Homilía de M. Zúndel pronunciada en Lausana en 1959.

Pasar de algo a alguien es justamente todo el problema del hombre

Los más grandes escritores son los que pueden decir cosas eternas con palabras muy sencillas.

Una de esas grandes expresiones es la de Flaubert cuando dice: “¿Por qué desear ser algo cuando se puede ser alguien?” Estas palabras le fueron inspiradas cuando Baudelaire le pidió intervenir en apoyo de su candidatura a la Academia Francesa. Flaubert, escandalizado de que un poeta esperara otra recompensa que la de expresar la Belleza a la cual debe dedicarse, escribió en su diario la frase: “¿Por qué desear ser algo cuando se puede ser alguien?”

Pasar de algo a alguien es justamente todo el problema del hombre. Se habla mucho de evolución, nos interrogamos sobre el origen del hombre: ¿De dónde viene? ¿Cuál es el origen de la vida? ¿Surge de una tormenta eléctrica, de una nube de gases? ¿Procede de los vegetales, de los minerales o de los animales? ¿Cuál es el origen de la vida?

Posibilidad de elegir, es la vocación, la posibilidad de ser hombres

El paso de algo a alguien: este paso debe hacerlo cada uno. Es la vocación, el privilegio que recibimos y que nos da precisamente la posibilidad de ser hombres, de superarnos, de darnos, y esa posibilidad constituye justamente la grandeza y la dignidad del hombre.

Esto es muy interesante, pero finalmente, el verdadero problema no será más bien: “¿Qué vamos a hacer nosotros de la vida?” Pues justamente nuestra situación en el mundo sólo tiene interés porque tenemos posibilidad de elegir. Pero sabemos por experiencia que la posibilidad de elegir tiene con frecuencia resultados catastróficos. ¡Falta mucho para que el hombre sea siempre, o con frecuencia, alguien! La mayor parte del tiempo es algo, un pedazo de universo, un momento de la especie, expresión de su raza, de su continente, del color de su piel, de los prejuicios del entorno, y si se acanalla, es peor que los animales. Nada más terrible que la crueldad del hombre contra el hombre.

Entonces se comprende que cualquiera que sea la explicación que le demos de la evolución, esta no puede operar automáticamente el paso de algo a alguien. Este paso debe hacerlo cada uno. Es la vocación, el privilegio que recibimos y que nos da precisamente la posibilidad de ser hombres, de superarnos, de darnos, y esa posibilidad constituye justamente la grandeza y la dignidad del hombre. Pero es sólo posibilidad, y no se realiza así no más. Es un paso extremamente difícil. Inclusive podemos decir que en cierto modo es imposible mientras no hayamos encontrado al Dios vivo.

La razón puede servir para todo, no es lo mismo que el espíritu

En efecto, ¡no hay que dejarse engañar por la razón! ¡No es la capacidad de razonar lo que nos hace hombres! ¡Tampoco nos hace espíritu, pues podemos razonar sin fin para justificar las pasiones! Y además, en la actualidad sabemos que se puede practicar el lavado de cerebro, que uno puede dedicarse a embrutecer la inteligencia humana para hacerle admitir finalmente ideas que antes rechazaba con toda la fuerza del corazón y la mente. Se la puede embrutecer hasta llegar a que la gente diga cosas que no quería decir, confesar lo que deseaba callar, y hasta convertirse en propagandista de lo que antes le parecía errores y mentiras.

Y pues los hombres no encuentran a quién darse, no logran pasar de algo a alguien

La razón puede servir para todo. No es lo mismo que el espíritu, pues el espíritu es la capacidad de surgir, la capacidad de crear, la capacidad de dar, pero para ponerla en práctica le hace falta encontrar a quién darse. Y pues los hombres no encuentran a quién darse, no logran pasar de algo a alguien.

San Francisco de Asís nos hace penetrar en la intimidad del Corazón de Dios

Y si esta noche insisto, es porque esta semana tuvimos la dicha de celebrar la fiesta de san Francisco de Asís, y porque san Francisco de Asís es uno de los más grandes santos de toda la cristiandad, uno de los más extraordinarios, uno de los más magníficos, uno de aquellos cuya influencia permanece más actual, porque le fue dado descubrir la Pobreza de Dios. Este hombre que era todo ambición, que era esclavo de una pasión que lo llenaba por entero, que deseaba absolutamente hacer hablar de él, que quería llenar la Historia con sus hazañas, que pensaba, del burgués y del mercader que estaba destinado a ser, hacer un Señor, un príncipe, un conquistador! Deseaba deslumbrar a las damas en torneos asombrosos. Ese hombre, llegó poco a poco a descubrir la inmensidad de la generosidad divina, y encontró verdaderamente a Dios bajo la imagen de Dama Pobreza.

¡Vestido de un burdo hábito, ceñido con una cuerda, mendigaba su comida o participaba en los trabajos del campo! ¡Él gozaba comiendo un viejo mendrugo, un mendrugo de pan y bebiendo agua que sacaba de una fuente! ¡Él fue el primero en entrar hasta el fondo de los abismos de la Trinidad! ¡Él nos hizo entender, mediante la luz de su vida, que la Trinidad significa justamente que Dios da todo, que Dios es comunicación, que Dios no es alguien que se mira y se admira, sino Alguien que no cesa de darse en un eterno intercambio!

San Francisco de Asís nos hace comprender que en su expresión suprema, la existencia es vida de don, vida de caridad, vida de despojamiento, es vida de amor, vida que es todo el gozo de Dios, porque el gozo de Dios es el gozo de la pobreza.

Él nos hace comprender que en su expresión suprema, la existencia es vida de don, vida de caridad, vida de despojamiento, es vida de amor, vida que es todo el gozo de Dios, porque el gozo de Dios es el gozo de la pobreza, el gozo de la primera bienaventuranza del Evangelio: “Bienaventurados los que tienen alma de pobre” (Mt. 5:3). ¡Es la alegría del don total! Dios es Dios porque no tiene nada: la divinidad no es de nadie, porque es sólo la mirada del Padre hacia el Hijo y del Hijo hacia el Padre, en la unidad y el fuego del Espíritu Santo. Él nos hace penetrar en la intimidad del Corazón de Dios, nos hizo entender justamente que el sentido de la existencia estaba en hacer de todo nuestro ser un don, porque ante nosotros, o mejor, dentro de nosotros, hay Alguien a quien darnos, y que no cesa de proponerse a nuestro amor, no cesa de esperarnos en el fondo de nuestros corazones, en una palabra, no cesa de Darse a nosotros.

La evolución , nosotros tendremos que realizarla, esa es nuestra misión

Nuestra misión de hombres: reunir todas las fuerzas que actúan en el universo, darles rostro, realizarlas haciendo de ellas una ofrenda de luz y amor, en una palabra, devenir alguien.

¡Y así justamente se abre una perspectiva totalmente nueva! Si la evolución debe continuar, no podrá ser automática. Nosotros tendremos que realizarla, y esa es justamente nuestra misión de hombres: reunir todas las fuerzas que actúan en el universo, darles rostro, realizarlas haciendo de ellas una ofrenda de luz y amor, en una palabra, ¡devenir alguien, de algo que éramos! ¡Es una misión admirable! Es la dignidad cuyo privilegio tenemos que sentir, es una aventura que Cristo inscribió en lo más hondo de nuestra vocación bautismal. Justamente, tenemos que hacer pasar el mundo de la ceguera, es decir de la oscuridad, de la fatalidad, del determinismo que puede reinar en todos los niveles de la naturaleza… tenemos que hacer pasar el mundo a la esfera de la libertad, de la ofrenda, del don y del amor.

Devenir alguien, imposible para todos los que no han encontrado el rostro del Dios vivo

Entonces comprenderemos que es absolutamente imposible, imposible para todos los que no han encontrado el rostro del Dios vivo, para quienes no han identificado en Dios la existencia con el Don, para todos los que no han recibido el Evangelio de la divina Pobreza, les es imposible asegurar o, mejor, realizar su vocación de hombres!

Porque ser realmente alguien, sólo es posible para el que puede tomarse por entero y hacer de todas las fibras de su ser un don al Amor eterno y a todos los hermanos humanos que tienen dentro, sin saberlo, al Dios vivo que nos está esperando dentro de ellos.

¡Pero la realiza con mucha frecuencia gente muy humilde! ¡Cuántas mujeres, cuántas humildes obreras desconocidas, cuyos nombres nunca estarán en la historia oficial! ¡Cuántas, siguiendo a san Francisco, han realizado en una cocina el don de sí mismas que constituye la grandeza suprema! Porque justamente, no es cosa de cultura libresca, ya que ser hombre, ser realmente alguien, sólo es posible para el que puede tomarse por entero y hacer de todas las fibras de su ser un don al Amor eterno y a todos los hermanos humanos que tienen dentro, sin saberlo, al Dios vivo que nos está esperando dentro de ellos, como tampoco cesa de esperarnos en lo más profundo de nosotros mismos. ¡No es cosa de técnica ni de habilidades, ni es cosa de posición social, sino únicamente de vocación silenciosa, de llamada que resuena en el fondo del corazón, de don realizado en el silencio!

La vida como posibilidad de elección, de superación y de don

Como la grandeza de Dios consiste únicamente en su Amor y en su eterno despoja­miento, así también la grandeza humana está toda en el don secreto realizado con frecuencia lejos de toda mirada humana, en un resplandor magnífico que atraviesa los muros y los mares para llegar a toda la humanidad en el circuito misterioso de la comunión de los Santos en que “toda alma que se eleva, eleva el mundo” (Elsabeth Leseur). Queremos concluir esta semana franciscana, recordar esa aparición fulgurante y única de san Francisco en la historia cristiana, queremos recordar que es bien verdad que el único problema esencial es finalmente lo que vamos a hacer con la vida que llegó hasta nosotros, sea cual fuere su origen, que nos llega como posibilidad de elección, de superación y de don.

Ayudemos a los demás a realizar, realizándonos nosotros mismos

El mejor medio de orientar a los que nos rodean hacia la grandeza del don de sí mismo, es llevar al medio en que vivimos la sonrisa, la sonrisa de la bondad divina.

Y ya que el pobrecillo de Asís – y tantos otros que lo han seguido – realizó la grandeza suprema descubriendo y dejando brillar en toda su vida la grandeza de amor que es la de Dios, pidamos a Dios que nos ayude a entrar también en la aventura heroica, silenciosa y magnífica, aprendiendo cada día a darnos mejor en las cosas pequeñas que tejen la trama de la vida cotidiana, ¡y llevando a los demás según nuestras posibilidades, la luz de un rostro abierto y fraterno! Porque la más hermosa revelación del Dios de amor, el mejor medio de orientar a los que nos rodean hacia la grandeza del don de sí mismo, es llevar al medio en que vivimos la sonrisa, la sonrisa de la bondad divina.

Eso es lo que salva al hombre de la desesperanza, cuando no se encuentra ante un muro, cuando encuentra por fin un rostro, cuando hay alguien, cuando hay un corazón, cuando hay amistad, cuando siente el soplo de una simpatía comprensiva, entonces comienza a entender que no está solo en el mundo, que no está abandonado, que no es solo una cosa en medio del universo, sino que tiene una posibilidad creadora, y que está llamado a una aventura infinita.

¡Pidamos que así sea, y que buscando en nosotros mismos la verdadera grandeza en la luz de la Pobreza divina, ayudemos a los demás a realizar, realizándonos nosotros mismos, en un don cada vez más silencioso y sonriente que nos hará pasar, que nos hará, de algo que éramos, devenir alguien, alguien vivo, alguien portador de vida, alguien que deja pasar a través de sí la sonrisa de la bondad divina".

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