De un capítulo del libro de Mauricio Zúndel « Quel homme quel Dieu, retraite au Vatican » (¿Qué hombre y qué Dios?), libro sacado de su predicación del retiro del Vaticano, a principios de cuaresma de 1972. (*)

Resumen:

En la balanza de su amor, Jesús pesa cada alma con el peso de su propia vida. Jesús inscribió en el centro de la historia esta prodigiosa ecuación: para Dios, el hombre = Dios. Entre Dios y nosotros se trata de un intercambio entre personas en que Dios vive nuestra vida y nosotros la suya, como relación nupcial. El hombre está encargado de liberar toda la creación del reino del pecado, el cual es rechazo de amor. El perdón de los pecados no es simplemente una remisión jurídica de la deuda, sino un nuevo comienzo de la vida divina en un ser liberado del yo y listo para acogerla. Nuestro consentimiento a la venida de Dios es indispensable y nos remite a la Anunciación.

El librito de André Maurois

André Maurois escribió un librito gustoso, El pesador de almas, en que cuenta las experiencias de un médico militar inglés durante la Primera Guerra mundial. Este médico pretendía verificar, en el momento de la muerte, una diferencia de peso en el paso del cuerpo al cadáver, para concluir que el alma misma tenía peso, y sus investigaciones debían calcularlo. Esta quimérica tentativa le da al título del libro un poder sugestivo que puede inspirarnos para meditar hoy sobre el misterio de la Redención.

Para Dios, el hombre = Dios

La comunicación en la intimidad divina es como el sentido mismo de la creación.

En efecto, Jesús es el verdadero pesador de almas: en la balanza de su amor pesa cada alma con el peso de su propia vida. Cuando leemos en el De Beatitudine (1) que Dios se somete a las criaturas inteligentes y santas como si cada una fuera su Dios, es posible que se trate de una hipérbole mística salida de un lenguaje poético y que debamos guardarnos de tomarla a la letra. Pero el más ordinario cristiano cree que Cristo murió en verdad por él y por su salvación, y cuando encuentra una cruz en el bordo de un camino, ésta no puede tener para él otro sentido que la inmolación realizada en su favor. Hay pues que admitir con los más humildes fieles que Jesús inscribió realmente en el centro de la historia esta prodigiosa ecuación: para Dios, el hombre = Dios.

Esto solo podemos entenderlo, en la medida en que lo podemos, reconociendo la comunicación de la intimidad divina como el sentido mismo de la creación, cuya manifestación inaugura un régimen nupcial que se expresa lo más profundamente en lenguaje humano en el “tú eres yo” del antiguo ritual hindú. En efecto, por esta identificación se formulaba en la antigua costumbre el consentimiento que constituye el matrimonio. Ese “tú eres yo” reportado al origen del mundo, aclara y funda la ecuación redentora: para Dios, el hombre = Dios.

Tienen pues razón los místicos de presentar el matrimonio espiritual con Dios como el término normal de una vida cristiana enteramente fiel a su vocación bautismal. San Pablo lo sugería ya a los corintios, en el pasaje al que nos hemos referido tan a menudo, en que mejor expresa su misión de apóstol: “Tengo celos de vosotros, celos de Dios, porque os he prometido a un solo marido, para presentaros a él como una virgen intacta” (2 Co. 11:2). San Juan de la Cruz, el Doctor místico por excelencia, retoma el tema en El Cántico Espiritual, orquestándolo con todos los recursos que la más alta poesía saca de la más auténtica experiencia. Da de ella una fórmula particularmente conmovedora en la estrofa 35 que comienza con estos dos versos:

Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura

A los cuales añade esta precisión en el comentario: “Transformada yo en tu hermosura [...] yo seré tú en tu hermosura y tú serás yo en tu hermosura, porque tu misma hermosura será mi hermosura”, donde encontramos el equivalente maravilloso del “tú eres yo” que acabamos de evocar.

Un intercambio personal en que Dios vive nuestra vida y nosotros la suya

Sin enraizarnos en Dios, estamos en la imposibilidad de acceder a nuestra propia intimidad y a la de los demás. Esta imposibilidad nos deja entrever que el universo de que hacemos parte no puede alcanzar su verdadera unidad sin estar unido a través de nosotros a la Fuente divina.

Entre Dios y nosotros, se trata pues en la tradición cristiana más auténtica de un intercambio entre personas en que Dios vive nuestra vida y nosotros la suya, conforme a la exigencia fundamental de una relación nupcial, que solo el don permanente de la persona puede sostener.

Una vez más, encontramos el amor como lazo y como sentido último del ser. Sin duda, primero en nosotros, pero también en todos los niveles de la creación, mediante nuestra indispensable colaboración. En efecto, la imposibilidad en que estamos de acceder a nuestra propia intimidad y a la de los demás, sin enraizarnos en Dios, nos deja entrever que el universo de que hacemos parte no puede alcanzar su verdadera unidad sin estar unido, a través de nosotros a la Fuente divina. Todas sus articulaciones se deben dislocar cuando deja de estar informado por el amor que estamos encargados de comunicarle. Dicho de otro modo, el mal que cometemos tiene una dimensión cósmica, como el bien al que se opone, y provoca estragos proporcionales a la elevación que resulta para el mundo entero, de nuestra identificación con Dios. La Redención concierne pues también a todo el cosmos, como San Pablo nos lo enseña afirmando la primacía de Cristo sobre todas las cosas, tanto en la tierra como en los cielos (Rom. 8:19-22; Ef. 1:10; Col. 1:15-20).

La redención

Compensar un error con una reparación… es una exigencia de la justicia. Pero si se trata de una ruptura unilateral de amor entre dos seres, ¿qué reparación puede esperar el inocente que persiste en amar?

Pero ¿qué sentido darle a la palabra Redención? (apolutrôsis: Rom. 8:23; Ef. 1:7; Col. 1:14; Cf. lutron (rescate): Mc. 10:45; Mt. 20:28), que significa rescate, liberación de un cautivo por medio de rescate, siendo aquí el rescate la sangre (derramada), por la vida (dada) de Cristo, en una palabra, por su muerte. Varias interpretaciones, fundadas en el sentido literal de rescate, han vulgarizado la noción de una deuda infinita e insoldable, contraída por el pecado respecto de la justicia divina y que solo el Hombre-Dios podía pagar. San Anselmo pasa por haber dado a este argumento la forma jurídica más rigurosa. Lo presentaba la enseñanza ordinaria a partir del catecismo. Lo encontramos en una nota de la Biblia de Jerusalén sobre Mt. 20:28: ”Los pecados de los hombres causan una deuda respecto de la justicia divina, la pena de muerte exigida por la ley [...]. Para liberarlos de la esclavitud del pecado y de la muerte [...] Jesús paga la deuda vertiendo el precio de su sangre [...], es decir muriendo en lugar de los culpables.” (Cf. en el mismo sentido la nota b de Rom. 3:24 y II Cor. 5:21.)

Compensar un error con una reparación en cuanto posible adecuada a la violación del derecho es de seguro una exigencia de la justicia. Pero si se trata de una ruptura unilateral de amor entre dos seres, ¿qué reparación puede esperar el inocente si persiste en amar? La parábola del Hijo Pródigo (Lc. 15:11-32) corresponde precisamente a esa situación y nos sugiere otro camino, que presintió Gandhi en una experiencia humana en que hallamos un sentido muy conmovedor de la redención. Cuenta él que cada vez que al regreso de un viaje le informaban de una falta grave cometida por un miembro de su ashram, se ponía a ayunar antes de llamar al culpable, el cual estaba generalmente tan conmovido por esa penitencia que se infligía el Mahatma en su lugar, que espontáneamente se corregía.

El amor rechazado

Si quiere mantener su fidelidad, un amor rechazado no tiene otro recurso que amar con más generosidad al amado que ya no ama, aunque tenga que morir, para que pueda descubrir nuevas razones de amar en un don absolutamente gratuito.

Por otra parte, en este punto, nuestra experiencia confirma la enseñanza del apóstol de la no violencia. En efecto, sabemos que la única posibilidad de desarmar una enemistad, que se justifica atribuyéndonos todos los errores, es dar nosotros el primer paso, superando el amor propio, para que el adversario pueda vencer el suyo sin sentirse humillado ante nosotros. Con mayor razón, es imposible restablecer una relación conyugal gravemente comprometida, hacer renacer un amor que compromete la vida entera, sin vaciarse de sí mismo para ofrecer a la pareja un espacio interior en que ya no encuentre límites. Si quiere mantener su fidelidad, un amor rechazado no tiene otro recurso que amar cada vez con más generosidad al amado que ya no ama, aunque tenga que morir, para que pueda descubrir nuevas razones de amar en un don absolutamente gratuito.

¿Esta generosidad, de que se muestra a veces capaz el amor humano, no es un reflejo de la de Dios? ¿Podría inclusive surgir si no fuera provocada por la intuición de un bien infinito comprometido en el amor, cuyo encuentro estaría comprometido por la menor apariencia de obligación? En efecto, no puede ser reconocido sino en la liberación interior que es la única capaz de suscitarlo, y entonces, como libertad absoluta. Pero no existe otro bien infinito que Dios mismo. Es pues él finalmente el que nos induce a eclipsarnos, para desmotivar todo conflicto, haciendo contrapeso, por la fidelidad de nuestro amor, a todos los rechazos de amor que podamos sufrir. No se entiende que su acción redentora no sea conforme a esa inspiración que viene de él. El lavatorio de los pies (Jn. 13) no permite la menor duda al respecto.

El mal es la ruptura del lazo nupcial que Dios quiere contraer

Por eso el mal, es decir el mal absoluto que constituye propiamente el pecado, es el rechazo o la ruptura del lazo nupcial que Dios quiere contraer con nosotros y, a través de nosotros, con todo el universo. Hace al hombre exterior a sí mismo, a Dios y a todo. Apaga el Espíritu (Cf. I Tes. 5:19). Nos convierte en cosas en un mundo de cosas, cuyo peso sentimos dentro y fuera de nosotros. Impide que Dios nos aparezca como libertad absoluta, pues nuestra libertad no se actualiza en liberación de nosotros mismos. El sentido de la creación nos escapa ya que nos hacemos incapaces de comunicar a toda realidad el Amor que nos negamos a acoger en nosotros. Nuestra visión del mundo se disloca. Nuestro origen se pierde en la noche de las primeras síntesis de ácidos aminados, pues renunciamos a hacernos origen hoy, en la luz de un nuevo nacimiento unido a nuestro consentimiento, y nuestro fin se hunde en la incógnita de la muerte, por no haberse identificado con la Presencia escondida dentro de nosotros, que es el único camino hacia nosotros. Todos nuestros valores oscilan entre estas dos incertidumbres. Ya no sabemos dónde poner nuestra inviolabilidad y nuestra dignidad, nuestra libertad y nuestra responsabilidad. Ya no discernimos con claridad el bien y el mal, por falta de una referencia firme a un absoluto que ya solo se afirma, y de modo intermitente, a través de subjetividades pasionales que lo deforman y lo monopolizan.

Si tales son los estragos del pecado cuando se afirma su reino, es verdad que constituye desde el principio, como en un matrimonio que se deshace, en un rechazo de amor, cuya fuente solo el amor podrá agotar, y reparar sus estragos. En efecto, jamás será vencido si el amor no se despierta en el corazón de los hombres, gracias a la fidelidad de un amor que no se cansa de amarlos. Jesús nos ofrece un modelo transparente de ese amor re-creador en su diálogo con la samaritana, del que nunca terminamos de maravillarnos. A esa mujer carnal, él le recuerda que también ella es espíritu, revelándole el Dios Espíritu que ella podrá adorar en espíritu cuando lo descubra en el fondo de su corazón como fuente que mana en vida eterna. Así la liberó de una ley sentida como exterior, que ella violaba sintiéndola sin duda como obligación que la alienaba de ella misma, mientras que la llevaba hacia el Bien infinito que permanece en ella, como el Amor, único que puede colmarla.

Jesús enseña a la samaritana la posibilidad de un lazo interpersonal entre ella y Dios.

Vemos realmente que de cierto modo aquí se re-crea la situación nupcial que responde al proyecto creador. En efecto, Jesús enseña a esta mujer la posibilidad de un lazo interpersonal entre ella y Dios. El bien que la urge a realizar es el don de su persona que va a nacer precisamente de su encuentro con Dios, reconocido como el Amor que quiere establecer con ella relaciones de espíritu a espíritu, atrayéndola hacia sí por la libertad que suscita en ella el Don que es él.

La misión del hombre para con la humanidad y todo el universo

La misión del hombre es esencialmente el cargo de liberar toda la creación del reino del pecado, que es rechazo de amor, llevándola al nivel nupcial en que ella podrá por fin realizarse.

Creo que en una perspectiva análoga podemos comprender la misión del hombre para con toda la humanidad y todo el universo. Comporta esencialmente el cargo de liberar toda la creación del reino del pecado, que es rechazo de amor, llevándola al nivel nupcial en que ella podrá por fin realizarse. Esto equivale a un nuevo génesis, más admirable que el primero, pero que solo podrá realizar al precio de su vida.

¿Por qué a ese precio? Ya recibimos un comienzo de respuesta constatando, al nivel del amor humano, que solo pagando con su persona puede esperar el amante fiel reconquistar al amado infiel. Podemos precisar que en tal reconquista se trata de la suprema dimensión del ser, pues se trata de comprometer de nuevo la persona misma del amado en la relación que había roto. Es pues necesario llegar a lo más profundo de él mismo, pero respetando su inviolabilidad en una total renuncia a sí mismo. Así tocamos un misterio de la creación, que tiene sus raíces en la desapropiación en que se realiza eternamente la caridad divina.

El instrumento de una gracia

Sin embargo, el amor humano no es la última instancia. Si no logra hacer revivir una relación en peligro, todo no está irremediablemente perdido. Fue al hallar su diario después de la muerte de su mujer que el marido de Elisabeth Leseur descubrió el lazo que ella deseaba crear con él. Y ese lazo, que era Dios, se estableció en la conversión provocada por ese encuentro póstumo. Mientras vivía, ella ofreció sin duda sus sufrimientos por él con la esperanza de ese acontecimiento; ella no lo vería realizarse durante su vida, pero esperaba la realización del amor de Cristo, muerto por él lo mismo que por ella. Ella tenía ciertamente un papel que jugar en esa conversión y lo jugó heroicamente, pero ese retorno a Dios, tan ardientemente implorado, no dependía de ella sola y ella lo sabía, aspirando solo a ser el instrumento de una gracia cuyo origen no era ella.

Hacer cuerpo con la humanidad del Verbo para unirse a la Divinidad por el lazo nupcial

Al contrario, Cristo constituye el último recurso. Como su humanidad subsiste en el Verbo, todo el universo está llamado a subsistir en su humanidad, a hacer cuerpo con ella, para unirse por ella con la Divinidad, por el lazo nupcial, único que responde al proyecto creador, pues, repito, la Caridad por la cual Dios se da y se desapropia de sí mismo en las relaciones intra-divinas, es el principio y el fin de todo. Pero el universo que Cristo asume, como Verbo encarnado, es un universo descompuesto por la herida del pecado. ¿Cómo podría “realizar­lo”, como diría Berulio, sin hacer de toda su persona un contrapeso de amor, por todos los rechazos de amor que contribuyeron a desfigurarlo despersonalizándolo? No basta que “predique” exhortando a la conversión del mundo que ha desposado en la relación misma que lo une a Dios: es necesario que comprometa todo su ser, vaciándose de cierto modo completamente de sí mismo, para volverlo a engendrar dándose a él con todo el amor que es él. Es lo que nos da a entender san Pablo diciendo que Cristo, “que no había conocido pecado”, Dios “lo hizo pecado por nosotros, para que en él nosotros fuéramos justicia de Dios” (2 Co. 5:21).

La Redención explica la Encarnación y lleva a la Trinidad

La muerte, que es la consecuencia del primer rechazo, es ante todo muerte espiritual. Se puede decir que es la muerte de Dios en el hombre, tan realmente como en estado de gracia, Dios es la Vida de nuestra vida.

No hay palabras que puedan expresar más profunda y brevemente el misterio de la Reden­ción, explicando al mismo tiempo (como vamos a verlo) el misterio de la Encarnación y llevándonos finalmente al misterio de la Santísima Trinidad, cuya eterna comunión de amor quiere comunicarse a toda la creación, haciéndola capaz de disponer de ella sí a través de los seres dotados de inteligencia y de libertad. De hecho, cuando fueron capaces de escoger, estos rehusaron el estatuto nupcial que se les había propuesto e innumerables generaciones ratificaron ese primer rechazo de ser origen, lo cual impidió a toda la especie humana nacer del espíritu y hacer beneficiar al universo de la promoción que habría sido su acabado normal. La muerte, que es la consecuencia del primer rechazo (Rm. 5:12), es ante todo muerte espiritual. Se puede decir que es la muerte de Dios en el hombre, tan realmente como en estado de gracia Dios es la vida de nuestra vida. Si el hombre mata al hombre con tanta facilidad, ¿no es porque la solidaridad con Dios fue rota y que por esa ruptura su rostro perdió lo que lo hacía sagrado?

Apenas sí es necesario decirlo, la muerte de Dios en el hombre no afecta a Dios en su eternidad. Dios no puede perder nada pues todo lo ha dado y su vida es precisamente ese Don infinito que es él. Pero es verdad que el fracaso que el hombre provoca con su ausencia voluntaria es, comparado con su amor que persevera en su voluntad de comunicarse (pues ella es el principio mismo de la creación), la catástrofe más negra, como nos lo revelará él al intervenir personalmente en nuestra historia, en Jesucristo.

Las “profundidades de Dios” muestran que el bien es Alguien

En efecto, en el Verbo encarnado el Amor eterno podrá tomar forma visible y la muerte de Dios en nosotros podrá expresarse en una muerte real en que se manifestarán de manera sensible las “profundidades de Dios”.

Lo que aprendemos en seguida de la muerte humana del Creador es que el Bien es Alguien que se manifiesta como el Amor siempre ofrecido a nuestro amor y que se inmola por amor por nosotros, a fin de que nosotros seamos por fin amor en su Amor. Eso lo habíamos entendido como una ley que se nos imponía desde fuera, que amenazaba a nuestra autonomía y ataba nuestra libertad, y para afirmar nuestra independencia, nos entregamos a todas las servidumbres y a todas las bajezas de un narcisismo aferrado a sí mismo en un extraño resentimiento, y cuyo error y crueldad aparecen ahora en las heridas de Amor del Señor agonizante y crucificado, en que el mal aparece como la muerte de Dios en un rechazo de ser inextricablemente implicado en el rechazo de amar.

Jesús es a la vez ofrecido y oferente, sacerdote y víctima

Jesús muere de esa muerte para liberarnos, estableciéndo­nos en la condición nupcial en que nuestro sí es necesario para sellar en nosotros el sí eterno de Dios; habiendo sido hecho pecado para abolir el reino del pecado en noso­tros y en toda la creación que hace cuerpo con nosotros.

Jesús, el Verbo encarnado, infinitamente solidario de Dios, del hombre y de todo su univer­so, es herido de frente por todos los rechazos que la humanidad no cesa de oponer a Dios, desarmado por su amor respecto de una libertad que persiste en destruirse, desconociendo radicalmente la oblatividad que la realizaría, y, siendo el Príncipe de la Vida, muere de nuestra muerte; muere de esa muerte sórdida que no cesan de enredar nuestra vida los automatismos pasionales a los que nos dejamos ir; muere de esa muerte para liberarnos, estableciéndonos en la condición nupcial en que nuestro sí es necesario para sellar en nosotros el sí eterno de Dios; habiendo sido “hecho pecado”, en su inocencia absoluta, para abolir el reino del pecado en nosotros y en toda la creación que hace cuerpo con nosotros.

Así se inscribe en el centro de la historia la ecuación sangrienta que revela y resucita nuestra grandeza en el sacrificio en que Jesús es a la vez ofrecido y oferente, sacerdote y víctima. El Dios que perdona y el Dios inmolado, no en virtud de una sentencia jurídica que habría subordinado el perdón a esa expiación atroz, sino porque el Verbo encarnado que es él, subsiste en la eterna desapropiación que solo aspira a comunicarse y que nos asume como somos, comprometiendo su libertad soberana para sacarnos de nuestras servidumbres voluntarias.

Identificación con Dios y con los hombres

Los místicos que se ofrecen como víctimas para participar en lo posible en la Pasión del Señor encuentran espontáneamente esta doble identificación, con Dios, por el cual lloran porque es el Amor que no es amado (Giacopone da Todi), y con los hombres, que se des-crean al rehusar de amarlo, descubriendo ellos también que un don de sí totalmente libre es el único capaz de desbloquear, por dentro, un endurecimiento voluntario cuyas resistencias solo pueden ser vencidas por la generosidad de un amor que las asume, como Teresa de Lisieux, lo había entendido desde niña implorando de toda su alma la salvación de Pranzini.

¿De qué peso se cargó el “pesador de almas”? Estimaba cada una al precio de su vida

El perdón de los pecados no es una simple remisión de la deuda. Es el nuevo comienzo de la vida divina en un ser liberado de sí mismo y listo para acogerla.

En efecto, la remisión de los pecados no es una simple remisión de la deuda que paga un castigo, sino el nuevo comienzo de la vida divina en un ser liberado de sí mismo y listo para acogerla. Por eso una oración litúrgica decía maravillosamente del Espíritu Santo: ipse est remissio omnium peccatorum (él mismo es el perdón de todos los pecados).

Este texto se aplica a Cristo Salvador con la misma plenitud, confiriendo el mismo relieve a la interioridad de su acción redentora, que busca hacer renacer en el hombre la libertad nupcial, que lo hará de nuevo creador en un universo que está llamado a sacralizar con su amor.

Diciendo “en el hombre”, en singular, no podemos olvidar que esta acción redentora de Jesús concierne cada hombre en particular, y debe multiplicarse por miles de miles de millones de individuos, sin cesar de ser personal para cada uno, desde el comienzo de la historia hasta su consumación, pues la universalidad del amor pasa por el corazón de cada uno y solo puede alcanzarlo efectivamente asumiendo su unicidad. Si pensamos que cada ser humano ha sido asumido así, en su intimidad más secreta, en la breve duración de una carrera rota al comienzo de la madurez Humanamente hablando, no podemos imaginar qué peso cargó sobre sus hombros el “pesador de almas” que estimaba cada una al precio de su vida.

Los rasgos de nobleza

Nuestra propia vida recibe una extraordinaria comprensión de su propia grandeza, pero que no corresponde a la utilización que le damos a nuestra existencia cotidiana, cuya mediocri­dad, como diría un personaje de Proust, ha sido “elevada a la altura de una institución”. Es verdad que el heroísmo es raro, pero recibe generalmente los honores que merece. El gesto del P. Kolbe en Auschwitz sigue siendo objeto de admiración universal. Cierto sentido del “Himalaya humano” permanece vivo en el corazón de la mayoría de los hombres y crea una especie de unanimidad en el reconocimiento de una grandeza auténtica, que puede además ser más frecuente de lo que creemos. Selma Lagerlöf y Mary Webb encontraron en gente humilde rasgos de nobleza tanto más lucientes cuanto que todo lo deben a la persona y no a la situación. El interés que suscita el arte, especialmente la música, da también a menudo testimonio de una nostalgia de la trascendencia que comporta justamente un rechazo de la mediocridad a la que está condenada la vida de todos los días. Pero es verdad que la Cruz, que abraza todo el universo en un abrazo divino no ha sido generalmente comprendida como un llamado a la grandeza, a pesar del mirabilius reformasti de la liturgia.

En efecto, si Jesús restauró la dignidad de la naturaleza humana de modo más admirable aún que aquél en que había sido creada, es seguramente para que pueda encontrar en la intimidad divina una “vida desbordante” (Juan 10:10).

La Redención suscita un grito de amor

El pecado, transgresión de la ley divina que merecía un castigo eterno, que Cristo nos evitó, a condición de que recurramos a su mediación… Este esquema de la Redención no podría suscitar el grito de amor…

Si muchos cristianos no han hecho la experiencia de esta plenitud, es sin duda porque no han descubierto la relación nupcial que está al principio de la creación y que Cristo tiene por misión de restaurar. El pecado fue simplemente a sus ojos una transgresión de la ley divina que merecía un castigo eterno y que Cristo nos evitó pagando por nosotros, con su sacrificio, la deuda insoldable que habíamos contraído, a condición claro está de que recurramos a su mediación, que acudamos a su mediación a través de los medios de salvación que él instituyó y que observemos en el futuro todos los mandamientos de Dios. Reducida a este esquema, la Redención no podría suscitar el grito de amor que resuena en cada verso del Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz. En esta perspectiva, nuestras relaciones con Dios se asemejarían a las que una pareja quisiera fundar sobre las obligaciones de los cónyuges tales como están promulgadas en el código civil, poniendo el amor entre paréntesis.

El amor implica seguramente exigencias más rigurosas que las que ninguna ley podrá formular jamás, puesto que compromete toda la persona, pero por dentro, por el impulso de una libertad que se realiza en el don de sí. El Cántico espiritual solo pudo brotar de un alma que ha hecho el vacío de sí misma para acoger la Presencia infinita, única que podía colmarla, pero justamente, arde con la plenitud que nos hace sentir en esas palabras “que llevan la vida”.

La Redención no es jurídica

Conviene pues que no insistamos sobre una interpretación jurídica de la Redención. El Bien es Alguien a amar, que puede morir y que en efecto murió por todos nuestros rechazos de amor. “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo. No debemos dormir durante ese tiempo.” Ya hemos escuchado esta invitación de Pascal y, siguiendo su inspiración hemos añadido: “Jesús está en agonía desde el comienzo del mundo”, para abrazar toda la historia en el abrazo de la Cruz, para descubrir el sentido de toda la aventura humana en la ecuación sangrienta que nos iguala con Dios.

Una maternidad divina ofrecida a toda alma para la Vida divina que quiere nacer de nosotros

La maternidad divina… una imagen que apela a nuestra más atenta solicitud hacia la vida divina que quiere nacer de nosotros, para ser en nosotros el secreto último de nuestra intimidad y como centro de nuestro corazón.

Nuestro Señor añade a nuestras relaciones de intimidad con él una dimensión nueva, en las palabras que nos lo muestran comprometido personalmente en nuestra vida bajo el aspecto más capaz de conmovernos: “El que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Marc 3:35). Siempre escucho con la misma sorpresa las palabras: “es mi madre” en el sentido de una maternidad divina ofrecida a toda alma, siguiendo la interpretación que nos propone Beda el Venerable (en otro contexto además): “Concebir espiritualmente al Verbo por la escucha de la fe y la práctica del bien, darle nacimiento y alimentarlo por decirlo así en el propio corazón y en el del prójimo.” La imagen de la madre es aún más conmovedora que la imagen nupcial, sin excluirla desde luego, en el amor que contiene en su eminencia todos los amores. Apela a nuestra más atenta solicitud hacia la Vida divina que quiere en cierto modo nacer de nosotros, para ser en nosotros el secreto último de nuestra intimidad y como el centro de nuestro corazón.

Es imposible expresar de manera más conmovedora hasta qué punto es indispensable nuestro consentimiento a la venida de Dios en nuestra historia y en la del universo, si debe ahí manifestar su rostro: como el Espíritu que interpela a nuestro espíritu, en la interioridad virginal de un intercambio en que se realiza nuestra libertad.

Nuestro consentimiento indispensable nos remite a la Anunciación

Somos así remitidos al diálogo inefable de la Anunciación en que el sí de María hace de ella el don único e incomparable de toda su persona, la Madre del Señor y nuestra, a quien le vamos a confiar filialmente el sí que debemos ser para hacer nacer a Cristo en la humanidad de hoy.


Nota (1) Texto del De Beatitudine, cap. 2, atribuido a santo Tomás de Aquino. “Otra cosa que inflama el alma en el amor de Dios, la humildad de Dios, de que se asombra mucho el alma, porque el Dios todopoderoso se somete a cada uno de los Ángeles y de las almas santas como si fuera un asalariado de cada uno, y como si para él cualquiera de los suyos fuera Dios. Para indicarlo, pasará de uno a otro para servirles, él que afirma en el Ps. 82:6: “Dije: dioses sois”. Y aún, el Dios que está en la cumbre de la perfección cumplirá allá lo que enseña aquí: mientras más grande seas más debes humillarte delante de todos; aunque él los supere a todos por la dignidad y la majestad divinas, se somete a todos por humildad.”

 

 (*) TRCUSLivre «  Quel homme et quel Dieu? ¿Qué hombre y qué Dios? Retiro del Vaticano  »

 Ed. Saint-Augustin, Saint-Maurice (Suiza). Colección "espiritualidad”.

 Prefacio del R.P. Carré.

 Abril 2008. 359 pp.

 ISBN: 978-2-88011-444-2

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