En noviembre de 1953, en San-Mauricio, (Valais, Suiza), Mauricio Zúndel habla a las religiosas Agustinas. Editado en el libro “Avec Dieu dans le quotidien” (con Dios en lo cotidiano) (*). Texto ya publicado en este sitio, el 07/08/211. Se han añadido títulos.

¿Conocemos a Jesucristo?

Ustedes saben que en Egipto los coptos representan el elemento cristiano, y que hay millón y medio de coptos entre 20 millones de habitantes. Ellos saben que son cristianos. Saben que no son musulmanes. Han conservado su fe, aunque les habría interesado hacerse musulmanes. Son testigos de Cristo, a su manera. Pero con frecuencia no saben sino que son cristianos y no musulmanes. Y pueden hasta ignorar quién es Jesucristo.

Unos jóvenes de la Acción Católica, que estaban en una aldea copta, preguntaron a un joven: “¿Conoces a Jesucristo?” Y él respondió: “Yo no soy de aquí, pregúntenle al maestro”.

Y nosotros, ¿conocemos a Jesucristo? Esta pregunta la hizo el Señor a los apóstoles: “¿Quién dice la gente que soy yo?” – y ustedes recuerdan la respuesta de San Pedro: “Tú eres Cristo”, es decir: “Tú eres el Mesías”, tú eres el que esperamos, tú eres el que el pueblo de Israel está esperando. Y nuestro Señor ensalzó la fe de Pedro y sin embargo, en seguida – pues no se ilusionaba – anunció su Pasión: así iba a ser el Mesías, y no con milagros que hicieran caer por tierra a los enemigos de Israel. Y Pedro lo llama aparte: la Pasión no puede ser, eso no puede ser. Y Jesús le responde: “Retírate, Satanás, porque tienes pensamientos de hombre y no de Dios” (Cf. Mt 16:23). El apóstol acaba de confesar a Jesús ¡y le propone el mismo programa que el tentador, que lo invitaba a hacer milagros que lo alejaban del sufrimiento!

¿Qué entendieron de Jesús los apóstoles? ¿Qué pueden decirnos de Jesús? ¿Qué sabemos nosotros de Jesús? Jesús mismo lo dice: “No se puede echar vino nuevo en odres viejas” (Cf. Lc. 5:38). “Tengo todavía muchas cosas que decirles, pero ustedes no pueden comprenderlas” (Cf. Jn. 16:12).

El gran misterio de Pentecostés

Entonces, ¿cómo dijo el Señor lo que tenía que decir, si los apóstoles no podían entender? En el fondo, sólo conoceremos a Jesús en el misterio de la Iglesia. El día de Pentecostés descubren los apóstoles a Jesucristo. ¿Y qué es lo que descubren? Descubren que Jesucristo está en el centro de sus vidas. Descubren que Jesús es para ellos exactamente lo que había sido Dios para ellos. Y ese es el gran misterio de Pentecostés, que los judíos que son los apóstoles, sin conocer nada de la Trinidad, comprendieron sin duda alguna que Jesús era el centro de las profecías, que Jesús era su vida y que, sin ser idólatras, podían vivir en Jesús como habían deseado vivir en Dios.

¿Y cómo es posible eso? Ese es el eterno debate entre judíos y cristianos, entre musulmanes y cristianos: “¿Cómo pueden ustedes, sin caer en la idolatría, adorar a un hombre que vivió como nosotros?”

Y ese es el fondo del pensamiento musulmán. Aunque respetan mucho a Jesús como profeta, los musulmanes no pueden aceptar su adoración.

Situar a Jesucristo en nuestra vida interior

La Encarnación no consiste pues en que Dios desciende a una tierra donde no estaba, pues ya estaba aquí. La Encarnación consiste en que una humanidad se hace presente a Dios, a un Dios eternamente presente. Es el hombre el que estaba ausente y no es que Dios no estuviera presente.

¿Cómo situar a Jesucristo en nuestra vida interior, cómo pensar a Jesucristo en frente de Dios? Observarán primero que Dios, el verdadero Dios, es interior a nosotros.

El error de los musulmanes y de los judíos es justamente que ponen a Dios en un cielo tan lejano que ya no tiene ninguna relación con nosotros. Evidentemente, parece locura pensar que el Dios que reina en los cielos viene a caminar sobre la tierra – y ese Dios no existe. Dios no está en un trono más allá de las estrellas. Su trono es el verdadero cielo, y está dentro de nosotros.

Es lo que dice san Juan: “Estaba en el mundo y el mundo no lo conoció” (Jn. 1:10). No hay que buscar a Dios allá arriba sino dentro de nosotros. Dios nunca ha cesado de estar en lo más íntimo del alma humana.

La Encarnación no consiste pues en que Dios desciende a una tierra donde no estaba, pues ya estaba aquí. La Encarnación consiste en que una humanidad se hace presente a Dios, a un Dios eternamente presente. Es el hombre el que estaba ausente y no es que Dios no estuviera presente.

¿Dónde imaginan a Dios? ¿Dónde lo imaginan? Hemos evocado con tanta frecuencia el rostro del P. Kolbe. ¿Por qué? Porque es imposible encontrar a Dios en otra parte que en la vida de un hombre. Justamente, es a través de un alma de hombre que Dios se revela. Es imposible conocer a Jesucristo si no es a través de la transparencia de una humanidad que es su signo vivo. Es muy natural dirigirnos a un ser humano, a una conciencia humana para pedirle que nos lleve a Dios. ¡Es lo que hacemos todos, siempre y en todas partes!

En la humanidad de Jesús, una transparencia infinita

¿Y por qué tiene Jesucristo ese lugar único? ¿Por qué no es Jesucristo un simple profeta? ¿Por qué adoraron los apóstoles a Jesús, sin siquiera hacerse la pregunta, sin que eso les presentara la menor dificultad? Adorar, es decir considerar como centro de su vida a aquél con quien habían vivido, con quien habían comido y bebido. Es que en la humanidad de Jesús hay una transparencia infinita. ¿Qué quiere decir eso?

Por haberlo experimentado miles y miles de veces, nosotros sabemos muy bien que sólo existimos realmente cuando dejamos de ser esclavos de nuestro temperamen­to, de nuestro derecho. Y dejamos de ser esclavos en la medida en que nos perdemos en Dios.

Cuando ya no somos más que mirada hacia Dios, entonces todo está bien: por un momento, podemos comunicar a los demás la sonrisa de la bondad divina. Solo somos verdaderamente personas en la medida en que estamos unidos a Dios y las palabras de Rimbaud “Yo es otro” lo dicen bien: nuestro verdadero yo está en Dios. Nuestra verdadera libertad es Dios, y nos hacemos verdaderamente hombres, criaturas, en la medida en que estamos realmente en relación con Dios.

En nosotros, un estado de transparencia momentáneo

Pero soy así solo por momentos. Es raro que estemos en un estado de transparencia a Dios que haga de nosotros el sacramento de su presencia. Ensayamos, volvemos a comenzar. Pero no estamos continuamente en un estado de despojamiento perfecto que le permita transparentar siempre.

Los santos, con una continuidad mucho más grande, dejan transparentar a Dios en sí mismos; pero nunca terminan el trabajo de liberación y son los primeros en decir que jamás terminan de purificarse de sus límites y fronteras, y también ellos, los santos, están más que nosotros unidos a Dios y tienen su yo en Dios.

La humanidad de Nuestro Señor, la criatura que fue concebida por operación del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, no tiene ningún apego a sí misma, y esa es la diferencia entre su humanidad y la nuestra. Ella es continuamente relación viva con Dios.

Responder a la imantación divina

Cuando hablo a niños utilizo a menudo la imagen del imán. Si toman un imán y lo hacen mover a cierta distancia por encima de un papel donde han puesto algo de limaduras de hierro, las limaduras siguen sus movimientos, si el imán no está demasiado lejos del papel; entonces pueden hacer los dibujos que quieran, moviendo el imán por encima del papel. Pero ya saben que si acercan demasiado el imán a las limaduras, éstas se adhieren al imán y ahí se quedan.

Comenzamos a existir, a ser libres, a ser personas cuando respondemos a la imantación divina; y entonces comenzamos a ser santos.

Dios nos atrae como un imán. Comenzamos a existir, a ser libres, a ser personas cuando respondemos a la imantación divina, y entonces comenzamos a ser santos. Para los santos, la imantación está más cerca, y están más a menudo suspendidos del imán. Y en la humanidad de Jesús, se siente muy bien que entre ella y el imán ya no hay distancia. Ya no sale de la atracción de la gracia. Está arrojada dentro de Dios con un impulso que es Dios. La sostiene, la eleva el imán.

En Jesucristo, un despojamiento absoluto

Jesucristo está absolutamente despojado de toda adhesión a sí mismo. Por parte de su humanidad, Jesús es un hombre que ha perdido su yo, por decirlo así. Ya no tiene yo. Ya no le es posible adherir a sí mismo, oponerse a Dios, porque está totalmente imantado, perdido en la divinidad y arrojado en Dios por el imán que es Dios, ya que en Dios cada Persona es un impulso hacia las demás.

>El misterio de Jesús es un misterio de pobreza, de despojamiento infinito y que responde a la pobreza que es Dios.

Eso quiere decir que el misterio de Jesús es un misterio de pobreza, de despojamiento infinito y que responde a la pobreza que es Dios.

Si Dios no pasa por nosotros, aunque esté en nosotros como en Jesucristo (es el mismo Dios, siempre totalmente el mismo, el mismo Dios está en nuestra alma y en la de Jesús, el mismo Dios, el mismo que en los santos), si ese Dios no resplandece en nosotros, es porque hay una adherencia a nosotros mismos que impide brillar en nosotros la infinita caridad, la infinita pobreza.

Seríamos Cristo mismo si estuviéramos en el estado de pobreza absoluta, total y única en que se encuentra la humanidad de Nuestro Señor, esa humanidad que está enteramente despojada de sí misma y no es sino relación viva con Dios, y cuyos gestos todos, todas sus palabras, su presencia entera, son testimonio de la divinidad.

En marcha hacia Jesucristo

Me parece bueno que veamos la divinidad de Nuestro Señor. Es la eterna divinidad, pero que resplandece y se comunica en una humanidad sacramento enteramente transparente, infinitamente abierta, que no puede detener la luz de Dios, sino que la deja pasar totalmente.

Ahí tenemos la suprema revelación universal, definitiva, no en las palabras sino en la presencia de Jesucristo.

Todos estamos en camino hacia ese punto infinito donde está Cristo… Estamos en camino de divinización y eso lo reconocemos como el beneficio supremo.

No hay pues que colocar el misterio de Jesús en una especie de estratosfera, es decir, hacerla salir totalmente del horizonte de nuestra vida espiritual. Todos estamos en camino hacia ese punto infinito donde está Cristo. También para nosotros, la verdadera vida es el despojamiento, la transparencia, está en responder a la imantación del amor divino, estar unidos a nuestro Dios, ser Dios. Estamos en camino de divinización y eso lo reconocemos como el beneficio supremo.

Pero justamente, en nosotros eso es intermitente, viene y pasa. Recaemos y recomenzamos y jamás se termina. Siempre hay algo que nos vuelve a llevar a un centro que no es Dios.

El hombre ideal, el hombre perfecto, la plena personalidad es Jesucristo, y todos nosotros seremos plenamente personas en la persona de Jesús.

Pero es cierto que tendemos hacia el despojamiento, hacia la unión total, hacia la expropiación del yo, hacia la unión que en Cristo se llama “hipostática”, es decir que es en plenitud. En el fondo, el hombre ideal, el hombre perfecto, la plena personalidad es Jesucristo, y todos nosotros seremos plenamente personas en la persona de Jesús.

La humanidad de Jesús estaba llamada a ser el centro de toda la humanidad. Si estaba infinitamente abierta a Dios, era para estar infinitamente abierta a los hombres.

Si la humanidad de Jesús recibió esta gracia, si en Jesús la gracia fue hasta las raíces de la humanidad, es que la humanidad de Jesús estaba llamada a ser el centro de toda la humanidad. Si estaba infinitamente abierta a Dios, era para estar infinitamente abierta a los hombres.

Tener nuestro centro en Dios

La humanidad de Nuestro Señor era como el gran centro de reunión porque era pobre de sí misma, porque estaba totalmente entregada a Dios. Esa humanidad podía unir a Dios todas nuestras humanidades, de modo que toda la humanidad llegue a ser un solo hombre en su persona. Ustedes ven que ese misterio está en la línea misma de nuestra personalidad, ya que nuestra personalidad consiste en estar suspendidos a la imantación divina y en tener en Dios nuestro centro. Y ven que el misterio de Cristo no es una especie de transformación de Dios en hombre ni de un hombre en Dios.

Dios siempre está presente, pero nosotros estamos ausentes. Dios nos da siempre su luz, pero nosotros estamos en las tinieblas.

No es que baje materialmente del cielo. Dios siempre está presente, pero nosotros estamos ausentes. Dios nos da siempre su luz, pero nosotros estamos en las tinieblas. Y toda la imperfección de la Revelación del Antiguo Testamento no viene de Dios sino de que no había nadie bastante transparente como para comunicar esa luz en plenitud.

La humanidad de Jesucristo es sin sombra

Siendo Dios la pureza de un amor sin sombras ni reservas, solo podía revelarse plenamente en una humanidad sin sombras.

En Jesucristo está la plenitud de la luz. Sólo podía pasar a través de una humanidad que fuera sacramento vivo de la presencia personal que nosotros no podemos transmitir porque no somos suficientemente puros.

Eso es lo que debemos recordar: que siendo Dios la pureza de un amor sin sombras ni reservas, solo podía revelarse plenamente en una humanidad sin sombras, y si los apóstoles no entendieron antes de Pentecostés, era que no podían entender antes de que su corazón estuviera consumido por el fuego del Espíritu Santo.

Es únicamente a través del testimonio de los mártires y de los santos que Cristo se revela en la Iglesia y mantiene su verdadero rostro. Es perfectamente inútil discutir sobe los textos, porque Jesús no es un texto, e inclusive el mismo Evangelio escrito es incompleto porque Jesús no pudo decir todo lo que hubiera querido decir.

Es perfectamente inútil discutir sobe los textos, porque Jesús no es un texto… Solo hay una manera de comprenderlo y es viviéndolo.

Además, no olvidemos que el Nuevo Testamento comienza con la muerte de Jesucristo. Su muerte separa el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Nuevo será la Eucaristía, el fuego del Espíritu Santo, el misterio de la Iglesia.

Solo hay una manera de comprender a Jesucristo y es viviéndolo. ¿Qué más da decir que Jesucristo es Dios o que no es Dios? Hemos hecho juegos de palabras. Para llegar a Jesucristo es necesario despojarnos de nosotros mismos, entrar en la pobreza en que se encuentra a Dios; y sin esa transparencia de amor, Cristo es un ídolo, lo mismo que Dios, y por eso Jesucristo solo se revelará en la pureza de una vida verdaderamente entregada.

La Encarnación es una humanidad totalmente presente a Dios

Hay que partir del Prólogo de San Juan para comprender que la Encarnación es el misterio de una humanidad que se hace plenamente presente a Dios; y sin embargo, eso mismo arriesga ser meras palabras, no es nada comparado con la luz que sólo puede venir de una vida totalmente penetrada de la presencia de Jesucristo. Solo conoceremos a Jesucristo en la medida en que lo vivamos.

Entrando en la pobreza total, dejándonos llevar cada vez más perfectamente por la imantación divina, así es como conoceremos a Jesucristo, porque Jesús no es doctrina sino presencia, presencia infinita, presencia de luz, bajo forma silenciosa y despojada, y solo podremos llegar a esa pobreza infinita despojándonos de nosotros mismos.

Jesús nos está confiado y nuestra misión consiste en representarlo. Sabemos que después de la Ascensión Jesús salió del plano de la historia visible. Pero nosotros no somos lo bastante puros como para estar en contacto sensible con él, aunque él esté en nosotros, en medio de nosotros y dentro de nosotros.

De todos modos, después de la Ascensión, Cristo solo es visible a través de nosotros. Es lo más revolucionario que hay en la historia y lo más magnífico, que la Encarnación continúa a través de nosotros. Eso es todo el misterio de la Iglesia. Por consiguiente, cada uno de nosotros es el rostro de Cristo para los demás.

No hay otro camino hacia Dios que Jesucristo, pero él es justamente la divinidad encarnada, y por ende visible, pero siendo Jesús invisible, solo se hace visible a través de nosotros. Aunque no tengamos ganas de ser perfectos, aunque estemos cansados de los esfuerzos hechos, sigue cierto que Jesús puso su confianza en nosotros, y como respondió el Padre Pío a un hombre que decía: “Yo no creo en Dios”“¡Pero Dios cree en usted!”

Vous êtes le Christ des autres.
Ustedes son Cristo para los demás. Ellos no tienen otro Cristo que ustedes.

¡Ustedes son Cristo para los demás!

Dios no puede revelarse sino a través de nosotros, nosotros somos la única expresión de su rostro en el medio en que vivimos, y los demás tienen derecho de pedirme que sea Jesucristo.

Ustedes son el Cristo de los demás. Ellos no tienen otro Cristo que ustedes, porque únicamente a través de ustedes pueden ver a Cristo. Ellos buscarán a Cristo a través de ustedes y no podrán amarlo sino en la medida en que sea amable. Y eso es lo que hace que el Evangelio sea la Buena Nueva, porque ahí tenemos el llamado que nos dirige una generosidad infinita que se pone en nuestras manos.

Salvarse no es nada, ni buscar el equilibrio y la perfección. Pero cómo resistir a que Dios no pueda revelarse sino a través de nosotros, a que somos la única expresión de su rostro en el medio en que vivimos, y a que los demás tienen derecho de pedirme que sea Jesucristo: a pesar de todas mis faltas, estoy encargado de ser Cristo.

Esa es, creo yo, la puerta de luz que se abre hacia el misterio de Jesús: que la Encarnación continúa a través de nosotros y que somos cada uno el Cristo de los demás. Lo dijo San Agustín: “No solo fuimos hechos cristianos, sino que hemos sido hechos Cristo”, y no solo Cristo para vivir en unión con él, sino para llevar a los demás la luz y la presencia de Cristo, para ser lo que sería él en lugar nuestro, para continuar el gesto del lavatorio de los pies, para ser dados, consumidos y comidos como Cristo, para ser el alimento de los demás.

Todo eso se resume en una palabra: ser Jesús. En esto no podemos equivocarnos. La fe encontrará cada vez más sus bases entrando en ese misterio, viviéndolo, siendo para los demás el rostro del Señor.

Nada hay más hermoso ni mejor que esa confianza infinita, esa identidad con él realizada en nosotros. Esa es toda nuestra grandeza y cuando estamos agotados, el Señor sigue necesitándonos y en fin de cuentas nosotros somos la única posibilidad de Dios en el mundo de hoy. Si pudiéramos mostrar a Cristo en nosotros, la hora habría llegado finalmente y el mundo sería salvo.

Pidamos a nuestro Señor que él pueda tener al menos unas almas que den totalmente testimonio de él y tratemos en nuestra vida cotidiana de aumentar a cada instante el coraje y el entusiasmo pensando que Nuestro Señor está a nuestra merced y que, finalmente, ahora depende de nosotros que Cristo sea aceptado, que se encarne y habite entre nosotros.

TRCUS (*) Livre “Avec Dieu dans le quotidien (Con Dios en lo cotidiano). Retiro para religiosas”

 Ed. Saint-Augustin – Saint-Maurice (Suiza). Presentación de Marcos Donzé. Septiembre 2008. 269 págs.

 ISBN : 978-2-88011-453-4

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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