Conferencia de Mauricio Zúndel en París, el 15 de enero de 1972. Inédita.

Descubrir la verdad

Queridos amigos,

Por suerte para nosotros, un genio inmenso, un gran artista, San Agustín, hizo la experiencia del nuevo nacimiento que acabamos de meditar. Con pasión e inteligencia extraordinarias buscaba la verdad, se enfrentó a todos los sistemas, frecuentó los errores más profundos, desesperó de encontrar la verdad, era incapaz de dominar sus pasiones, se sintió prisionero de su yo carnal hasta el momento en que de repente fue liberado en un encuentro personal que inmortalizó en los versos que ustedes conocen de memoria: “Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Sin embargo, tú estabas dentro de mí, era yo el que estaba afuera y te buscaba corriendo tras bellezas que tú habías creado. Tú estabas conmigo, era yo el que no estaba contigo”.

Entonces en ese descubrimiento que fue supremo para él, que iluminó toda su vida e hizo brotar de su genio obras inmortales, San Agustín encontró su libertad y su liberación. Encontró precisamente el valor que llevó al coronel alemán a reconocer la dignidad de Koriakov, descubrió el valor como lo más interior a sí mismo.

Tu eras intus, et ego foris” – “Tú estabas dentro, era yo el que estaba afuera”.

En virtud pues de esa interioridad le fue revelada su propia intimidad: coincide por fin consigo mismo, pero el sí mismo fue radicalmente transformado en virtud del nuevo nacimiento de que habla Jesús a Nicodemo, fue enteramente transformado porque ya no era un yo propietario, sino oblativo, ya no era un dominio cerrado, era un dominio universalmente abierto, era un alma inviolable pero que reconocía el fundamento de su inviolabilidad en la presencia misma que era un don que suscitaba el suyo.

Un lazo de reciprocidad y un conocimiento nupcial

Este testimonio es de suprema importancia porque nos permite reconocer inmediatamente, en el lenguaje más perfecto, más humano, más sencillo y más inmortal, el encuentro con el valor que funda nuestra inviolabilidad como Alguien: es Alguien, es una Persona, no un objeto, y el lazo que nos une con ella es un lazo nupcial, un lazo nupcial que nos libera y es un lazo de reciprocidad tanto más profundo cuanto que nuestra liberación es más perfecta. Es decir que no podemos encontrar ese valor y reconocerlo sino transformándonos y en la medida en que nos transformamos. Esto entra totalmente en la perspectiva de un conocimiento nupcial ya que al comienzo el lazo nupcial es nulo, es una posibilidad, es todo un nivel pero que hay que construir y que construiremos en la medida en que nos daremos.

El conocimiento nupcial es un conocimiento que supone que nos abramos al otro, que hagamos de nosotros un espacio para acogerlo y que lo conozcamos en la medida en que lo acogemos. Si la acogida es total, el conocimiento es total. Si la acogida es total de parte y parte, el conocimiento es total. Si hay rechazo, si el don disminuye, y si se anula, no hay nada, claro está. Pero si disminuye, hay rechazo del conocimiento, nos hacemos extranjeros, los muros de separación se erigen, hasta la ruptura total cuando, al menos en una parte, ya no hay verdadero amor.

El conocimiento nupcial es pues a la vez un conocimiento recíproco, conocimiento que no solamente respeta la inviolabilidad sino que concurre a afirmarla y fortalecerla, porque el respeto mutuo, que es la respiración misma del amor, ayuda a cada uno a reconocer más profundamente en sí mismo el tesoro que le está confiado.

Los sentimientos de autonomía y de inviolabilidad

Es pues cierto que la inviolabilidad que constituye toda la dignidad del hombre y que nos revela a nosotros mismos nuestra vocación espiritual, para ser reconocida, exige interioridad, y en el fondo se confunde con ella.

Si se quiere intervenir de afuera, aunque se lleven las cosas más excelentes, se hace figura de violador de la inviolabilidad, de profanador de la interioridad, y hay forzosamente insurrección de la autonomía contra la intrusión, y rechazo aun si la cosa es buena, como lo dice además admirablemente San Pablo en el capítulo 7 de la epístola a los romanos: “basta con que la ley diga: “no desearás”, para que yo desee”, porque, si no son reconocidos los sentimientos de autonomía y de inviolabilidad, uno los defiende con uñas y dientes, porque su propia existencia está en juego.

La revelación del valor de la Presencia

La revelación de Dios va de par con nuestra propia transformación. So nos transformamos, la palabra Dios puede ser pronunciada pero no significa nada, o al menos nada universal.

Es pues cierto que toda revelación del valor de la persona, que es igualmente sencillo llamar Dios a condición justamente de que identifiquemos a Dios en la experiencia liberadora misma, toda revelación del valor de esa Presencia es como el fermento de nuestra liberación y como el espacio en que nuestra libertad se realiza.

Es cierto que la revelación de Dios va de par con nuestra propia transformación. Si no nos transformamos, la palabra Dios puede ser pronunciada pero no significa nada, o al menos nada universal. La palabra Dios puede ser odiosa como expresión de todas las coacciones externas que niegan y tienden a destruir la inviolabilidad de la conciencia humana.

Cuando la afirmación de Dios lleva al desastre

Pero tomando las cosas por el lado positivo, es decir cuando Dios es afirmado de manera auténtica, se puede ver por comparación hasta qué punto la afirmación de Dios puede conducir al desastre.

Y justamente hoy Jerusalén nos presenta un ejemplo desgarrador en que los creyentes, de parte y parte, los judíos cuando lo son realmente, y los hay que lo son de la manera más apasionada y heroica, o los musulmanes que generalmente lo son, vemos afrontarse las dos afirmaciones de la posesión de la misma tierra por unos y otros: "Dios nos dio esta tierra, volvemos a casa", dicen los judíos. "¡Dios nos dio esta tierra, dicen los musulmanes, estamos en casa!" Y esta tierra es inviolable ya que es el don de Dios, y cada uno afirma, aquí con convicción ardiente hasta el martirio, el derecho a esta herencia, el derecho a la posesión de la tierra porque Dios es su garante, porque Dios es el origen mismo del establecimiento, porque sería sacrílego abandonar una pulgada del terreno consagrado por el nombre de Dios.

Ahí vemos justamente el absoluto que se aprisiona en los límites de un yo colectivo, tan sincero como pueda serlo y tan inocente como lo sea efectivamente, pues evidentemente la revelación misma que es el fundamento de las pretensiones emitidas con la más ardiente sinceridad, parece caucionar el rechazo de compartir, el odio del otro que es enemigo del bien, parece llamar a una cruzada, si se puede decir en tal contexto, a una cruzada contra el otro que representa el mal, mientras también él se basa en una revelación que le parece necesariamente como la verdad absoluta.

¿Puede el absoluto no unificar y ser universal?

En la medida de nuestra liberación, según el grado de nuestro nuevo nacimiento, el absoluto escapará a nuestras fronteras, a nuestras obscuridades, a nuestras opciones pasionales, y llegará a ser en nosotros fermento de auténtica universalidad.

Y el absoluto es justamente una de las articulaciones del drama que vivimos, el absoluto cuando se encierra en un contexto, generosamente pasional ya que uno combate hasta el martirio más pasional, expresión del yo colectivo con el que uno se identifica y con el que se identifica el absoluto mismo. ¿Puede ser absoluto, si no unifica, si no es universal, si separa, si consagra las divisiones, si las hace insuperables?

Ahí reconocemos que el conocimiento del absoluto va de par con el grado en que nos transformamos. En la medida de nuestra liberación, según el grado de nuestro nuevo nacimiento, el absoluto escapará a nuestras fronteras, a nuestras obscuridades, a nuestras opciones pasionales, y llegará a ser en nosotros fermento de auténtica universalidad como lo fue en el instante en que el coronel alemán franqueó de repente todas las fronteras, y descubrió su identificación con la dignidad del otro, al descubrir precisamente un valor idéntico en él y en sí mismo que los unía por la raíz del ser en la circulación de una Presencia infinita.

La revelación de Dios se limita con nuestros límites

Vemos pues inmediatamente que la revelación de la Presencia única, la revelación de Dios, es función de nuestras transformaciones y es necesariamente imperfecta si no nos transformamos radicalmente.

En la medida en que somos esclavos del yo pasional, individual o colectivo, la revelación de Dios es necesariamente limitada y va a concurrir a consagrar nuestros límites y endurecerlos hasta hacer de ellos un absoluto, esta vez mutilado e inconscientemente fraudulento.

El absoluto, fuerza de separaciones mientras no sea descubierto como persona

El absoluto es Alguien, el Absoluto es una persona, el Absoluto es una presencia, el Absoluto es un fermento de liberación, el Absoluto es una exigencia de universalidad, y mientras no lo hayamos descubierto bajo este aspecto, será simplemente fuerza de separaciones que levantarán los hombres unos contra otros hasta la destrucción del género humano. Pisotearemos a los demás, los despedazaremos, los ametrallaremos, los incendiaremos, los violaremos, porque están en el otro campo, en nombre de un absoluto que no puede ser absoluto para ellos, y entonces, tendremos un falso absoluto.

Inevitablemente además, porque la historia atestigua de la lentitud de la evolución humana, inevitablemente porque comenzamos siempre por la colectividad, porque el niño nace en una sociedad, porque es miembro de la sociedad antes de encontrarse a sí mismo, que generalmente, al rebelarse contra ella se une a otras colectividades de las que será prisionero, y a cuyas órdenes se verá obligado a obedecer y lo hará generalmente siempre con el mismo consentimiento pasional que lo unió a esas colectividades contra otras en que estaba antes integrado, y que ahora se siente obligado a renegar porque le parecen herir precisamente su sentimiento de autonomía e inviolabilidad.

Una crisis que pone todo en duda

Y la crisis que atravesamos en este momento ilustra admirablemente la experiencia que estoy describiendo. La crisis que atravesamos nos muestra en efecto que todo se pone en duda, y más precisamente en el terreno del cristianismo, se pone en duda Dios, se pone en duda la revelación, se pone en duda la moral que está incluida en la revelación, precisamente porque la revelación aparece como un acto de autoridad, como una coacción para la inteligencia, y que la moral misma aparece también y al máximo como una empresa de demolición respecto de la inviolabilidad que exige determinarse a sí misma, que no puede reconocer como suyos sino los actos libremente escogidos.

Esta forma de heteronomía, este carácter extranjero, este carácter exterior de la revelación y de la moral que ella incluye, es en efecto lo que siente como lo más inaceptable un número creciente de cristianos que quisieran sin embargo permanecer tales: tienen cierto apego sentimental a Jesús, pero no pueden aceptar las normas que les parecen herir su inviolabilidad.

Dios fuente de coacciones y de disputas

Y es cierto que la tradición cristiana y la del Antiguo Testamento, ha presentado de cierto modo a Dios, el conocimiento de Dios, la revelación de Dios y la moral que ponemos bajo su Nombre, como una obligación, como una coacción, haciendo del absoluto no Alguien con quien uno está en relación nupcial, sino como objeto, que describe, que es definido, como se haría con un teorema de geometría, o con un objeto de experiencia de laboratorio, se lo ha presentado como objeto.

Al releer la historia de la Iglesia patrística, en especial la historia de las disputas trinitarias o cristológicas, constatamos hasta qué punto jugó la dialéctica, hasta qué punto se extendieron las discusiones, hasta qué punto se desencadenaron las pasiones. Había que decir la palabra justa, justa para una época, pero que sería objeto de discusión un poco más tarde, a veces menos de 20 años después, porque aunque podía significar un aspecto de las cosas, olvidaba otro, porque unos lo entendían de una manera y otros de otra.

Volvamos por ejemplo al drama de Nestorio, que fue condenado a instigación de Cirilo de Alejandría en el Concilio de Éfeso. Vemos que Nestorio se aferró al “christotokos” diciendo que “María es la madre de Cristo”, mientras Cirilo se aferraba a la fórmula “theotokos”: "María es la madre de Dios". Y sin duda María es lo uno y lo otro, madre de Cristo y madre de Dios a la vez, ya que Cristo es Dios, a la luz de la fe.

Pero como las palabras suenan diferentes, bastaba con que el uno adhiriera a una expresión y el otro a otra para que se embarcaran en los términos más injuriosos para la persona, al punto que Nestorio, patriarca de Constantinopla fue excomulgado, degradado, destituido de su sede, tratado como nuevo Judas, simplemente porque prefirió la expresión “christotokos” a la expresión “theotokos”!

Prisioneros del yo colectivo o individual

El conocimiento exige un nuevo nacimiento y el conocimiento es tanto más perfecto cuanto más profunda es la liberación.

Entonces, a pesar de ser buenas todas las intenciones de parte y parte, a pesar del deseo de servir realmente al Absoluto, precisamente porque no se vio que el conocimiento exige un nuevo nacimiento y que es tanto más perfecto cuanto más profunda es la liberación, Dios hace que se peleen por palabras, venerables además, que pueden ser inmensamente luminosas si las tomamos por dentro, se pelean, se excomulgan, se injurian, y hasta se dan golpes, y serán necesarias las intervenciones imperiales para poner por fin un poco de orden y de unidad entre esos prelados que se excomulgan unos a otros.

Y además no los podemos culpar en el sentido de que todos somos iguales mientras estemos aprisionados en el yo colectivo e individual, en el yo pasional; mientras no hayamos superado las fronteras y no nos hayamos hecho universales, seremos necesariamente “partidarios”, de acuerdo con los que piensan como nosotros, y en desacuerdo con los que se oponen a nuestras visiones.

Una moral que viene de otra parte

Es claro que si nos situamos así ante la revelación, nos opondremos con tanto más violencia a la moral que procede de la revelación ya que influye en la vida y pretende hacernos cambiar el comportamiento contra nuestra voluntad, simplemente por una orden que viene de afuera y que no coincide en nada ni con los deseos pasionales, ni, lo que es más digno de respeto, con el sentido de inviolabilidad que es la experiencia humana más fundamental y más universal.

Una palabra condicionada por el receptor

Hay que considerar la Revelación como relación interpersonal en que el conocimiento es tanto más profundo cuanto más generoso es el don, y más auténtico el amor.

Es pues seguro que hay que considerar la Revelación bajo otra luz, quiero decir bajo su verdadera luz, es decir como relación interpersonal en que el conocimiento es tanto más profundo cuanto más generoso es el don, y más auténtico el amor. Y sabremos entonces que en la Revelación hay necesariamente progreso, que la Revelación no cae del cielo, que la palabra de Dios no es un absoluto independiente del hombre al que se dirige, que la palabra de Dios está condicionada por el receptor mucho más que por el emisor, como en todo verdadero diálogo.

El receptor humano tiene que recibir, estar en cierto modo acordado con el emisor, tiene que recibir algo inteligible para él y proporcionado a su propia evolución.

Un pueblo escogido, escogido para sí mismo

Si no está liberado de sí mismo, si está todavía enraizado en un yo colectivo, como es el caso en el Antiguo Testamento, la Revelación tomará necesariamente el aspecto colectivo, dirigiéndose a un pueblo más que a personas, considerando la grandeza de pueblo, su gloria y su triunfo mucho más que la conversión de cada uno, lo que desde luego no se excluye pero es inevitable.

En una época en que no creen en la inmortalidad, como era el caso en el Antiguo Testamento, quiero decir los hombres que fueron sus auditores y sus escritores, como no creían en la inmortalidad personal del hombre, se apoyaban naturalmente en la colectividad, en la continuación de las generaciones. Por eso era tan importante tener hijos, por eso la esterilidad de la mujer era una catástrofe, por eso toda mujer estéril, sintiéndose en cierto modo objeto de maldición, imploraba una fecundidad que justificaría su existencia apoyándola sobre la continuidad de las generaciones por venir.

De ahí la idea de un pueblo escogido, escogido para sí mismo, cuando no podía ser elegido sino para los demás, cuando evidentemente la misión que recibía no había tomado la forma colectiva sino porque la vida personal no estaba todavía suficientemente desarrollada y liberada para ser mensajero de una revelación perfecta.

Eso no quiere decir que en la Revelación no hay elementos totalmente válidos. Los hay incontestablemente y nosotros hemos beneficiado de ellos, ya que nuestra oración es en muy gran parte bíblica.

Pero es cierto también que la situación de una revelación colectiva llevada por una colectividad va a terminar por creer que es elegida para ella misma y no para el género humano, como todos los profetas. Es cierto que esa situación va a crear equívocos mortales que se tradujeron además en la mayor tragedia de la historia.

Solo existe una moral que es exigencia de ser

No hay sino una moral y que es una moral ontológica, una moral creadora de ser, una moral en que nos hacemos, en que nos hacemos humanos, una moral en que precisamente dejamos de ser pasivos y nos damos porque hemos encontrado en lo más íntimo de nosotros una presencia que es sólo don.

La Revelación no es finalmente, ni puede ser sino un diálogo interpersonal en que a priori uno está seguro de conocer en la medida en que ame. Si no vemos la Revelación bajo este aspecto, rechazamos naturalmente todo el bloque, lo que es del dominio del conocimiento y lo que es del dominio de la moral, lo rechazamos si no vemos que no hay sino una moral y que es una moral ontológica, una moral creadora de ser, una moral en que nos hacemos, en que nos hacemos humanos, una moral en que precisamente dejamos de ser pasivos y nos damos porque hemos encontrado en lo más íntimo de nosotros una presencia que es sólo don.

Sólo esa moral, que es exigencia de ser: “To be or not to be, that is the question”, evidentemente sólo esa moral tiene pleno sentido, sólo esa moral encuentra la experiencia de inviolabilidad que es fundamental pues la moral no tiene otro sentido que el de enunciar, desarrollar, clarificar, realizar, fundar la inviolabilidad sobre un valor infinito, totalmente interior además, - más íntimo que lo más íntimo de nosotros mismos - y universal, y por lo mismo capaz de reunir a todos los hombres en la defensa de un bien que es lo más personal de cada uno y lo más común a todos.

No hay pues que extrañarse del disfavor que encontró la Revelación, no hay que extrañarse de la insurrección contra la moral tradicional, catastrófica desde luego, pero inevitable en la medida en que los marcos tradicionales se fueron a tierra.

Dos guerras mundiales que pisotearon todos los valores humanos

Hace 75 años, digamos antes de la primera guerra mundial, había cierto consenso sobre valores, que se violaban en privado pero que se reconocían públicamente, con cierta conciencia de culpabilidad cuando se los violaba. Había pues cierto apoyo en la existencia social, inclusive cierta exigencia de fidelidad a ciertos valores que, en nuestro mundo occidental tenían como primer origen el cristianismo, no siempre bien entendido, pero el cristianismo, con su fondo véterotestametnario.

Todo eso cayó a tierra bajo la presión de las dos guerras mundiales que pisotearon todos los valores humanos. ¿Qué queda? El individuo con su sentido de autonomía, el individuo que ya no puede ser persuadido por presiones sociológicas que ya no existen, y que se ve invitado a inventar a cada instante su vida en una improvisación impresionante yendo hacia lo que le gusta, con el concurso de la banda de que hace parte y que es para él la inserción en un yo colectivo.

Un equívoco trágico

La experiencia del encuentro: la única respuesta al problema que somos, es decir al ser que tiene conciencia de ser inviolable y no sabe por qué, y que es finalmente víctima de la inviolabilidad de la cual hace un absoluto, sin haberla purificado de toda la ganga pasional que todo lo reduce a un yo prefabricado y soportado, toda la visión del mundo y todas las modalidades de la conducta.

Más que nunca, es importante resolver el equívoco que reina, no digo solamente sobre nuestra civilización, sino sobre nuestra fe, sobre nuestra Iglesia, sobre la cristiandad que pronto no será más que un nombre, el equívoco trágico que hace precisamente que Dios es una especie de amalgama de filosofía imperfecta en que Dios se supone ser explicación del mundo Y del Antiguo Testamento que es primero una revelación colectiva, y del Nuevo Testamento concebido simplemente como “añadido” al antiguo, que además toma la sucesión sin borrarlo, y diluido en comentarios innumerables que tienden a hacer de Dios un objeto, como decía yo hace un instante. Es sumamente importante disipar ese equívoco del que morimos, porque no hay duda de que mientras Dios no aparezca como fermento de nuestra liberación, como lo más íntimo de nosotros, como el único camino hacia nosotros mismos, mientras no hagamos la experiencia del encuentro que hacía brotar del corazón de Agustín: “Viva será mi vida en adelante, toda llena de Ti”, el grito que resuena en lo más íntimo de nosotros justamente como la certeza de que el encuentro con Dios no puede ser sino el verdadero nacimiento a nosotros mismos.

¿Quién rehusaría esta experiencia suponiendo que pueda vivirla? ¿Y quién no tendría simpatía hacia su expresión si se presentara precisamente como respuesta, y única respuesta al problema que somos, es decir al ser que tiene conciencia de ser inviolable, y que no sabe por qué, y que es finalmente víctima de la inviolabilidad, de la cual hace un absoluto sin haberla purificado de toda la ganga pasional que se reduce finalmente a un yo prefabricado y soportado, toda la visión del mundo y todas las modalidades de la conducta?

Deslumbres de sabios

La ciencia es muy apreciada, mucho y afortunadamente además, muy apreciada porque no exige nada. Alimenta en nosotros una curiosidad muy legítima además. Nos divierte por un momento precisamente del universo pasional que nos asfixia. Crea en todos los hombres un lenguaje común, que es un resultado magnífico, pero en fin de cuentas no exige nada. Nos da respuesta a curiosidades nobles, y medios cada vez más poderosos para explotar las energías del universo, sin decirnos lo que debemos hacer con esas energías que podemos volver contra nosotros, contra los demás, deshonrándonos a nosotros mismos, mutilando a los demás y golpeando sin sentido el universo entero.

Afortunadamente, a veces la ciencia misma despega, quiero decir que el sabio, sin cesar de ser fiel a sus métodos, que son justamente independientes de su compromiso personal, y que son válidos para todos, sean cuales fueren sus opciones ante la vida y la moral, ante Dios, los regímenes políticos o sociales, a veces el sabio, fiel a su método, despega de repente reconociendo la verdad como Persona.

Y en efecto, no hay duda de que los grandes sabios tuvieron deslumbres así, iluminaciones, y, caminando sobre su circunferencia cuyo recorrido jamás termina, pasando del sistema de Newton al de Einstein, ¡qué diferencia!, y al mismo tiempo ¡qué continuidad!, y qué deslumbramiento en estos dos inmensos genios cuando de repente su descubrimiento se traduce no solo ante la fórmula con que enriquecen el método sino ante la Presencia que los colma, ante la luz que alimenta su mente, entrando en el diálogo de persona a Persona que es la verdadera luz del genio.

Compromisos de sabios

Entonces se compromete, claro está en ese momento, como lo hace Rostand cuando habla de la verdad como un místico y declara que la verdad es la gran pasión del sabio, que está dispuesto a sacrificarle todo, que tiene hacia ella una devoción sin igual, que es feliz de contradecirse para permanecerle fiel.

Entonces ya no está en el plano de la fórmula, sin desconocerla desde luego, pero la fórmula es un momento: Einstein sucede a Newton, su visión del mundo es profundamente diferente. No acepta la atracción universal sino que la remplaza por un espacio curvo que es tanto más curvo cuanto más considerable sea la materia, y sin embargo está continuando esa inmensa investigación. Está un poco más lejos sobre la circunferencia pero está, como Newton, en relación con el centro inmutable, eterno, infinito y vivo que es Alguien que es el esplendor de la luz eterna, que es la inocencia infinita, el testigo incorruptible que, dentro de nosotros, nos está invitando a la fidelidad, prohibiéndonos hacer trampa, so pena de jamás encontrarnos a nosotros mismos.

Los momentos esenciales en que un sabio o un artista son contemplativos

La ciencia es admirable, pero limitada, limitada por su método ya que se estableció precisamente en la voluntad de no tener en cuenta las opciones personales de cada uno, las cuales son diferentes, van unidas a diferentes niveles y excluirían una expresión idéntica en todas las latitudes, si cada sabio expresara lo que descubre en función de su opción personal.

Fue necesario aceptar esos límites para encontrar un lenguaje común, pero repito, hay momentos, y son los más esenciales, en que la ciencia debe permanecer en su plano totalmente objetivo frente a una realidad que es puro objeto. Afortunadamente, hay momentos esenciales en que un gran sabio se hace contemplativo y reconoce la verdad como Alguien. “¿Por qué querer ser algo, como decía Flaubert, cuando se puede ser alguien?”

Lo que sigue siendo verdad para el sabio lo es también para el artista. El artista debe finalmente expresar una Presencia, hacerla sensible bajo el vestido de los símbolos que son su lenguaje. A través de la piedra, de los colores, de los sonidos o de la danza, por ritmos apropiados que interiorizan todos los fenómenos, debe hacernos sentir esa Presencia siempre desconocida y siempre reconocida, ya que se anuncia siempre en nosotros de la misma manera, a saber, por nuestra liberación.

Genios que son faros, pero una humanidad que sigue siendo manada

Hay sin duda algunos genios que son los faros que iluminan el camino, pero el conjunto de la humanidad sigue siendo manada, la humanidad como un todo sigue siendo colectividad o mejor, un conjunto de colectividades, antagonistas además, que progresan como manada pues no hay bastantes seres que hayan descubierto dentro de sí mismos la Presencia a la vez infinitamente personal y auténticamente universal.Eso hace aún más dramático el equívoco del que nadie es realmente responsable, y del que depende la evolución misma de la humanidad.

El equívoco de los sabios de actitud mística y de las religiones que hablan de Dios como de un objeto exterior

Pero lo que agrava precisamente el equívoco es que hay sabios muy auténticos que tienen una actitud mística ante la naturaleza, que, como dice Rostand, no quieren añadir nada porque ella los colma, porque precisamente están en diálogo con la verdad, sin saber además que es una persona, pero viviendo la relación de una manera intensamente personal.

Hay pues sabios que viven místicamente su relación con el universo, como hay artistas que solo expresan lo que escuchan, lo que oyen, que se eclipsan ante la Presencia que nos hacen sentir en las formas armoniosamente proporcionadas.

Y hay hombres de religión que hablan de Dios como de un objeto exterior a ellos, como de un teorema que se podría conocer sin comprometerse.

Y la diferencia es tanto más sensible ya que hombres de religión aparecen como heraldos de Dios y anunciadores de su palabra, mientras que los demás no tienen en absoluto la pretensión de iniciarnos al absoluto y de llevarnos a Dios.

Y sin embargo viven a veces mucho más auténticamente que ciertos hombres de religión, que además no deben ser incriminados ya que creen también y con la mejor buena fe ser fieles a un absoluto que para ellos todavía no ha tomado la figura de un encuentro nupcial, y por tanto lo proponen como sabios que han aprendido en los libros las definiciones que creen, con razón además, que son perfectamente legítimas pero que no lo son sino para abrirnos al diálogo y llevarnos a la relación nupcial en que el conocimiento de Dios es el nacimiento del hombre.

Una crisis que se funda en un equívoco, pero Dios queda por descubrir

Es pues totalmente cierto que la crisis actual se funda en un inmenso equívoco, y que los creyentes tienen que descubrir a su Dios; cristianos o no cristianos, creyentes o no creyentes, todos tienen que descubrir a Dios, o lo que es lo mismo, descubrir al hombre auténtico, pues el uno no va sin el otro, y es imposible acceder a sí mismo sin descubrir en el fondo de sí mismo “la hermosura siempre antigua y siempre nueva” que está dentro, que jamás ha dejado de estar con nosotros y que nos está esperando hoy para conducirnos hasta nosotros mismos.

El fermento de liberación que está en el fondo de nosotros, hará por fin de nosotros los testigos de una humanidad universal en que además lo universal no está en el despliegue horizontal de los individuos sino en cada uno como raíz de su personalidad, ya que el tesoro confiado a todos está en cada uno como el bien común que todos están interesados en proteger y defender.

Porque desde ahora el centro del mundo está dentro de cada uno, en la medida en que cada uno se eclipsa totalmente en el gozo del encuentro con la Presencia que viene a nosotros en el silencio de la mente y del corazón y que nos invita a vivir con alegría haciendo de toda nuestra vida una simple mirada de amor hacia el Dios que mora en nosotros.

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