Homilía pronunciada en el Monasterio de Mont des Cats el 8 de diciembre 1971. Ya publicada el 8/12/2010. Se añadieron títulos.

La creación debía ser una historia de dos

Pablo nos presenta la creación que gime en dolores de parto, esperando la revelación de la gloria del Hijo de Dios, sometida a la vanidad contra su voluntad, y no respondiendo a las intenciones de Dios.

El apóstol constata un fracaso: la creación no responde a los designios de Dios. Dios quería otra cosa y algo se opuso, hubo un rechazo inmenso al amor. La creación debía ser una historia de dos, una historia nupcial, una historia de amor: no debía ser impuesta a la criatura. La creación era don de Dios, don de su intimidad, de su libertad al universo y, en el universo, muy especialmente a las criaturas dotadas de inteligencia.

Ellas debían cerrar el anillo de oro de las nupcias eternas, ellas debían pronunciar el sí sin el cual el sí de Dios no podía tener éxito.

El verdadero mundo está delante de nosotros

El mundo que todos tenemos que desarrollar, portar, asumir, y por fin crear con Dios, es un mundo que aún no existe, un mundo que debemos crear creándonos.

¡El verdadero mundo no existe todavía! Como decía Rimbaud: "No estamos en el mundo. ¡La verdadera vida está ausente!" El verdadero mundo está más adelante, lo mismo que nuestra existencia. El mundo que nos concierne, el mundo de la mente, el mundo espiritual, el mundo propiamente humano, el mundo inviolable en su dignidad, el mundo sagrado, el mundo que un niño lleva en su corazón, pero sin saberlo. El mundo que todos tenemos que desarrollar, que portar, que asumir, en fin, que crear con Dios, es un mundo que aún no existe, un mundo que debemos crear creándonos a nosotros mismos.

Porque tenemos que crearnos, crearnos en nuestra dimensión propiamente humana, crearnos en el campo donde brilla nuestra responsabilidad, donde la vida puede ser respuesta al amor infinito de Dios.

¿Y qué sentido tendría el universo si no fuera la respuesta de amor? Todas las fuerzas ciegas, inconscientes, feroces que actúan en el universo material caído, todas las fuerzas que actúan en el inconsciente, el inconsciente donde se recapitula toda la evolución material del universo, todo ese océano de fuerzas, de energías indómitas, indisciplinadas, todo ese mundo que es sólo material para construir la catedral de la luz y del amor.

El mundo debe devenir una respuesta de amor

Dios es amor. Es necesario que el mundo lo sea. Dios es libertad. Esa libertad debe circular en todas las fibras de la materia. La creación toda debe devenir el mostrador de Dios.

Dios es amor. Es necesario que el mundo lo sea. Dios es libertad. Esa libertad debe circular en todas las fibras de la materia. La creación toda debe devenir el mostrador de Dios. Y ese mundo no existe. Debe existir, pero sólo puede existir si nosotros recibimos su modelo, si somos iniciados en la creación que nos concierne, si la vemos realizarse en la perfección, en una humanidad que asume todo el universo asumiéndonos en nuestra intimidad profunda.

En Cristo, la nueva creación

Y esa nueva creación va a irrumpir en Cristo, Cristo, el nuevo Adán, es el que va a introducir en el mundo el sentido mismo del gesto creador, realizándolo plenamente. Jesús va a realizar en su vida una libertad absoluta, la libertad que es Dios mismo, la libertad que es la subsistencia del Verbo, la libertad que hace que Dios se despegue eternamente dentro de la Trinidad, se despegue de sí mismo en la eterna comunión de amor de las tres personas en que toda la vida divina no cesa de circular en una desapropiación total.

En Jesús vuelve el mundo a comenzar. En Jesús toma sentido la libertad, un sentido creador, infinito y universal. En Jesús la libertad aparece como liberación total de sí mismo. En Jesús se revela a sí misma nuestra humanidad.

Y justamente, la humanidad de nuestro Señor está enraizada en esa pobreza súper-esencial. La humanidad de nuestro Señor es totalmente libre, totalmente universal por subsistir en el Verbo, por estar tomada totalmente en la relación que hace eternamente de la persona del Hijo una ofrenda al Padre. En Jesús el mundo comienza de nuevo. En Jesús vuelve el mundo a comenzar. En Jesús toma sentido la libertad, un sentido creador, infinito y universal. En Jesús la libertad aparece como liberación total de sí mismo. En Jesús se revela a sí misma nuestra humanidad.

Crearse es finalmente vaciarse de sí mismo, hacer de todo su ser un espacio de luz y de amor donde la vida divina pueda difundirse y comunicarse al mundo entero.

Nosotros sabemos lo que debemos hacer. Sabemos que debemos introducir en el universo una libertad infinita, comenzando por liberarnos de nosotros mismos, pues crearse es finalmente vaciarse de sí mismo, hacer de todo su ser un espacio de luz y de amor donde la vida divina pueda difundirse y comunicarse al mundo entero.

Estamos solo al comienzo

Jesucristo nos salva precisamente de nosotros mismos. Jesucristo nos libera de nuestros límites porque él no tiene límites. Jesucristo, dentro de nosotros, es el fermento de una liberación que hará de cada uno de nosotros un bien común, un bien universal que el mundo entero está interesado en defender. Pero, desde luego, la obra de Jesucristo está lejos de realizarse plenamente. Estamos sólo al comienzo y el cristianismo, visto a través de su breve duración de unos dos mil años, puede parecer un fracaso.

El primer fruto de la Redención, la Santísima Virgen María, nacida de Cristo antes de que Cristo naciera de ella.

Sin embargo, hay un éxito perfecto, una realización total, y es lo que celebramos hoy. Hay la primera cristiana, que es el primer fruto de la Redención, la Santísima Virgen María, nacida de Cristo antes de que Cristo naciera de ella:"Virgina Madre, filia del tuo filio", "Virgen madre, hija de tu hijo", como dice admirablemente Dante en el último canto de la Divina Comedia.

En Jesús la vida es virginal. En Jesús la vida nace del Espíritu, de la libertad y el amor. En Jesús la vida es totalmente nueva. En Jesús la vida es transparente. En Jesús la vida revela el candor de la luz eterna.

Si el mundo comienza de nuevo en Jesús, si recibe de él toda su nobleza y toda su belleza, es precisamente porque en Jesús la vida no surge de la carne y la sangre, no es fruto de una proliferación inconsciente, no es fruto del deseo. En Jesús la vida es virginal. En Jesús la vida nace del Espíritu, de la libertad y el amor. En Jesús la vida es totalmente nueva. En Jesús la vida es transparente. En Jesús la vida revela el candor de la luz eterna.

Jesús sostiene todas las generaciones y nos hace nacer de su virginidad

Jesús es, en efecto, el que tiene todas las generaciones en las manos de su amor. No es un eslabón de la cadena. No es un individuo más entre los miles de millones que se siguen unos después de otros. Él sostiene toda la cadena, Él no está en el espacio. Él libera de límites la especie, la saca de la muerte, la introduce en la inmortalidad. Él hace contemporáneas todas las generaciones. Él nos reúne en la unidad de su amor. Él nos hace nacer de su virginidad.

En Jesús todo comienza y precisamente, Jesús nace del Espíritu. Nace fuera de serie. Nace de la contemplación de María. Nace del vació que Él hizo en ella desde el primer instante de su existencia.

Un universo virgen es un universo de personas, un universo que tiene su centro en el interior, un universo en que cada uno, en la medida en que entra en el juego del eterno amor, se vuelve creador indispensable, irremplazable, porque a través de cada uno, de su singularidad, se prismatiza el esplendor, la belleza de Dios bajo un aspecto único. En Jesús todo comienza y precisamente, Jesús nace del Espíritu. Nace fuera de serie. Nace de la contemplación de María. Nace del vació que Él hizo en ella desde el primer instante de su existencia.

El ser de María totalmente consagrado a Jesús

Porque la Inmaculada Concepción es precisamente el aspecto interior de la concepción virginal. La concepción virginal, el hecho de que Jesús haya nacido sin concurso del hombre, no tendría ningún interés si no hubiera tenido su sentido y su origen en la Inmaculada Concepción que es justamente la consagración total del ser de María a Jesús, que es el reino de Jesús en María desde el primer instante de su existencia, que es la personalización de María por su relación con Jesús.

Es por ser toda entera de Jesús, con él y por él, por estar totalmente vacía de sí misma, por ser la mujer pobre que no posee nada más que ser pura relación con Jesús, por eso concebirá y dará a luz virginalmente. Habiendo llevado al Verbo de Dios en su mente, habiéndose alimentado de su luz, estando consumida por su amor, habrá un reflejo de la Presencia del Verbo en su mente en todas las fibras de su carne virginal que se hará cuna del Verbo Encarnado.

La pureza de María hace de ella la cuna no sólo del Verbo Encarnado sino de toda la humanidad y de todo el universo.

¿Cómo expresar la pobreza de María? ¿Cómo tomar conciencia de la pureza que es la desapropiación total de sí mismo? ¿Cómo representarnos la contemplación que personaliza a María en su relación total con Jesús? Esa pureza, esa pureza ontológica que es transparencia de todo el ser, esa pureza que es la libertad infinita, esa pureza que es ofrenda, esa pureza que hace de ella la cuna no sólo del Verbo Encarnado sino de toda la humanidad y de todo el universo.

Porque su maternidad, la maternidad que nace de su contemplación y de su despojamiento, no la concierne a ella misma sino a toda la humanidad, toda la creación que va a encontrar de nuevo su esplendor a través del Reino de Jesucristo.

La Inmaculada, primer fruto de la Redención

La Inmaculada, el primer fruto de la Redención, María, la primera cristiana, la más perfecta, la Madre de la Iglesia, la madre del género humano y de todo el universo...

Recuerdo, al alba de mis 15 años, el encuentro con la Inmaculada, el llamado imperioso a una pureza total de la que no sabía yo todavía que significaba ante todo despojarse de sí mismo, liberarse del yo posesivo en que estamos aprisionados. Pero sabía ya que a través de María se enriquecía nuestra humanidad con una nueva mirada, que el mundo entero se transfiguraba en esa luz, que ni el hombre ni la mujer tenían el mismo sentido, que el amor tomaba otra dimensión, que todos los horrores de la historia, todas las crueldades de la naturaleza podían ser superadas bajo la luz de la ternura divina.

Virgo virginans!

¡Oh Virgen que nos haces vírgenes!

¡Oh Virgen, mirada nuestra!

¡Oh Virgen que nos conduces a Jesús!

¡Oh Virgen que das a luz a Jesús en nosotros!

¡Oh Virgen, Madre de Dios!

¡Oh Virgen que realizas en el mundo por primera vez la creación auténtica, lo que Dios quiere y que debe ser el eco de la música eterna que resuena silenciosamente en el seno de la Trinidad divina!

Pero la Virginidad de María no es sólo para contemplarla. No es sólo el fermento de una purificación total para nosotros sino también el alma de todo apostolado. Pues, finalmente, ¿cuál es nuestra misión? ¿Qué tenemos que hacer en el mundo sino dar a luz a Cristo? Nuestra misión no es construir sistemas, elaborar métodos y técnicas. Nuestra misión es dar a Jesucristo. Nuestra misión es comunicar su Presencia (y entonces, una invitación) a despojarse de sí mismo, a hacer el vacío en sí mismo, a hacer de todo su ser un inmenso espacio en que el mundo entero pueda ser acogido.

Entrar en el despojamiento

Por este mundo que todo lo espera, no podemos nada si no entramos en el despojamiento total, si no dejamos transparentar a través de nosotros el rostro del Señor, si no hacemos el vacío en nosotros mismos para que la vida divina pueda difundirse sin encontrar límites ni obstáculos.

Y así es como la Inmaculada Concepción nos toca en lo más hondo del ser. Hay un misterio de candente actualidad pues, por este mundo que todo lo espera, no podemos nada si no entramos en el despojamiento total, si no dejamos transparentar a través de nosotros el rostro del Señor, si no hacemos el vacío en nosotros mismos para que la vida divina pueda difundirse sin encontrar límites ni obstáculos en nosotros.

Tenemos que hacernos, más que nunca, discípulos de la Inmaculada, invocarla para obtener la purificación radical, mirarla para que su mirada virginal virginice la nuestra, aprender de ella la ternura divina, porque finalmente, ¿qué percibimos a través de esa mujer bendita entre todas las mujeres, a través de esa hija del Verbo del que iba a ser madre, a través de su dignidad, a través de su grandeza, sino la maternidad de Dios?

Porque Dios es madre tanto como padre y, mediante el corazón de María, sube hasta el corazón de Dios el grito que no cesamos de lanzar en todas nuestras angustias, el grito filial de "¡Mamá!". Ese es el gran tesoro. Es la palabra final de nuestro inmenso amor hacia la Virgen bendita. Es la palabra final de nuestro grito hacia ella, y nuestro grito hacia Dios que es infinitamente más madre que ella, más que todas las madres, pues como dice el Señor, "Aunque una madre se olvidara de sus hijos y no recordara el fruto de sus entrañas, ¡yo no los olvidaré jamás a ustedes!"

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