Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana en 1972. Publicado en "Ton visage ma lumière" (Tu Rostro mi luz). 248 (*)

Jesús nos dice que no vino a abolir sino a cumplir, a realizar, a dar plenitud a todas las promesas.

Pero la palabra cumplir puede significar dos cosas diferentes, según que admitamos que Jesús se limita simplemente a realizar literalmente lo que fue anunciado, es decir la salvación de Israel por la acción omnipotente de un Mesías venido de Dios, la restauración de la libertad nacional, y la gloria del pueblo de Dios: sigue siendo el “Señor”.

Pero la palabra cumplir puede también significar y significa sin duda alguna, dar a todas las naciones, a todas las promesas un sentido nuevo: mostrar que Dios, que se manifiesta en Jesús, es el Dios de siempre; que Dios nunca ha sido el Dios de los ejércitos, ni el Dios libertador, nunca ha sido el Dios que ordena masacres y lanza anatemas.

Dios ha sido inevitable y gravemente deformado por todos los que han hablado de él sin ser radicalmente transformados por él.

Y de hecho, Jesús cumplirá todas las promesas cambiando precisamente todas las perspectivas, revelando a Dios bajo su verdadero rostro que es el rostro de la libertad, de la grandeza y el amor. Porque Dios ha sido deformado grave e inevitablemente por todos los que han hablado de él sin ser radicalmente transformados por él.

Porque por ahí pasa la Revelación. La Revelación no es una palabra que cae del cielo sino un diálogo, un diálogo que supone al menos dos partes, dos partes que intercambian un discurso entre ellas. Y cuando una de las partes es infinitamente lejana de la otra, cuando la otra es apenas balbuceante, el que habla debe adaptarse a ella. Una mamá que comienza un diálogo con su bebé no puede hablarle con el lenguaje de Platón. Se adaptará en función de lo que él puede entender y le hablará en el mismo lenguaje de él. Si no lo hace no podrá comunicar. Es absolutamente necesario que se adapte al niño para que él la comprenda.

Es lo que Dios hizo. En toda época lo falsificaron y pedagógicamente aceptó que lo desfiguraran mediante comparaciones, parábolas, situaciones que no correspondían absolutamente a la plenitud de su verdad y de su Amor. Y es en este sentido que Jesús cumple o realiza, porque revela auténticamente a Dios, vuelve a los principios, nos lleva al Corazón de Dios y nos enseña quién es Dios dándonoslo, conducién­donos al secreto de amor de un Dios escondido en el fondo de nuestros corazones, que nos está esperando, que está puesto en nuestras manos, y confiado a nuestro amor.

Y eso es justamente lo que constituye la inmensa novedad; la novedad es que Dios está dentro y no afuera, que Dios no nos domina aplastándonos con su omnipoten­cia sino que nos está esperando en silencio en el fondo de nuestros corazones, como música callada según decía san Juan de la Cruz.

Y el gran misterio, justamente, es que hasta entonces aparecía como ley, como algo a lo que estamos obligados bajo pena de muerte. En adelante el bien aparece como Alguien, el bien es Alguien que está comprometido. El bien es un rostro. El bien es un Corazón. El bien es Amor. El bien es vida, vida divina puesta en nuestras manos.

La Revelación de Dios solo puede realizarse por la transformación del hombre.

No tenemos conciencia suficiente de que estamos en el Nuevo Testamento. Estudiamos el Antiguo Testamento olvidando que es una preparación lejana y pedagógica e imperfecta, que no podía ser diferente porque la Revelación de Dios solo puede realizarse por la transformación del hombre.

Es lo que sucede en todas las relaciones humanas, cuando estamos en contacto con los demás. Hay muros de separación que se levantan entre nosotros, y ¡qué incomprensiones y grandes dolores provocan! Y todo eso viene de que ni unos ni otros estamos liberados de nuestros límites. Estamos encerrados en nosotros mismos, incapaces de vivir en los demás. Y, en la medida en que se crea una intimidad verdadera, eso supone que uno se ha superado, que uno se ha liberado, se ha hecho espacio ya que una persona, una intimidad, no puede ser acogida sin que uno mismo se transforme. Y ¿cómo habría podido el hombre conocer a Dios, sin transformarse a pesar de su indignidad?

Y justamente, hasta entonces el hombre no podía transformarse como para no traicionar a Dios ni limitarlo. Se necesitaba la humanidad de nuestro Señor, totalmente despojada de sí misma, para introducirnos en el secreto de Dios.

Ese es el secreto que vamos a descubrir. Y el secreto es justamente que el bien es la vida divina confiada a nuestro corazón, la vida divina misma, y la vida divina en los demás.

No se trata de someterse a una moral, no se trata de someterse a una ley, sino de algo infinitamente más comprometedor, más importante, más urgente y más actual: se trata de saber si la vida de Dios se va a difundir, si la vida de Dios se va a comunicar, si Dios va a ser reconocido, si los demás podrán descubrirlo a través de nosotros y si nosotros vamos a cesar justamente de ser obstáculo para la difusión, la comunicación de la vida divina. Finalmente no hay mayor dolor que ese.

Pidamos pues a nuestro Señor que nos convirtamos, que descubramos su rostro, que reconozcamos su Presencia, que tomemos conciencia de que su vida está comprometida en la nuestra. Lo demás no es sino literatura. Todo lo que pueden decir los libros es nada. Ahora el más candente llamado de Cristo es: “¿Qué hacen de mi vida que les está confiada? ¿Cómo pueden los demás recibirla de ustedes, a través de ustedes?”

Pensemos en la escena admirable de la Visitación, en que al entrar en la casa de Isabel, María la ilumina toda desde el sótano hasta el zarzo, porque lleva a Jesús y ella es toda transparente para él.

Tratemos de entrar en el silencio infinito al que nos invita la Eucaristía. Respondamos a este llamado pidiendo los unos por los otros que seamos iluminados a fin de que los muros de separación se derrumben y que podamos intercambiar el gran secreto de amor que es la vida divina puesta totalmente en nuestras manos.

Livre-Ton visage ma lumière (*) Libro « Ton visage, ma lumière, 90 sermons inédits » (Tu rostro, mi luz, 90 sermones inéditos)

 Ediciones Mame, París, 2011. 510 páginas

 ISBN : 978-2-7289-1506-4

 http://www.fleuruseditions.com/livres/zundel/

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