Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana en 1962. Publicada en "Ton Visage ma lumière" (*). Se añadieron los títulos.

El cuerpo y el hábitat terrestre

Los cosmonautas nos han confirmado en el sentimiento que teníamos, es decir, que el organismo humano no puede subsistir de fuera de las condiciones terrestres. Para sobrevivir a la duración de su expedición, los cosmonautas están obligados a llevar consigo al menos el oxígeno indispensable para su respiración, es decir a establecer en su cabina las condiciones de su habitación terrestre.

Todo eso significa que bajo cierto aspecto el cuerpo es un aparato o un conjunto de aparatos rigurosamente adaptados a nuestro hábitat terrestre. Si quisiéramos emigrar a otro lugar, ambición legítima que podemos tener ahora, emigrar a otros planetas con condiciones atmosféricas totalmente diferentes del hábitat terrestre, como la ausencia eventual de atmósfera, sería necesario que el cuerpo humano se transforme de manera imprevisible, que adquiera nuevos aparatos y nuevos órganos para adaptarse a condiciones totalmente nuevas.

Podemos pues imaginar que en nuestro cuerpo, en nuestro organismo, hay una sustracción posible, que continuando siempre a ser nuestro cuerpo, es decir nosotros mismos en cierto modo, el cuerpo podría cambiar de cara, cambiar de aspecto, sin dejar de ser sustancial y profundamente el mismo.

El cuerpo como poder de expresión

Es evidentemente imposible imaginar nuestro cuerpo con otra cara, ya que no estamos en las condiciones que supondría esa transformación; pero si admitimos que pudiera, lo cual es infinitamente probable, podremos preguntarnos qué sería de nuestro cuerpo precisamente nuestro cuerpo, qué quedaría de nosotros si cambiára­mos completamente de cara pero debiendo seguir siendo el mismo cuerpo.

Quedaría de nosotros lo que hace del cuerpo algo extraordinariamente precioso: el poder de expresión que hace de nuestro cuerpo un signo, un signo maravilloso, indispensable, y gracias al cual conservaríamos la capacidad de manifestarnos.

Debemos sentir la importancia de este signo en la pregunta de un filósofo muy cerca de lo humano (Alain). Se preguntaba: “¿Puede un hombre amar una mujer loca?” E inmediatamente respondía: “¡Es imposible!” Es imposible: un hombre no puede amar una mujer loca. ¿Por qué? Porque a través del cuerpo busca evidentemente una fuente inteligente, busca una presencia espiritual, busca una respuesta, busca una razón, busca un secreto y un misterio inagotable.

Un cuerpo por crear

Por eso, concluía entonces el filósofo, aun en la pasión más oscura, en el ser humano existe una necesidad absoluta de encontrar, más allá de las apariencias carnales, una Presencia infinitamente preciosa que las apariencias pueden traducir, expresar, manifestar, y en cierta manera, comunicar.

Pero es seguro que si el cuerpo puede ser signo y sacramento de una Presencia inagotable, es a condición de que primero lo creemos. Porque el cuerpo puede igualmente expresarse permaneciendo muy dependiente de los aparatos que nos ligan a nuestro hábitat terrestre. Puede pues expresar también todas las pasiones brutales que nos atan al universo físico y que, lejos de expresar un misterio de luz inagotable y maravilloso, nos devuelven a los abismos del anonimato de los determinismos brutales.

El cuerpo, si debe significar algo, aparece pues como portador de una Presencia inagotable y una vocación. Debemos crearlo, liberarlo precisamente de todas sus tinieblas, debemos hacerlo transparente a las realidades del espíritu y, finalmente, debemos hacer de él el sacramento de la Presencia infinita que es el Dios vivo. Esto tiene una importancia inmensa, pues sería absurdo imaginar que podamos sufrir el cuerpo y al mismo tiempo ser hombres.

El cuerpo como realidad personal y libre

Ser hombre significa rehusar sufrir nada sin haberlo pesado, examinado y hecho precisamente a la vez infinito y transparente. Cuando aceptamos pasivamente devenimos cosas. Para ser personas, es necesario que nuestro ser, nuestra existencia, nuestro organismo, nuestra vida entera brote de una elección totalmente libre, lo cual evidentemente solo puede realizarse haciendo de todo nuestro ser una ofrenda a la luz que mora en nosotros y que es la Presencia infinita.

El cuerpo es pues una vocación, y cuando hablamos de la castidad, jamás hay que olvidar este aspecto maravilloso: se trata de liberarnos. Se trata de no sufrirnos. Se trata de hacer de nuestro cuerpo precisamente una realidad personal y libre y, por consiguiente, también inmortal.

Concebimos que el cuerpo permanezca si es capacidad de significar una Presencia infinita

Si el cuerpo se ha hecho valor, si se ha liberado de sus dependencias respecto del hábitat terrestre, no hay razón alguna para no permanecer eternamente, si ya es portador de una vida infinita.

Entonces el problema de la inmortalidad solo puede tener sentido si hay en nuestro cuerpo un valor infinito. Se concibe que todos los aparatos que nos adaptan al hábitat terrestre como un plasma interno en el momento del nacimiento, desaparezcan porque, justamente, si fuéramos fieles a nuestra vocación humana, la muerte nos libera, podría liberarnos de todas nuestras dependencias respecto del hábitat terrestre. Pero ese cuerpo capacidad de expresión, sacramento de una Presencia, ese cuerpo que puede revelar el misterio inagotable de la Iglesia, debemos crearlo, edificarlo, construirlo, equilibrarlo, purificarlo y en fin, hacerlo infinito.

En efecto, si está en nosotros el poder de expresión, el poder de significar una Presencia infinita, se comprende que pueda permanecer. En efecto, si el cuerpo mismo se ha hecho valor, si el cuerpo mismo se ha liberado de sus dependencias respecto del hábitat terrestre, no hay razón para no permanecer eternamente pues ya es portador de una vida infinita.

El cuerpo noble

Nunca puedo dar la comunión sin admirar las posibilidades de expresión infinitas que hay en el rostro humano.

Ahora van a comulgar, van a presentar su rostro a la Presencia del Señor que viene a ustedes. Quisiera que por un instante fueran sacerdotes, el sacerdote que da la comunión. Pocos espectáculos conozco que sean tan conmovedores, tan maravi­llosos como los rostros humanos recogidos, abiertos a la Presencia del Señor que los está llamando. ¡Rara vez manifiesta el ser humano tanta nobleza y tanta grandeza! Y nunca puedo dar la comunión sin admirar las posibilidades de expresión infinitas que hay en el rostro humano.

Sí, es verdad. El cuerpo humano tiene el poder de expresar el infinito, tiene el poder de llevar la irradiación de Dios, tiene el poder de concentrarse en un punto único, en un foco eterno donde solo resplandece la Presencia adorable. Por eso el Nuevo Testamento, que sella entre nosotros la Alianza siempre nueva y eterna de Dios, nos habla de nuestros cuerpos con tanta nobleza.

El cuerpo templo de Dios

San Pablo nos recuerda que somos el templo de Dios (1 Co. 3:16), que somos los miembros de Jesucristo (1 Co. 12:12), que juntos somos su Cuerpo Místico (Rm. 12:5) y que, por eso mismo, somos todos miembros los unos de los otros, que existe entonces en el cuerpo que somos nosotros ese aspecto de poder expresivo, capaz a la vez de disimular nuestro secreto a los que son indignos de él, y de revelarlo a los que son interiores a nosotros mismos.

Por eso el Nuevo Testamento glorifica los cuerpos desde aquí en la tierra y nos invita a eternizarlos tratándolos precisamente como templo de Dios. ¡Esa es la maravilla de las maravillas! Todas las catedrales del mundo no son nada comparadas con la catedral que somos, donde Dios mora realmente y donde quiere comunicarse. De tal manera que el cuerpo, percibido y vivido como vocación de liberación y como el sacramento de una Presencia infinita, nos aparece finalmente como el Evangelio más necesario y eficaz.

La Presencia de Dios inscrita en un rostro

El único evangelio convincente, el único que pueda hacer sensible la Presencia divina, es nuestro rostro recogido, silencioso y transparente, emitiendo en el universo la nota única que corresponde a nuestra más profunda individualidad, concurriendo así a revelar a Dios de manera única.

Como nuestra presencia se inscribe normalmente en la historia de nuestro cuerpo, la Presencia de Dios solo puede ser histórica, ser uno de los elementos concretos de la vida humana a través del rostro que deja transparentar la Presencia divina.

¿Se puede decir algo más grande y maravilloso? El único evangelio convincente, el único que pueda hacer sensible la Presencia divina, es nuestro rostro recogido, silencioso y transparente, emitiendo en el universo la especie de nota única que corresponde a nuestra más profunda individualidad, concurriendo así a revelar a Dios de manera única. Cada uno de nosotros ha recibido de Dios un rasgo de su rostro infinito para manifestarlo, y esta revelación que es nuestro mismo ser, esta revelación solo nosotros podemos hacerla.

En la medida en que veamos en nuestro cuerpo todas esas riquezas de expresión, todas esas posibilidades de evangelización, todos esos misterios de una Presencia adorable, comprenderemos hasta qué punto debemos respetarlo como la catedral de las catedrales, como el verdadero templo del Señor, como el sacramento indispensable de su Presencia, como el Evangelio de su Amor.

En esta perspectiva podemos comprender que estamos llamados a vivir eternamente en nuestro cuerpo y rostro personales, pues, justamente, nada de eso escapa a la divinización sino al contrario. Nosotros somos el cuerpo de Cristo, el templo del Espíritu Santo (1 Co. 6:19), o al menos estamos llamados a serlo, si respetamos justamente la vida humana en nosotros y en los demás como santuario vivo y eterno de Dios.

Livre-Ton visage ma lumière (*) Libro « Ton visage, ma lumière, 90 sermons inédits » (Tu rostro, mi luz, 90 sermones inéditos)

 Editorial Mame, París, 2011. 510 páginas

 ISBN : 978-2-7289-1506-4

 http://www.fleuruseditions.com/livres/zundel/

 

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