Conferencia de Mauricio Zúndel en Lausana, en la iglesia del Sdo. Corazón de Ouchy, en diciembre de 1966. Publicada en "Au miroir de l’Evangile" (*). Se añadieron los títulos.

El argumento del “hijo de Dios”

No hay tema que haya sido más maltratado que el Misterio de Jesús que debe retener nuestra atención esta noche. Con asombro leí el libro del Padre Danielou, El Escándalo de la Verdad, argumento que llevan todos los libros de apologética: Jesús tenía una mente sana y no se puede dudar de su equilibrio; Jesús era sincero y no se puede poner en duda su probidad. Jesús declaró, afirmó solemnemente que era el Hijo de Dios, y por ende realmente Dios: hay que creer ya que lo dijo.

Es evidente que tal argumentación no puede convencer a nadie. Uno puede tener una mente sana y sincera y equivocarse, sobre todo si anuncia algo que parece rigurosamente imposible e insensato. Por eso todas las mentes críticas se rebelaron contra esa manera de querer imponer a la humanidad la creencia en un misterio absurdo e inclusive en la cristiandad, en particular en Alemania, desde fines del siglo 18, desde los fragmentos de Wolfgan Pieter, el racionalismo trató de demostrar que Jesús era un hombre divinizado, que había sido simplemente hombre pero que sus discípulos lo habían divinizado.

Algunos, unos pocos, adoptaron la actitud contraria, afirmaron que Jesús era un dios humanizado, un Dios al que le habían dado un estado civil humano para hacerlo más cercano a los hombres, estado civil perfectamente imaginario y mitológico además. De hecho, a primera vista parece difícil imaginar que Dios haya caminado en los mercados de Nazaret o de Jerusalén. ¡Cuántos libros he leído sobre ese tema! Baur, Renan, Guignebert, Harnack, Sabatier, Loisy, Schweitzer, ¡cuántas vidas de Jesús he escrutado apasionadamente para tratar de encontrar una expresión adecuada del misterio de Cristo, sin sentirme nunca satisfecho! Siempre me ha parecido que estamos al lado de la cuestión.

La cuestión del Dios de que hablamos

Los teólogos cristianos más ortodoxos, los más interiores y espirituales, los que han estudiado el misterio de Cristo con fe y han querido tratar de iluminar su ciencia con la fe no han tocado el centro del problema. Lo que me asombra en primer lugar es que presentan el misterio de Jesús, afirman su filiación divina o la combaten según el caso, sin preguntarse primero de qué Dios están hablando ni qué sentido le podían dar a la afirmación de la filiación divina de Jesús ni cuál era la importancia espiritual del misterio mismo de Jesús.

Si Dios está en lo alto de su empíreo, si está detrás de las estrellas, si es idéntico a la esfera de Parménides, si es el primer motor encerrado en su narcisismo, la Encarnación parece a priori absurda e imposible.

Pero es evidente que todo cambia según ante qué Dios nos coloquemos. Si Dios está en lo alto de su empíreo, si está detrás de las estrellas, si es idéntico a la esfera de Parménides, si es el primer motor encerrado en su narcisismo, la Encarnación parece a priori absurda e imposible. Lo extraño es que no hayamos aprovechado de las luces que Jesús mismo nos dio sobre Dios.

Jesús nos introduce en la intimidad de un Dios interior

Jesús realizó una verdadera revolución al introducirnos en la intimidad de un Dios que es interior a nosotros. Es evidente que si Dios está en nosotros está caminando en las calles de Lausana como en las de Jerusalén o de Nazaret, como lo hacemos nosotros.

Un Dios interior, el de la experiencia agustiniana, un Dios interior es un Dios que no tiene que bajar de un cielo imaginario: el Cielo mismo está dentro de nosotros y, si Dios es interior, si es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, solo podemos encontrarlo en un universo interpersonal.

Y eso es justamente lo esencialmente importante, lo que Jesús nos enseñó, o en todo caso lo que quiso enseñarnos, a situar a Dios en un universo interpersonal, es decir en un universo al que accedemos por el don de sí mismo, un universo de reciprocidad nupcial, un universo en que conocemos en la medida en que amamos. Este universo es el de nuestra humanidad, es el universo de nuestras ternuras y amores, el único universo respirable, el único en que podamos situarnos si no queremos renunciar a nuestra identidad. ¿Qué buscamos los unos en los otros? ¿Qué aspiramos a encontrar detrás del rostro de los demás sino justamente el espacio de luz y de amor en que podamos sentirnos libres comulgando con la intimidad de los demás sin violar su clausura y sin que violen la nuestra? Es un tipo de comunicación en la cual lo que cuenta es únicamente la luz de la presencia, la luz de la presencia que alcanzamos al hacernos presente al otro.

“No busques a Dios en las montañas, no lo busques en el Garizim o en la colina de Sion, búscalo en ti como fuente que brota en vida eterna.” Si Dios está en este universo interpersonal, aparece de inmediato que solo puede manifestarse bajo forma de encarnación. Quiero decir, “manifestarse a nosotros en forma de encarnación”, eso quiere decir muy precisamente, puesto que está intus, puesto que es interior, puesto que es pura intimidad, puesto que es puro interior, puesto que no tiene exterior, puesto que es esencial y eminentemente personal, solo puede manifestarse a nosotros en la medida en que lo acogemos y lo dejamos transparentar en nosotros.

La especulación no hace sensible la presencia de Dios

Cuando hablamos de él especulando y creando un sistema del mundo, eso no nos hará sensible la presencia de Dios, ¡lo que hará una verdad de nuestra vida y un encuentro histórico será la medida en que lo vivamos! Por eso, todos los que han llevado la humanidad por el camino de Dios de manera eficaz y liberadora han sido los que han vivido de él y lo han dejado transparentar en sí mismos. Pero esta experiencia humana es imperfecta la mayor parte del tiempo.

Gandhi cuenta en sus memorias su propia vida como Agustín confiesa sus faltas y uno y otro no ocultan que tuvieron que dominar una sensualidad resistente, que se hicieron lentamente y con esfuerzo continuo lo que llegaron a ser al final de su vida. Tampoco pretenden ser perfectos y en ellos podemos encontrar límites, como en todos los profetas, en todos los genios y los héroes. Pero hay un aspecto en que son ilimitados, en que nos dan el sentido de lo infinito y hay reflujos, como los hay a menudo en nosotros, en que aparece demasiado evidente su condición humana en límites que limitan su genio y por lo mismo la revelación que pueden ser de la “Hermosura siempre antigua y siempre nueva.”

En la Escritura chocamos con una expresión de la divinidad que nos choca y nos hiere porque los límites del profeta son demasiado aparentes y han proyectado sobre Dios el rostro imperfecto del hombre.

Y como solo conocemos de Dios lo que es cognoscible para el hombre, como solo podemos llegar a él mediante una experiencia humana, en la medida en que los hombres que dan testimonio de él son imperfectos, inevitablemente lo limitan. Por eso además tan a menudo chocamos en la Escritura con una expresión de la divinidad que nos choca y nos hiere porque los límites del profeta son demasiado aparentes y han proyectado sobre Dios el rostro imperfecto del hombre.

Una encarnación aun imperfecta hace a Dios más cercano

Pero la Encarnación, la simbiosis, la comunidad de vida entre Dios y el hombre es la única manera de acercarnos a él de manera viva y auténtica; aunque todas las encarnaciones han sido imperfectas, tan admirables como hayan sido, la Encarnación perfecta sigue siendo posible. Por eso cuando el cristianismo afirma que Jesús es el Verbo encarnado, el Dios encarnado, no rechaza las demás encarnaciones, no quiere privarse de la luz de los vedas, de la luz del budismo, del fervor del islam cuando el islam se hace místico, cuando hace eminentes realizaciones.

Al contrario, Cristo pide que nos abramos a todas las encarnaciones, a todas las manifestaciones de Dios en la historia. Hay que reconocerlas con felicidad, asimilarlas con fervor, ordenándolas, e iluminándolas por lo que (1) considera como la suprema Encarnación en Cristo Jesús. Y como lo hemos visto, Cristo no solo nos condujo a un Dios interior. Nos llevó a un Dios Trinidad. Nos liberó de un narcisismo divino que habría sido totalmente inaceptable, nos introdujo en la Pobreza de Dios. Viviéndola hasta la raíz de su ser, dio testimonio de un Dios cuya única propiedad es la desapropiación, y cuya vida íntima es toda un concierto de relaciones. Sólo tiene contacto consigo comunicándose y solo tiene consigo un contacto virginal en una donación eterna.

Un Dios desarmado y frágil

Jesús nos reveló un Dios que es solo Amor, que es solo Corazón, un Dios que solo puede llegar a nosotros por su Amor, y al que solo podemos llegar con nuestro amor.

Nos reveló pues un Dios que es todo Amor, que es solo Amor, que es todo Corazón, que es solo Corazón, un Dios que solo puede llegar a nosotros por su Amor, y al que nosotros solo podemos llegar con nuestro amor, entonces un Dios desarmado, un Dios frágil, un Dios al que cualquiera puede matar, un Dios para el cual basta con estar ausente para que su Presencia se disipe, un Dios que esperará, un Dios que jamás podrá forzarnos, un Dios que jamás podrá imponerse, un Dios que solo podrá morir por todos nuestros rechazos de amor.

Pero, al subrayar la desapropiación radical que es la característica propia de la divinidad, Cristo nos introduce igualmente en el secreto de la Encarnación. Nos hace tomar conciencia de que es por efecto de una desapropiación que todos los hombres de Dios han dado testimonio de Dios, y que si se nos debe dar una revelación más perfecta, solo podrá serlo en virtud de una desapropiación suprema e insuperable.

La encarnación y la inmutabilidad de Dios

Santo Tomás se había planteado a su manera el problema de la Encarnación. Se había preguntado cómo era posible una encarnación si no era eterna, cómo una encarnación situada en el tiempo no constituía la negación de la inmutabilidad de Dios.

“Si Dios no está siempre encarnado, jamás lo estará; y como no está siempre encarnado, entonces jamás puede estarlo.” A lo cual él mismo responde: “La Encarnación no introduce ningún cambio en la divinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ningún cambio, ninguna novedad, porque la Encarnación significa que simplemente Dios se unió de manera nueva a la criatura,” o mejor, dice él, corrigiéndose “que unió a sí mismo la criatura de manera nueva.” Entonces todo el cambio está por parte de la criatura asumida, y no por parte de Dios.

La Encarnación es la comunicación hecha a la humanidad de Cristo en beneficio de toda la humanidad y de todo el universo. La comunicación a esa humanidad de la Pobreza infinita que constituye la personalidad en Dios.

¿Qué sucedió entonces? ¿Qué es lo que constituye propiamente la Encarnación? En cuanto pueden expresarlo las palabras, la humanidad que brota en el seno de la Virgen, en vez de estar encerrada en sí misma, en un yo connatural, en un yo del mismo nivel que ella misma, como el nuestro – el yo que fue encerramiento, que nos separa de los demás y nos encierra en la prisión de nosotros mismos –, en Jesús la humanidad está totalmente abierta al control de Dios y está puesta en el impulso, subsiste siendo arrastrada en la ola de la divina pobreza; es decir que la Encarnación es la comunicación hecha a la humanidad de Cristo, en beneficio de toda la humani¬dad y de todo el universo, la comunicación a esa humanidad de la Pobreza infinita que constituye la personalidad en Dios.

Cogido en la ola

Esto no puede asombrarnos ya que nosotros somos cogidos en la ola cada vez que accedemos a nosotros mismos en los raros momentos de nuestra existencia auténtica, en los raros momentos en que por un instante devenimos universales, en los raros momentos en que transcendemos nuestras fronteras, en los raros momentos en que podemos ser interiores a los demás sin violar su clausura, en los raros momentos en que somos transparencia a Dios. Somos cogidos en la ola, aspirados por la divina Pobreza, desapropiados de nosotros para vivirlo y transparentarlo.

Pero en nosotros se produce casi siempre el reflujo, la recaída en nosotros mismos que nos asfixia, sumergiéndonos en el yo propietario, hundiéndonos en todas las corrientes cósmicas ciegas e inconscientes en que devenimos migajas de universo. Pero en fin, tenemos una percepción de la polaridad divina, de la imantación divina de donde proviene el despojamiento liberador en que accedemos a nuestra intimidad y devenimos por un momento un foco de altruismo. En Cristo, ese estado de desapropiación es original.

La humanidad de Cristo

Ni mezcla ni metamorfosis, ni Dios transformado en hombre, ni hombre transformado en Dios. Hay una humanidad creada, limitada, consustancial con la nuestra, una humanidad que está confrontada desde el primer instante de su existencia con la Presencia divina que la invade totalmente.

Quiero decir que la humanidad de Cristo, desde su eclosión en el seno de la Virgen, es investida por la divina Pobreza, asumida por ella y arrojada en Dios por el impulso eterno como una cáscara de nuez que sería arrojada sobre la orilla por una ola que abrazaría todo el océano. No hay mezcla ni confusión, no hay metamorfosis ni apoteosis, no hay un Dios transformado en hombre ni un hombre transformado en Dios. Hay una humanidad creada, limitada, consustancial con la nuestra, como dice el Concilio de Calcedonia, una humanidad que comenzó a existir, una humanidad que desde el primer instante de su existencia está confrontada con la Presencia divina que la invade totalmente, que la agarra en sus raíces y la arroja en Dios con el impulso subsistente que es el Verbo eterno de Dios.

La humanidad de Cristo no se pertenece, es incapaz de decir “Yo”, es incapaz de cerrarse sobre sí, está infinitamente abierta respecto de Dios y respecto del hombre y del universo. Esta radicalización de la Pobreza en Dios y en la humanidad de Jesucristo es lo que debemos considerar para entrar en el misterio de Jesús, la confluencia de esas dos pobrezas, insuperables cada una en su orden, la pobreza de Dios y la pobreza de la humanidad de Cristo. La confluencia de esas dos pobrezas es lo que constituye el misterio de Jesús.

Cuando se habla de pretensiones divinas de Jesús se hiere la fe en el corazón porque en Jesús no existe la más mínima pretensión. Y en Jesús, el eclipse insuperable, hablo de su humanidad, la superación insuperable en la divinidad en que él subsiste y que es su único verdadero yo. Él puede decir lo que Rimbaud había entrevisto, puede decir como ninguno “Yo es otro” y por eso él es el revelador por excelencia no por lo que dice, por lo que enseña, por lo que pudieron escuchar materialmente sus auditores y puesto por escrito. Es el revelador por excelencia – por excelencia – por lo que él es.

Un universo interpersonal

Una unión entre la divinidad y la humanidad por una relación en que el hombre está ordenado total y radicalmente a Dios en el enraizamiento en él de la pobreza divina.

Él revela a Dios como pobreza infinita en la estructura misma de su ser. Se trata pues de una unión entre la divinidad y la humanidad no por confusión de Dios y del hombre, sino por una relación en que el hombre está ordenado total y radicalmente a Dios en el enraizamiento de la pobreza divina en él. Y de ahí resulta que en Jesús Dios se revela perfectamente, y al mismo tiempo se revela perfectamente el hombre.

Digo: Dios se revela perfectamente porque, justamente, en el universo interpersonal al que Jesús nos da acceso – en el universo interpersonal en que está nuestra humanidad y todas nuestras relaciones auténticas entre nosotros hombres – en este universo interpersonal, la revelación solo puede hacerse por la transparencia del hombre a Dios que yo evocaba ahora. No es mediante conceptos, ni mediante construcción sistematica, no es por una cadena de deducciones como llegamos al Dios vivo, sino viviéndolo como la fuente misma de su vida.

En los límites humanos la revelación es imperfecta

Puesto que se trata de una relación nupcial que supone intercambio de intimidad, si por otra parte algunos límites humanos impiden que la comunicación divina sea perfecta, si los límites humanos impiden que el hombre reciba con la misma plenitud con que se realiza en Jesús, es natural que la revelación sea imperfecta. Para que sea perfecta se necesitará la transparencia absoluta de una humanidad tan totalmente despojada de sí misma que ya no pueda apropiarse nada. El testimonio será entonces perfecto, no en las palabras, repito, sino en el ser mismo. Esto es de importancia extrema porque la historicidad de Cristo no se opone a la interioridad más profunda de la vida mística.

Un comentador de Plotino expresaba la superioridad de Plotino sobre Cristo, al menos quería explicarla diciendo: “Plotino nos da una doctrina que podemos recibir independientemente de él y desarrollarla sin él. El cristianismo nos amarra a un personaje histórico que está atrás de nosotros, situado en una época que depende de sus contingencias y que por consiguiente nos limita inevitablemente con esta referencia a un pasado ya superado.”

Este razonamiento desarrollado con cierta virulencia por Puech, comentador de Plotino, este razonamiento caduco pues justamente imagina que podemos alcanzar el universo espiritual, el universo donde la libertad encuentra su centro y su espacio mediante un razonamiento en que no nos comprometemos, que podemos simplemente desarrollar como si fuera un teorema, consecuencias sacadas de premisas de las que cada uno podría sacar las mismas conclusiones sin más compromiso. Vimos que toda la experiencia espiritual se levanta contra la objetivación del espíritu y que solo podemos alcanzar el universo de valores infinitos en que debe constituirse la personalidad en un compromiso en que conocemos en cuanto ordenamos.

En la confluencia de las pobrezas divina y humana

Es pues cierto que solo podemos alcanzar auténticamente la divinidad mediante una experiencia humana tan totalmente comprometida que es insuperable en su despojamiento. Es claro que nos debemos unir a Cristo por el interior, que deberemos comprometernos para descubrirlo, pero es cierto – y a ello nos lleva el itinerario hasta ahora – que la confluencia de las dos pobrezas, de la pobreza divina y la pobreza humana, constituye la revelación perfecta de Dios, y yo añado la revelación perfecta del hombre, ya que solo podemos llegar a nosotros mismos por la desapropiación.

Piensen en la enorme dificultad de situar la grandeza humana, grandeza a la que no podemos renunciar sin hacernos indignos de nosotros mismos, y que apasionadamente deseamos encontrar en los seres que amamos.

Piensen en las dos corrientes, el marxismo y el nietzscheísmo. Piensen en la enorme dificultad, en la imposibilidad de situar la grandeza humana, grandeza a la que no podemos renunciar sin hacernos indignos de nosotros mismos, la grandeza humana que apasionadamente deseamos encontrar en los seres que amamos, y nada es más doloroso para nosotros que el no encontrar esa grandeza humana. Marx la ponía en el conjunto de las relaciones sociales: “El hombre se hace por medio del trabajo social, de cierto modo, la sociedad es la esencia del hombre”, pero esta concepción que pretende establecer entre los hombres una solidaridad luminosa, sea cual fuere la generosidad de su inspiración, da a la sociedad un poder terrible sobre la persona. La persona deja de ser un fin y la sociedad arriesga serlo y aplastar la persona so pretexto de llegar al súper hombre en un futuro imposible de precisar.

Por su parte, Nietzsche se estrella heroicamente por superarse a fin de hacer surgir el súper hombre, hasta la tensión paranoica que culmina en la locura; esfuerzo humano infinitamente conmovedor pero desesperado ya que justamente la grandeza no está en ese universo piramidal donde hay que estar arriba para mirar a los que están abajo y aplastarlos con el poder y el desprecio; la única grandeza posible consiste en tomarse por entero y hacer de sí una ofrenda, desenraizarse de todos los determinismos y de todas las posesiones para realizar en sí un yo abierto, un yo oblativo, que es un espacio ilimitado y constituye el único bien universal que los hombres pueden poner en común.

La grandeza que hemos de realizar

La grandeza humana corresponde a la grandeza de Dios, grandeza toda de amor, grandeza que es solo donación, grandeza en que la espera eterna de una ternura escondida en lo más íntimo de nosotros no podría ejercer ninguna presión; esa es la grandeza que debemos realizar en una donación de nosotros mismos que introduce en el universo entero un fermento de liberación.

De verdad que si Cristo es lo que la experiencia cristiana atestigua, si es la humanidad infinitamente abierta del lado humano, lo mismo que infinitamente abierta del lado divino, Cristo está en el interior de nosotros. Solo él puede ser interior a nosotros, más íntimo a nosotros de lo que estaba con los discípulos de Emaús, interior a nosotros precisamente porque no tiene fronteras. Bien sabemos que lo que nos separa de los demás son las fronteras del yo. Nuestro campo de acción es tan limitado, nuestro campo de amor es tan limitado, algo de sufrimiento nos arranca del vacío de nosotros mismos y el resto del mundo es un objeto lejano que, no siendo necesario a nuestra existencia, carece prácticamente de realidad para nosotros. Si Cristo es él mismo, es justamente para ser el segundo Adán, para abrazar toda la humanidad, para ser el comienzo de un universo nuevo, para reunirnos por dentro, a partir de la transformación que quiere hacer de cada uno de nosotros una fuente y origen.

Porque Cristo no es investido, desde el primer instante de su existencia por la presencia personal de Dios que hace de él en su humanidad el Hijo como lo es eternamente en la divinidad. Jesús recibe esta gracia, si se puede decir, en su humanidad, esta gracia infinita para difundirla sobre toda la creación y para suscitarla primero en nosotros, llamándonos a devenir miembros de su Cuerpo, y por ende, miembros los unos de los otros, como dice el apóstol san Pablo.

¿Qué relación con un hombre de hace cinco mil años?

Solo puedo evocar la experiencia de Byblos, mi diálogo con el esqueleto encerrado en una jarra – que debieron romper para hacerlo aparecer. ¿Qué estaba esperando ese esqueleto en posición de feto? Qué nos unía con ese esqueleto, a través de cinco mil años de distancia? ¿Qué nos hace solidarios de su historia? ¿Qué es lo que hace que la humanidad, entre todos los siglos que nos separan, constituya una relación posible?

¿Qué es lo que hace una sola humanidad con todos los hombres que solo han dejado como rastro un polvo anónimo? ¿Qué es lo que los reúne en una historia única? ¿Qué es lo que les otorga un solo y mismo proyecto único? ¿Qué es lo que los hace contemporáneos unos de otros? Si entre este esqueleto y yo, entre este hombre que está reposando en la tierra desde hace cinco mil años y yo, si solo hay un lazo biológico, una sucesión animal, entonces la historia humana no tiene significado. Si tiene un sentido espiritual, que le da verdadera finalidad, si podemos ser contempo¬ráneos de todos los que nos han precedido y de todos los que vendrán después, es necesario que haya una presencia que establece el lazo, que haya una humanidad capaz de contener su cadena de generaciones y de hacernos interiores los unos a los otros, y contemporáneos unos de otros.

Es imposible seguir la liturgia, decir la misa sin vivirla, sin ese ecumenismo ilimitado, imposible vivirla sin ver todo el desfile de la historia, sin encontrar a la mesa del señor a todos aquellos cuyos nombres encontramos en las inscripciones murales o en los manuscritos o en los libros, todos aquellos cuya efigie nos ha sido conservada en monumentos venerables, aquellos cuyo heroísmo o cuyas aventuras nos conmueven y nos apasionan, todos aquellos cuyo pensamiento alimenta el nuestro, todos ellos y todos los anónimos y todos los olvidados y todos los sin nombre, y todos los desespe¬rados, y todos los que fueron solo embriones, todos están presentes para renacer, para llegar a término en el amor, en la contemporaneidad de todos los instantes en que nos introduce la presencia de Cristo.

Abrirse a lo universal

Hoy tenemos que hacernos hombre, nacer a nuestra libertad, asumir una humanidad que lleve en sí los mismos valores que nosotros; hoy hemos de tomar a cargo un Dios que nos está confiado en los demás y en toda la Creación tanto como en nosotros mismos.

Imposible entrar en el Misterio de Jesús sin abrirse inmediatamente a lo universal. Dicho de otro modo, en la medida en que nos abrimos a lo universal es como estamos en contacto auténticamente con Cristo. Es la única manera de conocerlo. Es la única manera de vivir en una presencia más íntima que lo más íntimo de nosotros.

Tal es el testimonio de la experiencia cristiana. Por desgracia, los documentos, los libros que hablan de Cristo casi nunca están centrados, o lo están tan poco, sobre la perspectiva central que hace inmediatamente de Cristo un acontecimiento de nuestra vida de hoy, si nosotros nos prestamos a ello. Hoy tenemos que hacernos hombre, hoy tenemos que superar nuestras fronteras, hoy tenemos que nacer a nuestra libertad, hoy tenemos que asumir una humanidad que lleve en sí los mismos valores que nosotros; hoy tenemos que tomar a cargo un Dios que nos está confiado en los demás y en toda la Creación, tanto como en nosotros mismos, hoy tenemos que descubrir de nuevo el rostro del verdadero Dios en la transparencia infinita de la humanidad de Cristo.

Dios limitado por el hombre

Y yo sé que no es fácil de reconocerla en los documentos, aun en los más sagrados, que dan testimonio de él. Pero esto confirma lo que no ceso de repetir, esto nos confirma que Dios puede ser limitado por el hombre en la medida en que el hombre es limitado y uno de los límites del hombre más pesados es el límite del lenguaje. Nos extrañaría leer el Nuevo Testamento sin descubrir lo que esta meditación nos trae a la memoria.

Porque el Nuevo Testamento nos presenta a Cristo en el reflejo de su presencia, en la mirada de sus discípulos y de su fe. Los documentos provienen de testigos o de sus discípulos inmediatos. Estos documentos llevan necesariamente las huellas de una experiencia en plena evolución, de una experiencia que comenzó en la incertidumbre y la confusión, de una experiencia en que Cristo no fue identificado o fue adivinado solo muy lentamente para ser finalmente conocido en una experiencia ardiente, en el bautismo de fuego de Pentecostés. Pero aún entonces, el lenguaje sigue siendo familiar y sabemos de sobra que la Trinidad que es el centro del Evangelio no podía encontrar un corazón adecuado para expresarse en el monoteísmo solitario que era el monoteísmo de Israel.

Por eso en todo el Nuevo Testamento vemos correr tanto subordinacionismo en que el Hijo está sometido al Padre, parece inferior al Padre, cuando evidentemente en la eternidad de Dios la Filiación es co-eterna, consubstancial, co-igual, y no puede tratarse de subordinación de la Filiación a la Paternidad en el seno de la Trinidad. Sí, la humanidad de Cristo puede ser sumisa, subordinada, obediente, porque subsiste en la eterna Pobreza, pero eso no implica evidentemente ninguna subordinación verdadera de la Filiación divina respecto de la Paternidad divina.

El fracaso de Dios a la luz de la Cruz

Pero hay otra cosa. Es evidente que Cristo, habiendo debido abrirse camino a través de una historia ornada de contingencias, no pudo sino adaptarse ¡y con qué prudencia, con qué solicitud, con qué silencio! Porque lo que aportaba era inadmisible, escandaloso, pues ¡anunciaba la derrota de Dios, debía revelar en la plena luz de la Cruz, el fracaso de Dios! El Dios que él llevaba en sí, el Dios del que vivía, el Dios en que subsistía, el Dios en que tenía su verdadero yo, ese Dios él solo podía dejarlo adivinar a través de las parábolas, a través de un lenguaje tradicional, retomando antiguas promesas hechas a Israel, prometiendo una gloria en el estilo de los profetas, dejando prever una liberación que podían creer milagrosa, reservando a sus discípulos en los más altos momentos de su educación, reservándoles que les dejaba entender que todo eso terminaría en catástrofe.

Bajó del cielo

La Revelación definitiva por Jesús no son las palabras que pudo pronunciar, sino el Verbo eterno que es él.

Es pues natural que la expresión escrita sea deficiente en los escritos sagrados que hablan de él y que emanan de los primeros testigos porque, repito, la Revelación definitiva no son las palabras que pudo pronunciar sino el Verbo eterno que es Él. Igualmente la cosmología que ponía arriba, por encima de nuestras cabezas y detrás de las estrellas lo más precioso que hay en el universo, pues el universo se estratificaba de esfera en esfera hasta el empíreo, la cosmología había creado espontáneamente la costumbre se situar arriba la morada de la divinidad, como nosotros seguimos diciendo, “en los cielos”.

De ahí la expresión, “bajó del cielo y se hizo hombre” que sabemos muy bien que no se debe tomar a la letra, ya que Dios siempre ha estado presente. Dios no tenía que venir al hombre, era el hombre el que tenía que venir a Dios. Y justamente, el misterio de Jesús es que el hombre viene a Dios y que en adelante Dios ya no está desterrado, rechazado, relegado en la tienda. Encuentra la posibilidad de revelar su verdadero rostro en esa humanidad diáfana que es puro sacramento, el sacramento de los sacramentos como decía el P. Schwalm, en esa humanidad totalmente desapropiada de sí misma por ser totalmente asumida a la Paternidad divina.

Dios es en nosotros el único camino hacia nosotros

Comienza para nosotros un mundo nuevo. Dios deja de aplastarnos, Dios deja de ser exterior a nosotros, Dios deja de ser límite y amenaza. Dios en nosotros es el espacio ilimitado de nuestra libertad revelada a sí misma. Dios en nosotros es la respiración y la comunicación de su ternura, Dios en nosotros es la clave de nuestra intimidad, Dios en nosotros es el único camino hacia nosotros. Y el hombre puede surgir en toda su grandeza, no poniéndose encima de los demás, exaltándose en un acceso paranoico, sino que puede buscar apasionadamente su grandeza, porque, como la de Dios, su grandeza solo puede realizarse por un total despojamiento. Kant dijo magníficamente: “Trata la humanidad en tu persona, al menos actúa de modo que trates siempre la humanidad en tu persona y en los demás como fin y nunca como medio.”

Cada uno es un universo, cada uno es un centro, en cada uno el eterno vuelve a comenzar, en cada uno revela Dios un rasgo de su rostro que no puede revelar en ningún otro. El hombre es un fin.

¡Qué palabras orgullosas y conmovedoras! ¡El hombre es pues el fin, el fin está en el hombre, el fin último está en nosotros! Es decir que cada uno es un universo, que cada uno es un centro, que en cada uno el eterno vuelve a comenzar, en cada uno Dios revela un rasgo de su rostro que no puede revelar en ningún otro. El hombre es un fin. Todo debe ser subordinado al hombre. Todas las riquezas del universo se le deben consagrar, todos los hombres deben unirse para defender la dignidad de un solo hombre, como quiso hacerlo Péguy para salvar a Dreyfus.

Fuente y origen, espacio ilimitado

Sí, pero a condición que cada uno se constituya como valor universal, que cada uno haga de sí mismo una fuente y origen, que cada uno se haga para los demás un bien común, un fermento de liberación y una fuente de alegría.

El cielo no está allá detrás de las estrellas sino aquí dentro de nosotros. Debemos encontrar a Cristo en el cielo, no especulando sobre él sino entrando en su Pobreza. Si Cristo es insuperable es porque no se puede ser más desapropiado que él. Si no somos discípulos de Buda no es porque no veneramos a Buda. Si no somos brahmanes, no es porque somos insensibles al lenguaje de los vedas. Si no somos musulmanes, no es porque somos extranjeros a la alabanza que sube hacia Alá. Es porque Cristo condensa todo eso, lo ilumina y lo amplifica, conduciéndonos a la raíz suprema de nuestra dignidad y de nuestra grandeza que es justamente la presencia de Dios desarmado y frágil, que solo puede expresarse encarnándose en nosotros.

Por primera vez, Cristo se me presentó como un amigo, como el compañero de nuestra vida, como un ser vivo que hace estallar todas las fórmulas y que está en nuestro corazón.

No tenemos que dar testimonio de Cristo con pruebas que fuercen la mente a aceptar lo que rechazan sino convirtiéndonos en espacio, espacio ilimitado en que cada uno pueda reconocer a su Dios en la inmensidad y esté llamado a superar aún más sus fronteras y a coincidir en el centro único con todos los humanos, animales, vegetales, minerales o esqueletos, a coincidir con ellos en ese punto único en que todos somos de verdad uno, en ese Dios que se nos presenta tan vivo en los demás como en nosotros mismos y del que estamos encargados tanto en ellos como en nosotros. Cuando tenía cerca de quince años, uno de mis amigos me leyó el Sermón de la Montaña con un acento inolvidable, y por primera vez, a través de las palabras de un amigo, Cristo se me presentó como un amigo, como el compañero de nuestra vida, como un ser vivo que hace estallar todas las fórmulas y que está en nuestro corazón, en la medida en que ponemos atención, un foco ardiente como estaba en el corazón de los discípulos de Emaús cuando lo reconocieron en la fracción del pan.


(1) Dios en sus manifestaciones.

 

TRCUS Libro «  Au miroir de l’Evangile » (El espejo del evangelio)

 textos seleccionados y presentados por el Padre Gilbert Géraud

 Editorial Anne Sigier, Québec

 enero de 2007 ; 253 páginas.

 ISBN : 978-2-89129-491-1

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