Mauricio Zúndel en el Cairo en 1963 (a partir de notas). Inédito.

Un hombre cuya esposa esperaba un niño, pensando en el misterio del ser desconocido, hacía esta pregunta conmovedora: “¿Nos reconoceremos? Él está ahí, pero no sabemos quién es. ¿Nos reconoceremos cuando estemos los unos ante los otros?

¿Qué lazos personales hay entre un niño y sus padres?

En el seno de su madre hay un desconocido y a menudo la diferencia del niño se vuelve dramática cuando crece y uno se pregunta qué lazos personales hay entre un niño y sus padres. La comunicación entre ellos es primero biológica, fundada sobre las necesidades y estas no excluyen la entrega, pero no bastan para fundar la intimidad que permite a las almas comunicar más allá y hasta el fondo de su misterio. Es evidente: cuando el niño crece escapa a sus padres. Las primeras necesidades parecen invertidas y desconocidas y actúa en nombre de necesidades más urgentes que la biología no para de secretar.

El sentimiento de lo sagrado está a menudo ausente en los padres. Actúan con los hijos como si fueran ídolos. Suscitan en ellos necesidades que se suman a las necesidades elementales. Es tan raro que un niño aparezca en una familia como el santuario de la divinidad.

Cuando pensamos que Mounier se arrodillaba ante su hijita que había perdido la razón, cuando lo vemos arrodillado ante esa pequeñita incapaz de toda manifestación luminosa, cuya presencia entera se transforma en ausencia, compren­demos cómo la inmensa mayoría de los padres carecen del sentido de lo sagrado, pues desde la concepción el niño es ya la cuna del infinito. Y justamente, porque hay tensión entre la biología siempre presente y las exigencias infinitas de la persona, la familia se convierte a menudo en una prisión que arranca a Gide el grito: “Familia, yo te odio”. Comprendemos cuánto lo hizo sufrir la vida con una madre avara y puritana para que haya lanzado ese grito. Cuando pensamos en el Dr. Jung que declara que los psiquiatras deben estar ante sus pacientes en estado de pureza perfecta, pensamos en lo que deben ser los padres delante de sus hijos. Pero en general, su presencia marca el triunfo de la biología y ellos solo saben trasmitir este contagio a sus hijos.

San Francisco, cuyo padre era un hombre rico pero sin espiritualidad, se encuentra implicado en un drama que terminará con la renuncia a su padre. Ante su superior, se desnuda rehusando sus vestidos y devolviéndolos a su padre quien se los había dado y declarando ante él que solo tiene un padre, “el Padre nuestro que estás en los cielos.

Una generación esencialmente personal

Y es justamente a causa de la paternidad y la maternidad desconocidas y que son fruto de la naturaleza más bien que de la persona que encontramos en el Evangelio la afirmación y el hecho de la concepción virginal. ¿Qué significa la concepción virginal de Jesús sino que en Jesús se afirma el reino de la persona? ¿Que no es la biología lo que domina en él, que él es el segundo Adán? Y por eso quiere entrar en el mundo por una generación esencialmente personal, fundada en un don absoluta­mente puro, pues la concepción virginal solo se comprende en función de la Inmaculada Concepción.

Perderíamos el tiempo viendo en ello solo una función física. Eso no es lo esencial. La esencia de la fecundidad no es que el macho juegue su papel; hoy se concibe la fecundación humana sin el concurso del hombre. Si esta hipótesis triunfa – y no hay razón para que no triunfe – eso no querrá decir nada respecto de la concepción de Jesús, la cual solo es concebible afirmando la Inmaculada Concepción.

La Inmaculada Concepción significa la pobreza de María y esta significa la dimisión de María que está al origen de la persona de Jesús. Ahí vemos que el documento solo tiene sentido si se lo pone en el contexto del valor espiritual que hemos integrado en nuestra vida haciendo de la afirmación de la fe la afirmación de la experiencia personal. Y la Inmaculada Concepción ilustra eso maravillosamente al revelar el sentido de la concepción virginal.

Como en Jesús, la persona es primera

Se trata de afirmar que la maternidad de María es maternidad de la persona. El primer movimiento no viene de la carne. Su comienzo no es biologico, no es una pasión personal del ser que palpita. Es un ser profundamente vacío de sí mismo y que, desde el primer momento de su existencia es espiritual y es la cuna de la persona única que será la persona de Jesús.

Como en Jesús, la persona es primera. Como en Jesús, no es la naturaleza la que hace brotar el germen en el seno de su madre. Jesús no es el fruto de la biología. No es un producto de las generaciones. Al contrario, es el comienzo, el origen, comprendiendo toda la historia, haciendo en él contemporáneas todas las genera­ciones para el mundo entero para un nuevo comienzo. Y, en la Inmaculada Concepción, tenemos la aurora de un mundo decantado, liberado, de un mundo en que todo comienza por el espíritu.

En ella, como en él, la persona es primera y, dicho sea de paso, Jesús no es judío, ni su madre, precisamente porque la concepción inmaculada de María está más allá de la raza. Ella constituye una liberación absoluta de todos los datos biológicos. Jesús es hijo de su pueblo solo legalmente. No lo es en realidad. Él es el segundo Adán, como María es la segunda Eva. Y esta pareja incomparable y universal, que revela al hombre y la mujer su poder creador no pertenece a ninguna nación porque, precisamente tiene por misión reunir todos los hombres en lo universal de un solo amor.

Una mujer totalmente vaciada de sí misma

Porque estamos ordenados a Jesús que es el segundo Adán y María está ordenada a todos los hombres. Su maternidad depende del yo oblativo. Desde el primer momento está en estado de ofrenda. La vida espiritual engendra a Cristo así como los estigmas de san Francisco son la última etapa de una conformidad única con el amor crucificado.

Claro que existen cantidades de falsificaciones y todo el mimetismo de las enfermedades mentales puede provocar signos análogos, pero es claro que en san Francisco los estigmas parecen milagrosos porque constituyen la última etapa de la contemplación, de la conformidad que lo suspende desde hace veinte años al amor crucificado y que finalmente brilla en esa luz para ser el Evangelio del eterno amor en ese siglo que tanto necesitaba comenzar a comprender y amar. Así es como obtenemos la fecundidad más virgen y universal pues, en fin, si estamos provistos de un poder creador, la mayor parte del tiempo es la naturaleza la que obra, la biología la que marca el comienzo.

Es indispensable que la dignidad y la grandeza puedan revelarse en una mujer. Para revelar la mujer en su integralidad, había que revelar una mujer en su integralidad, se necesitaba una mujer enteramente vacía de sí misma, una mujer pobre cuya grandeza toda estaba en ya no tener adhesión a sí misma.

Una pareja virginal

Yo no comprendo lo que puedan tener contra el fenómeno de la Virgen ya que la pareja necesita ser revelada en su plenitud y solo puede serlo por un hombre y una mujer. Desde luego, ese hombre y esa mujer, el segundo Adán y la segunda Eva, constituyen una pareja virginal, es decir una pareja absolutamente liberada, una pareja absolutamente original y por ende, una pareja cuya irradiación debe ser universal.

Entre los dos hay una relación que nos revela la trinidad humana. Nada es más importante para nosotros que la concepción de la trinidad humana porque es absolutamente imposible asumir todos los valores sin recurrir a la trinidad humana.

Dante, en la Divina Comedia, en uno de los últimos capítulos, dice a la Virgen: “Vergine Madre, figlia del tuo figlio”. “Virgen madre, hija de tu hijo.” Eso además es lo que contiene la definición de la Inmaculada Concepción: María nació de Cristo. Quiero decir que ella está toda iluminada por la gracia de Cristo. Es más rica que nadie porque en ella sobreabunda la gracia de Cristo. Es toda llena de él desde el primer instante de su existencia. Es la primera en fundar el mundo nuevo en que se apela a la libertad y en que cada conciencia aparece como indispensable para la realización de las procesiones divinas.

El orden de las procesiones

Hay un orden en el orden de las procesiones divinas, un orden metafísico en que lógicamente una relación supone la otra como el conocimiento del Hijo por el Padre y lógicamente el Verbo supone la paternidad, como lógicamente el Espíritu Santo supone el conocimiento del Padre y del Hijo.

Hay pues cierta procesión en las relaciones humanas que es normalmente el padre, la madre y el hijo. De toda evidencia, el hijo es el fruto de ambos, y normalmente, en efecto, la procesión del uno y el otro le hace sentir la necesidad del uno y el otro. Está mutilado si lo privan de uno u otro y solo es feliz con la presencia de su padre y su madre. Pero, de parte de la mujer también hay una necesidad de encontrar en el hombre un centro de gravedad, de encontrar en el hombre una fuerza sobre la cual pueda apoyarse, un foco de ternura en que pueda nacer a la vida espiritual, cuando está en estado de oblación, de ofrenda de sí misma. Pero tal estado solo puede ser suscitado por el amor que ella le tiene al hombre y por la fidelidad del hombre. Y la mujer puede comunicar el infinito y ambos deben ser su proyección pues finalmente, si un hombre y una mujer no intercambian el infinito no intercambian nada.

La voluntad de darse el infinito

Hay en su psicología diferencias infranqueables y al mismo tiempo, en su biología, existe un llamado que sería irresistible si no hubiera justamente la posibilidad de intercambiar una dimensión metafísica que introduce en las relaciones del hombre y la mujer una libertad infinita. Pero es claro que para la inmensa mayoría de las parejas, la presión de la especie puede ser muy trágica. Pienso en los hombres que regresan del frente, del barro, de la muerte, que se apretujan delante de las casas de prostitución y que están ahí, impacientes, porque son machos y su tensión es tan fuerte que los encamina a esa función.

La humanidad está tan dedicada al embrujo del instinto, al juego de las hormonas y es tan grande en la mujer la necesidad de ser fecundada y en el hombre la de descargarse. Pero existe al mismo tiempo la necesidad de un encuentro que va hasta las raíces del ser y que suscita relaciones oblativas que constituyen la persona.

Eso es justamente lo que revela esa pareja virginal, el segundo Adán y la segunda Eva, tanto son en nosotros el fermento de la promoción de la persona. Es necesario llegar a la promoción de sí que permite el triunfo de nuestro mejor yo sobre la biología. Porque entre un hombre y una mujer hay siempre un mundo, un universo, bajo la presión de la especie existe siempre la posibilidad de una generación que solo tendrá fin al final de la historia.

Y en todo ese impulso cósmico que circula en sus venas, ¿cómo podrán ser fermentados si no hubiera dentro de ellos el fermento de la divina pobreza, si no hubiera la voluntad de darse el infinito, si no hubiera entre ellos el respeto de su biología, pues de qué sirve simular? La atracción sexual no es eterna, como tan bien lo decía Flaubert a su amiga: “Claro que nos amamos, pero tú sabes bien que nada existe que pueda ser eterno.” Y de hecho, él era un artista consumado al servicio de la belleza y ponía toda su alma para expresarla sin mezcla. Y ella era solo una amante que no comprendía nada de la vida de Flaubert, ni de su alma ni de su obra.

Una maternidad sellada en el misterio de la Redención

La vocación de la Virgen no es una vocación original desde luego. Es claro que la Virgen no podía engendrar a Cristo por ella misma. Es una maternidad que está sellada en el misterio de la Redención y es una maternidad ofrecida al mundo entero. Es una maternidad que concierne todas las generaciones y que jamás tendrá fin, una maternidad del espíritu, totalmente despojada, que solo se ocupa de darnos el fermento que es la vida de nuestra vida. Y sobre eso reposa la búsqueda de la Virgen.

Se podría sin duda encontrar que la gloria de la Virgen ha tomado un lugar extraordinario, que se ha vuelto cierta ideología, que Dios recibe homenajes lejanos mientras ella es objeto de ternura. Eso es incontestable porque un dios-faraón es invivible, un dios horrible, propietario, amenaza, límite y enemigo, mientras que los hombres, no pudiendo rendirle homenaje, se vuelven hacia una mujer que es solo madre. Ellos necesitan reclamar un Dios que sea madre y, finalmente, exaltando su maternidad lo exaltan a él; lo conocen tan mal pero que no podían resolverse a identificarlo en el dios-faraón. Y finalmente, la búsqueda de la Virgen es un homenaje a la maternidad divina que es la maternidad de Dios.

La nueva mujer

Pero es cierto que el encuentro de la Virgen es una gracia maravillosa. Es claro que un adolescente (solo tengo que recordar mis propios recuerdos) que a los 15 años descubre de repente el rostro de la Virgen, que es impresionado por la luz de la Inmaculada, es claro que ese adolescente entra en un mundo nuevo. Hace una experiencia inolvidable por haber percibido el rostro de la mujer bajo el aspecto más profundo y maravilloso, comparado con la hembra que lo solicita en todas sus glándulas. Está dividido por la mujer nueva que le da el sentido de la dignidad, de la grandeza, que lo introduce precisamente en la dimensión personal donde se sitúa la verdadera humanidad.

La Santísima Virgen, el encuentro hacia mis quince años cuyo momento puedo situar y del que conozco todas las consecuencias que pudo tener y que tuvo en efecto, cuya presencia vivo todavía y que es una de mis ternuras más profundas, esa presencia, sí, es una gracia maravillosa.

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