Conferencia de M. Zúndel en el Cenáculo de Ginebra, el 27 de noviembre de 1948.

Nuestro pasado está en el porvenir: es el pensamiento de este primer domingo de Adviento. La Iglesia recapitula en Cristo toda la historia del mundo.

Cristo está al comienzo lo mismo que al fin y en el medio. Contiene todos los siglos y su Pasión comienza con la historia, el diálogo de amor que es el secreto de la Historia en que Dios hace siempre su parte y el hombre hace casi siempre la suya, que es rechazar y sabotear la obra de Dios.

En Dios todo es siempre nuevo y se puede comenzar siempre.

En Dios todo es siempre nuevo y siempre es posible comenzar. La Iglesia Cristo nos invita a la esperanza, a la eterna juventud. El mundo comienza hoy: todos los siglos que parecen pasados comienzan; todos los muertos, los héroes que parecen muertos, comienzan porque están vivos en su Amor y en el pensamiento de Dios.

Comenzamos pues la historia del mundo. Todos los que tienen influencia en el mundo han hecho brillar una luz. Podemos resucitarlos hoy, pues todo comienza en la eternidad de Dios, nada es irreparable, el amor puede llegar a todo, excepto el rechazo del amor: todo puede resucitar y nuestro pasado está en el porvenir.

Un acto humano jamás se cierra: la gracia puede siempre intervenir.

Magdalena la pecadora que descubre por fin el Amor es la primera que descubre a Cristo resucitado, la primera que persevera en la fe de su amor. La Iglesia hizo de Magdalena una catedral de la misericordia sobre toda una vida de desorden y pecado. Sus pecados fueron el comienzo, podían llevarla a una monstruosa decadencia, ella habría podido ir más lejos, hacer una filosofía de sus pecados y declarar que eso estaba bien. Un acto humano jamás se cierra: la gracia puede siempre intervenir. Habiendo sentido a través de la luz de Cristo que su pecado era una espera, una búsqueda de Dios, ella inviste toda la fuerza de su amor y de su espíritu para edificar la catedral de prudencia, de esperanza y amor y convertirse en la contemplativa que penetró más profundamente y antes que los Apóstoles en la victoria del eterno Amor.

En nuestro pasado hay muchas cosas que quisiéramos borrar, oscuras, indignas de Dios y de nosotros, pero nuestro pasado está en el porvenir. No debemos lamentarnos sino utilizar todo lo vivo y capaz de ser fuente de acción de gracias, de confianza y de abandono. No hay ninguno de nuestros actos que no esté llamado a ser piedra angular de la catedral que debemos devenir.

Nada está perdido, todo comienza, nuestra juventud está adelante… En Dios todo es nuevo, nada está cerrado jamás, todo sigue abierto. Esta mañana Dios es totalmente nuevo y en Él puede volver a comenzar nuestra vida y surgir del fondo de su Amor como maravilla imprevisible.

Todo puede cambiar, no hay actitud que deba hacerse rígida, ni pliegue que no pueda deshacerse, ni muerto alguno que no esté llamado a resucitar.

Entrar en este surco de esperanza y de luz… No debemos instalarnos en nuestros hábitos, no sigamos el partido de nuestra vejez, creer que no hay nada que cambiar, que nunca tendremos otro rostro: eso no es cristiano. Todo puede cambiar, no hay actitud que deba hacerse rígida, ni pliegue que no pueda deshacerse, ni muerto alguno que no esté llamado a resucitar.

El mundo se vuelve a crear desde su origen este primer domingo de Adviento. Pidamos a Dios que ordene todos sus planos, que fecunde todos sus sufrimientos y alegrías.

Que estemos llenos de la novedad de su vida… ¡Navidad!

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