Conferencia de M. Zundel en Ghazir, en el primer retiro a las Franciscanas de Lons le Saunier, en julio de 1959. Retiro publicado en el libro "Silence, Parole de Vie" (Silencio, Palabra de Vida). (*) Esta conferencia ya fue publicada en este sitio, en 2011/04/14-17. Se añaden títulos y extractos.

Resumen:

A propósito de una discusión anglicana sobre la divinidad de Jesús, el Padre Mac Nabb evoca la ciencia experimental y natural y bajo ese aspecto se pueden comprender las tinieblas de la Agonía y la desesperación de la Cruz. Porque existe el saber teórico, pero su inclusión en la realidad humana es a menudo un desafío. El Señor debía soportar el peso de los pecados del mundo hasta morir por ello de muerte interior y espiritual. Su vida está comprometida en la nuestra.

En nuestro Señor, cuatro géneros de conocimiento

Había en Londres un dominicano irlandés tan original y genial como santo, llamado el P. Mac Nabb. Era él quien decía que Nuestro Señor era todo un caballero. Y el P. Mac Nabb, cuya caridad era inmensa, tuvo la ocasión de intervenir, muy discretamente, en un debate planteado por teólogos anglicanos de tendencia modernista, es decir más o menos alejados de lo sobrenatural, que habían planteado esta cuestión: "Had Jésus-Christ the consciousness of his divinity? " "¿Tenía Jesucristo conciencia de su divinidad?" Y los teólogos modernistas, creyéndose basados en los textos del Nuevo Testamento, habían concluido: “No es seguro que Jesucristo tuviera conciencia de su divinidad.”

El P. Mac Nabb intervino en el debate con una caridad infinita y una sabiduría admirablemente apostólica, dijo: La pregunta de nuestros amigos anglicanos es en realidad cuádruple. En efecto, la tradición teológica más profunda, distinguiendo en Nuestro Señor cuatro tipos de conocimientos, le atribuye cuatro ciencias:

Primero, su humanidad existe en la Persona divina del Verbo

En efecto, Se puede considerar a N. Señor en la Persona divina del Verbo en que subsiste su humanidad, y que es su verdadero y único Yo. Preguntarse si en Jesús la divinidad tenía consciencia de la divinidad solo puede tener una respuesta: evidentemente, en Jesús la divinidad tenía conocimiento de la divinidad.

Segundo, colocándonos ante su humanidad en la ciencia beatífica

Y si recordamos ahora que el alma de N. Señor estaba siempre ante la divinidad en la cual subsistía, es decir, que el alma de N. Señor gozaba de la visión beatífica, a la luz de esa visión, su humanidad no podía no conocer su unión personal con la divinidad. Si nos colocamos desde este punto de vista, del punto de vista de la ciencia beatífica, no cabe duda de que N. Señor tenía conocimiento de su divinidad.

Tercero, según la ciencia profética

La ciencia beatífica no puede ser transmitida tal cual a la humanidad que no ha alcanzado su término… Nuestro Señor debía comunicar a los hombres el misterio de Dios, en un lenguaje accesible,… hacer conocer el inmenso amor de Dios.

Pero en N. Señor hay otra ciencia igualmente sobrenatural, pero de menor grado, que es la ciencia profética. Porque la ciencia beatífica no puede ser comunicada tal cual a la humanidad viandante, a la humanidad que todavía no ha llegado a su término. La humanidad será capaz de ciencia beatífica sólo en la visión de la gloria. Pero N. Señor, que es el doctor del género humano, y debía comunicar a los hombres el misterio de Dios en un lenguaje accesible a su inteligencia iluminada por la fe e imantada por el amor, teniendo justamente que hacer conocer a los hombres el inmenso amor de Dios que se les comunicaba personalmente a través de la humanidad de Jesús, en virtud de la ciencia profética que hace de él el Doctor de la Salvación, Nuestro Señor no podía no conocer su divinidad, que era el don supremo hecho a la humanidad por Dios, a través de su naturaleza humana.

Cuarto, según la ciencia experimental de origen natural

Quizá debemos situarnos ante la ciencia experimental para comprender las tinieblas de la Agonía y la desesperación de la Cruz.

Pero en Nuestro Señor había otra ciencia que no es sobrenatural: la ciencia experimental, que Nuestro Señor obtiene, como nosotros, en la naturaleza, ejercitando sus sentidos, sus ojos, sus oídos, su tacto. Ese conocimiento experimental que se alimenta en Nuestro Señor lo mismo que en nosotros en el espectáculo de la naturaleza y en contacto con la humanidad, esa ciencia que puede crecer en él como en nosotros, esa ciencia que puede ser perfeccionada, que pudo en cierto modo ser educada en él por su madre y por su entorno, esa ciencia que le permitía admirar y sorprenderse con el rostro de los niños que venían a él, por la intensa curiosidad del joven que venía a preguntarle los secretos de la vida, y también, por desgracia, por la incomprensión de sus discípulos, por la dureza de su pueblo, por la soledad terrible en que penetraba cada vez más, esa ciencia experimental de Nuestro Señor, es una ciencia de origen natural y de por sí no cuenta en el nivel de los misterios sobrenaturales, el mayor de los cuales es precisamente en la Historia el misterio de la Encarnación.

Por tanto, la cuestión puede plantearse al nivel de la ciencia experimental. ¿De este punto de vista y en este nivel, en ciertos momentos, puede Nuestro Señor no tener conciencia de su divinidad? Y el P. Mac Nabb responde: Sí, del punto de vista de la ciencia experimental, es posible que en ciertos momentos N. Señor no tuviera consciencia de su divinidad, y quizás en fin, del punto de vista de esa ciencia experimental, de origen natural, adquirida por la experiencia como la palabra lo indica, susceptible de educación y crecimiento, de admiración y sorpresa, pero también de límites y oscuridades, quizás es ante esa ciencia experimental que debemos situarnos para comprender las tinieblas de la Agonía y la desesperación de la Cruz.

El fulgor de la Presencia de Dios

Ah! La gracia infinita hecha a la humanidad de nuestro Señor, la gracia de la unión hipostática, de la unión personal con Dios, es una gracia que tendrá que merecer, enraizarla en toda su historia, hasta que todo esté consumado.

En cierto modo, podemos hacernos sensibles a los misterios de la Pasión, tal como debió vivirlos el alma humana de N. Señor. Pues jamás hay que olvidar algo, y es que, al fin de cuentas, todas las gracias deben ser merecidas, es decir que la gracia que se nos da, la luz que viene de Dios y que es sólo el brillo de su Presencia en nosotros, la luz, el conocimiento, la fuerza, el amor, todo eso no puede tomar raíces en nosotros sin nuestro consentimiento.

En un mundo en tú, en el mundo de la reciprocidad, no es suficiente decir: "Sí, comprendo" sino: "¡Sí, claro está! La pobreza es la suprema grandeza". No basta decirlo, eso no sirve de nada, hay que vivirlo, vivirlo hasta los estigmas de Alvernia (1). Entonces ya no es teoría, entonces se vuelve sustancia de la vida.

¡Ah! la gracia infinita hecha a la humanidad de N. Señor, la gracia de la unión hipostática, de la unión personal con Dios, es una gracia que tendrá que merecer, y enraizarla en toda su historia, hasta que todo esté consumado. Su humanidad deberá ir hasta la agonía, hasta las tinieblas del infierno, para corresponder a la plenitud del don que le ha sido hecho.

En el camino del conocimiento sensible y temporal

Y ahora, muy lejanamente, tan de lejos como esté, podemos al menos ponernos en camino hacia el descubrimiento que solo podemos hacer de rodillas en la meditación y el amor.

Y ese camino lejano es la distinción de diferentes zonas de conocimiento, y en particular, la distinción fácil de hacer entre un conocimiento teórico, abstracto y separado del tiempo, y el conocimiento sensible y temporal en que se inscriben los acontecimientos.

El saber teórico y su inclusión en la realidad

Tales experiencias muy lejanas pueden llevarnos a comprender, quiero decir adivinar, la especie de división redentora, de separación entre el alma y la sensibilidad de nuestro Señor.

Es fácil de entender. ¡Miren! En teoría, sabemos, tenemos la certeza abstracta de que vamos a morir; pero en la práctica, tal certeza no tiene ninguna influencia sobre la conducta de nuestra vida cotidiana porque no es un acontecimiento actual. Un sacerdote me preguntaba: "¿Es para esta noche que se espera mi muerte?", y debí responderle: "¡Sí!" y quedó terriblemente sorprendido: "Hubiera querido, hubiera querido trabajar todavía… ¡y es para esta noche, es dentro de media hora!"

Entonces es muy distinto porque ya no es una certeza estratosférica, lejana… ¡abstracta! ¡Es ahora! ¡El acontecimiento se incluye con toda su punta en todas las fibras de la carne!

Del mismo modo, sabemos que todos los seres que amamos tienen que morir, pero el día en que muere el padre o la madre, la certeza nos desgarra porque el acontecimiento se incluye ahora, en el tiempo, porque nos concierne como realidad irrevocable, porque ya no veremos ese rostro, porque ya no podemos "volver a la casa".

Y si quieren, también, de manera más cercana de la vida del espíritu, sabemos bien dónde está el bien, aun cuando pecamos, pero lo sabemos de manera abstracta: el bien sigue siendo bien, aun cuando pecamos, pero en una zona lejana. Por el momento, es el mal lo que nos parece un bien, escogemos el mal, aunque conservamos la noción de bien, en el piso de arriba y en una zona abstracta y lejana.

Y además, esta vez mucho más cerca del misterio que estamos meditando, el escrupuloso, como San Alfonso de Ligorio, el cual, se dice, se confesaba con frecuencia en su avanzada ancianidad, pues vivió más de 90 años, cuando el escrupuloso es de conciencia delicada, se ve tanto más atormentado cuanto más delicado sea. Pero si le preguntamos: "¿Está seguro de haber pecado? ¿Puede jurar que ha pecado?" ¡No! No puede, en el fondo está seguro, pero es una certeza abstracta, lejana, que no tiene impacto sobre su sensibilidad. En su sensibilidad tiene el sentimiento de terror de haber pecado, aunque teóricamente, ya que no puede jurarlo: en el fondo, está seguro de no haber pecado.

Experiencias similares, muy lejanas, pueden llevarnos a entender, quiero decir a adivinar, la especie de división redentora que desgarró el alma y la sensibilidad de Nuestro Señor.

Al que era sin pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros

Era una certeza intemporal que no influía en la sensibilidad de nuestro Señor el cual estaba en la noche, en la angustia, en la soledad y pedía el socorro de sus discípulos dormidos, pues tenía que llevar todo el peso de los pecados del mundo hasta morir por ellos.

En efecto, San Pablo nos decía esta mañana en la liturgia, las únicas palabras que se puedan pronunciar sin sacrilegio, al meditar la Pasión de Jesús: "Al que era sin pecado, al que era sin pecado, Dios lo hizo pecado para que nosotros seamos justicia de Dios en él" (2 Co. 5,21). Palabras aterradoras: "Al que era sin pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros".

Eso es pues, eso es y así debió merecer N. Señor la gracia de la unión hipostática, si podemos decirlo a sabiendas, recapitulando en sí mismo la culpabilidad del mundo entero, desde el comienzo hasta el final de la Historia. Y si se sintió pecado viviente, como si él solo fuera realmente culpable de todos los pecados del mundo. Se sintió ser anatema, ser rechazado, aun teniendo la certeza absoluta de su inocencia.

Pero esa certeza estaba allá arriba, arriba, en la región lejana de la visión beatífica y del conocimiento profético. Era una certeza intemporal que no influenciaba su sensibilidad, la cual estaba en la noche, en la angustia, en la soledad que pedía la ayuda de sus discípulos dormidos, pues justamente, tenía que llevar todo el peso de los pecados del mundo, hasta morir por ellos.

Una muerte interior y espiritual

Por coexistir en su alma esa inocencia suprema y esa culpabilidad infernal, por eso murió, de muerte interior, de muerte espiritual, que hacía de él el Cordero de Dios que lleva el pecado del mundo.

Y de eso murió: Nuestro Señor no murió de sus heridas físicas, aunque fueron horribles; no murió de sed, no murió de ser clavado en el madero, no murió de la corona de espinas, no murió de los ultrajes y las injurias. Murió del infierno, de sentirse culpable sabiéndose inocente, de ser a la vez como rechazado por los hombres por ser Hijo de Dios, rechazado por los hombres como rechazan a Dios, herido de todas las heridas de amor que crucifican a Dios en su amor, y al mismo tiempo indigno de Dios y rechazado por él como gran culpable que totaliza todas las faltas de la Historia.

Y en la coexistencia dentro de su alma de la inocencia suprema y la culpabilidad infernal, murió de una muerte interior, de muerte espiritual, que hacía de él el Cordero de Dios que lleva el pecado del mundo. Así, su Agonía fue única, única… Así alcanzó su sufrimiento el grado infinito que jamás podremos comprender hasta agotarlo. "No es por chiste que te he amado tanto, no es por chiste que te he amado tanto", decía Jesús a Santa Ángela de Foligno "No es por chiste que te he amado tanto…".

La dimensión de la humanidad redentora

Así pueden ver, a través de esa caridad admirable, a través del deseo de corresponder lo más posible a la cuestión planteada, en la respuesta dada, el P. Mac Nabb abría a esos teólogos anglicanos, que no tenían el mínimo presentimiento, la posibilidad de conservar su respuesta, y de superarla infinitamente entrando en esa dimensión de la humanidad redentora, totalmente desconocida para ellos.

Y para nosotros, qué inmenso beneficio poder contemplar toda la realidad del sufrimiento y de la agonía de Jesucristo. Decimos con demasiada facilidad: Jesús era Dios, Jesús era Dios, entonces no sufrió como nosotros. Evidentemente, no sufrió como nosotros, en el mismo grado de mediocridad, en el mismo grado de compromiso y de mezcla, ya que nuestros sufrimientos son con tanta frecuencia, en buena parte, sufrimientos relativos a nosotros mismos y que crucifican nuestro espíritu de posesión. Pero él sufrió en su humanidad, como jamás podrá sufrir hombre alguno, ya que en su humanidad sufrió el sufrimiento infinito en que estaba verdaderamente desgarrado por tormentos del infierno, en la medida en que puedan ser sufridos por la suprema inocencia.

La Pasión eterna de Dios

Así se nos revela el poder de nuestra libertad. Tiene precisamente la medida de la Cruz.

Así se nos revela el poder de nuestra libertad. Tiene precisamente la medida de la Cruz. Ahí está lo que podemos matar: matar el Amor y precipitarlo en esa agonía tenebrosa. Y así podemos sentir el rostro de Dios, el verdadero rostro de Dios Madre, pues detrás de la humanidad sangrienta y desgarrada de Nuestro Señor, detrás del desgarre que separa su humanidad hasta la muerte, está la eterna Pasión de Dios, ya que la humanidad de N. Señor es un sacramento, el sacramento de los sacramentos, toda ella es sacramento. Todo lo que realiza en su Pasión representa y revela y comunica la Pasión de Dios, la Pasión sin lágrimas ni efusión de sangre que es el don que no cesa de hacer Dios a la Creación en su eternidad.

Hay una Pasión aún más profunda, aún más indecible, y es justamente la Pasión del eterno Amor en la Santísima Trinidad.

Su vida está realmente comprometida en la nuestra

En todo caso, al pie de la Cruz, es imposible dudar del poder infinito, de la ternura única de nuestro Dios. Es realmente su vida la que está comprometida en nuestra vida hasta la muerte de la Cruz. Y San Francisco lo vivió tan bien, tan intensamente, que durante veinte años, veinte años, lloró por la Pasión de Dios, hasta que finalmente se imprimieran los estigmas en su carne ya que, en su mente, estaba tan identificado con el amor crucificado que al final su carne misma se hizo contemplación viva del gran sufrimiento divino y que las llagas que su mente había sondeado se expresaran en su carne, para que descendiera del Alvernia que es nuestro Sinaí, trayendo al mundo el evangelio eterno, el evangelio de la Cruz.

Ése es Dios. Dios no es el que hace la guerra y quiere conquistar un sepulcro vacío, masacrando infieles. Dios no es el que enciende las hogueras de la Inquisición para hacer morir a los herejes. Dios no es el que hace morir, es "El que muere" en lugar del culpable. Dios no es tampoco el que pone en silogismos de doctores parlanchines los misterios que brillan, como dice San Ignacio de Antioquía, los misterios de clamores que resuenan en el silencio de Dios.

En san Francisco, Dios es bajado de la Cruz

Dios es la Cruz viva que san Francisco nos anuncia, en que se transformó san Francisco para que conociéramos la pasión que arde por nosotros en el corazón de Dios.

Dios es la Cruz viva, la Cruz viva que San Francisco nos anuncia, en que se transformó San Francisco para que conociéramos, en la frialdad del mundo, la pasión que arde por nosotros en el corazón de Dios.

Pero afortunadamente, cuando San Francisco recibe la marca de los estigmas, cuando desciende del Alvernia, como Cruz viviente que anuncia al mundo la eterna Pasión de Dios, podrá cantar el Cántico del Sol pues en adelante Dios está resucitado en él. En él, Dios no tiene ya nada que sufrir. En él, Dios está bajado de la Cruz y por eso él podrá cantar la alegría de las criaturas.

Y por eso vamos nosotros a acompañar al Señor en el huerto de su Agonía, vamos en silencio a hundirnos en su noche, vamos a acompañarlo hasta la desesperación del: "¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?" no para perpetuar su Pasión sino, según la medida de nuestro amor, para bajarlo de la Cruz a fin de que sea, también en nosotros, el Dios vivo y resucitado y que podamos llevar al mundo su vida cantando con Francisco el Cántico del Sol.


Nota (1) El monte Alvernia está en Italia, en la provincia de Arezzo. Ahí recibió san Francisco los estigmas en 1224.

 (*) Silence Parole de vie Livre « Silence Parole de vie  » (Silencio, Palabra de Vida)

 Anne Sigier, Sillery, septiembre de 2001, 250 páginas

 ISBN :2-89129-146-8

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