Artículo de Mauricio Zúndel en la revista Choisir, Ginebra, 1962.

Basta leer o escribir la fecha de un periódico o el comienzo de una carta para encontrarnos confrontados con el acontecimiento a partir del cual contamos el tiempo, antes o después.

Punto central histórico de nuestro calendario

En nuestro calendario, el nacimiento de Cristo es considerado como punto central de la historia. No importa el error de cálculo de cinco o seis años ni la incertidum­bre sobre el mes y el día. Eso no reduce la voluntad clara de establecer la sucesión de todos los acontecimientos terrestres o cósmicos accesibles a nuestra experiencia en relación con el acontecimiento mayor que es la venida de Jesús al mundo, aunque en su época no haya tenido ninguna notoriedad.

Un cristianismo sin savia pudo reducir la navidad a una fiesta de niños análoga a la fiesta de la madre o a una celebración ruidosa y vulgar de una parranda nocturna. El evento ya no es sino pretexto y se puede dudar de que pertenezca a la historia sin por ello renunciar a la fiesta. Pero si lo tomamos en serio nos preguntamos inevitablemente cuál es su verdadero significado y si merece la primacía absoluta que lo hace eje del tiempo. Eso equivale a preguntarse si es la respuesta al problema que somos y al que nadie puede escapar.

¿Somos solo eso, una cosa entre las demás?

Heidegger nos sensibilizó a la cuestión de nuestro destino, señalando el hecho de “estar ahí”, arrojado en el mundo y perdido en medio de cosas, con la obligación extraña de asumir una existencia que nos fue impuesta. ¿Somos solo eso, objetos entre otros objetos, puestos, sin haberlo querido, en la trama de un universo mal conocido del que dependemos continuamente, comprometidos, para subsistir, en una lucha sin tregua que nosotros agravamos multiplicando los individuos bajo la presión demasiado exclusiva de un instinto que nos lleva a imponerles una vida ajena a su elección?

Es grande la tentación de de reducirnos a un circuito efímeramente autónomo de energías que vienen del cosmos y que a él retornan. En efecto, las leyes que gobiernan el fenómeno humano tienen para los sabios el mismo sabor determinista que todas aquellas en que tratan de comprender el universo, enmarcándonos en una química sutil capaz de modificar nuestros sentimientos e ideas lo mismo que nuestra herencia y concurre a nuestro equilibrio físico. El psiquismo es además ampliamente tributario de impulsos infantiles sumergidos en una biología primitiva cuyas raíces son fáciles de identificar y cuyos niveles son fáciles de etiquetear tanto en los grupos como en los individuos. Eslóganes pasionales agitan y orientan la opinión mientras investigadores eminentes que rehúsan jugar al profeta confiesan su incapacidad de ofrecer orientación segura para usar poderes cuyas últimas consecuencias rebasan a menudo sus conocimientos. Manera discreta de referirnos a una moral, a una visión global del hombre que ningún laboratorio puede darnos. La ciencia como tal es incapaz de prescribir nada.

El único problema, hacerse hombre

Ahí estamos pues a la puerta de una metafísica pues se trata de evaluar valores cuya percepción, para cada uno a su manera, depende de hacerse hombre. Porque finalmente ese es el problema que domina todos los demás, y en cierto sentido, el único problema para nosotros: hacerse hombre. (1)

En un plano puramente fenomenal, podemos considerar la especie humana como simple producto de una evolución ciega en que mutaciones accidentales han provocado transformaciones irreversibles, así como un instinto ciego impone todavía la existencia a la mayoría de los individuos. Pero con la aparición del hombre se produjo un hiato por la toma de conciencia que abre a nuestras intervenciones el mundo y a nosotros mismos.

Una falsa grandeza que al mismo tiempo constituye el obstáculo esencial a nuetra humanización y nos revela mejor su exigencia imprescriptible.

Debemos cooperar con el destino y por ende encontrarle sentido. Desde este punto de vista, el poder de disponer de los genes, que tanto preocupa a los biólogos, es solo la ilustración más científica del poder de disponer de nosotros mismos. A la vez fuera del mundo y dentro de él, nosotros podemos juzgarlo y correegirlo, utilizando sus energías para liberarnos de los límites que nos prescribe. Su venganza, si podemos recurrir a esa imagen, además de las catástrofes que nos reserva y de los agentes infecciosos que vehicula, es dominarnos mediante los impulsos pasionales que puede suscitar en nosotros la química hormonal, la cual colorea tan profundamente nuestra afectividad que arriesga llevarnos a utilizar para destruirnos las conquistas prodigiosas que hemos tenido sobre él: o más ordinariamente – y esto es causa de aquello – a atribuirlas a nuestra vanidad para simular una grandeza que aún no hemos alcanzado. Esta falsa grandeza es precisa­mente la que constituye a la vez el obstáculo esencial a nuestra humanización y nos revela mejor su exigencia imprescriptible. Mientras tanto, atestigua de nuestra vocación y nuestra sed de grandeza cuya expresión universal es la necesidad de estima y la rebelión del esclavo su trágica reivindicación.

El hombre rehúsa ser objeto para el hombre… El hombre nunca puede ser medio para el hombre… De todos esos movimientos o doctrinas se destaca un rasgo común que es el sentido de la dignidad humana.

En efecto, el hombre rehúsa ser objeto para el hombre. Es el nudo del marxismo, al menos en Carlos Marx; es el nervio de la descolonización cuya incoercible expansión estamos presenciando. El hombre nunca puede ser medio para el hombre: es la ética de Kant o de Gandhi y de cualquiera que quiera verse hoy como civilizado. Este es el principio que inspira la lucha contra la prostitución y la defensa de la vida pre o post-natal, así como la guerra a la guerra y las campañas contra la pena de muerte. De todos esos movimientos o doctrinas se destaca un rasgo común que es el sentido de la dignidad humana.

Doble aspecto

Nada es más difícil que definirla y situarla. En efecto, se trata menos de una realidad que de una vocación por realizar, menos de una grandeza actual que de un valor posible pero presentido ya como infinitamente precioso. (2) Toda la ambigüedad de la concepción que nos hacemos proviene de este doble aspecto: queremos que ese infinito pueda ser y deseamos darle todas las oportunidades, pero como no podemos descifrar su estructura en la posibilidad en que se presenta con inevitable determinación, arriesgamos tanto más equivocarnos cuanto más pasión pongamos en promover su advenimiento. Por eso tanta gente está dispuesta a matar hombres concretos para salvar la dignidad del hombre abstracto que sobrevivirá quizás al masacre.

Sin embargo, no es imposible sacar una indicación fecunda del apetito de gloria que pretendían satisfacer los juegos de la Grecia antigua con el concurso de los más grandes poetas. En efecto, alcanzar la celebridad es ser reconocido en la unicidad por la cual uno sale del anonimato en que los individuos parecen intercambiables. Y bajo este aspecto, cada uno en su medio pretende ese reconocimiento y quiere de alguna manera ser indispensable. Si no, ¿para qué viviría? Quitarle esa esperanza sería condenarlo al suicidio.

Hacerse hombre es pues finalmente para cada uno querer hacerse origen.

La indignación que se expresa en el rechazo de ser objeto implica con razón en el esclavo la convicción de poder ser fuente de un valor irremplazable cuya creación es imposible en cualquier obligación. Pero nadie escapa a esta justa rebelión cuando se siente utilizado como puro instrumento. Hacerse hombre es pues finalmente para cada uno querer hacerse origen.

Pero si Heidegger tiene razón, si hemos sido arrojados en la existencia, si llevamos desde el nacimiento “el ser para la muerte” que él percibe en nuestra precariedad original y permanente, ¿qué puede significar eso? ¿Cómo despegar del cosmos en que se hunden nuestras raíces biológicas y del yo contractado sobre un querer-vivir instintivo que procede de él y que nos aprisiona en él, y que se gloría en vano de una unicidad debida simplemente a la combinación singular de los genes que constituyen paradójicamente el patrimonio “hereditario” de cada uno? ¿Cómo salir de esa ambigüedad radical que exige tan a menudo para nuestras pasiones no conquistadas el respeto debido al infinito, la respiración de una personalidad verdaderamente realizada?

No hay otra respuesta que el diálogo de generosidad donde, cuando nos perdemos de vista bajo el golpe de una admiración, surge una existencia ofrecida, una existencia en forma de don que es propiamente la existencia humana tal como la entrevemos, reivindicando la inviolable dignidad de todo individuo de nuestra especie – tan inacabado como pueda estar – en razón de la posibilidad radical que le reconocemos de acceder a la ofrenda liberadora en que pasamos de lo dado al don, como debe hacerlo todo ser inteligente si quiere recuperarse a partir de una existencia vivida pasivamente en una existencia elegida de la cual es realmente la fuente que el yo-valor con que se identifica, es la suprema realización de su libertad, en el amor en que “yo es Otro”.

El altruismo perfecto

Encontramos a Dios como único camino hacia nosotros mismos, como centro del yo-origen que debemos devenir para responder a las exigencias de nuestra dignidad.

En efecto, solo existe autonomía absoluta en un altruismo perfecto: a condición que el otro hacia el cual se despliega la relación sea pura generosiad. Así es precisamente como se presenta Dios en una experiencia indiscutible como el don que suscita el nuestro, abriendo a nuestra libertad el espacio infinito que es él. Lo encontramos como el único camino hacia nosotros mismos, como centro del yo-origen que debemos devenir para satisfacer las exigencias de nuestra dignidad.

Nunca ha sido reconocido bajo este aspecto. Las religiones que han figurado en la historia como instituciones públicas, (3) más a menudo unidas indisolublemente a los estados de que eran armatura sagrada, han generalmente añadido al peso del mundo el peso de los dioses. Esto quiere decir que han impuesto al hombre una dependencia más, en cierto sentido más terrible que todas las demás, ya que los dioses podían poner al servicio de su ira las grandes fuerzas de la naturaleza, la enfermedad y la muerte, esto sin contar las sanciones de ultra-tumba, cuando el hombre pareció dotado de alguna forma de supervivencia. Semejante dominación de los poderes celestiales solo podía suscitar en las naciones y en los individuos que les estaban sometidos un conformismo cultual, cívico y finalmente moral. Para ellos, no podía tratarse de hacerse origen, concibiendo una libertad-fuente como su único bien verdadero. Además, la arbitrariedad de los dioses no era muy diferente de las fuerzas cósmicas que se suponían dominar, y como ellas, trataban al hombre como objeto.

Transparencia infinita y libertad soberana

Al contrario, la revelación cristiana – que es también la revolución cristiana – se identifica con la transparencia infinita y la libertad soberana de una humanidad cuya personalidad está constituida exclusivamente por la generosidad-fuente que está en camino hacia nuestra liberación, cuyo único modo de existencia posible es existir en forma de don. Ahí está, en efecto, todo el misterio de Jesús, quiero decir: una naturaleza humana totalmente expropiada de toda pertenencia a sí misma porque gravita personalmente en un yo divino que es pura comunicación.

La humanidad de Cristo no opone ya ninguna frontera ni a la revelación de Dios ni a la realización del hombre.

Es decir que, liberada de todo límite y de toda posesión para estar totalmente referida a la divinidad por la relación misma que constituye la personalidad del Verbo divino y que es el único centro de gravitación de su dinamismo total, la humanidad de Cristo no opone ya ninguna frontera ni a la revelación de Dios ni a la realización del hombre. En ella se manifiesta como en un sacramento diáfano el monoteísmo trinitario que nos libera del narcisismo impensable de una divinidad solitaria totalmente ocupada de sí. (4)

Dios solo tiene contacto con su ser comunicándolo

Dios, más íntimo a nosotros que nosotros mismos, establece con nosotros relaciones de liberación en la reciprocidad nupcial que cantan todos los místicos.

En efecto, en la perspectiva evangélica, Dios solo tiene contacto con su ser comunicándolo. En él “yo es otro” o, por lo menos, pura referencia al otro en un conocimiento y un amor incapaces de toda posesión, donde san Francisco descubrirá la santidad divina como eterna pobreza. En adelante ya no se puede hablar de un despotismo celestial que nos domina y nos aplasta. Dios, más íntimo a nosotros que nosotros mismos, establece con nosotros relaciones de liberación en la reciprocidad nupcial que cantan todos los místicos. El bien que es él, en el don en que se despliegan las relaciones intra-divinas, debemos serlo nosotros en el don en que se engendra nuestra personalidad en el corazón del diálogo de generosidad que es nuestro único encuentro auténtico con él. Su “reino” en nosotros es la calidad de ser fuente que hace de nosotros un espacio ilimitado en que se respira su Presencia, en que cada uno puede ser para cada uno fermento de liberación, en que el universo se libera de su peso y de su opacidad en la ofrenda en que se realiza.

Centrada en la divina pobreza, por su enraizamiento personal en el Verbo de Dios que hace de ella una oblación permanente y perfecta, la humanidad de Cristo nos revela y al mismo tiempo se da para hacer brotar en nosotros la dignidad de la persona, que en justa rebelión, opone a la servidumbre canina una posibilidad que funda su derecho a la libertad, aunque no sepa realmente en qué consiste ni cómo alcanzarla.

“¿No era necesaria la sustitución de una jerarquía de generosidad a la jerarquía de dominación, sustitución que se manifiesta en el lavatorio de los pies, para que podamos comprender que la única grandeza está en darse?”

Pero ¿lo sabemos nosotros mismos? ¿No era necesaria esa sustitución de una jerarquía de generosidad – de una jerarquía de amor – a la jerarquía de dominación, sustitución que se manifiesta en el lavatorio de los pies, para que podamos comprender que la única grandeza está en darse, como hace Dios en la sinfonía eterna de las relaciones trinitarias?

Si finalmente el único problema es para cada uno “hacerse hombre”, “hacerse origen”, hay que reconocer que Cristo es el único que nos da radicalmente la clave para ello. Es pues justo saludar su nacimiento como el principio de una nueva era que debería ser la del nacimiento del hombre a su verdadero yo, en el espacio infinito del amor en que cada uno puede devenir el bien común de todos.


(1) En el pleno sentido de la palabra, triunfando de todas nuestras tendencias inhumanas, es decir, pasando del yo posesivo al yo oblativo.

(2) Aun en un embrión – que aún no ha hecho nada – aun en un criminal, que ha hecho el mal – en razón de la imprescriptible vocación inherente a nuestra naturaleza.

(3) Las religiones “de misterios” – de origen extranjero más a menudo y que conservan un carácter privado – que se difundieron en Atenas y Roma en los períodos de crisis exigirían otra evaluación.

(4) Como se podría estar tentado de interpretar un monoteísmo unitario expresado torpemente, en que la afirmación del Dios único parecería conllevar necesariamene la afirmación de un Dios solitario.

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