Monasterio del Monte des Cats, el 8 diciembre 1971. (7ª conferencia del retiro, ya publicada a partir del 13/10/2008).

Resumen:

En la historia pública, la muerte de Jesús pudo parecer como un fracaso, y aún después de la resurrección, los apóstoles estaban todavía en el mismo punto. Vino Pentecostés y el nacimiento de la Iglesia que perpetuaba la Presencia de Jesús. La Revelación es el testimonio de que Jesús continúa su Presencia real en el corazón del misterio de la Iglesia.

Toda gracia es una misión

La gracia de la Encarnación, la gracia infinita e incomparable de que fue revestida la humanidad de Nuestro Señor, es una misión porque toda gracia es misión y así se establece, o al menos se afirma, la justicia universal del Señor que, a través de los niveles diferentes alcanza a todos los seres, porque el que tiene más está llamado a dar más, de modo que la igualdad se restablece en la armonía del cuerpo místico que comprende todo el universo.

Pero omití un elemento muy importante en esta consideración, las tentaciones de Nuestro Señor pues precisamente las tentaciones de Jesús nos dan una apertura extremamente profunda sobre la conciencia que Él tenía de la relación entre la gracia y la misión.

En efecto, las tentaciones nos muestran que Jesús, consciente de sus poderes, de los poderes que ejercía con tanto brillo y que, por un tiempo, le dan el concurso y la admiración de las muchedumbres, Nuestro Señor es perfectamente consciente de que sus poderes no deben estar a su servicio. No debe calmar el hambre cambiando las piedras en pan, no debe precipitarse en el abismo contando con los ángeles de Dios para protegerlo, no debe postrarse ante del príncipe de este mundo para obtener el reino del mundo.

Dones, pero para la misión

Cristo pudo conocer los abismos de tinieblas y de desesperación, aunque estuviera revestido de dones, porque sus poderes no debían servirle a Él.

Hay pues todo un aspecto de su personalidad, o mejor un aspecto de los dones infinitos hechos a Su Humanidad por su subsistencia en el Verbo, hay todo un aspecto en que sus dones están reservados a Su misión y no deben servir a Su Persona. Y eso justamente nos ayuda a considerar cómo, desde el punto de vista de la ciencia experimental, según las definiciones que les recordaba esta mañana, efectivamente Cristo pudo conocer los abismos de tinieblas y de desesperación, aunque estuviera revestido de todos esos dones, y haya podido ejercer su poder sobre todos los elementos, inclusive sobre la muerte, porque justamente sus poderes no debían servirle a Él.

Su misión era precisamente hacerlos servir a la redención de la humanidad. Él debía ser el contrapeso de amor opuesto a todos los rechazos de amor, Él debía conocer el infierno en la medida como podía conocerlo la inocencia suprema. Pasó pues por el escrúpulo espantoso en que se vio como pecado viviente, habiéndose “hecho pecado por nosotros” a fin de que nosotros fuéramos, como dice San Pablo “justicia para Dios”. Conoció el abandono supremo y sus últimas palabras fueron palabras de aparente desesperación: “Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?”¿Hubo fracaso de Dios?

¿Termina todo acaso en un fracaso? Nuestro Señor pudo tener esa impresión en el plano de la ciencia experimental, pero sabiendo, en el plano del conocimiento divino, de la visión beatífica y del conocimiento profético, que ese era en realidad el momento redentor.

¿Termina todo acaso en un fracaso? Nuestro Señor pudo tener esa impresión en el plano de la ciencia experimental, pero sabiendo, en el plano del conocimiento divino, de la visión beatífica y del conocimiento profético, que ese era en realidad el momento redentor.

¿Hay sin embargo algún aspecto que se deba retener como fracaso de Dios? ¿Estaba Nuestro Señor encargado de inscribir en la Historia el fracaso de Dios, es decir de revelarnos que, finalmente, la libertad que Dios le da al hombre es una libertad infinita e inviolable, cuya víctima puede ser Dios mismo?

Es seguro que nada era más contrario a las perspectivas tradicionales, nada podía desmontar más las esperanzas que ponían en la intervención de Dios que debía necesariamente ser una intervención todopoderosa y milagrosa.

Desarrollo del ministerio de Jesús

Todos los exegetas observan que, según toda probabilidad, Nuestro Señor pudo comenzar su ministerio en Galilea, en una especie de euforia obteniendo la adhesión y la admiración de la muchedumbre, pudiendo proclamar en el Sermón de la montaña las exigencias más elevadas y magníficas que hayan sido jamás expresadas, y quizá, en el plano del conocimiento experimental que era ciencia progresiva, alimentada de los acontecimientos, que dependía de las circunstancias, quizás esperó convertir a ese pueblo, sacarlo de su particularismo, enviarlo a su verdadera misión que era de ser elegido no para sí mismo sino para los demás. ¿Tuvo Él por un momento esta esperanza, aun sabiendo una vez más en lo intemporal, que todo terminaría en catástrofe? Es posible.

Los exegetas observan, en general que hay reflujo, que poco a poco – lo vimos después de la muerte de Juan Bautista – las idas y venidas de Jesús son prudentes. Se siente más o menos perseguido por la policía de Herodes. Se va a Decápolis o a la región de Tiro y de Sidón. Pasará a Cesarea de Felipe donde tendrá lugar la célebre confrontación con sus apóstoles: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Parece pues que hubo una baja de popularidad y que en el plano del conocimiento experimental tuvo que dedicarse más profundamente a la educación, a la formación de sus discípulos que debían remplazarlo, y que estaban por otra parte lejos de estar preparados para el desenlace trágico que va a dispersarlos y comunicarles también a ellos una especie de desesperación.

En el plano de la historia pública, es un fracaso

¡Ya lleva tres días en el sepulcro! “Esperábamos, dicen los discípulos de Emaús, esperábamos que iba a ser el salvador de Israel y ¡ya van tres días desde que estos acontecimientos se realizaron!”

Una vez más, ¿en qué medida, en el plano del conocimiento experimental, estuvo Nuestro Señor sorprendido y desgarrado? Vemos bien que Su agonía – que no es una representación sino una trágica realidad – vemos bien que su Agonía contiene una noche tal que pide por tres veces ser liberado de ese cáliz, aunque se abandona a la voluntad divina.

En todo caso, en el plano de la Historia, es un fracaso. Y, en el plano de la Historia, no vemos cómo Jesús habría podido triunfar de ese fracaso si los discípulos no hubieran tomado el relevo, si el testimonio que Él había dado de Su Persona y Su misión no hubiera sido retomado por la Iglesia naciente.

Es un hecho que en el plano de la historia, por lo menos de la historia pública, de la historia oficial, todo termina con la muerte de Jesús, ¿verdad? El Viernes Santo es el fin de su historia. Su proceso se desarrolló con una publicidad suficiente para dejar rastros en los archivos, fue juzgado públicamente, y las autoridades romanas y judías concurrieron a su condenación.

La Resurrección es un acontecimiento confidencial

Su Resurrección, por el contrario, es un acontecimiento confidencial. Es totalmente claro que la Resurrección, a propósito de la cual observábamos que era una exigencia interna de la estructura de su ser, murió de muerte interior, murió de nuestra muerte, murió por el pecado, murió espiritualmente, murió de esa especie de condenación que soportó para liberarnos de ella – y resucitó por necesidad interna, por ser el Príncipe de la Vida. No pudo pasar por la muerte sino identificándose con nuestra muerte, pero la Resurrección, tan interior como pueda serlo, tan necesariamente como pueda brotar de los principios y de la estructura misma de Su ser, tan realmente como haya sido atestiguada, la Resurrección sigue siendo a pesar de todo un acontecimiento confidencial en el sentido de que Nuestro Señor no se mostró a los que lo habían condenado. No se mostró a Pilatos, no se mostró a Caifás, no se mostró al Sanedrín.

Se apareció a sus amigos, sólo a los hombres y mujeres que lo frecuentaban, que deploraban los acontecimientos y se lamentaban del fracaso de una misión en que habían puesto todas sus esperanzas. A ellos se les aparece en circunstancias por demás muy diversas, con mucha frecuencia al precio de un error, primero no lo reconocen y luego lo reconocen, y cuando las apariciones terminan, después de la última entrevista de Nuestro Señor con sus discípulos, los discípulos no saben qué hacer de la Resurrección.

El Papa San Gregorio, comentando el encuentro de los discípulos de Emaús con el Señor, dice admirablemente: “Jesús se les apareció al exterior como estaba dentro de ellos.

El Papa San Gregorio dijo además al respecto palabras infinitamente profundas, mostró – y es lo que da justamente la nota confidencial misma de las apariciones – el Papa San Gregorio, comentando, como ustedes recuerdan, el encuentro de los discípulos de Emaús con el Señor, dice admirablemente: “Jesús se les apareció al exterior como estaba dentro de ellos”.

Dentro de ellos, lo amaban, lo añoraban y dudaban. Al exterior, Jesús aparece realmente, pero se les aparece bajo rasgos que no reconocen, y sólo al final del viaje, cuando retienen al peregrino, cuando lo fuerzan en cierto modo a aceptar su hospitalidad, entonces se abren sus ojos en la fracción del pan, lo que San Gregorio comenta diciendo admirablemente: “No fueron iluminados al escuchar los preceptos del Señor sino cumpliendo la caridad hacia el peregrino desconocido, cumpliendo los preceptos recibieron la Luz”. (1)

Vemos pues que, firme y suficientemente atestiguada como para que los apóstoles vuelvan a la esperanza, sin saber muy bien por otra parte lo que va a suceder, la Resurrección de Jesús tiene un carácter confidencial, adaptado a la mente de los discípulos o de las mujeres que siguen Sus huellas y Lo van a buscar en el sepulcro o que están reunidos en oración en memoria Suya.

Los apóstoles se habían quedado en el mismo punto

Por otra parte, como acabo de indicarlo, las apariciones no aclararon nada. Aunque volvieron a encender la esperanza, simplemente invitaron a los discípulos a retomar sus antiguos sueños, pensando que su cumplimiento había sido diferido y que el milagro esperado, luminoso, se produciría finalmente, pues en la última conversación situada tradicionalmente en el día de la Ascensión, la última pregunta que le hacen al Señor es: “¿Es en estos días cuando vas a restablecer el reino a favor de Israel?”

Podemos pues decir con la mayor seguridad que si todo se hubiera acabado ahí, si los apóstoles sólo hubieran tenido las apariciones de Cristo resucitado, no habrían sabido qué hacer de ellas porque estaban en el mismo punto, pues habían vuelto simplemente a las esperanzas desmentidas por la crucifixión ¡y pensaban que iban a realizarse después de la Resurrección!

El gran acontecimiento de Pentecostés

La verdadera percepción de la Humanidad de Nuestro Señor se realiza el día de Pentecostés mediante la interiorización de Su Presencia en el corazón de los discípulos.

Pero van a entrar en el período de espera, en el gran retiro de preparación para Pentecostés y ahí se va a realizar el gran acontecimiento, el gran milagro, que es un milagro interior, el milagro de los milagros, pues se van a abrir sus ojos y se les va a revelar el significado de la Vida del Señor, y entonces van a encontrar a Jesucristo en lo más profundo de sí mismos.

Y eso puede ser lo más impresionante del misterio de Pentecostés, que ese Jesús que habían visto delante de ellos, Lo perciben, Lo encuentran ahora dentro de sí mismos y comprenden el verdadero valor de Su Humanidad, ya que Su Humanidad era justamente el sacramento puro inseparablemente unido a la Divinidad, el sacramento de la Presencia personal de Dios.

La humanidad de Jesús fue pues interiorizada totalmente, concentrada en la luz divina y en el fondo no se podía tocar. Nuestro Señor dice a la Magdalena: “¡No me toques!” Eso vale sin duda no solamente para Su vida de resucitado sino para Su vida en general, en el sentido de que no se llegaba a la verdad de su Humanidad sino tomándola del interior en su unión personal con la divinidad que la transfiguraba, tal como se manifestará en el día de la Transfiguración.

Entonces la verdadera percepción de la Humanidad de Nuestro Señor se realiza el día de Pentecostés mediante la interiorización de Su Presencia en el corazón de los discípulos. En cierto modo ellos son desposeídos de sí mismos, curados de sus límites, ¡y se van a atrever, hasta el martirio, a hacer a hacer lo que antes no se habían atrevido! Y el hombre tímido, el hombre que lo había negado después de haber prometido ir hasta la muerte, el hombre que ante una sirvienta había jurado no conocer a su Maestro, será el primero en afrontar la muchedumbre, en afrontar las autoridades, en afrontar la prisión, hasta afrontar el martirio.

Se realizó en ellos un cambio extremamente profundo y ese cambio se puede traducir por la interiorización de la Presencia de Jesús en ellos. ¡Ya no están solos! Están habitados por Él, van a hablar en Su Nombre, son como sacramentos Suyos.

Se realizó pues en ellos un cambio extremamente profundo y ese cambio se puede traducir por la interiorización de la Presencia de Jesús en ellos. ¡Ya no están solos! Están habitados por Él, van a hablar en Su Nombre, son como sacramentos Suyos y por eso ya toda clase de miedo los ha abandonado, no le tienen miedo a nada, están listos a dar la vida y, como Cristo les había prometido, van a encontrar las palabras adecuadas para responder ante los tribunales a las acusaciones o a las prohibiciones que les van a oponer. Esa transformación profunda nos hace participar en el nacimiento de la Iglesia.

El nacimiento de la Iglesia

La Iglesia no puede cumplir la misión, no puede perpetuar la Presencia de Jesús sino porque ella es el sacramento de esa Presencia.

El nacimiento de la Iglesia tiene una importancia infinita para nosotros y para el futuro del mundo, para toda la historia, precisamente porque el nacimiento de la Iglesia es el acontecimiento que inscribe en la historia la historia de Jesús.

Jesús no escribió nada. En el plano de su vida pública, su vida termina en una catástrofe. ¡Nada de Su acción y de Su presencia habría sobrevivido si no hubiera sido continuada a través del misterio de la Iglesia! El misterio de la Iglesia es el que va a retomar la acción – o mejor, el que va a perpetuar esa Presencia.

Y la Iglesia no puede cumplir la misión, no puede perpetuar la Presencia de Jesús precisamente sino porque es el sacramento de esa Presencia. Es de importancia definitiva establecer el lazo entre el misterio de la Iglesia y el misterio de Jesús. Todo lo que sabemos de Jesús nos viene por la Iglesia. Las Escrituras del Nuevo Testamento son obra de la Iglesia que comenzó además su acción sin otra escritura que la del Antiguo Testamento, que era insuficiente para anunciar el misterio de Cristo.

Jesús entró en la historia bajo el aspecto del misterio de la Iglesia

Le témoignage de l'Eglise, c'est le témoignage que Jésus se rend à lui-même.

Entonces Jesús entró efectivamente en la historia para transformarla hasta el fin de los tiempos, Jesús entró efectivamente en la historia bajo el aspecto del misterio de la Iglesia. Era, además, otra manera de realizar la misión que se dirigía a todos los hombres, de extender a todos los hombres el misterio de la Encarnación, de hacerlos participar a todos para que realizaran juntos la unidad divina del género humano y de la Creación en la irradiación de Su Presencia.

Es pues totalmente imposible ir hasta Jesús más allá de la Iglesia, más allá de los documentos que nos ofrece la tradición de la Iglesia, más allá de los documentos del Nuevo Testamento, más allá de su tradición oral que está inscrita en los documentos sin estar por otra parte encerrada en ellos.

El testimonio de la Iglesia es el testimonio que Jesús da de Sí mismo. Ese testimonio es repetido bajo el sello del Espíritu Santo y no hay otra posibilidad fuera de esa de comunicar con Cristo, a condición de no olvidar – y eso es esencial – que Jesús en persona permanece en la Iglesia, prosigue su carrera en la historia bajo el velo del organismo sacramental que es justamente el misterio de la Iglesia.

En efecto, no bastaba que los discípulos dieran testimonio de lo que vieron y escucharon, primero porque lo que vieron y oyeron no agota la Revelación ya que Nuestro Señor se adaptó a ellos forzosamente, porque ellos mismos no siempre entendieron completamente las palabras del Señor. Vemos bien que hay una progresión en los Evangelios, pasando de los Sinópticos a San Juan, que el cuarto Evangelio es generalmente más interior, supone una experiencia cristiana ya más profunda. No podemos pues limitar nunca la revelación a los textos de que disponemos, diciendo: La revelación entera está en estas palabras.

La misión del Señor, tan corta como haya sido, no se agota evidentemente en las pocas centenas de páginas del Nuevo Testamento.

La Revelación de Jesús, es Jesús mismo

Hay pues que tener por absolutamente cierto que la revelación es el testimonio que Jesús sigue dando de sí mismo en Su Presencia real en el corazón del misterio de la Iglesia.

La revelación de Jesús es Jesús mismo. La revelación es inagotable y por otra parte, aunque tuviéramos una revelación completa, totalmente consignada en las palabras escritas o habladas, faltaría comprenderlas, comentarlas, y sabemos que los comentarios separados del maestro, los comentarios de los discípulos, pueden ser imperfectos, limitados, y reflejan lo que el discípulo entiende de la doctrina del maestro, y esto puede ser un límite impuesto al pensamiento del maestro.

Hay pues que tener por absolutamente cierto que la revelación es el testimonio que Jesús sigue dando de sí mismo en Su Presencia real en el corazón del misterio de la Iglesia. San Pablo nos lo afirma absolutamente con su testimonio.

La teología de la Iglesia y de su identificación con Cristo tiene claramente un fermento magnífico en la conversión de San Pablo. San Pablo, el enemigo que, como rabino, como discípulo de Gamaliel, como testigo y cómplice de la muerte de Esteban, en su clarividencia, mucho antes que los apóstoles, fue el primero en ver con celo santo, el primero en percibir la incompatibilidad entre la sinagoga y la Iglesia cuando fue derribado por la gracia a las puertas de Damasco y oyó la voz del Señor que se identificaba con la Iglesia que él quería ahogar, exterminar en sus comienzos: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”. En ese mismo momento, en la misma luz, percibió pues la identidad de Jesús con la Iglesia, conoció a Jesús en la Iglesia y a la Iglesia en Jesús y es imposible ir más lejos en la identificación.

La garantía de la identificación de la Iglesia con Cristo

La misión de la Iglesia no puede cumplirse sino en estado de total dimisión.

Esa identificación es infinitamente preciosa, pues nos garantiza que en efecto la revelación sigue estando en la Persona, sigue consistiendo en la Persona de Jesucristo. No dependemos de los comentarios, no dependemos de la comprensión parcial que los apóstoles puedan tener de Su enseñanza. Tenemos un testimonio que no cesa de explicarse en la Presencia misma de Jesús, tanto que hasta el fin de los siglos cada alma está llamada y tiene el privilegio de encontrar a Jesús en Persona por medio de la Iglesia sacramento.

La consecuencia de esto es que, si la Iglesia es Jesús, según el testimonio mismo de las palabras del Señor a Pablo a las puertas de Damasco, si la Iglesia es Jesús, eso quiere decir que todo lo que no es Jesús en la Iglesia es sólo signo de Jesús, signo y sacramento de Jesús, y que la Iglesia no tiene sino una posibilidad, la de dar testimonio de Jesús y comunicar la Presencia de Jesús. Esto quiere decir que la misión de la Iglesia no puede cumplirse sino en estado de total dimisión.

En la Iglesia, toda misión es renuncia y corresponde a una vocación de pobreza

En la Iglesia no hay poder que dé a los jerarcas dominio sobre los demás considerados como súbditos: en la Iglesia toda misión es dimisión, toda misión corresponde a la vocación de pobreza que brilla en el corazón de la Trinidad divina, que resplandece en la humanidad de Nuestro Señor enteramente despojada de sí misma por la subsistencia en el Verbo, que se refleja en la bienaventurada Virgen María cuya maternidad virginal vimos precisamente que procede del vacío total que se realiza en ella desde el primer instante de su existencia por su Concepción Inmaculada. Y ese misterio de pobreza se perpetúa en la Iglesia cuya misión se realiza mediante una dimisión total.

Eso quiere decir inmediatamente que el fiel, el discípulo de Jesús, el “cristiano”, como se llamó a los discípulos en Antioquía, el cristiano es totalmente libre, absolutamente libre de todo lo que no es Cristo.

No tiene sino un solo señor que es su liberador, un solo Señor que está de rodillas ante él en el lavatorio de los pies, un sólo Señor que es interior a él mismo y que se propone siempre sin imponerse jamás.

Porque, a la luz de la fe, no puede sino descubrir a través del sacramento eclesial, ya sea la jerarquía, ya el cuerpo de los fieles, ya los signos sagrados que transmiten la gracia, ya los ritos en que se expresa la divina liturgia. De todos modos el fiel, el que pone su fe, el que da su corazón a Dios según la fuerza de la palabra “creer”, da su corazón a Dios.

Lo da en efecto en la plenitud de su libertad ya que su fe le hace atravesar los signos y sus límites y lo pone siempre frente al Señor que se esconde en lo más profundo de su ser para conducirlo a la Libertad Divina.

La Iglesia es un instrumento y sacramento de liberación

Si Dios se nos revela en Jesús como libertad infinita, si, a través de Jesús, nuestra libertad puede realizarse como jamás pudo hacerlo sin Él, si es Él quien nos la revela, si es Él su fermento, es imposible que la iglesia que perpetúa Su Presencia sea otra cosa que un instrumento y un sacramento de liberación.

Esto es absolutamente capital porque si Dios se nos revela en Jesús como la eterna Trinidad, si Dios se nos revela en Jesús como libertad infinita, si, a través de Jesús, nuestra libertad puede realizarse como jamás pudo hacerlo sin Él, si es Él quien nos la revela, si es Él su fermento, es imposible que la iglesia que perpetúa Su Presencia sea otra cosa que un instrumento y un sacramento de liberación.

Eso vale en todos los planos, incluso el dogmático. A propósito del bandido y su terror ante la condenación a la que se sentía condenado, vimos que a medida que se interiorizaba su relación con Dios, en la misma medida era también liberado de sus terrores y que el temor al que llegó no era ya el de ser sumergido en una desgracia infinita, sino el de herir ese Amor adorable que se ha puesto en sus manos. Ve pues cada vez más que, al interiorizarse, el sentido de la responsabilidad adquiere una dignidad cada vez mayor y llega finalmente a la maternidad divina que evocábamos esta mañana: “El que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Una libertad que es, claro está, exigencia cada vez más profunda de purificación, de don, de amor, de dimisión de sí mismo, ya que en la dimisión es como se realiza la libertad.

La Iglesia es Alguien

La Iglesia es Alguien, es Jesús oculto, para ser descubierto precisamente por el amor, oculto para no imponerse a nadie, oculto para seguir siendo secreto de amor, pero presente realmente, dando a cada uno la ocasión de un encuentro personal con Él.

Nada es más importante que descubrir la Iglesia bajo este aspecto. La Iglesia es Alguien, la Iglesia es una Persona, la Iglesia no es una institución como las demás, la Iglesia es el sacramento que sólo la fe puede reconocer ya que sólo el cuerpo místico tiene mirada mística y puede descubrir ese aspecto esencial y constitutivo de la Iglesia.

La Iglesia es Alguien, es Jesús oculto, para ser descubierto precisamente por el amor, oculto para no imponerse a nadie, oculto para seguir siendo secreto de amor, pero presente realmente, dando a cada uno la ocasión de un encuentro personal con Él, sin ninguna interposición de los límites humanos.

A la mirada de la fe eclipsarse en la persona de Jesucristo

Pues el hombre que es sacramento eclesial, sea Pedro, Santiago o Juan, sea Pablo o Apolos, sea el fiel más desconocido y más anónimo, cada miembro de la Iglesia no es la Iglesia sino en la medida en que se eclipsa todo en la persona de Jesucristo, al menos a los ojos de la fe, y cuando el hombre de Iglesia no es eso, se convierte en lo que Nuestro Señor dice a Pedro: “¡Satanás!”

En efecto, el hombre de Iglesia solo es hombre de Iglesia en la medida en que realiza la obra de Cristo abandonándole todo su ser. Cuando quiere hacer sus negocios bajo el nombre de Cristo, cuando bajo el nombre de Cristo quiere desviar a Cristo de su verdadera misión, o desviar el Evangelio de su verdadero significado, deja de ser la Iglesia y entra en la calidad de “Satanás”.

El mismo hombre puede ser “Pedro”, la piedra sobre la que se funda la Iglesia por los siglos de los siglos, y al mismo tiempo, si se deja ir a sus propias inclinaciones, si no quiere entrar en las profundidades de la cruz, si no tiene inteligencia de la libertad en la dimisión, puede oponerse al designio de Cristo y ser tratado por Él como tentador.

Entonces el cristiano no trata con Pedro como tal, y cuando Pedro quiere ser Simón, hijo de Juan, cuando quiere retomar su identidad primera, deja de ser Iglesia.

Jesús pues nos liberó al máximo de toda limitación humana revelándonos, o revelándose a Saulo en el camino de Damasco, como la Presencia eternamente viva que se perpetúa a través de toda la historia bajo el velo del misterio de la Iglesia.

Nuestros límites

Todo lo que podamos hacer no significa nada, ¡nada! Podemos hacer obras sin cesar, si son simplemente una manera de expresarnos, de hacer brillar con complacencia nuestros dones y talentos, no significan nada.

Nuestros límites pueden, claro está, arrojar una sombra, retardar en cierto modo, desgraciadamente, el reconocimiento del misterio de la Iglesia y por eso tenemos que concentrar todos los esfuerzos en la manifestación del misterio de la Iglesia. Tenemos que volver a encontrar el bautismo de fuego de Pentecostés, tenemos que volver a encontrar las lenguas que ponen en movimiento el lenguaje interior, tenemos que tomar conciencia de que somos los sacramentos de la Presencia de Jesús y de que no podemos serlo sino en estado de total dimisión.

Todo lo que podamos hacer no significa nada, ¡nada! Podemos hacer obras sin cesar, si son simplemente una manera de expresarnos, de hacer brillar con complacencia nuestros dones y talentos, no significan nada.

El único testimonio irrechazable es el de la pobreza de espíritu, el de la dimisión, ¡el de ser transparentes a Jesús! Ese es el único testimonio, y ese testimonio no necesita obras, no necesita signos, basta con que sea.

En el Cairo, una basílica en honor de santa Teresa del Niño Jesús

Nada me impresionó más en El Cairo que este hecho: una basílica levantada en honor de Santa Teresa del Niño Jesús, construida en parte con dinero de los musulmanes, el permiso había sido dado porque se trataba de una basílica en honor de Santa Teresa y, en ese barrio que se vacía de cristianos, el barrio de Choubra que había sido un barrio cristiano por excelencia, en ese barrio en que los griegos, o los italianos, o los malteses, o incluso los coptos se hacen cada vez más raros, ¿qué es lo que llena esa iglesia?

Mujeres musulmanas, mujeres del pueblo, mujeres que no saben leer, ¿y por qué vienen? ¿Qué vienen a buscar en una basílica cristiana cerca de la efigie de Santa Teresa? ¡No lo saben ellas mismas! Se sienten bien ahí, se sienten bien, y eso constituye la vida de esa iglesia, las mujeres musulmanas que vienen a escuchar, más de 75 años después, el llamado misterioso de una extranjera cuya lengua ignoran, muerta a los 24 años, que no hizo sino darse, ofrecerse y eclipsarse en la Persona del Señor.

Por otra parte, no por nada la hicieron patrona de las misiones aunque nunca salió del convento, ¡porque había que mostrar justamente que la fuente de toda misión es la entrega de sí mismo!

Devolverle a la Iglesia el rostro místico dándole a Cristo en persona

Siguiendo a Santa Teresa del Niño Jesús, acumulemos el silencio interior y hagámonos portadores del diálogo con Cristo, único que puede ser luz del mundo.

Pues bien, en la época en que vivimos, en el desorden, en el tumulto, en la desorientación de los clérigos, de los sacerdotes, de los monjes, de las religiosas que se preguntan para qué pueden servir, sin darse cuenta de que son más necesarios que nunca, que precisamente su misión es dar a Cristo en persona y que esa es su misión irremplazable: ¡dar a Cristo en persona! ¡No tienen que trasmitir signos, palabras, una doctrina, una enseñanza o una filosofía! Tienen que comunicar a “Alguien” que ama a cada uno hasta la muerte en la Cruz y que quiere ser en cada uno la Vida de su vida.

Nada hay más importante para nosotros: ¡hay que devolverle a la Iglesia el rostro místico! que parezca a través de nosotros como el cuerpo místico del Señor. Es necesario que, en la transparencia de nuestra vida, brille el Rostro de Jesús.

¡Imposible esperar nada de las técnicas, de los métodos, de todas las organizaciones, de todas las proclamaciones, de todos los medios de comunicación, si Jesús no vive en el fondo de nuestros corazones! ¡Todo eso no hará sino ruido, diversión de las mentes, alejarlas del centro y herir el cuerpo místico del Señor!

Tenemos pues que reaccionar, y es necesario que siguiendo a Santa Teresa del Niño Jesús, acumulemos el silencio interior y nos hagamos portadores del diálogo con Cristo, único que puede ser luz del mundo.

No podemos pues ser auténticamente de Iglesia sino renunciando a nosotros mismos con una voluntad obstinada de dejar transparentar a través de nosotros el Rostro de Jesús por el cual suspira la tierra entera.

La Iglesia es Alguien. La Iglesia es una Persona. La Iglesia es una Presencia. La Iglesia es Jesús. No podemos pues ser auténticamente de Iglesia sino renunciando a nosotros mismos con una voluntad obstinada de dejar transparentar a través de nosotros el Rostro de Jesús por el cual suspira la tierra entera.


(1) Cf. ¿Qué hombre y qué Dios?, retiro en el Vaticano. Capítulo 5, Los ojos del corazón: renacer para conocer.

El papa san Gregorio: “A dos discípulos que marchaban en el camino, y que en realidad no creían, pero hablaban de él caminando, se les apareció el Señor, pero no les mostró un rostro que pudieran reconocer. El Señor les mostró pues al exterior, a sus ojos corporales, lo que se manifestaba dentro, a los ojos del corazón. En efecto, en el interior amaban y dudaban, y justamente, el Señor estaba presente al exterior pero no les mostraba quién era. Mientras hablaban de él, manifestó su presencia, pero como dudaban de él, les ocultó la visión de su rostro.”… “No fueron iluminados escuchando sus enseñanzas sino poniéndolas en práctica.”

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