Homilía de Mauricio Zúndel en Londres, marzo de 1930. Inédita.

La mirada del espíritu

Jesús, habiéndose acercado, le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?” Él respondió: “Señor, que yo vea.”

Al que tiene ojos que ven le basta con abrirlos para que todo lo visible le sea accesible.

No es lo mismo con la mirada del espíritu. Ahí no basta mirar para ver todo lo visible. Como el objeto no está simplemente puesto ante nosotros, como se debe aplicar la atención para percibirlo y más aún para mantenerlo en el campo de la conciencia hasta que haya manifestado todas sus riquezas y exigencias, la voluntad puede rehusar el esfuerzo, limitar la mirada e interrumpir el espectáculo.

En cierto sentido, en el campo del espíritu es verdad decir que vemos lo que queremos ver.

El impedimento de la voluntad

Por eso nuestra visión puede ser continuamente falseada por la mala voluntad. Para tomar el ejemplo más sencillo, basta pensar en la casi imposibilidad de admirar las cualidades o las buenas obras de una persona antipática, suponiendo que seamos aún capaces de verlas.

Así, en la medida en que consiente con cualquier forma de egoísmo la voluntad nos impide ver. Una ceguera de este tipo fue la razón de la enemistad de los fariseos.

Y es una ceguera de este orden la que impide actualmente la acción de la Iglesia, y es también la misma ceguera voluntaria la que nos impide alcanzar la santidad.

¿No tenemos miedo de ver?

¡Si yo supiera lo que debo hacer! Decimos, pero en verdad ¿no es que tenemos miedo de ver? Es a este aspecto de nuestra vida espiritual que se aplican las palabras de San Pablo:

Obrad vuestra salvación con temor y temblor” (Fp. 2:12)

Pero el mismo san Pablo, el gran amigo de Jesús, conoció esa hora de terror e incertidumbre; y dice que es ciego de cuerpo y espíritu, cuando su espíritu comienza a ver: “Señor, ¿qué tengo que hacer?” (Hechos 22:10)

Rechazarlo todo o abrazarlo todo

Hay que confesar que la tarea es difícil. Estamos en el centro de un universo en que todo es confusión, magnificencia y fealdad, atracción y repulsión, excelencia y corrupción. ¿Cómo entrar en relación con esas miríadas de criaturas que nos fascinan, nos tientan, nos mueven a compasión o nos conmueven de ternura?

Rechazarlo todo significaría devenir como piedras. Abrazarlo todo sería querer al mismo tiempo lo mejor y lo peor que existe.

Y sin embargo, en cierto sentido, todas las criaturas, en la medida en que son – y no en el mal que les afecta, que solo es un avance de la nada del ser – todas las criaturas son de Dios, por él y en él, como reflejo lejano de su propia excelencia. ¿Deberíamos privarnos de ese bien, a causa del mal que podría haber en ellas?

¿Quién desenredará este embrollo, quién nos liberará de esta angustia? ¿Quién nos sacará de los terrores jansenistas o del verdadero fariseo para quien todo es mancha, y quién nos preservará al mismo tiempo de la falsa inocencia del sobrenaturalismo que destruye hasta el sentimiento del mal so pretexto que es natural, como si lo que existe fuera siempre lo que debiera ser?

Iluminados por el Señor

La luz del mundo es Dios mismo; y para usar bien de las criaturas debemos tomar como medida el Amor que él les tiene y el bien que les desea.

Ahora toma todo su sentido la oración del ciego. La luz del mundo es Dios mismo; y para usar bien de las criaturas debemos tomar como medida el Amor que Él les tiene y el bien que les desea.

Señor, haz que yo vea.

Tú ante todo y todo lo demás en Ti, iluminado por Ti, inmensificado por Ti, irradiando la luz de tu mirada. Señor, haz que yo vea.

Así encontraremos la paz cuando estemos turbados, no con discursos difíciles sobre la bondad o la malicia de las cosas de este mundo sino por un abandono absoluto a Aquél que mantiene nuestros corazones en el suyo y que con misericordia desea conducir nuestra voluntad, aun rebelde.

Entonces, si lo hacemos, si hemos renunciado por decirlo así a nuestro propio querer, caerán las escamas de los ojos y veremos lo que será bueno que veamos en ese momento.

Jamás será él quien limite nuestra mirada o nuestro Amor.

Entonces, si viene la Cruz ya no habrá temor. Porque el perfecto amor echa fuera el temor.

Nos importa comprender que tenemos un Padre. “Y yo lo llamo Papá”, me decía un santo novicio “y a la Santísima Virgen la llamo Mamá.”

Pero entonces ya no era sino un grito de Amor.

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