoria sobre todas las dependencias orgánicas, sobre todas las esclavitudes biológicas, la victoria del Espíritu sobre la muerte, sobre nuestra muerte. En efecto, Cristo no tenía que vencer su propia muerte. Murió de nuestra muerte, de muerte de identificación. Pero en sí mismo era como dice san pedro, el Príncipe de la Vida (Hechos 3:14), cuyo despojamiento infinito hacía que su humanidad entera estaba bajo dominio del Verbo, toda bajo el dominio de la divinidad, sacramento vivo en que Dios se revelaba y se comunicaba personalmente.

Jesús realiza en plenitud una vocación que es la nuestra: también nosotros tenemos que resucitar hoy, emerger de nuestras dependencias cósmicas, hacernos hoy más libres, liberarnos hoy de nuestros límites aún no superados, hacernos hoy más fuente, espacio y fin.

Queremos pues mirar el rostro de nuestro Señor, ese rostro muy interior, es rostro que los apóstoles no pudieron descifrar. Hasta Pentecostés se equivocaron sobre la importancia de la Resurrección. Miremos ese rostro impreso en nuestros corazones y recordemos que Jesús es las primicias de los que duermen, como dice el apóstol san Pablo (1 Cor. 15:20 y Col. 1:18), y que él realiza en plenitud una vocación que es la nuestra; que también nosotros debemos resucitar hoy, emerger hoy de nuestras dependencias cósmicas, hacernos hoy más libres, liberarnos hoy de nuestros límites aún no superados, hacernos hoy más fuente, espacio y fin.

Así es como siempre el Misterio de Cristo da a la vida humana toda su estatura, nos recuerda la inmensidad de nuestra aventura y nos da el gusto de la grandeza.

Tenemos que crearnos

¡Ah! ¡Qué felicidad que Cristo nos despierte de nuestro sueño y nos pida en lo más íntimo de nosotros que no sigamos como robots. Tenemos que crearnos, tenemos que superar este robot, hacernos indispensables para el equilibrio del mundo, haciendo de nuestra vida algo único.

Hemos recibido un don que es indispensable para toda la creación. Si lo hacemos fructificar, acabaremos el universo en dirección de la libertad y del amor, nuestra vida estará justificada y tendrá toda su razón de ser, porque habrá sido realmente creadora.

Ahora solo nos queda recogernos en la Presencia del Señor resucitado que nos revela un universo enteramente libre, enteramente penetrado de espíritu y vivificado por el Amor. Que donde estemos y donde estamos hoy, comencemos de nuevo, que este día no sea como el de ayer, que tengamos la voluntad de despegar, de hacer de nuestra vida a cada instante algo bello, más luminosa, más dada, para que por esta ofrenda el universo entero sea ofertorio.

Que la Presencia de Dios, revelada a todos los hombres, les asegure que no son máquinas, que su vida tiene sentido, que cada uno de sus gestos puede tener importancia divina, pues justamente, ser Hombre es dejar de ser robot para transformarlo, transfigurarlo, interiorizarlo y comunicarle poco a poco un respiración divina, darle rostro, hacer de él una Presencia en que brilla la luz divina que es la respiración del eterno Amor.


(1) Nota del traductor: A lo largo de la conferencia, MZ hace un juego de palabras entre dos términos que tienen la misma pronunciación en francés: faim y fin, que significan respectivamente hambre y fin.

TRCUS (*) Libro « Ta parole comme une source, Tu Palabra como fuente, 85 sermones inéditos. »

 Editorial Anne Sigier, Sillery, agosto 2001, 442 págs

ISBN : 2-89129-082-8

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