Conferencia de Mauricio Zúndel en San Severino, París en 1950. Inédita

Las verdades en el terreno del conocimiento

En el terreno del conocimiento, como ya lo hice en otros lugares, podemos distinguir:

Las verdades-piedra que son verdades que la tribu nos mete en la cabeza a golpes de piedras o de ametralladoras según las épocas, porque están implicadas en toda vida colectiva como fuente de ideas intangibles que justifican el orden que quiere fundar. Conciernen, entre otras cosas, el régimen político, social o pedagógico, la obediencia a las leyes y al poder establecido, las exigencias de la moralidad pública respecto de los espectáculos, discursos o escritos, las relaciones culturales con el enemigo y los juicios que conviene aplicarle. Su transgresión se inscribe entre los delitos de opinión. Son verdades naturales o prácticamente necesarias, aunque sean teóricamente discutibles, a menudo provisorias y susceptibles de ser modificadas y, a veces, solo valen en tiempo o lugar determinados: “Verdad a este lado de los Pirineos, error al otro lado.”

Las verdades-juego que son aquellas donde la mente juega, muy noblemente además, con sus posibilidades explorando todas las consecuencias de un principio formal o de un axioma, como hacen los lógicos y los matemáticos, cuyas investigaciones son a menudo tanto más fecundas cuanto más gratuitas parecen.

Las verdades-imágen que corresponden a la visión que cada época tiene del universo, a través de las teorías científicas que se suceden, se corrigen y se completan, sin llegar nunca a satisfacer definitivamente el pensamiento: de Aristóteles a Copérnico y Galileo, o de Newton a Einstein y Luis de Broglie.

La Verdad-Fuente en fin, que es inefable y desafía toda fórmula: como la luz que surge en la mente, en el diálogo silencioso en que se entrega a la Presencia que la libera de sí misma y de todo, haciéndola presente a sí misma y a todo.

Las morales en el campo de la acción

Igualmente, en el campo de la acción, podemos distinguir:

La moral-piedra que es la moral de la tribu y que es biológicamente necesaria a toda existencia común, como la prohibición del incesto o del adulterio, del homicidio o del robo. Es la moral del gendarme, fuera de cuyos límites el hombre vuelve a la jungla.

La moral-imagen que se inscribe en las márgenes de las teorías científicas, como la sociología de Durkheim, la etnología de Levy-Bruhl o el psicoanálisis de Freud. No obliga a nadie y solo ofrece opciones a alguien que no puede acomodarse en otra moral.

La moral-juego que es una visión de la mente en que solo el autor se compromete, como la que Saint-Exupery nos propone en Citadèle. Cada uno retira de ella lo que le conviene.

La Moral-Fuente en fin, que reposa sobre el Amor y que se resume en el “ama y haz lo que quieras” de san Agustín.

El sufragio universal, transferencia de responsabilidad y reforma de la moral

Hoy más que nunca, esta distinción es importante. En efecto, el sufragio universal, que es un derecho en la misma medida que un deber – ya que el hombre está llamado a ejercer un control sobre las instituciones sociales que son para él instrumentos indispensables de humanización – sin duda porque el sufragio universal tuvo que ser conquistado con noble combate, fue obtenido sin suficiente preparación. Ahí se vio con bastante naturalidad, más una liberación de los regímenes combatidos o derribados que una transferencia y una investidura de responsabilidades que además debían parecer menos grandes al ser repartidas, como si cada uno tuviera solo una parte.

Así se llegaba a pensar que la mayoría que gana en un escrutinio sería suficiente para establecer el derecho de fundar la moral pública, como se pudo constatar en ciertos debates legislativos sobre el aborto o la eutanasia.

La tradición desacreditada

Habiéndose derrumbado la organización tradicional, era natural que la moral de la tribu pasara bajo el control del sufragio universal, cuyas decisiones se fundan concretamente en última instancia sobre los individuos que lo ejercen pues hasta ahora la moral dependía generalmente de los individuos como herencia de la tradición, como supervivencia de la antigua tribu. Resultó pues inevitablemente que el “debes” imperativo de la moral tradicional le pareció al individuo emancipado como objeto fuera de moda, a archivar en el museo de antigüedades. Así, en realidad se entraba en un círculo vicioso.

Lo que por fuerza subsiste de la moral tradicional en la sociedad contemporánea, le pareció no ser sino vestigio provisorio de prejuicios antiguos. El individuo emancipado se sintió pues en avance sobre la sociedad e investido del derecho y del deber de acelerar su liberación predicándole la inmoralidad.

El individuo no emancipado que se recluta ampliamente donde las creencias religiosas tienen fuerza todavía, hizo frente como pudo, pero más a menudo se limitaba a reafirmar valientemente la moral de la antigua tribu, sin lograr encontrarle fundamentos capaces de acreditarla en los medios en que toda evocación de la tradición es suficiente para desacreditar cualquier afirmación.

La moral reducida a una costumbre revisable

Además, el individuo no emancipado no pudo escapar a la influencia de una sociedad que se hacía cada vez más amoral y reducía finalmente la moral a una costumbre siempre revisable y que no compromete finalmente sino en la medida en que la vida de los demás se ve inmediata, evidente y explícitamente en peligro.

Por eso, el hombre no emancipado está fuertemente tentado para pensar como el emancipado y darse las mismas libertades. De modo que ya no se sabe muy bien qué queda de la moral tradicional, ni qué significa, ni por qué seguir defendiéndola.

Una capacidad asombrosa que hace insaciables todos los deseos

Las personas naturalmente virtuosas, para quienes no se plantea el problema moral, tienden, sin prejuicios, a entristecerse y escandalizarse más por esta situación. No imaginan lo que pueden sentir aquellos para quienes la moral representa solo límites y cuya imaginación activa y aguda sensibilidad chocan con la terrible monotonía de una vida que se repite en un círculo sin horizonte. No entienden la sed de aventuras y el gusto de riesgo que los obseden en la imposibilidad en que se encuentran de contentarse con un automatismo absolutamente carente de interés o con un conformismo que en vez de imponer respeto hace sonreír.

Entienden menos todavía que si el hombre es capaz de pecar, lo es en la medida en que es capaz de virtud y que toda la metafísica está comprometida en ciertos excesos.

Lo que constituye el peligro supremo y hace posibles las peores tentaciones, es la capacidad de infinito de que está investida nuestra naturaleza.

En efecto, lo que constituye el peligro supremo y hace posibles las peores tentaciones, es la capacidad de infinito de que está investida nuestra naturaleza. Esta sorprendente capacidad hace insaciables todos nuestros deseos mientras no hayamos encontrado una solución creadora. La capacidad de infinito confusamente percibida invade entonces nuestro ser biológico y desencadena un frenesí de vida del que Ysé, en Le Partage de Midi (1), nos da la impresión alucinante cuando, con ardor salvaje, explica a su amante que el amor de la mujer solo puede saciarse con la ruina y la destrucción que los sumergirá a ambos.

El instinto descompuesto y el sueño llevado hasta el final

Cuando la inteligencia se emancipa de los límites sociales, al mismo tiempo exaspera y descompone infaliblemente el instinto si logra esclarecerlo y liberarlo, proponiéndole un desarrollo superior capaz de ordenarlo sin frustrarlo.

Camus lo muestra admirablemente en Calígula. El vértigo al que sucumbe Calígula y que lo arroja en todos sus crímenes, es justamente el sueño de una liberad sin fronteras llevado hasta el final, con todos los recursos del poder absoluto. Cesonia, la vieja amante del emperador no se equivoca y enuncia una verdad sorprendente diciendo a los cortesanos enloquecidos, que arriesgan su vida a cada capricho del emperador: “Como todos los que no tienen alma, ustedes no pueden soportar a los que la tienen en exceso. ¡Exceso de alma! Eso es lo molesto, ¿verdad?”

Es cierto que ese exceso de alma se manifiesta aquí por órdenes sanguinarias y actos villanos, favoreciendo demasiado “los deseos imperiosos que nos da la naturaleza”, como le dice Calígula a Mucio al darle la orden de entregarle su mujer para satisfacerlos.

A primera vista, es evidentemente desconcertante ver esos héroes de la libertad recaer todos – o casi todos – en la trampa de la más antigua y ordinaria biología.

La inteligencia se embriaga de placeres y el individuo se goza a sí mismo

Pero qué otra cosa puede hacer la inteligencia desencadenada, si no pudo ir más allá de los instintos, sino replegar sobre ellos su capacidad de infinito y embriagarse con una de las tres concupiscencias enumeradas por san Juan – o con todas tres a la vez: “Pues todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y soberbia de la vida.” (1 Jn. 2:I6)

Todas tres terminan además igualmente disolviendo la persona en el individuo, instalado en su diferencia y totalmente ocupado en gozarse a sí mismo en una sensación opaca cada vez más separada de todo lo que no es ella y una de cuyas imágenes más impresionantes es el espectáculo que se ve a veces en los asilos de alienados, reducidos literalmente a sus órganos genitales.

Pero la ambición sin frenos de una Lady Macbeth o la avaricia sórdida de que se burla Moliere, o el exhibicionismo desenfrenado de la vanidad que busca homena­jes, se enraízan en la misma ausencia de sí y se hunden en la misma soledad.

El individuo mismo se acoge, idolatrando lo que tiene de menos personal que es la adoración de la más terrible ausencia.

Y la carne es todo eso. Es carnal en el hombre toda capacidad de actuar que se desarrolla dentro de un determinismo biológico, cualquiera que sea, aceptado sin ser conquistado, del que resulta el prodigioso desdoblamiento que nada cauciona en que el individuo mismo se acoge, idolatrando lo que tiene de menos personal que es finalmente la adoración de la más terrible ausencia.

De ello da testimonio Lady Macbeth, en la más atroz agonía, cuando se da cuenta de que ya no es reina para nadie y ella misma no puede creer en la grandeza con la que se había identificado, si nadie cree en ella. Expropiada de sí misma, sin ningún recurso posible, queda suspendida, como la crucifixión de sí misma, en el vacío absoluto en que se asfixia. Entonces no es posible el desdoblamiento que ponía imaginariamente a la mirada de los demás el mínimo de distancia necesaria entre ella y ella misma y su razón se hunde en la locura, incapaz de mantener un discurso que no se dirige a nadie, ahora que la ilusión misma de una presencia le es definitivamente negada.

Una capacidad de infinito que da la ilusión de ser promovido al rango de Dios

Antes de condenar la disolución de toda vida personal en el individuo reducido al yo cero, es importante entender que el hombre que goza de sí mismo en el mono-ideísmo de su pasión, lo hace solo fascinado por la capacidad de infinito que le da la impresión de ser promovido al rango de Dios y de actuar como libertad divina. Deshacer el mundo y a sí mismo es pues una manera de afirmarse como único creador del mundo y de sí mismo.

Eso es evidente en el Calígula de Camus. Todo lo que decide el emperador es absolutamente insensato en apariencia, pero, una vez más, ¿qué puede hacer un hombre que jamás ha podido superar su ser biológico y que solo tiene sus instintos para ejercer su capacidad de infinito? No tiene más recurso que embriagarse con ellos – morir por ellos, ya que no puede alojar ahí su alma que ningún peso logra mantener en el universo mudo de las cosas ausentes.

A esa tentativa desesperada lo incita fuertemente además la moral tradicional en la medida en que sigue siendo moral de tribu que pretende regular del exterior una espontaneidad viva – como la de las pasiones – chocando a fondo al mismo tiempo con el sentido de la libertad cuya imagen invertida da a todos esos desbordamientos la dimensión trágica de una empresa prometeica.

Una libertad que no quiere límites, y pasiones vivas.

Y ese es justamente todo el problema:

Por una parte, la libertad rehúsa que la manejen del exterior, y se hace tanto más sensible a su interioridad cuanto más traten de someterla a un decreto. Entonces, si queremos someterla, estamos seguros de irritarla y de hacerla entrar en el campo prohibido donde conservará al menos la ilusión de una autonomía que es la condición primera de su existencia.

Por otra parte, las pasiones son espontaneidades vivas, dotadas también de cierta interioridad que las aparenta ya con la libertad. Ahora bien, ¿qué ser viviente acepta morir total y definitivamente, por poco sensible que sea a la amenaza de muerte? ¿Cómo pues no resistirían las pasiones, reforzadas por toda la luz que les da la razón para conducir sus empresas, cómo no resistirían con toda la fuerza de su impulso vital a las órdenes de una moral que las condena, ordenándoles reprimir o comprimir su expresión en los moldes edificados por los decretos de la ley?

La vida de las pasiones y la susceptibilidad de una libertad celosa de sus decisiones concurren a abandonar el individuo a los instintos desorientados en que se deshace su humanidad.

Así la vida de las pasiones y la susceptibilidad de una libertad celosa de sus decisiones concurren al mismo resultado que consiste en abandonar el individuo a los instintos desorientados en que se deshace su humanidad. La moral de la tribu, tan útil como pueda ser cuando dispone de una adhesión sólida para encuadrar a los que vacilan y no han sido todavía convencidos, hizo mucho en su supervivencia desarmada, para fomentar la rebeldía de los más dotados contra toda moral y para dar al pecado el sabor irresistible en que el hombre goza de ser Dios en la esclavitud más sorprendente.

La Moral-Fuente, inimaginable sin haber encontrado la Presencia

Pero afortunadamente existe otra moral, que yo llamo la Moral-Fuente, ante la cual las otras, aun indispensables, tienen a lo mejor un papel auxiliar, y es precisamente una moral de libertad y de desarrollo para todo ser en todos sus niveles, y ante todo al nivel de sus pasiones.

La única dificultad notable de esta moral es que se trata de una moral del círculo, quiero decir del círculo de Pascal: “No me estarías buscando si no me hubieras ya encontrado.

No la podríamos ni siquiera imaginar si no hemos encontrado, en lo más secreto de nosotros mismos, la Presencia que la funda y la mantiene. Se da o no, como el verso genial que revela al poeta a sí mismo. Uno es arrojado dentro, sin saber cómo, como es arrojado en su propia intimidad cuando está suspendido del Otro en uno mismo, en un puro impulso de admiración y amor.

Esta moral se identifica por eso con el surgimiento de nuestra existencia humana como existencia de amor en la coincidencia del ser y de la caridad.

Cuando san Francisco, siguiendo su inmensa vanidad de burgués que quiere devenir señor, cabalga a través de Espoleto hacia los campos de batalla de Apulia, solo sueña con la gloria que espera conquistar. Y de repente, todo eso le parece insignificante y tonto. En un instante percibe una gloria desconocida que empalidece la de sus sueños. Se vuelve atrás y durante años espera el otro reino. Y reconoce a su prometida cuando aparece Dama Pobreza: el mundo es suyo pero para darlo, dándose, a través del Dios que anuncia y que él respira.

Siempre es así… el mismo paso imprevisible…, de un plano a otro, de la Ausencia a la Presencia, de la crispación sobre sí mismo al abandono de sí mismo al Otro que llevamos dentro…, de la esclavitud a la libertad, puesto que ser libre, es despegarse de sí mismo dándose a alguien mejor que uno mismo.

Siempre es así, sin duda con menos brillo y menos grandeza, pero, aunque uno se haya bien preparado, siempre el mismo paso imprevisible de un plano a otro, de la Ausencia a la Presencia, de la crispación sobre sí mismo al abandono al Otro que llevamos dentro…, de la esclavitud a la libertad, puesto que ser libre, es despegarse de sí mismo dándose a alguien mejor que uno mismo.

Pero justamente, porque se trata de darse, esa liberación es estrictamente imposible a quien no perciba de algún modo en el suyo propio el corazón oculto que pueda recibir la ofrenda. Ese es el círculo.

(Conferencia inconclusa)


(1) Partage de Midi (Reparto de medio día), “es un drama en tres actos de Paul Claudel, escrito para tres y después para cuatro personajes en 1905, creado en una versión modificada el 16 diciembre de 1948 en el teatro Marigny por la compañía Renaud-Barrault bajo la dirección de Simone Volterra; Claudel modificó el final en 1949” (Wikipedia, en francés) (Nota del traductor)

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