Meditación de Mauricio Zúndel, para las franciscanas de Ghazir, Líbano, en 1959. Publicada en "Silence, Parole de Vie" (Silencio, palabra de vida) (*)

Resumen:

El voto de obediencia es el sacramento de la unidad en la comunidad. Es obediencia eclesial para el envío en la misión apostólica. Es ser investido, asistido y sostenido por la gracia de Dios. La obediencia puede ser un instrumento de perfección y debe buscar hacer hombres libres.

Ser reunidos por la Iglesia, en la Iglesia y para la Iglesia

El voto de obediencia es en cierto modo el sacramento de la unidad en la comunidad, orden o congregación. Es evidente que un grupo no puede subsistir sin unidad y que la unidad es imposible sin autoridad. La autoridad es como el sacramento de la unidad y la garantía absolutamente indispensable de un orden. Una comunidad en desorden es un verdadero infierno. Y se necesita justamente la armonía, el silencio, el recogimiento, la coordinación de funciones que dan a la reunión de hombres o mujeres su verdadero significado y eficacia apostólica.

Y, naturalmente, lo que vale para toda sociedad tiene en la vida religiosa y monástica un significado infinitamente más profundo en razón precisamente de la misión eclesial. El monasterio, la comunidad, tiene una misión eclesial y toda la vida religiosa se sitúa en la perspectiva de esta misión eclesial.

Somos reunidos no de cualquier manera sino por la Iglesia, en la Iglesia y para la Iglesia. Y aquí la autoridad no es solamente la condición de un orden indispensable a toda sociedad humana sino que representa y comunica la misión de la Iglesia. Y eso es lo que da a la obediencia, entendida precisamente como fruto de la misión de la Iglesia, un carácter tan profundo, tan sagrado y, se puede decir, tan litúrgico.

Obediencia eclesial para la misión apostólica

En efecto, por la obediencia, todo el trabajo, todas las funciones, toda la vida se encuentran integradas en el campo del apostolado, y somos enviados, hagamos lo que hagamos y estemos donde estemos.

Bajo este aspecto, la obediencia entra en el orden sacramental del que vimos que es característica de la Iglesia bajo todos sus aspectos. La obediencia consagrada por el voto de obediencia es obediencia sacramental, es obediencia litúrgica que hace de toda la vida un servicio de Dios. Y así, el que está sometido a la obediencia puede hacer de ella otra cosa que una sumisión: un alimento, como nuestro Señor mismo: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”. La obediencia es alimento en la medida en que es liturgia, en la medida en que es perpetua retoma de la misión apostólica. Y hay que insistir sobre este aspecto, porque es el menos conocido y sin embargo el más esencial: la obediencia consagrada, por ser obediencia eclesial, permite a cada instante retomar la misión apostólica.

Recibir la misión de Cristo a través de los apóstoles

Ustedes saben que en la Iglesia el concepto y la realidad de la misión apostólica es de capital importancia. En la Iglesia solo podemos actuar en unión con el colegio apostólico y por él, naturalmente, con Jesucristo. Y solo se puede actuar en ella recibiendo la misión de Cristo transmitida por los apóstoles. Bajo este aspecto, ni el genio y ni siquiera la santidad no sirven para nada.

San Francisco de Asís no era sacerdote; y por no serlo, aunque es el mayor de los santos de la Iglesia, además de la Sagrada Familia, no podía celebrar la misa pues s no había recibido la misión para ello.

Y santo Tomás de Aquino, que es doctor de la Iglesia, no podía tomar parte en un concilio como Padre conciliar, es decir como un obispo o como el papa mismo. Podía ser invitado como consultante, pero no tenía ni voz ni voto como los obispos reunidos alrededor de Pedro. Es cuestión de misión. En la Iglesia, en nombre de la Iglesia, no se puede hacer nada que no emane precisamente de la misión de Cristo a través de los apóstoles.

Una vida para enviar

Y justamente, toda a vida religiosa en cuanto vida eclesial, en cuanto que cumple una de las funciones indispensables para la vida plena del Cuerpo Místico, la vida religiosa como vida eclesial es de un cabo al otro vida apostólica, es decir, una vida para enviar, ya que apostólico significa precisamente enviado. Y es justamente por la obediencia en la vida cotidiana y en los detalles de la vida cotidiana que el religioso, el monje, la religiosa retoma la misión de parte de Cristo, o mejor en el corazón de Cristo a través de la mediación, a través del sacramento de la autoridad.

Bajo esta luz creo que ustedes se sienten localizadas en su verdadera vocación y en esta luz tendrá para ustedes la obediencia el gusto del pan de que habla Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”. Si la obediencia tiene para ustedes esta característica, ya no se sentirán humilladas sino al contrario, la sentirán como liberación y entrega total de sí mismas entre las manos de Jesús, según el espíritu del profeta Isaías cuando escucha en su visión inaugural la voz de Dios que dice: “¿Quién irá por nosotros? ¿A quién enviaremos?” Y él responde: “¡Heme aquí, Señor! ¡Envíame a mí!” (Is. 6:8). Y cada vez que en la Iglesia obedecemos retomamos la misión dada por Jesús a los apóstoles, y a través de ellos a toda la Iglesia, y así a nosotros mismos. Retomamos la misión y decimos al Señor: “¡Envíame a mí!”

Una autoridad que debe eclipsarse

La autoridad de Jesucristo es la autoridad en sentido propio, es decir la que añade, la que añade, la que aumenta, la que acrece, la que funda nuestra libertad.

Bajo este aspecto, la obediencia está en el misterio de fe que es el misterio de la Iglesia, y la autoridad aparece como el sacramento que representa y comunica la autoridad de Jesucristo. Y la autoridad de Jesucristo es la autoridad en sentido propio, es decir la que añade, la que añade, la que aumenta, la que acrece, la que funda nuestra libertad. La autoridad no puede ser tiranía ni despotismo pues representa y comunica la autoridad liberadora de Jesús el cual está de rodillas, de rodillas, en el lavatorio de los pies. Naturalmente, la autoridad tiene que corresponder a la obediencia, y puesto que la obediencia es sacramental y está unida a Jesucristo para recibir de él la misión en el campo de la Iglesia, la autoridad debe eclipsarse totalmente en la Persona de Jesucristo, puesto que es el sacramento de la autoridad que acrece, que aumenta, que funda y es origen de toda libertad.

Ser investido, asistido y sostenido por la gracia de Dios

Yo pienso que no podemos poner la obediencia consagrada en una luz más auténtica, más profunda, más eclesial, más esencialmente cristiana que bajo el sello del voto de obediencia. Y cuando en la misa escuchen las palabras “Ite missa est”, sepan precisamente que significan eso: “¡Vayan! ¡Es la misión!” Estamos ahí para recibir la misión, para no actuar en nombre nuestro sino estar en la Iglesia total­mente eclipsados en Jesús, como sacramento de Jesús, para comunicar su vida.

Es cierto que cuando estamos en la obediencia estamos siempre seguros de la gracia de Dios. Y cualquier cosa que hagamos, y cualesquiera que seamos, tan pobres como sean los medios de que dispongamos, estando en la obediencia, si lo estamos precisamente, por la garantía de ese sacramento que es la obediencia consagrada, la obediencia prometida, estamos seguros, seguros de ser sostenidos por la gracia de Dios.

Cuando uno emprende algo por cuenta propia, sea cual fuere el talento de que disponga, jamás está seguro de no equivocarse y de no buscar su propio interés y su propia gloria en el trabajo emprendido. En la obediencia, cuando uno es enviado, está perfectamente seguro de estar investido, asistido, sostenido por la gracia de Dios.

Ilustración personal

Un pequeño detalle para ilustrar esta certeza de la obediencia en el ministerio y en el trabajo apostólico. Recuerdo que cuando estaba en Inglaterra, al comienzo de mi estadía, mi inglés era todavía muy poco seguro, pero en fin, comenzaba a desenredarme un poco cuando de pronto un sábado pidieron un sacerdote para el día siguiente en una campaña. El tiempo era corto y no había nadie más, y me mandaron a mí. Yo tenía cierta emoción por tener que predicar en inglés. Para las confesiones era más fácil. La predicación representaba cierto trabajo. Tenía que lanzarme al agua. Puse pues muy juiciosamente por escrito mi pequeño sermón sobre el Adoro Te (1) y estaba al mismo tiempo emocionado y feliz por comenzar ese ministerio en inglés.

Pero cuál no fue mi sorpresa a la mañana siguiente viendo llegar inopinadamente un dominicano irlandés que estaban en la región y venía a decir la misa. Hubo entonces todo un pequeño debate interior. Yo me dije: “¿Voy a hacer mi pequeño sermón a pesar de todo?” Y pensé: “No, en el fondo ya no estoy bajo la obediencia; puesto que hay un sacerdote inglés, es natural que él hable.” Entonces guardé mi pequeño sermón y pedí al dominicano que tomara la palabra. Se molestó un poco pues no había preparado, pero él cedió igualmente a la obediencia e hizo además un sermón admirable.

Habíamos cambiado: yo había entrado en el silencio obedeciendo a las circunstan­cias, y él había tomado la palabra obedeciendo a las mismas circunstancias. Y pienso que de la unión de esas dos obediencias solo podía salir cierto bien. Entonces, jamás lanzarse si no estamos sostenidos por la obediencia.

Un instrumento de perfección

En la obediencia hay además otro aspecto más conocido y que en mi opinión no puede ser disociado del otro. No se concibe una vida monástica sin la misión apostólica expresada por la autoridad y recibida por la obediencia como misión divina. La obediencia se concibe y generalmente se ve bajo este aspecto, como instrumento de perfección, es decir como manera de controlar y eventualmente romper la propia voluntad, y para ser más positivo, digamos para comprometer cada vez más toda la voluntad en la acción.

Según una expresión corriente y que seguramente han leído a menudo, si realizo mi acción en la obediencia, no comprometo simplemente mi actividad del momento, no realizo simplemente esta acción determinada sino que comprometo toda mi voluntad, toda mi persona, comprometo el principio mismo de mi acción. Por eso, aunque la obediencia esté en relación con los más pequeños detalles de mi vida, todo es beneficio pues cada vez eso me obliga misericordiosamente a comprometer toda mi persona y toda mi vida.

Este razonamiento no es falso además, y podemos considerarlo como válido. Pero no hay que olvidar que todo cristiano debe siempre comprometer toda su persona en todo lo que hace. No es propio a la vida religiosa justamente, pues en la vida cristiana el bien no es algo que hacer sino Alguien que amar.

Si estamos bajo el régimen de la esposa y no bajo el de la esclava, solo existe el bien que uno es, es decir, el bien en que uno se compromete por entero y renueva a cada instante el don de sí mismo. Y no hay inconveniente para que esta característica de toda vida cristiana se acentúe con la obediencia en la vida religiosa. Pero temo que no se haya hecho la distinción suficiente entre la obediencia en cuanto que comunica y concretiza la misión apostólica y la obediencia como instrumento de perfección personal.

No hay, repito, nada que objetar si alguien encuentra ventajoso el recibir órdenes en todos los detalles de su vida, si eso es lo que busca en la vida religiosa, si estima que compromete de seguro toda su persona en la obediencia en todos los detalles, no hay objeción. Simplemente, repito que las dos cosas no me parece ligadas y yo creo que lo que dificulta actualmente el reclutamiento de las órdenes religiosas es precisamente que se han unido esos dos aspectos y que hoy que la iniciativa es mucho mayor, hoy que los jóvenes y las jóvenes trabajan por igual y gozan por eso de enorme iniciativa, esa obediencia en los detalles aparece o arriesga aparecer como obstáculo a la iniciativa y como novatada inútil.

El que obedece debe recibir la orden bajo forma sacramental

La obediencia debe siempre buscar hacer hombres libres. Libres, es decir liberados de sus propios límites.

En todo caso, cualquiera que sea la forma que tome, jamás debe ser una especie de tutela que fabrica menores. La obediencia no tiene como objetivo desvalorizar una vida, paralizar la iniciativa y perpetuar un estado infantil. Al contrario, la obediencia debe siempre buscar hacer hombres libres. Libres, es decir liberados de sus propios límites. Y sería catastrófico si la obediencia, que busca liberar al hombre que se dedica al servicio del Señor, el cual es nuestra libertad suprema, lo sometiera a los límites de un superior, y por ende tuviera la característica limitada y finita de la naturaleza humana cuando al contrario, lo que se busca en la vida religiosa es hacer infinita cada acción haciendo de ella una verdadera liturgia, ya que toda acción en a vida religiosa debe finalmente ser expresión de la misión apostólica que nos introduce en el campo de la Iglesia para hacer crecer, en ella, en todas las almas, la vida de Jesucristo, el cual es nuestro espacio, nuestra luz y nuestra libertad.

El que obedece debe recibir siempre bajo forma sacramental la orden que recibe, entendiendo por orden ordenación: como ordenación que le viene directamente de nuestro Señor, por el sacramento de la autoridad.

En todo caso, y así hay que dar a esta meditación todo su valor liberador, en todo caso el que obedece debe recibir siempre bajo forma sacramental la orden que recibe, entendiendo por la palabra orden ordenación: como ordenación que le viene directamente de nuestro Señor por el sacramento de la autoridad.

En efecto, si estamos en la Iglesia misterio de fe, jamás estamos sometidos a un ser humano, ¡jamás! Al contrario, la mediación de la Iglesia es siempre sacramental, la intervención de la Iglesia es siempre sacramental, y nos garantiza que estamos inmediatamente unidos a Jesucristo.

Una misión apostólica que une personalmente con Jesucristo

Por consiguiente, a través de la autoridad, sea quien fuere el que la ejerza, nuestra fe nos exige ver en él o en ella un puro sacramento. No estamos atados a su pensamiento, no estamos atados a sus fantasías, no estamos atados a su voluntad, estamos únicamente unidos a la voluntad, las intenciones, el pensamiento de nuestro Señor.

Y por eso justamente, el voto de obediencia es una especie de eucaristía que se debe tomar siempre bajo este aspecto sacramental. No estou sometido a un ser humano, no soy esclavo de una voluntad humana, al contrario, soy infinitamente libre porque desde la mañana hasta la tarde, en virtud de la misión apostólica que no ceso de buscar y de recibir, estoy unido inmediata, personal y exclusivamente a Jesucristo.

Entonces no tratemos de preguntarnos cuáles son las intenciones de nuestros superiores, cuál es el motivo que los mueve. Eso nos es perfectamente igual. No tenemos que preocuparnos de eso pues para nosotros la obediencia tiene únicamente valor de sacramento que nos libera de nosotros, nos identifica con Jesucristo y nos envía a su viña para realizar su misión.

El voto de obediencia nos une a la misión universal

Yo creo que bajo este enfoque el voto de obediencia está en toda su grandeza, en toda su hermosura y que aparece a la vez como alimento, como garantía de libertad y como seguro de universalidad.

Porque, si estoy en la Iglesia, si la obediencia me coloca ahí continuamente, entonces ya no estoy unido a esta casa, o a este trabajo. Mi trabajo aquí representa el que realizo en toda la Iglesia y en toda la comunión de los santos. La fecundidad es entonces ilimitada.

Sería realmente ridículo contentarnos con estar aquí, volteando en el círculo de las pequeñas ocupaciones cotidianas, si no estuviéramos unidos a la misión universal, a través de la fidelidad a las cosas pequeñas, y si justamente, a través de la obediencia, nuestra actividad no fuera real y literalmente católica, es decir universal, como presencia a toda la humanidad y como don hecho al mundo entero.


(1) Adoro Te, un himno eucarístico.

 (*) Silence Parole de vie Livre « Silence Parole de vie  » (Silencio, Palabra de Vida)

 Anne Sigier, Sillery, septiembre de 2001, 250 páginas

 ISBN :2-89129-146-8

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