En la Abadía Cisterciense de Timadeuc, en abril de 1973. Ya publicada en este sitio el 11-14/02/11.

Resumen:

¿Dónde situar la dignidad del hombre? En una creación interior. La maternidad de María es una maternidad de la persona, símbolo de una humanidad-persona, que precede a la de la naturaleza. La maternidad de María brota del corazón de Dios. La personalidad de María está sellada en la persona de Jesús.

Saber dónde situar la dignidad del hombre

Reverendos padres y hermanos,

El mayor crimen que pueda cometerse es el de robar al hombre su humanidad, y es lo que ha hecho el capitalismo liberal, en nombre de la libertad misma del contrato. Pero era una libertad homicida ya que los obreros no tenían otra posibilidad que aceptar salarios de hambre para no morir positivamente de hambre. Entonces se verificó lo que hemos visto con tanta frecuencia: en la indignidad del trato que sufre, el hombre tomó conciencia de su dignidad. Y en ese fundamento se apoyó Marx: movilizó el proletariado contra una situación indigna, pero fue completamente incapaz de dar fundamento a la dignidad. Lo hemos observado continuamente: es fácil alzarse "contra", pero es muy difícil adivinar en qué dirección está el bien que reclamamos. Y esa es la situación actual: seguimos reclamando la dignidad del hombre pero no sabemos situarla, y finalmente cada uno comete el crimen de robar al hombre su humanidad: los marxistas, en nombre de su absoluto, la colectividad anónima… pero también el mundo libre ignora el sentido de la persona y por omisión, por ignorarlo, deja morir la humanidad del hombre.

El mayor error sería reivindicar la creación interior sin vivirla; y si tenemos que intervenir – y debemos hacerlo – solo puede ser viviendo la creación interior de tal manera que brille sobre el mundo entero, como lo hizo Santa Teresita de Lisieux, en la oscuridad de su convento, pues los bienes del espíritu solo se comunican viviéndolos. ¡El mayor peligro que corre la Iglesia en este momento es el cacareo ilimitado en que se propone toda clase de programas magníficos, pero sin vivirlos!

La creación interior

Los bienes del espíritu solo se trasmiten en la medida en que se los vive.

Los bienes del espíritu solo se trasmiten en la medida en que se los vive. Está bien morir con el fusil en la mano como el Che Guevara, ¿y después?... ¿Qué valores va a descubrir la humanidad? ¿Qué había en el Imperio Británico cuando Gandhi lo afrontó? 200, 300000 ingleses... que dominaban a 500 millones de hombres. Habría sido tan fácil masacrar a los ingleses, ¡pero no! ¡No toquen ni uno de sus cabellos! La consigna de Gandhi era: hay que recordarles su humanidad; ellos también son seres humanos, son capaces de alcanzar la conciencia de la justicia; hay que darles la oportunidad; mediante movimientos pasivos que impidan al gobierno británico dominarnos, podremos en cierto modo afirmar nuestra dignidad; pero la vida del inglés debe ser sagrada para nosotros, y hay que llevarlo justamente a tomar conciencia de la injusticia que está cometiendo, para que espontáneamente haga reparación.

"Entremos en la espesura", dice San Juan de la Cruz, y dediquémonos a la creación interior; así… así contribuiremos al nacimiento de la verdadera humanidad.

La creación interior es pues lo que vamos a contemplar en la Santísima Virgen, origen precisamente del mundo nuevo, eternamente nuevo, salido del Corazón de la Santísima Trinidad; porque esa es la gran novedad: la Santísima Trinidad, novedad que jamás se agota y que solo puede suscitar cada día nueva admiración.

El nacimiento de Jesús

Para abordar el misterio de la Santísima Virgen, tomemos el texto de San Mateo que ustedes conocen de memoria, pero que es también siempre nuevo: "El nacimiento de Jesucristo fue así: su madre, María, estaba comprometida con José, y antes del matrimonio quedó encinta por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, que era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en secreto. Pensaba en eso cuando un Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas tomar a María como esposa tuya, pues el bebé que ella está esperando es obra del Espíritu Santo”

¡En sí, este texto tiene algo de milagroso, es extraordinario, es prodigioso! En diez líneas, todo el drama humano, todo el drama de amor que haya sido jamás vivido en la historia; y cuánto pudor y sobriedad para evocarlo. ¡Es inaudito, es increíble! Cada palabra traduce toda la tragedia, y sin embargo… con infinita discreción. Porque al fin ¿de qué se trata? Una novia embarazada; el novio no sabe nada, según la ley judía tiene derechos sobre ella, y esos derechos van hasta reclamar la lapidación, pues tal es la pena prescrita por la Ley para la novia que se deja seducir. Y José toma conciencia de la situación. Está seguro de su inocencia, debe haber un culpable… pero no va a exigir nada. Está seguro de su inocencia pero no quiere someterla a explicaciones dolorosas que podrían parecer ocultar alguna duda.

Entonces la va a devolver a la familia, discretamente, en secreto, a fin de proteger su honor. De parte suya el don es total, tanto más cuanto que es silencioso. A través del silencio, ella va a comprender el respeto infinito con que la rodea y la fe total que le tiene. ¿Pero por qué no habla ella? Con plena intuición, ella comprende el drama que hay en el corazón de su novio; con una sola palabra podría ponerlo al corriente del misterio; pero no, justamente porque ese misterio no le pertenece: es el secreto de Dios, que es el que la comprometió con esa maternidad, y Él puede poner fin al misterio, siendo el único que tiene autoridad de revelar, de manera absolutamente segura el origen de lo que está pasando en ella.

Dos silencios, y en cada uno el sentido infinito de la grandeza

Y eso es lo singular en la historia del mundo: los dos silencios, los silencios enfrentados, de dos seres que viven el más gran amor del mundo, silencio motivado en ambos por el sentido infinito de la grandeza. Y noten que de San José no tenemos ni una palabra… ¡ni una sola! Solo tenemos su silencio, ¡un silencio colosal, gigantesco, que hace de él el gigante del silencio!

Y por fin, el desenlace; el mensaje… el mensaje recibido en sueños, el mensaje del ángel que resucita ese amor. Ese amor estaba muriendo, estaban al bordo de la separación, y resucita. Fue radicalmente desapropiado por esa "noche" trágica y lo recuperan con tanto más alegría como maravilloso don de Dios. ¿Cómo tomar mejor conciencia del valor del silencio y de su eficacia creadora, y cómo no maravillarse de que el nuevo génesis, el génesis del segundo Adán comience con ese drama del amor humano? Porque ese es el génesis del segundo Adán, nacido virginalmente, de una virginidad a la cual José va a ser asociado por su propia virginidad, y es quizá precisamente, para él un llamado a la virginidad… al hacerse padre de Jesús, más padre que todos los padres, por ser padre por consentimiento, por ser padre por el don de sí mismo, por estar encargado de dar al Verbo Encarnado el nombre de Jesús.

Un drama de amor

Ese es nuestro génesis: ese drama de amor que nos recuerda que María está casada, no es solo madre y virgen sino también esposa, en un sentido único, incomparable, pero no menos real. Y la pareja incomparable de María y José entró en el universo crístico precisamente por la desapropiación que imprime a ese matrimonio único el sello de la Santísima Trinidad. Pero al mismo tiempo, tratándose de un drama de amor, el génesis de Cristo está cargado de un peso inmenso de humanidad en que se revela ya la dirección de la nueva creación, porque el nuevo génesis revela lo que debería haber sido el primero. El primer génesis debería haber sido justamente el advenimiento de la persona, el advenimiento de la libertad; la primera pareja debería haberse hecho origen, no dejarse llevar por el universo, coronar toda la evolución con el movimiento oblativo que le diera sentido.

En el nuevo génesis justamente, la virginidad que es su origen indica toda la dirección de la historia: allá se debía llegar, a la humanidad de la persona.

Una humanidad-persona

Marcados por el primer rechazo, nos hemos quedado en una humanidad animal, somos humanidad zoológica, aún no somos humanidad persona. Pero justamente en Jesús se inaugura la humanidad persona, la humanidad cuya unidad se constituye por la intercomunión de los espíritus, cuya unidad se construye en cada uno por el movimiento oblativo que hace de él un bien universal.

Todo eso está anunciado en la concepción virginal de María. Es de suma importancia pues justamente ahí se revela y se recobra todo el sentido de la creación. No se trata de multiplicar seres humanos como conejos, sino de suscitar personas que eternicen la vida, y que sean cada una portadora del universo, coronándolo con la ofrenda de sí mismas. Pero desde luego, la concepción virginal, que prefigura ya la misión del segundo Adán, concierne en primer lugar a María que por primera vez en la historia realiza la maternidad del espíritu. En efecto, la maternidad de María es fruto de su contemplación; la maternidad de María no es una partenogénesis natural. Ustedes saben que ya se ha tratado de provocar la fecundación sin concurso de machos ni semen, en especial con conejas, excitándolas especialmente con glaciaciones y se ha logrado provocar la fecundación de manera puramente mecánica, entreviendo así la posibilidad de verdaderas partenogénesis. Yves Delage, que se ha especializado en este tipo de investigaciones, entreveía ya la posibilidad de fecundación humana en que el hombre quedaría totalmente excluido.

Si así fuera, el caso de María no entraría en modo alguno en esa categoría, pues la maternidad de María es maternidad de la persona, de la persona.

En Jesús otra maternidad que la de la naturaleza, la de la "persona" que precede a la de la naturaleza

La maternidad de la mayoría, y podemos decir de todas las mujeres, es ante todo maternidad de la naturaleza: conciben por impulso de la naturaleza, la mayoría de las veces sin quererlo, por un movimiento instintivo, y el hijo que llevan en el seno, todo lo que pueden esperar es que sea normal, que posea la naturaleza humana completa. Pero la "persona" del niño, que no existe todavía, pues como ustedes saben, la "persona" nace después de nosotros: nadie nace hecho "persona" sino que es candidato a la calidad de persona, y entonces la maternidad común termina en la naturaleza, y la "persona" del niño – que aún no existe – es totalmente desconocida. Un papá me hacía esta reflexión conmovedora, a propósito de un hijo que esperaba su esposa: "¿Lo reconoceremos?... ¿Podremos reconocerlo?... Ese hijo es un desconocido para nosotros, y nosotros para él… ¿Podremos reconocernos?..." pues bien, en el caso de la maternidad de la Santísima Virgen, la "persona" es conocida en primer lugar. En Jesús, en el plano de la generación humana, la "persona" viene antes que la naturaleza: desde su concepción en el seno de María, Jesús es una persona divina, y entonces, infinita, aunque su humanidad esté solo en germen. En Jesús, pues, la persona es primera, y es nombrada a María en el misterio de la Anunciación, y su consentimiento concierne la persona, y su maternidad es una maternidad de la persona.

Notemos también que todos los hombres quisieran nacer así, todos los niños del mundo que no son desnaturalizados creen en cierto modo en la virginidad de la madre, es decir que piensan que el amor de la madre los concierne explícitamente; el niño piensa en sus padres como esposos, piensa en ellos como sus padres, no son otra cosa que sus padres. Entonces, todo niño cree que la paternidad y la maternidad de sus padres son paternidad y maternidad de la persona. Aunque más tarde lo sepa, sabe que biológicamente no es verdad, y en su inconsciente quiere creerlo.

En la maternidad de María, es literalmente verdad: su maternidad es maternidad de la persona, la compromete en las raíces más profundas de su ser, y porque su personalidad está radicalmente comprometida en la maternidad, por eso comienza el proceso biológico que terminará formando la santísima humanidad de nuestro Señor – algo así como por ejemplo, y la comparación es muy lejana – como los estigmas de San Francisco son el último estadio de su contemplación. Cuando toda la persona se configura con el amor crucificado, finalmente el cuerpo mismo lleva la imagen del crucificado.

Una virginidad más profunda que el “no conocer” varón

Pues bien, María vive a Cristo, lo vive en su espíritu, engendra al Verbo en su espíritu, y a fuerza de contemplarlo acaba por engendrarlo en su carne virginal. La maternidad de María compromete su personalidad en sus más profundas raíces, es una maternidad de siempre, y por eso la concepción virginal de María está enraizada en su Inmaculada Concepción, es el aspecto indispensablemente complementario de la concepción virginal. Si uno se limita simplemente al relato de Mateo, tan milagroso y admirable, podría pensar que María es virgen porque no conoce varón. ¡Pero no! Va mucho más lejos, mucho más profundamente.

La personalidad de María está sellada en la persona de Jesús

Va justamente hasta su propio origen, porque su maternidad es maternidad de la persona, coincide con el primer instante de su existencia: desde el primer instante de su existencia, ella está orientada hacia el Redentor, le está totalmente consagrada, está vivificada desde entonces por su presencia, está radicalmente entregada a su misión. En fin, María es siempre madre de Jesús, desde el primer instante de su existencia. Su personalidad está pues sellada en la persona de Jesús, para que su maternidad sea justamente maternidad de la persona, en cierta ecuación luminosa con la personalidad de Jesús que va a nacer precisamente de su contemplación y del don de toda su persona. El nacimiento de María, que la enraíza en la persona de Jesús, es ya fruto de la Redención, es el primer fruto de la Redención. Es lo admirablemente definido por la bula Ineffabilis Deus de Pío IX: "Sublimiori, sublimiori, sublimiori modo redemptam", Sublimiori modo redemptam: redimida de manera más sublime. Ustedes recuerdan la famosa carta de San Bernardo al Capítulo de Lyón, donde protesta contra la introducción de la fiesta de la concepción, porque justamente lo que deseaba absolutamente afirmar San Bernardo era que María también fue redimida. Y la bula Ineffabilis Deus afirma precisamente eso: Sublimiori, sublimiori, sublimiori modo redemptam, sublimiori modo redemptam": ella fue redimida de manera más sublime. Entonces, ella nació de Jesús antes de que Jesús naciera de ella. Es lo que Dante afirmaba magníficamente en el canto final de la Divina Comedia: "Vergine Madre figlia del tuo Figlio." Virgen Madre, hija de tu Hijo. ¡Magnífico! No se puede decir mejor, precisamente. Todo el misterio de María unido a Jesús: ¡María es la hija de su Hijo! Es la segunda Eva, precisamente porque nació del corazón del segundo Adán. El alba de la Redención brilla en la Inmaculada Concepción: es la aurora de un mundo nuevo.

María colabora en la misión de Jesús

En María brilla la plenitud de la liberación cuya fuente para nosotros es Cristo; y la maternidad de María nos asume en esa liberación, y nos asume en nuestra personalidad, y nos asume a cada uno con nuestro rostro, y nos asume a cada uno en el bien infinito que vamos a devenir.

Y por eso es un misterio digno de veneración y amor. En María brilla la plenitud de la liberación cuya fuente para nosotros es Cristo; y la maternidad de María nos asume en esa liberación, y nos asume en nuestra personalidad, y nos asume a cada uno con nuestro rostro, y nos asume a cada uno en el bien infinito que vamos a devenir. Para María no hay hombre anónimo: ¡cada uno es llamado por su nombre, que es único! Y si ella colabora de manera incomparable en la misión de Jesús, si su misión tiene la misma extensión que la de Jesús, si comprende toda la humanidad y todo el universo, es para conducir toda la humanidad y todo el universo a ese bien que nos finaliza y que es además interior a nosotros, ¡el Dios vivo en quien respira nuestra libertad! Es pues imposible ser amado con un amor más grande – aparte del de Jesús – ser amado con un amor más grande que con el que nos ama la Santísima Virgen. Ella surge hoy justamente en este mundo desorientado, surge como recuerdo del auténtico Génesis, traza el camino para la humanidad que ya no sabe cuál es su fin, el camino de su grandeza.

María crea de nuevo la mirada del hombre sobre la mujer

En esa pareja virginal, en Jesús y María, reside toda nuestra esperanza y todo el secreto de nuestra grandeza. Además, María vuelve a crear la mirada del hombre, la mirada del hombre sobre la mujer. Es cierto que aquél que es tocado por la luz de María, que entra en la luz de su virginidad, tiene una mirada diferente hacia la mujer, y también la mujer sobre sí misma.

La mujer es "alguien", la mujer es una persona, la mujer ya no es solo la que le da posteridad masculina al hombre, como pensaban en Atenas en tiempos de Pericles: ¡"La mujer no existe por sí misma sino para dar al hombre posteridad masculina"! Ahora sabemos que la mujer existe por sí misma, que tiene la misma dignidad que el hombre y que no necesita engendrar para justificar su existencia, porque también ella debe ser madre de Dios en el secreto de su corazón.

Yo le debo todo

A los quince años, en vísperas de mis quince justamente, tuve la inmensa gracia, un día de la Inmaculada Concepción, estando ante una estatua de Nuestra Señora de Lourdes, quedé marcado, de por vida, por la exigencia… la exigencia de pureza que irradiaba de su presencia. ¡Yo le debo TODO a ella! … le debo absolutamente todo… todo, todo; sin ella no hago nada además… no hago nada sin ella, y no hay que hacer nada sin ella. Ella solo puede llevarnos a Jesús. Solamente puede llevarnos a la desapropiación que es su secreto. Ella concibió a Cristo, justamente, en una radical desapropiación de sí misma, como el Padre engendra al Verbo en radical desapropiación de sí mismo. Entonces, ella nos enraizará en Cristo, y por Cristo nos enraizará en el Corazón de la Santísima Trinidad.

Yo la llamo "VIRGO VIRGINANS" y con ese nombre la invoco: "VIRGO VIRGINANS", "Virgen que nos virginizas, Virgo Virginans, es magnífico. ¡Virgen que nos virginizas! "Laus tibi DOMINA".

El sacramento de la maternidad de Dios

El misterio de la Santísima Virgen no se agota en lo que acabamos de recordar. La Santísima Virgen es también el sacramento de la maternidad de Dios. ¡La ternura de las madres! Finalmente, todas las madres dignas de ese nombre, después de la maternidad de la naturaleza llegan a la maternidad de la persona. Cuando viene el hijo hay que educarlo, ¡y para educarlo, hay que educarse, elevarse!

Y encuentran ellas en su amor tesoros de entrega. Recuerdo el grito de una mujer cuyo hijo llevaban a la cárcel, y que sentía terriblemente el deshonor y me decía: "Si su madre no lo amara, ¿quién más puede amarlo?"… Ella lo tenía que amar para aferrarlo a la vida. En el amor materno hay pues algo maravilloso. Pero el amor maternal de la Santísima Virgen, que es incomparable y único, que nos cubre a todos personalmente, que nos llama a cada uno por nombre propio, ese amor nos revela el amor maternal de Dios, pues de él procede.

En el corazón de María, la maternidad brota del corazón de Dios

Todo lo maternal del corazón de María brota del corazón de Dios, que es infinitamente más maternal que ella, y justamente, para que sepamos que Dios es nuestra madre, para que lo conozcamos en femenino y no solo en masculino, pues Dios es femenino tanto como masculino, y comprende en eminencia, en eminencia, todos los aspectos del ser.

María nos revela a Dios en femenino, ella nos revela la maternidad de Dios. Nos permite orar a Dios en femenino, como a una Mamá. ¡Es verdad! ¡Dios es más madre que todas las madres! Y podemos decirle "¡MAMÁ!" Finalmente, cuando estamos sin palabras, cuando ya no sabemos que decir, cuando la oración parece arena en la boca, nos queda ese grito, ese grito, ese grito que dice todo, que llama todo y que da todo: "¡Mamá!"… ese grito puede brotar del corazón hacia María, porque en el inconsciente es una mujer justamente la que nos revela la maternidad de Dios: ese grito brotará de nuestro corazón hacia María, y a través del corazón de María, subirá como un misil hacia el corazón de Dios que es infinitamente más madre que todas las madres.

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir