Homilía pronunciada en Lausana en adviento de 1954. Hemos añadido títulos.

Jesús porta toda la Historia

Cuando ponemos al comienzo de una carta la fecha de 1954, esa fecha contiene una referencia a Jesucristo. 1954 se refiere al centro de la Historia que es el nacimiento de Jesucristo. Así, toda la Historia está estructurada. La serie de generaciones que se recubren unas a otras no están sin lazo, aunque parecen olvidarse, desaparecer sin dejar trazas. Todas las generaciones viven en el corazón de Jesucristo y justamente, si datamos los acontecimientos en relación con él, es porque Jesús porta toda la Historia.

Quizá ninguno de los hombres que nos han precedido desde 500mil años, ha muerto definitivamente; y Jesús, en la inmensidad de su Amor, los acoge y los reúne. Hace de todos los siglos un presente único en una ofrenda única para realizar todas las vidas en la Suya.

Sin él, la Historia no tendría centro: todas las generaciones se seguirían al azar, sin orden ni razón, pero en él justamente todas encuentran significación, porque en él constituyen una sola humanidad, más aún, una sola persona.

El cristiano es justamente el que, haciéndose contemporáneo de Jesucristo, toma sobre sí mismo toda la serie de generaciones, y con Cristo las realiza en su propia vida.

Al escribir la fecha de 1954 en el año del Señor en que estamos, nos hacemos contemporáneos de Cristo y, con Él, asumimos toda la Historia. El cristiano es justamente el que, haciéndose contemporáneo de Jesucristo, toma sobre sí mismo toda la serie de generaciones, y con Cristo las realiza en su propia vida.

El Adviento recapitula toda la Historia

Es el sentido del Adviento, que recapitula toda la Historia. El Adviento representa toda la Historia, como una aventura que sigue abierta, suspendida a la elección que hagamos de nosotros mismos, pues cada uno de nosotros puede modificar toda esa Historia, darle una nueva conclusión, hacerla subir hacia Dios o descender hacia sí mismo. 

Rilke marcó magníficamente el acontecimiento único e infinito que representa en cada casa, el nacimiento de un hijo, pues un niño que nace es una nueva mirada, una nueva libertad, una nueva elección, una nueva figura del mundo, pues la libertad del niñito que va a surgir más allá de los instintos, va a dar al mundo una nueva perspectiva, va a retomar toda la Historia para darle una nueva conclusión, para enraizar el universo en un nuevo orden.

En Jesucristo, la humanidad entera reunida en su Amor, recibe una nueva dignidad porque se nos propone a cada uno el horizonte infinito, poniendo en nuestras manos todo el destino todo el sentido de la Historia.

El cristiano tiene a cargo a Dios en toda la Historia y en todo el Universo

El cristiano debe hacerse corazón universal. Con Jesucristo, el cristiano está llamado a superarse infinitamente porque no está encargado sólo de sí mismo sino de todo el universo, de toda la humanidad, más aún, está encargado de Dios en toda la Historia y en todo el Universo.

El sacerdote que se arrodillaba en Pompeya para hacer un acto de contrición en los lugares de placer destruidos por la erupción del Vesubio hace cerca de 2000 años, sabía, comprendía y vivía esa continuidad admirable. Sabía que esos hombres que habían sido sorprendidos por la muerte en pleno pecado no estaban muertos, que en Jesús su vida estaba salva y su acto de contrición podía alcanzarlos, podía realizar su vida, podía salvarlos de ellos mismos.

Cada bebecito trae pues al mundo esa nueva posibilidad, esa elección infinita: en el corazón del niñito están suspendidos la Historia y el universo, porque la creación y la Redención es una historia de dos, una historia que Dios no puede escribir solo, porque es una historia de amor.

La elección que hacemos de nosotros mismos pone en juego la creación

Todo el poder de la sonrisa, todo el poder de la ternura suponen el consentimiento. Sin consentimiento, sin apertura, ni la sonrisa ni la ternura pueden nada. Y el poder de Dios no es sino la sonrisa, el impulso mismo del Amor que es Él, y por eso la creación es puesta en duda sin cesar por la elección que nosotros hacemos de nosotros mismos, por eso todo niño es necesario para cumplir el plan de Dios, como también puede hacerlo fracasar.

En esta perspectiva hay algo vertiginoso, algo aplastante si pensamos que en este inmenso circuito de la vida cada uno de nosotros, cada uno, es un segmento indispensable, que por un momento, cada uno de nosotros, lleva toda la Historia, todo el universo, todo el destino de Dios.

Con Jesús, el mundo entero está en nuestras manos

El ser que fuere capaz, como dice san Francisco de Asís, de llevar con Cristo todo el peso de la Historia y del universo, sería también el ser más cercano a los que lo rodean inmediatamente, el más atento a todas sus necesidades y a todos sus sufrimientos.

Es lo que significa el año del Señor en que estamos. Es lo que el Adviento quiere inculcarnos en la recapitulación de la Historia; con Jesús, el mundo entero está puesto en nuestras manos, porque está claro que la universalidad que cubre todos los siglos, que concentra todos los tiempos, todas las generaciones en un solo presente en que nosotros nos hacemos ofrenda de amor, es claro que la universalidad sería vana y se reduciría a simples palabras si no tuviera como caución la intensidad de nuestro amor para los hombres de hoy, para con los que nos rodean y que deben ser objeto inmediato de nuestra solicitud y atención.

El ser que fuere capaz, como dice san Francisco de Asís, de llevar con Cristo todo el peso de la Historia y del universo, sería también el ser más cercano a los que lo rodean inmediatamente, el más atento a todas sus necesidades y a todos sus sufrimientos.

La intensidad del amor está en el presente para todos los que tenemos a cago

No se trata pues de diluirnos en cierto modo en una visión vaga e indefinida de la Historia y del mundo para dispensarnos de concretizarnos y concentrarnos, de la intensidad del amor en el presente hacia todos aquellos que tenemos a cargo, justamente porque el único motivo que tenemos de llevar toda la Historia es que en toda la Historia está comprometido Dios; y Dios mismo, que está comprometido en toda la Historia, está comprometido en cada uno de nosotros, comprometido hasta la muerte, hasta la muerte de la cruz

Esta semana vi, o mejor volví a ver a una mujer pobre, una de esas mujeres como tantas en el mundo, desamparadas en la vida, salidas de nada, con una salud frágil y sin recursos, agotadas por los trabajos caseros y que pronto quedan fuera del circuito: quince días en un puesto, quince días en un hogar, y luego la vida siempre es dura, cada vez más dura porque las oportunidades se reducen más y más. La salud, trabajo imposible, las deudas se acumulan y ella queda cada vez más a cargo de los demás que temen verla aparecer ya que viene evidentemente a hacerles compartir su carga, ¡viene a pedir!

Y escuché esa historia, o mejor, escuchaba por décima vez esa historia lamentable, esa historia sin salida, y veía luchar esa persona diciendo: "No quiero, no quiero que me encierren. No! Ya me hicieron una cura de insulina y ahora me amenazan con electrochoques. No quiero, yo no estoy loca, ¡No quiero!"… Y, en efecto, yo pensaba que en esa persona estaba toda la tragedia de la humanidad, de la humanidad atada por las necesidades físicas, limitada por todas las necesidades materiales, pero con la posibilidad de ser espacio, con la luz de la inteligencia, con la posibilidad de elegir; y esa mujer casi náufraga me parecía tan patética queriendo defender en ella todo lo que quedaba de dignidad humana, de libertad posible, queriendo defender la elección última en que el ser humano decide sobre su valor y su eternidad.

El otro, finalmente, es Dios

En los demás, en los otros, está el Otro y entonces, en los demás está comprometido el destino de Dios… porque en ellos tenemos a cargo al Otro.

Y eso, justamente, nos abre los ojos a nuestra vocación de asumir toda la Historia, y es que el otro, a fin de cuentas, es Dios. En los demás, en los otros, está el Otro y entonces, en los demás está comprometido el destino de Dios, y Él es cuestionado por cada decisión de la voluntad; por eso nos es confiado el prójimo, por eso tenemos a cargo a los demás, porque en ellos tenemos a cargo al Otro.

Tenemos que sensibilizarnos a este misterio, a este secreto en que toda la humanidad tiene su destino. Es realmente la vida de Dios, la vida de Cristo lo que se juega en cada uno y es Nuestro Señor el que porta toda la Historia, Él es el centro que dota a todas las generaciones con el don mismo de su gracia. Nuestro Señor lo dice de la manera más concreta: "En ese pobre estoy yo; estoy en ese hombre que tiene hambre, que está desnudo, que está prisionero, yo soy el que toca a la puerta, estoy esperando, estoy amenazado".

La caridad se articula sobre la Presencia divina

Finalmente, la Historia culmina, desemboca en mística: en el centro de la Historia, y en el centro del alma, está esa Presencia frágil como una sonrisa, frágil y poderosa como el amor, la Presencia divina. Y la caridad se articula sobre esa Presencia divina pues en los demás está la Presencia divina esperándonos.

Vamos pues a elevar la Historia, a realizarla verdaderamente, le vamos a dar una nueva conclusión; vamos a hacer de todos los escombros, de todas las miserias, vamos a hacer un universo resucitado en la medida en que hoy vamos a acoger al Otro en los demás, en la medida en que vamos a percibir en el hombre la dimensión divina y en que vamos a abordar a cada uno como si fuera único, único porque lo es, único porque es necesario, único porque sin él la Creación no puede ser terminada, único porque a través de él se revela Cristo y nos implora.

La vida cristiana es una historia de amor

El bien, en un sentido nuevo, es la vida de Dios puesta en nuestras manos, y que nos solicita en la vida de los demás, y que es la nobleza de cada uno de los hermanos. Cristo no está lejos, camina con nosotros, es nuestro eterno compañero.

Estamos además en el centro de la vida cristiana. La vida cristiana es una historia de amor. La vida cristiana es una historia de dos. La vida cristiana está centrada en la vida de Jesucristo que quiere expresarse en la nuestra. "Para mí, decía san Pablo, vivir es Cristo" (Fp. 1,21), y él expresaba magníficamente todo lo que se puede decir sobre la conducta humana, sobre la santidad, el bien, la virtud, la plenitud de la alegría y de la libertad: es Jesús que vive en nosotros.

No se trata sino de dejar que Jesús viva en nosotros, pues si él vive en nosotros será en los demás una acogida infinita a través de nosotros. Será en nosotros el corazón de la Historia, el mundo comenzará en nosotros, hoy, a través de él, que es la vida de nuestra vida. Y la creación tomará su último sentido que es justamente ser la ofrenda eterna del Amor, del Amor que es Dios, del Dios que sólo puede darse y que suscita un universo que, como Él se convierta en puro impulso de generosidad.

1954, como simple fecha, dice todo eso en referencia a Jesucristo, llevándonos en Él al corazón de la Historia, haciéndonos tomar conciencia del enraizamiento de nuestra vida en su Persona.

Entonces el bien, en un sentido nuevo, ya no es un deber a cumplir, una ley a observar, sino la vida de Dios puesta en nuestras manos, y que nos solicita en la vida de los demás, y que es la nobleza de cada uno de los hermanos. Cristo no está lejos, camina con nosotros, es nuestro compañero eterno.

Jesús no se ha ido

Ustedes recuerdan la adorable visión de los discípulos de Emaús, ilustrada por Rembrandt: solos, con su dolor, con su decepción ante la catástrofe que acaba de suceder. Esperaban tanto que la salvación se hubiera realizado. Y ahora, la tumba había sepultado todas sus esperanzas. Y los alcanza un extranjero, un extranjero que los escucha, alguien a quien no conocían, y ese extranjero es el Señor. Y finalmente le abren el corazón, comen con Él, y al bendecir el pan, comprenden que es Él, que no estaban solos, que el Señor no los había abandonado sino que era verdaderamente su compañero de viaje.

Pues bien, Jesús no se ha ido. Él porta toda la Historia, Él es la realización del universo, pero no lo es sin nosotros: nos está invitando a continuar su obra, a llevar la maravillosa carga de un universo y de una humanidad por fin realizados en el amor, y hoy como entonces, camina con nosotros; y si prestamos atención, si hacemos un poco de silencio dentro de nosotros, de repente lo veremos en el otro, en el rostro de los demás o en el misterio de nuestro propio corazón, veremos de repente surgir ese rostro, ese rostro de luz que es el rostro del eterno Amor.

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir