Revista de los carmelitas de Bruselas, oct./dic.1960, año 1°, N° 5. Publicado en "Dans le silence de Dieu" (*)

La grandeza que bajo la forma de la dominación

En Luxor y Karnak volví a ver el año pasado las estatuas colosales de los faraones, los faraones cuya efigie multiplicada en centenas de ejemplares se levanta a 8 metros de altura y quiere dar la impresión de un poder divino: el faraón que domina a su pueblo que a sus pies no es sino polvo.

Así ha concebido la humanidad la grandeza. La humanidad jamás ha podido comprender la grandeza de otra manera que bajo la forma de la dominación. El más grande es el que aplasta, el que tiene súbditos, el que manda y exige obediencia. Es aquél para quien el pueblo es sólo polvo. Por eso divinizan a los faraones. Ellos reciben la investidura de la divinidad y exigen obediencia y reconocimiento como dioses. El faraón es Dios. Es la impresión que uno tiene inmediatamente ante el espectáculo de esas estatuas gigantescas en que el faraón multiplicó su rostro como el rostro de la divinidad. Pero si el faraón es Dios, Dios es también un faraón.

En el Antiguo Testamento la imagen de Dios es esa imagen regia, más a menudo de un dominador, de un déspota absoluto, cuya presencia provoca la muerte.

Esta imagen de la grandeza divina va a atravesar la historia. Dios va a aparecer también como un monarca, como un déspota, como el dueño absoluto ante el cual nosotros somos solo nada, y Él puede imponernos su yugo y castigarnos con castigos extremos si nos sustraemos a su voluntad. Y en la Biblia misma, en el Antiguo Testamento que por otra parte es en esencia un movimiento hacia Jesús – ése es todo su valor – es cierto que la imagen de Dios es esa imagen regia, con mayor frecuencia la de un dominador, de un déspota absoluto, cuya presencia provoca la muerte.

Así, vemos a Isaías aterrorizado en su primera vocación: va a morir. Y cuando los hebreos se encuentran al pie del Sinaí, y van a afrontar la presencia de Dios, gritan a Moisés diciendo: “¡Háblanos tú! ¡Que no nos hable Dios, porque si Dios nos habla, moriremos!”

Todos estamos infectados, envenenados con esta imagen de la grandeza, pues también nosotros… pensamos en hacernos valer.

Si los hombres dieron a los reyes en la antigüedad el rostro de la divinidad, también le dieron a la divinidad el rostro de los reyes. Así concebimos todos nosotros la grandeza. La grandeza consiste en dominar, en estar por encima de los demás; la grandeza está en recibir aplausos; la grandeza está en tener súbditos. En cualquier orden, la grandeza está en mirar hacia abajo una multitud que admira y ofrece el tributo de sus homenajes. Y todos estamos infectados, intoxicados con esta imagen de la grandeza, ya que devorados como estamos por el amor propio, sólo pensamos en hacernos valer, en eclipsar a los demás, haciendo hablar de nosotros.

El Evangelio nos trajo otra escala de valores

El Evangelio opone una nueva escala de valores, increíble, maravillosa, cuya importancia no hemos comenzado a comprender.

Esta imagen corrompe nuestra mente, corrompe también la religión, pues justamente el Evangelio nos trajo otra escala de valores. A la escala de valores fundada en la dominación, en aplastar la fragilidad humana con el poder divino, según la imagen que los hombres de entonces podían hacerse, el Evangelio opone otra escala de valores, increíble y maravillosa, cuyas consecuencias todavía no hemos empezado a comprender.

El jueves santo, a unas horas de la agonía, los apóstoles entraron en el Cenáculo sin comprender. A la mesa misma de la Cena se disputaban el primer lugar. Porque sólo quedan primeros puestos, y Santiago y Juan – Juan, el discípulo amado mismo – reclamaron, por medio de su madre, los primeros puestos. Sueñan con sentarse sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. No saben, como decía Jesús, de qué espíritu son. Están, como nosotros, dominados por esa imagen de dominación. Para ellos, la grandeza está en mirar desde arriba, en tener súbditos y recibir homenajes.

Jesús nos va a introducir en la verdadera grandeza

Y Jesús va a introducirnos ahora en la verdadera grandeza. Pone agua en un recipiente, se ciñe de un lienzo y se va a arrodillar delante de ellos, les va a lavar los pies, haciendo el gesto que los esclavos hebreos mismos habrían rehusado a sus amos. Y Pedro, dominado todavía por su imagen de la grandeza, de la falsa grandeza, se escandaliza: “¡No, Señor! ¡Es imposible!” Quiere desviar a Jesús de ese acto humilde, como quería antes desviarlo de la cruz. Jesús le tiene que decir que no tendrá parte en el Reino si no se deja. Y ahora Jesús, de rodillas, le lava los pies a Judas que lo había vendido, a Pedro que lo va a negar, a Santiago y Juan que van a dormir en el huerto de la agonía, de todos los demás que van a huir cuando sea entregado y aparezca como condenado, condenado a la infamia.

La verdadera grandeza no consiste en dominar, la verdadera grandeza es la generosidad.

Ahí es donde comienza la Nueva Alianza, ahí es donde el velo se rompe y aparece el verdadero rostro de Dios y se nos revela esa nueva e incomparable escala de grandeza: la verdadera grandeza no consiste en dominar, la verdadera grandeza es la generosidad, la generosidad… El más grande es el que más da, el que lo da todo, el que da infinitamente, el que no tiene nada, el que es sólo amor y sólo puede amar.

El rostro de Dios se revela por fin, el verdadero y único rostro de Dios, desconocido, insospechado, imprevisible y maravilloso, el que está esperando el mundo de hoy y no lo conoce todavía.

La conciencia humana es inviolable y un hombre no es un objeto

Porque, finalmente, todo el ateísmo moderno: Marx, Nietzsche, Sartre, Camus, todos esos grandes talentos, todos esos grandes hombres, cada uno a su manera, ¿por qué rechazan a Dios? porque finalmente, lo ven siempre bajo la imagen del faraón, como un límite para el hombre, como amenaza contra el hombre, como prohibición, como entredicho, como barrera. Como escribe Sartre en este resumen aterrador: “Si Dios existe, el hombre no es nada”. Tanto sienten que si el hombre debe mantenerse de pie, si quiere ser creador, si quiere correr una aventura que valga la pena, sólo debe contar consigo mismo, no recurrir a Dios que nos dispensa de todo trabajo, de todo esfuerzo creador, porque él ya hizo todo, porque la partida está terminada, porque la suerte está echada, porque el destino está predeterminado desde toda eternidad. Y es en nombre, de la actividad humana que reivindican su ateísmo, para que el hombre sea plenamente él mismo, para que alcance toda su grandeza, en fin, para que sea creador.

No saben cuánto simpatizamos con ellos. También nosotros somos hombres, también tenemos el sentido de la dignidad, un sentido ardiente e indeleble. También sabemos que una conciencia humana es inviolable, que un hombre no es un objeto del que se pueda disponer como de una mercancía, que el hombre es sujeto, que debe ser verdaderamente origen y fuente de sus actos. Y el Creador mismo, en el orden de la generosidad y del amor en que todo está fundado en la reciprocidad, nos va a dar la luz inagotable del lavamiento de los pies – y esa es la inmensa revelación.

El Reino de Dios es el Reino de amor de Dios en lo más íntimo de nosotros

¿Delante de qué se arrodilla Jesús? Ante el Reino de Dios en que hemos de convertirnos. Y no hay otro. El Reino de Dios es el Reino de amor de Dios en lo más íntimo de nosotros. Y ese Reino, Dios no puede realizarlo Él solo. Si no, Jesús no se arrodillaría delante de sus discípulos. Para que ese Reino exista realmente, es necesario nuestro consentimiento, el corazón de Judas debe abrirse, el corazón de Pedro debe aceptar, el corazón de Santiago y de Juan debe despertar, todos los demás deben salir de su sueño y pronunciar el sí sin el cual nada puede realizarse. Y es justamente para suscitar ese consentimiento, para despertar la atención de cada uno de sus discípulos y de nosotros a ese Reino Interior, que Jesús está de rodillas. Jamás recibió el hombre tantos honores, jamás la libertad humana recibió tanta dimensión como en el arrodillamiento del Señor delante de sus discípulos y delante de nosotros.

Ese es el verdadero rostro de Dios. La grandeza, no está en dominar. A Dios no le gusta la esclavitud. Dios no tiene súbditos como un faraón, Dios no domina a nadie. La Realeza de Dios está justamente en tocarnos con su libertad para suscitar la nuestra.

Tomar conciencia de nuestra admirable dignidad

Un mundo nuevo, un mundo desconocido, un mundo insospechado, un mundo maravilloso, puesto que como en un verdadero matrimonio el sí de la novia condiciona el sí del novio, nuestro sí es condición en el matrimonio que Dios quiere contraer con nosotros. Como dice el apóstol Pablo: “Os he desposado con un esposo único, para presentaros a Cristo como una virgen pura”.

Eso es nuestro Dios: no un límite, ni una amenaza, ni un entredicho, ni una venganza, sino el amor arrodillado esperando eternamente el consentimiento de nuestro amor.

Eso es nuestro Dios: no un límite, no una amenaza, no un entredicho, no una venganza, sino el amor arrodillado esperando eternamente el consentimiento de nuestro amor sin el cual el Reino de Dios no puede constituirse ni establecerse. Exactamente lo contrario de lo que uno se imagina. Uno imagina los creyentes como pobres tipos que tienen miedo, y se entregan a un poder indiscutible para llenar los huecos de su impotencia. Sí, eso es Dios: el que llena los huecos de lo que no sabemos y de todo lo que no podemos. Entonces, eso da un Dios atrasado, un Dios y un hombre despreciables. ¡No! Justamente el Evangelio, la Buena Nueva, nos abre este horizonte prodigioso, que nuestro corazón esperaba en secreto: el Evangelio nos da a conocer, el Evangelio nos revela el corazón de nuestro Dios y nos introduce en su amistad, porque en adelante ya no hay servidores, ya no hay sino amigos. Es una revolución sin precedentes.

Adán quiso hacerse Dios y no lo logró, no llegó a serlo. Pero ahora, Dios se hizo hombre para hacer del hombre un Dios.

Tenemos que escuchar este llamado, como lo desea el Papa san León en su homilía de navidad, tenemos que tomar conciencia de nuestra admirable dignidad. A Dios no le gusta la sumisión de esclavo. Está esperando nuestro amor de hijos. Está esperando nuestra confianza de amigos. Quiere hacer de nosotros colaboradores de un mundo que no puede ser terminado sin nosotros. El gran novelista Pasternak, en su libro famoso, El Doctor Jivago, tiene dos o tres páginas milagrosamente hermosas sobre la novedad del Cristianismo y opone a los milagros del Antiguo Testamento, a los grandes movimientos de pueblos bajo la conducta de Moisés, el milagro silencioso de la concepción de María. Ese milagro secreto que se realiza bajo la sombra del Espíritu Santo, ese milagro que la lengua humana es incapaz de expresar. Ese milagro en que Dios viene a nosotros, ese milagro va a brillar a través de la pobreza de María, el rostro eterno del Dios vivo. Y concluye esas páginas con este resumen prodigioso tomado de la Liturgia rusa: “Adán quiso hacerse Dios y no lo logró, no llegó a serlo. Pero ahora, Dios se hizo hombre para hacer del hombre un Dios”.

Esa es la constitución de nuestra libertad: el Evangelio nos libera de un Dios al que se le tenía miedo

No se puede oponer de manera más brutal que como lo hace la liturgia rusa las dos escalas de valores, la del Antiguo Testamento, fundada sobre la imagen de dominación en que el pecado supremo era querer robar a Dios sus derechos haciéndose Dios en vez de ser esclavo inclinado en el polvo, y la nueva escala de grandezas del Nuevo Testamento, fundada únicamente sobre la generosidad en que, como decía Atanasio y después Agustín, Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios. Porque en la escala de generosidad, ya no hay rivalidad posible, porque el que da todo no pide sino comunicar todo lo que es, para hacernos penetrar en su intimidad a fin de que su vida sea la nuestra, y la nuestra la suya.

Esa es la constitución de nuestra libertad: el Evangelio nos libera de ese monarca, nos liberó de la amenaza de un Dios al que se le tenía miedo y ante el cual uno creía que iba a morir. El Evangelio nos hace entrar en la intimidad del Dios vivo, que hace sobreabundar la vida y viene a nosotros como la Buena Nueva de hoy, la más candente, la más apasionante, la más magnífica. Nos pide que nos enderecemos, que alcancemos nuestra estatura que es la de Cristo, y que seamos con Dios creadores en el mismo orden de grandeza que Él, en el orden de grandeza de la generosidad, del amor y del don de sí mismo. Porque justamente, Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios.

TRCUS (*) Libro « Dans le silence de Dieu » (En el silencio de Dios)

 Ed. Anne Sigier, Sillery, enero de 2002, 320 páginas.

 ISBN : 2-89129-395-9

 Segundo de tres tomos, con los artículos publicados entre 1948 y 1964.

 

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