Artículo de Mauricio Zúndel (firmado Hno. Benedicto) en la Revista del Cairo, n° 90, mayo de 1946.

El amor y la guerra se reparten la literatura ofreciendo al lirismo una fuente inagotable de heroísmo y de misterio. Es difícil saber en qué medida los cantos inspirados de ellos contribuyen a su permanencia y prestigio, y aún más difícil decidir si uno y otro responden a un instinto indeleble y definir los lazos que los unen en la mitología y en la realidad.

Es cierto que la poesía no nos ha curado del uno ni de la otra y nos deja desarmados ante los dos. Puede que un día mejores instituciones logren prevenir la guerra. Sería quimérico evidentemente pedirles que regulen la suerte del amor.

Ese es un problema que cada uno debe resolver, como lo más íntimo y comprometido que tiene. Los riesgos que tiene piden la mayor prudencia cuya primera exigencia es bien plantearlo. Vamos a ver que implica una metafísica cuyo desconocimiento impide descubrir su solución.

El deseo de un Dios a quien someter nuestra realidad

El amor busca la persona.

Esta metafísica está toda contenida en la afirmación que simplemente debemos profundizar: el amor busca la persona. Un episodio bíblico nos da la clave en el reto lanzado por los hebreos a Moisés: “Haznos un dios que marche delante nosotros” (Éxodo 32:23; Hechos 7:40).

No pretendemos elucidar aquí todo lo que implica esa reivindicación y menos aún la respuesta trascendente de que es susceptible. Solo citamos esta petición paradójica a título de analogía. Lo divino pierde seguramente todo significado si no emerge de los fenómenos que constituyen la trama de nuestra experiencia, pero mientras más los supera, más parece imposible someterle una realidad que pierde cada vez más contacto con él. Por eso el deseo de que se concretice y se deje percibir físicamente, sin por ello dejar de ser lo que es, como si los ojos de carne pudieran contemplarlo directamente. Es querer lo imposible, partiendo de una idea falsa.

El pensamiento de un Dios que está fuera del mundo y que quisiéramos abordar personalmente

El error consiste en suponer el mundo más cerrado o más opaco de lo que es realmente, en no ver que lo real supera lo real y significa más que ello o nada. Consiste también en tomar una vista puramente espacial de la trascendencia divina, en imaginar que Dios está fuera del mundo, si es distinto de él; y que se confunde con él si está dentro; como si el pensamiento se redujera a la materia sonora del lenguaje que lo expresa o la amistad al apretón de manos que la hace sensible; como si un símbolo no tuviera necesariamente dos grados y no sacara todo su valor de la presencia inmaterial de lo significado, sugerido o comunicado en la presencia material del signo.

Pero en todo error hay un elemento positivo que explica su vigor: el error puro no existe, como tampoco el mal absoluto. En el caso presente, el elemento positivo es el deseo oscuro de comunicación inmediata con un Dios al que podamos acercarnos personalmente, sin tener que postular su presencia en la nube en que el profeta conversa con él; es la necesidad confusa de escapar a una realidad abstracta, para conversar con un ser vivo; es por fin el presentimiento lejano de que, para colmarnos, la verdad debe ser Alguien.

La vía del amor

En su orden, el amor responde a un deseo idéntico. Por eso es al mismo tiempo tan necesario, tan lleno de gozo y de dolor, tan expuesto al error y tan difícil.

Existen sin duda otras fuentes de valores humanos, otras vías para alcanzar la grandeza y no queremos subestimarlas.

La vía del Arte o un sentido de gratuidad ilusoria

El Arte abrió la materia a las confidencias del espíritu, haciéndonos sensible la Presencia Infinita en que tiene su misterio la Belleza: y le hemos levantado templos en que conservamos piadosamente las obras inspiradas por las Musas, que nos invitan a la contemplación, despertando en nosotros el sentido de la gratuidad sin el cual no existe el amor.

Pero falta mucho para que esas obras estén todas en el mismo nivel en que produzcan siempre y para todos el mismo efecto. Algunos solo ven ahí la profesión o se interesan solo por el juego de metáforas coloreadas o plásticas, prohibiéndose una emoción que podría desembocar en algún cuento metafísico. Los que perciben ahí una dimensión de eternidad, en la adhesión acogida en que se pierden de vista, permanecen a menudo, vueltos en sí, incapaces de decidir si es sueño o realidad.

Entre los más convencidos, muchos se contentan con el credo de Wagner: “Creo en lo divino, pero no en Dios.” Y lo divino que no es Dios se reduce finalmente a lo humano, en que el impulso que recae se confunde con los instintos oscuros del que era solo una sublimación provisoria.

Siguiendo esta pendiente, la gratuidad del arte es una ilusión, y el verdadero genio creador reside en las glándulas o mejor en los cromosomas de la célula germinal, de donde surge la inspiración cuando la razón suspende su control. En último análisis, el arte es el triunfo de lo inhumano, un método refinado de disolución.

El artista solo dispone de reflejos

Afortunadamente, todo el mundo no se queda ahí. “Los movimientos de sombras y luces terrestres ocultan la inmovilidad de una ley superior, escribe André Lhote (1): se trata de encontrar y transcribir el minuto supremo en que las dos caras de la realidad se superponen y fusionan perfectamente. El artista hará así más oscuro a su derredor un misterio nuevo, hará retroceder los límites de lo incognoscible y penetrará en la región de la ignorancia superior cuyos muros exteriores recorren los triunfadores del día, embriagados con su pequeña ciencia ciega” sin dejarse desviar de su tarea que es llegar a “lo universal por el rodeo humano de lo accidental.

“Entonces, como decía Flaubert, el hecho se destila en la forma y sube arriba como puro incienso del espíritu hacia el absoluto eterno e inmutable” (2a) añadiendo: “La poesía no debe ser la espuma del corazón” (2b) – “el esplendor del genio es solo el pálido reflejo del Verbo oculto.” (2c

La dificultad es justamente que el artista solo dispone de reflejos cuyo lazo con la realidad reflejada exige, para ser percibido, una transparencia que es casi imposible de sostener y sobre la cual, la mayor parte del tiempo, la sombra no cesa de triunfar: a veces hasta las tinieblas en que todo se disuelve.

La ciencia en que la abstracción está lejos de las realidades de la naturaleza

La ciencia se presta a observaciones semejantes. Propone primero “ordenar y comprender el mundo de las impresiones sensibles” (3). Pero no cesa de alejarse de ellas metiendo los fenómenos “en el molde de los instrumentos que no son sino teorías materialistas” (4). Dicho de otro modo, los hechos no tienen sentido fuera de las teorías y estas son estrechamente solidarias con las construcciones matemáticas que les confieren un nivel muy elevado de abstracción, de generalidad y rigor. El universo tiende a reducirse al número, “a grupos de ecuaciones sin soporte material, [válidas en un espacio y tiempo diferentes de los nuestros]” (5)

En una palabra, según la expresión de un profundo matemático, “el mundo físico es solo un reflejo o una sección del mundo matemático” (6). Para terminar, la naturaleza escapa a toda representación sensible. Su leyes se aplican a una “realidad oculta”, caracterizada por propiedades geométricas. La realidad física se explica por la realidad matemática en que varios quisieran absorberla.

Hacer inteligible un universo

Existe seguramente un lazo entre estos dos órdenes, ya que los progresos de la teoría se afirman experimentalmente en un poder creciente sobre lo real sensible. Es, además, indiscutible que en ese inmenso esfuerzo, la mente se libera del dominio de los sentidos – y siente primero una maravillosa impresión de libertad, como si fuera el demiurgo ordenador del mundo.

Sin embargo, queda por saber si el número tiene significado y si no constituye otro límite contra el cual choca el pensamiento, obligado como está a someterse a las necesidades matemáticas tan despóticamente como debía someterse antes a los hechos físicos. Para justificarse, no basta que los axiomas de que partimos permitan finalmente obrar sobre lo real, sino que deben también hacer inteligible el universo, de suerte que no haga violencia a la mente sino que la penetre iluminándola, haciéndose luz en ella, clarificando en una palabra sus afinidades con ella.

¿La verdad como algo exterior, o como Alguien?

Aquí se cuestiona la naturaleza misma de la verdad. ¿Se impone la verdad como algo a que es necesario someterse, o se ofrece como presencia interior que solo puede asimilar un impulso personal?

Quienes le dedican su vida y aceptan morir por hacerla triunfar, no dudan de que vale más que ellos mismos y que la mayor realización humana está en eclipsarse en ella. Se sonrojarían de servirse de ella en ventaja personal, la buscan con desinterés cada vez más puro, la tratan como Fin, se le entregan como solo puede uno darse a una persona, y afirman así que es Alguien.

Pero la mayoría vacila. Unos la reducen a recetas útiles cuyo éxito práctico es el único criterio o a afirmaciones perentorias que sirven a su propaganda. Otros la niegan como quimera, explicando todo por un azar cuyos éxitos se ahogan en un océano de absurdos. Otros que pretenden acercarse a ella, afirman que no es algo absoluto, que varía según las modificaciones de la mente, unidas a las del cerebro, y que es tiempo de renunciar a los arquetipos inmutables de un platonismo fuera de moda. Otros por fin le rinden un homenaje lejano, afirmando la dignidad y la gratuidad de la ciencia, sin distinguir bien si pretenden honrarla u honrarse a sí mismos, y no falta quienes los aplauden como si fueran ellos su fuente.

De nuevo el hombre reduce a sí mismo lo que debería elevarlo por encima de sí. La verdad pierde su rostro haciéndose ídolo a imagen de sus pasiones, y una ausencia inmensa cubre todo el universo.

Así el hombre reduce de nuevo a sí mismo lo que debería elevarlo por encima de sí. La verdad pierde su rostro haciéndose ídolo a imagen de sus pasiones, y una ausencia inmensa cubre todo el universo.

Description
La cobertura de la revista "La revue du Caire", n° 90, mayo 1946, donde el artículo de Zundel fue publicado bajo el nombre de F. BENOÎT.

¿Vivir en un universo sin rostro, en un mundo donde no hay nadie?

Si el arte y la ciencia no logran exorcizarlo infaliblemente, las presiones de la vida social y la inanidad de la mayoría de las conversaciones solo pueden reforzar su impresión. Es necesario someterse a múltiples necesidades antes de lograr desenredar su origen, una cantidad de leyes a que debemos someternos sin tener tiempo de verificar su legitimidad, en nombre de un bien común que permanece a menudo tan oscuro como persuasivas parecen las razones que ordenan sacrificarse a ellas.

Los más convencidos o más hábiles obtienen finalmente nuestro asentimiento, apelando a instintos que se encuentran por doquier y que pueden moverse en todo sentido, captando un fervor listo a rendirse a cualquier dios.

Así se puede llegar a dar la vida sin estar seguro del resultado. Los que escapan, si no quedan condenados a la miseria, lo son a menudo a la mediocridad, sin tener otro motivo de apego a la existencia que un instinto de conservación alimentado de esperanzas banales, de que son reflejo la mayoría de las conversaciones. Es en efecto necesario contentarse con juicios estereotipados, recibidos y transmitidos sin pensarlos o acomodarse con prejuicios que solo son proyección del yo individual o colectivo.

De ahí viene el sentido intolerable del vacío en los seres mejor dotados que arrancó a Nietzsche el grito desgarrador: “No escuchar ni una palabra de respuesta, nada, nada, siempre exclusivamente la soledad muda, ahí hay algo que supera todos los horrores.” (7)

No podía expresarse de manera más punzante la imposibilidad de vivir en un universo sin rostro, en un mundo donde no hay nadie.

De ese abismo brota la invitación del amor

De ese abismo brota la invitación del amor, como la necesidad ontológica de un rostro en que todo el conjunto de individuos y de cosas se convierte en Presencia, capaz de llegar a nuestra intimidad devastada por ese horroroso exilio.

Pero no hay camino para llegar allá. Ahí solo se entra por una correspondencia secreta que va de dentro a dentro, y que se revela en la música interior en que dos voces acordadas la una con la otra hacen surgir el mismo canto.

Así nos invade la verdad en la luz que surge en nosotros, a través de los objetos que se perfilan en su luz, dibujando su estructura en una transparencia que es indivisi­blemente suya y nuestra. Entonces solo circulamos en ellos a través del recogimiento de nuestra propia intimidad.

La iluminación viene de ellos como la luz interior que los revela, pero se produce en nosotros, asimilándonos a ellos. Su secreto se enuncia a nuestra mente, la cual alcanza tanto más seguramente el suyo propio cuanto más totalmente se entrega al de ellos: la alegría de conocer surge precisamente de un intercambio de intimidad.

El punto crucial

El amor realiza una fusión análoga, en la identificación luminosa de una doble intimidad, que solo es posible en la circumincesión (8) de una transparencia mutua. Este es el punto crucial.

Nuestra intimidad se desintegra en la medida en que renuncia a la pureza de su autonomía. Solo asegura su valor conservando inviolada su clausura. Toda infracción de esta exigencia la hace caer al nivel de las cosas cuyo silencio inerte provocaba su desesperación.

Lo mismo sucede con la intimidad de los demás. Entre la nuestra y la suya solo es posible entonces una comunicación virginal que las transfunde la una en la otra, identificando su transparencia, según un modo muy semejante al que nos encamina hacia la conquista de la verdad.

La Verdad y las realidades materiales

Pero hay una realidad fácil de sentir aunque difícil de expresar. Y es que el contacto con la verdad no es generalmente inmediato. El conocimiento de cualquier objeto es normalmente fuente de luz dentro de nosotros. Pero es claro que las realidades materiales no pueden responder por sí mismas a esta iluminación. Solo fecundan nuestra inteligencia difundiendo en ella una luz más pura y más interior que ella misma, la cual la libera de sus sombras y de sus divagaciones.

Solo son pensables para conservar el rastro del Pensamiento de que es discípulo el nuestro, como simples relaciones entre Él y nosotros.

Solo por este título, el conocimiento de cualquier realidad puede revestir el valor supremo que justifica una dedicación total. Así está en contacto la mente con la Verdad absoluta. Todo ser es capaz de manifestarlo y así se hace inteligible, pero solo se manifiesta ocultándolo, y así da lugar al error, cuando cesamos de superarnos y de superarlo.

De todos modos, ninguno es apto para hacérnoslo ver de inmediato, en un encuentro que podría colmarnos. Para la ciencia humana, esto constituye un límite irreductible que sin duda condiciona su progreso pero que provoca también mucha tragedia.

Nuestra intimidad con las cosas está también amenazada sin cesar, ya que solo podemos mantenerla superándola. El diálogo entre ellas y nosotros queda corto cuando se limita a ellas. Despojadas de su simbolismo, ya no se prestan a la contemplación: se vuelven exteriores a la mente como sonidos inarticulados que nos atraviesan sin ningún pensamiento. Permanecen meras cosas y ya solo nos interesan por su utilidad.

Nuestras necesidades son la medida de su valor: el gozo del conocimiento está agotado. Nuestra intimidad con las cosas ya no es más inmediata que nuestro encuentro con la Verdad a través de ellas. Su rostro es un rostro prestado.

El amor reúne dos intimidades que comunican en la verdad

El privilegio del amor, al contrario, es que al unir su luz, une inmediatamente dos intimidades. Entonces la luz no se limita a pasar por ellas, sino que permanece en ellas; más aún las constituye pues su autonomía es solo una ofrenda diáfana consumida por su irradiación. Hay pues dos intimidades-luz en presencia que conversan por su sola transparencia, en la luz idéntica que es su respiración común.

Ellas comunican en la verdad que se ha hecho su vida. Y esa verdad es realmente viva, es alguien, es una persona. Ya no es necesario decirla, representarla por símbolos o números, es la mirada misma, la mirada interior, en que dos almas, fundidas en una sola, intercambian su claridad.

Eso era sin duda lo que Patmore entreveía cuando escribió: “And I believe that love is truth. – Y yo creo que el amor es verdad.

Entre el hombre y la mujer, una música polifónica

Eso se puede decir de todo amor, de toda verdadera amistad, pero la exigencia total solo se revela plenamente en el amor que une el hombre y la mujer. En todo afecto profundo y recíproco hay necesariamente cierto acorde entre las músicas que se murmuran en el silencio de las almas.

Pero cuando la diferencia de sexos no interviene, las músicas son más o menos homófonas y cantan la melodía al unísono mientras que el dúo entre el hombre y a mujer es netamente polifónico. Cada voz modula su propia melodía, diferente de la otra y complementaria, y cuando se funden, el acorde es tan rico y la armonía tan profunda que no pueden concebirse la una sin la otra. Cada una revela a la otra un universo nuevo, sin el cual el suyo propio, ahora abierto, ya no puede subsistir, cada una muestra a la otra su verdadera identidad en la diversidad en que se realiza.

Una unión como una comunión

Por eso es el amor tan urgente y necesario. Se trata de ser o no ser, llegando en el otro a un yo que se identifica con él. El don solo puede ser total, alcanzando hasta las raíces de la personalidad, la cual se constituye precisamente en un impulso hacia el otro.

Pero justamente, por tratarse de personas que huyen del exilio intolerable de un mundo sin rostros donde agoniza el alma como la pantera de Rilke detrás de las barras de su jaula, el encuentro solo es posible gracias a una transfusión de toda la intimidad de la una a toda la intimidad de la otra.

La unión solo puede ser comunión, en el sentido más religioso de la palabra. Es imposible construirla de fuera sin recaer bajo la ley de las cosas, sin profanar el secreto de la intimidad, sin borrar el rostro cuya luz hacía brotar una esperanza infinita. Toda tentativa de posesión retarda o impide su realización. Las manos deben renunciar a coger, aprendiendo a abrirse en la oblación en que se ofrece todo el ser.

Contemplar las cumbres

Debemos estar dentro de la intimidad de otro para vivirla como propia, y solo se penetra en ella a la manera como se la conquista, por el despojamiento luminoso que constituye su autonomía, en la ofrenda sin reserva de una soledad inviolada.

Toda simulación se excluye pues lo real no se deja despojar de sus exigencias. Si el cuerpo se venga de todas las represiones que se le imponen, el espíritu está aún más dispuesto a defender su libertad. Solo hay un modo de entrar en contacto con él, y es colmándolo.

Y cómo colmarlo sino dándole el infinito que lo puede llenar, mientras se despierta en él su exigencia, esforzándose por satisfacerlo en sí mismo, hasta la plena transparencia que lo hace sensible en una irradiación silenciosa. Hay que estar en el interior de la intimidad de otro para vivirla como propia, y solo se penetra en ella de la manera como se la conquista, por el despojamiento luminoso que constituye su autonomía, en la ofrenda sin reserva de una soledad inviolada.

Los sucedáneos del amor

Por eso el amor es tan difícil que, con razón, Rilke lo consideraba como la prueba crucial del valor humano. Pero aquí, como en todo, la ilusión ha pretendido abreviar los plazos del esfuerzo. Se ha remplazado el amor con sucedáneos que solo conservan el nombre, y se lo ha reducido progresivamente a una fatalidad sexual, más o menos mezclada de sentimentalidad, que se supone contener el gran secreto de la vida.

Por eso es que, invocando este nombre prestigioso, la mayoría de los hombres se han precipitado en las servidumbres cósmicas de las que el amor tenía como misión liberarnos. Cuando debería calmar ese algo que en nosotros tiene cada vez más sed de su semejanza, preservando nuestra intimidad de la abrumadora presión de las cosas, la hemos aplicado a disolverlo, identificándonos con los elementos del mundo, en una licencia que ha abolido generalmente hasta el recuerdo de esas exigencias.

El altruismo diáfano en que se realiza la personalidad

Al amor le repugna toda facilidad, tiene horror de toda licencia, exorciza toda fatalidad y elude toda posesión. Se desarrolla en el centro de una libertad conquistada hasta el supremo despojamiento, haciendo brillar en nosotros el rostro de una verdad viva, alcanzada inmediatamente al contacto con un alma interior a la nuestra… La intimidad de la una se hace luz en la de la otra, en altruismo diáfano en que se realiza la personalidad.

Vamos a tatar de comprender esta desviación catastrófica, pero antes de considerarla, hay que llenar la mirada con las cumbres que acabamos de contemplar, para no ser llevados a compromisos que falsifican el amor usurpando su nombre.

El amor está a la altura metafísica en que lo hemos descubierto: resiste a toda facilidad, le espanta toda licencia y exorciza toda fatalidad, como elude toda posesión. Crece en el corazón de una libertad conquistada hasta el despojamiento supremo, haciendo brillar en nosotros el rostro de una verdad viva, de inmediato al contacto de un alma interior a la nuestra. Pero dos almas no pueden fundirse sino al precio de una transparencia en que la intimidad de la una se hace luz en la de la otra, en altruismo diáfano en que se realiza la personalidad.

No es en un día como llega así el amor al don de todo el ser en una oblación de claridad. Lo esencial es que tienda a ella con lucidez, con coraje y, si necesario, con heroísmo, preservando celosamente la exigencia virginal que contiene, y que en definitiva no es nada menos que una exigencia de santidad.

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Los dioses y la bestia intercambian sus atributos

Nietzsche que presintió tantas verdades, expresó esta exigencia de santidad de la manera más punzante en la frase incisiva de Zaratustra: “Vuestro amor por la mujer y el amor de la mujer por el hombre: ¡oh! ¡Que sea piedad por dioses sufrientes y velados! Pero casi siempre es una bestia que adivina la otra.

Este resumen tan fuerte ganaría siendo matizado. Si hubiera solo la bestia, no tendríamos los dramas del corazón: el automatismo del instinto arreglaría todo y ni siquiera sabríamos que sufrimos su determinismo pues no sería posible dominarlo. Todas nuestras dificultades vienen más bien de la mezcla y de la oposición de la unión paradójica de dos tendencias que parecen abstractamente incompatibles y cuya combi­nación, según proporciones muy variables, constituye todo el secreto de la vida amorosa, con oscilaciones más o menos extensas entre la exaltación feliz de una embriaguez casi mística y la fascinación tiránica de una oscura fatalidad.

Por eso no se sabe jamás quién va a ganar, los dioses o la bestia. El paso de un extremo al otro es además tan fácil y rápido que es pronto difícil distinguirlo. Los dioses y la bestia intercambian sus atributos. La bestia se disfraza con una máscara divina que autoriza todos sus impulsos, y los dioses pierden su rostro reduciéndose a un misterio oculto en la carne.

Nietzsche simplificó demasiado el problema. Su solución sería fácil si solo se tratara de escoger entre los dioses y la bestia, si los dos términos se dejaran separar, si pudiéramos decir: es el uno o el otro. Lo que lo hace casi siempre inextricable es la unión, dada como indisoluble, entre uno y otro.

Lo que hay de animal en el hombre se cubre de misterio

Nadie ha presentado esta confusión mejor que Goethe en la charla seductora de Fausto con Margarita (9) en que el deseo físico y las aspiraciones metafísicas se funden y armonizan mutuamente en un fervor perturbador que deja a la joven sin defensa, cubriendo con emociones religiosas un consentimiento que ahora ella no puede rehusar. Encontramos la misma nota en ciertos pasajes del Jardinero de Tagore, en los primeros rasgos de la pasión y en la emoción de las primeras confesiones.

Es el fondo de toda literatura erótica – cuando no cae en la obscenidad – y el secreto de su influencia, en el arte todo romántico de hacer el espíritu cómplice de sentimientos que no logra percibir en la bruma sutil en que se ocultan a su crítica. Lo que hay de animal en el hombre ahí se cubre de misterio y el que escucha con alegría un mensaje en que aprende que sus instintos le reservan las más altas revelaciones.

Si basta que consienta para realizarse, su unidad ya no es problema, ya no representa una conquista lenta y difícil a través de mil obstáculos que solo un heroísmo es a veces capaz de superar. Solo tiene que abandonarse a su naturaleza para cosechar el fruto de un descubrimiento del que siente ya el vértigo embriagador. Le ayuda un lirismo dándole el encanto de un acuerdo supremo: la bestia se ha hecho dios.

La naturaleza y el impulso irresistible que asegura la propagación de la especie

La poesía no tenía que esforzarse para llegar a esta identificación: la naturaleza tenía todas las ventajas. Y ahí está precisamente todo el drama. El hombre y la mujer no son solamente personas destinadas a realizarse la una en la otra, sino también organismos complementarios cuya unión condiciona el futuro de la especie. Por eso, para ella, no son nada más que portadores de gérmenes machos y hembras.

Cómo provocar la fusión de esos gérmenes, ese es para ella todo el problema: se trata de cerrar el circuito por donde pasará la corriente de la vida. El medio más seguro para logarlo es comunicar a los portadores de los gérmenes las afinidades que reinan entre las células germinales, de modo que un impulso irresistible los lleve el uno hacia el otro, como sucede a las células mismas en el momento de la fecundación. En todo caso, todo sucede como si este fin hubiera sido fijado y esa solución, escogida.

Para lograrla, habrá que concentrar en ese objetivo todo el interés de las dos partes, desarrollando en ellos una atracción que llegue infaliblemente a su unión. En otras palabras, habrá que identificarlos con el genio de la especie, con su voluntad de durar, como si solo existieran en ella y para ella, como si no tuvieran otra razón de ser que la de asegurar su perpetuidad. (10)

En el psiquismo humano, la magia del estado amoroso

Ese es un programa más complicado de lo que parece. En efecto, si es verdad que el desarrollo del cerebro determina un grado creciente de independencia y de autonomía, y si la preponderancia del cerebro sobre todo el sistema nervioso no es tan perfecta en ninguna parte como en el hombre, si, en consecuencia, nuestro cerebro no se limita a responder por reflejos automáticos a las excitaciones que le llegan sino que es capaz de sacarles el partido que parece más conforme con los intereses de nuestra vida individual, dando a todo acontecimiento consciente la coloración psíquica que nos es particular: para plegarnos a los fines de la especie habrá que integrarlos a nuestro psiquismo de tal modo que al buscarlos tengamos la impresión de no obedecer sino a nuestros propios impulsos. Si la naturaleza lo logra, habrá asegurado a la especie el máximo de posibilidad, en la medida en que está en su poder.

Y parece que tuvo éxito, tanto que el sex appeal es prácticamente la única consigna que reúne indistintamente la inmensa mayoría de los hombres. Como dio a ciertos animales (batracios, reptiles, peces) un adorno nupcial que aparece en el momento de la reproducción, también suscitó en el psiquismo humano la magia espléndida que constituye propiamente el estado amoroso.

Los individuos que posee son transportados a un mundo nuevo donde las estimaciones ordinarias pierden toda realidad. El ser amado toma un valor único que oblitera todo lo que no es él, ejerce una fascinación irresistible, se vuelve un mundo y tiende a hacerse dios. Toda la vida del ser que ama está suspendida a su presencia, a su aprobación y a su buena voluntad, y parece no existir sino en función de él, como su criatura y su creación.

En un instante, todas estas categorías pueden transformarse. Los principios mejor fundados la vigilia ya no cuentan; los afectos más caros pierden su necesidad, las responsabilidades más seriamente asumidas ya no tienen eco. Solo existe él, la necesidad de perderse y de crecer en él, la necesidad de confundirse con él en la unión total que abolirá toda separación.

Así nos dirigimos, por caminos trazados de antemano, hacia el gesto que esperaba la especie, creyendo alcanzar la suprema intimidad en una confusión física, calcada sobre la de los gérmenes que suscitaron el vértigo: para realizar la suya. No hay nada tan patético como el desarrollo estereotipado del deseo que conduce siempre los individuos al mismo punto, reduciéndolos cada vez más a sus complementariedades biológicas, hasta que su psiquismo alcance el nivel de las células germinales cuya conducta imitan.

De las necesidades del ser animal a las más altas beatitudes

Hay naturalmente numerosos grados y matices variados al infinito en la asimilación a la química orgánica. Unos obedecen más a la atracción del misterio, los demás, al deseo de placer. Unos siguen simplemente la inclinación natural, otros le añaden refinamientos sabiamente calculados. La ternura y la estima se mezclan para unos, mientras que los demás solo buscan una voluptuosidad cómplice. Para terminar, unos ven solo una necesidad del ser animal donde otros pretenden descubrir el secreto de las más altas beatitudes.

Solo hemos considerado el caso más típico y más honroso que ilumina los demás, que domina la literatura amorosa y que se impuso a la conciencia humana como el único amor conforme con nuestra naturaleza, que es carne tanto como espíritu.

La parte de la carne es evidente, y la naturaleza no se preocupa por el espíritu

Se podría discutir sin fin sobre esta fórmula que es mucho menos clara de lo que parece. La parte de la carne es bastante evidente y no le faltan defensores. La parte del espíritu es mucho menos clara y tiene pocos abogados. ¿Cómo explicar esta tan extraña desigualdad regular? Por el hecho de que la naturaleza, en el sentido físico, no se preocupa por el espíritu. Montó mecanismos cuyo funcionamiento normal debe asegurar la propagación de la especie, gobernados por reflejos neuro-endocrinos diversamente combinados con sensaciones externas o internas en que están implicados muy especialmente, junto con el sistema nervioso vegetativo, además de las glándulas constitutivas del sexo, la hipófisis y la tiroides. Este dinamismo neuro-humoral, mantenido por secreciones internas coordenadas con influjos nerviosos, forma la base de la emotividad amorosa. La orquesta está organizada, las partituras escritas con hormonas y neuronas: y de repente estalla el inmenso preludio del himno a la vida.

Los individuos se imaginan que es en su honor, pero en realidad es la especie que celebra su inmortalidad en la emoción misma que los hace concurrir a ella. Creen realizarse al máximo cuando están más dominados por una magia celular elaborada a sus intenciones. En adoración mutua, se atribuyen una magnificencia que no es más que el adorno nupcial con que los reviste un momento la naturaleza, para someterlos a sus fines.

Porque con esta música sucede como con la que brota de un cristal cuando lo tocamos. Poco importa quien toque, siempre es el mismo encanto armonioso. Las resonancias son de la materia que vibra y no de la mano que las suscita. Pasa lo mismo con la embriaguez amorosa: los contactos de los individuos hacen brotar del teclado de la especie una sinfonía cuyos autores no son ellos. Basta que tengan la ilusión de serlo para que cumplan lo que la naturaleza espera de ellos, mientras que el placer, como un estupefaciente, adormece sus facultades críticas. En efecto, mientras más se obliteran ellas, mejor garantizado está el porvenir de la especie, pero a expensas del amor.

Las magnificencias que exaltan el fervor amoroso son dadas

En un universo ciego en que el hombre choca con la indiferencia de las cosas, lo hemos visto tender a la persona buscando una intimidad en que el alma descansaría en su semejanza, descubriendo un rostro cuya mirada contendría el mundo entero en su luz. Hemos hecho explícitas las condiciones de tal encuentro, el despojamiento que requiere y las exigencias que impone para lograr la transparencia en que se realiza. El fervor amoroso no conoce nada semejante; para él no tiene sentido un esfuerzo interior. Las magnificencias que lo exaltan son dadas, solo hay que gozarlas.

El misterio del ser amado está ya alcanzado en las afinidades endocrinas cuyo acorde estimula un intercambio de intimidades. El encuentro está realizado. Solo falta expresarlo en la unión en que se consumará la fusión.

La naturaleza hace su trabajo; ¿hacemos nosotros nuestro trabajo de hombres?

La trampa no podía estar mejor montada. Si la realización de un deseo físico efectúa la de nuestras aspiraciones metafísicas, el instinto no tendrá ya obstáculo hasta el compromiso supremo que el espíritu, engañado, reivindicará como el derecho del amor sin ver que no hace más que obedecer al despotismo de la especie.

Muy pocos se dejarán convencer. Responderán que lo natural no puede ser ilusorio y que acusar la naturaleza por nuestras propias fallas es puramente gratuito. No la acusamos. Hizo su trabajo montando mecanismos que aseguran la vida del individuo y de la especie, manteniéndolos, en lo posible, en equilibrio con el universo en que se encuentran. No tenía que ocuparse del espíritu cuya autonomía excluye toda intervención exterior, y cuya exigencia creadora no puede dejarse imponer un mundo hecho y terminado. Si tales mecanismos se han convertido en trampa, eso no es falta suya – la noción de falta carece además de sentido al nivel de actividades físico-químicas – es más bien la nuestra, en la medida en que rehusamos cumplir con nuestra tarea de hombre.

Pero ¿cómo resistir a la magia que nos embruja por medio de un encanto irresistible, y por qué sofisticar un impulso natural levantando barreras artificiales para comprimir su expansión? A esto se podría responder que los apologistas de la naturaleza admiten generalmente muy bien que le impedimos su intención primera que es la fecundidad.

La vocación del espíritu es la libertad

Pero la verdadera respuesta es que jamás debemos aceptar la naturaleza, mientras un automatismo absoluto no cierre la puerta a toda intervención. La naturaleza es todo lo que tenemos por nacimiento, lo que es dado, lo que no hemos escogido, lo que debemos soportar. Y la primera manifestación del espíritu consiste en rehusar soportar. No es algo que se puede forzar, obligándolo a ceder mediante violencia exterior. Cede a motivos de los que sigue siendo juez soberano. Puede sin duda equivocarse, dejarse seducir, mintiéndose a sí mismo bajo influencia de inclinaciones egoístas cuya dominación acepta. Pero no hace sino exasperar las exigencias que constituyen un privilegio al cual no puede renunciar sin caer bajo sanciones interiores que le es imposible eludir.

Su vocación a la libertad no soporta excepciones. Debe ser libre de todo y ante todo de sí mismo. No tiene que aceptarse, soportarse a sí mismo sometiéndose pasivamente a todas las tendencias que encuentre en sí mismo. Es dado como naturaleza, como mundo llamado a desarrollarse al interior de un clausura infranqueable, no es dado como autonomía: no puede serlo ya que ésta implica la libre disposición de sí en el don total de sí mismo, en lo más íntimo de su ser, único que puede realizarla.

El espíritu debe conquistar su propia intimidad – como se conquistan todos los bienes espirituales, como se conquista la verdad – haciéndola totalmente permeable a la luz, en la transparencia de un amor sin repliegue.

Lo hemos subrayado a propósito de Lady Macbeth: no entramos en nuestra propia intimidad como en un molino. Toda la tragedia de esa usurpadora es precisamente que no puede usurpar su vida interior. La arrojan fuera de sí misma porque es indigna de habitarse. Su alma se levanta ante ella como un muro porque no trata de penetrar por el interior, aceptando la responsabilidad de su crimen para entrar en la verdad de su conciencia.

El amor no es un impulso en que se pierde el control de sí mismo

Aquí descubrimos un motivo específico que refuerza el motivo genérico al que acabamos de aludir. Dijimos: el espíritu no debe jamás soportar nada, jamás debe aceptar pasiva y ciegamente las leyes de la naturaleza, al contrario, debe elevarla al niel de su propia autonomía, convirtiendo en cuanto sea posible todas las servidumbres en libertad. No puede pues, sin traicionarse a sí mismo, abandonarse sin control a las solicitaciones endocrinas, que son la fuente del vértigo amoroso.

Ahora podemos añadir: si se abandona a ellas, peca directamente contra el amor en que se apoya para autorizar su licencia y lo hace imposible. Porque el amor no significa nada si no identifica dos intimidades en la única realidad que las constituye, cumpliendo sus más altas exigencias en la transparencia de una libertad soberana.

¿Cómo imaginar un solo instante que en nombre del amor podamos vivir juntos, y menos aún, que comprometamos la vida para entregarnos a un impulso en que perdemos el control de sí mismo haciéndonos extranjeros al infinito diáfano en que descansa el amor? Eso supera la inteligencia. Pero no es difícil comprender por qué la unión física ha tomado tanta importancia. Es que la verdadera intimidad, como la verdadera libertad, en la mayoría de los hombres, solo existe como exigencia no realizada, cada vez más vagamente percibida a través de la corteza de los instintos que ahogan el alma bajo el peso de sus necesidades.

La carne, vestigio de un ideal

Entonces, la unidad de un sueño confuso mantiene la nostalgia, sin tener un centro personal en una vida interior casi inexistente, solo puede probar fortuna por las vías trazadas del erotismo carnal. El lenguaje carnal del amor será el único vestigio de un ideal que ya no comprendemos: “¡Te amo!” ¿Pero dónde estoy yo y dónde estás ? ¿Quién soy yo y quién eres tú? Ya no hay nadie: el amor perdió su rostro y con él, el hombre y el universo.

El genio de la especie prosigue solo inocentemente su misterioso trabajo, uniendo según un ritmo determinado las glándulas endocrinas y los conductores nerviosos para provocar en el organismo las modificaciones que los individuos, sometidos a sus fines, interpretarán como la expresión más personal y audaz de sus propios sentimientos.

Y sin embargo, como decía alguien que sabía ser sincero, no estamos muy orgullosos de haber sido como animales.”

Una unión física que sería símbolo de la unión espiritual

No faltará quien objete aquí que nosotros cambiamos el cuadro, que la unión física no impide la unión espiritual, sino al contrario, es su símbolo y la refuerza al expresarla.

Estamos demasiado convencidos de la necesidad de símbolos, y sabemos muy bien qué condicionada está la vida interior por los signos que la despiertan, la hacen crecer y la demuestran para no hacer justicia a este argumento. Pero para jugar este papel, un símbolo debe estar al nivel de la realidad significada.

“El misterio, dice admirablemente Rodín, es como la atmósfera que rodea las obras de arte muy hermosas.” (11)

Pero justamente, por estar rodeado de ella, solo lo percibimos a él. El tema, sea cual fuere, solo nos interesa en razón de la luz en que la Belleza revela su presencia. No le hace pantalla, es consumado por ella, y si la manifiesta es porque renuncia a hacerse notar para eclipsarse en ella.

De esa misma manera, el cuerpo debe ser símbolo de nuestra intimidad. Debe adoptar su ritmo, identificándose con su despojamiento, su transparencia y su libertad. Debe adoptar una inflexión interior que repugne a toda posesión, obligando la mirada a percibirlo por el interior, en la luz del rostro espiritual que lo viste de claridad, en la unidad diáfana “en que cada punto parece tener conocimiento de todos los demás.” (12)

Entonces, de verdad, el cuerpo irradia con belleza incomparable, da testimonio de su humanidad, de su vocación divina y de su eminente dignidad. Pero la intimidad misma cuyo misterio vivo hacen sensible todas sus fibras, le prohíbe todo contacto que no sea conforme con sus propias exigencias de independencia y de verdad.

Nos damos cuenta de que disiparíamos todo su imponderable encanto, si intentáramos captar lo que es imposible poseer. No existe sin duda amor perfecto sin ternura expresada en gestos que imprimen su evidencia en la sensibilidad. Pero si pretenden ser el contacto de dos intimidades suficientemente puras como para fundirse realmente en una sola, es necesario que se purifiquen en el candor del encuentro y que las manos que se unen tengan el impulso virginal de las almas que intercambian su claridad. Entonces de seguro, el amor alcanza su cumbre: cuando ningún deseo perturba la mirada, cuando los elementos cósmicos, los impulsos banales y comunes han sido superados, cuando la seguridad es tan completa que cada uno siente la presencia del otro como la luz de su propio recogimiento, cuando la persona puede por fin revelar la unicidad divina de su rostro, cuando se inaugura en silencio una conversación capaz de durar eternamente.

Un amor imperfecto preferible a un símbolo inadecuado

No logramos comprender que la sumisión a un instinto no conquistado, que un comportamiento calcado sobre el de las células germinales y que la búsqueda de un placer irracional constituyen el símbolo más apto para expresar una unidad que solo es real en la circumincesión diáfana de dos intimidades enteramente liberadas de ellas mismas y de todo.

Pero entendemos muy bien que un amor imperfecto, fundado sobre una libertad incompleta y frágil no finja haber alcanzado esas cumbres y dé al instinto el lugar que tiene realmente en los individuos, para evitar una represión más peligrosa que una pretendida virtud impuesta por un decreto imprudente de la voluntad, y para colmar en lo posible lo que falta a la perfección del amor, por todo lo que puede dispensar de dulzura un impulso amoroso sinceramente ordenado a un amor mayor.

No se trata de parecer lo que no somos, y aún menos, de obligar a ello a su pareja: pero tampoco hagamos pasar un amor imperfecto por el amor ideal. El amor perfecto es sin duda tan raro como la santidad. Pero no está prohibido imaginarlo.

“Yo estaba siempre algo decepcionada, decía una viuda evocando sus recuerdos, al constatar que la ternura de mi marido era siempre el preludio de su deseo.”

Así expresaba con una modestia conmovedora, el deseo de gratuidad que está en el centro del verdadero amor.

Un padre y una madre que el hijo hubiera podido escoger

Pero entonces, diríamos, ¿cómo nacerán los hijos? Porque finalmente ese amor estratosférico, si tuviera muchos adeptos, acabaría por la extinción de la especie humana. Para responder a esta objeción, diríamos: hablen con su hijo. Pregúntenle qué padres habría elegido si hubiera podido escoger, y en qué condiciones hubiera querido nacer, y si les importa su pureza, pregúntense qué autoridad tendrán para preservarla si las palabras que ustedes le dicen carecen de valor para ustedes.

Pues finalmente, en nombre de qué principios podrán alejarlo de la voluptuosidad que para ustedes es la esencia del amor, si no se resignan a prescribirle la represión de un instinto que ustedes mismos no han podido ordenar y liberar en ustedes mismos. Den un paso más: ¿qué le dirán el día cuando tengan el deber de revelarle el sentido de las fuerzas creadoras que lleva en sí, si no piensan esquivarlo por cobardía y desean conservar su confianza y su estima?

Pienso que ese día desearán que su concepción haya estado dominada por tal sentido de sus responsabilidades para con él, por tal respeto y amor de su persona – al menos virtualmente comprometida en su unión – que puedan contarle exactamente cómo sucedieron las cosas y que ustedes aparezcan entonces verdaderamente como el padre y la madre que él hubiera elegido.

Y en adelante, hagan de ese hijo el testigo ideal de su vida conyugal, y reconocerán que el medio más seguro para obtener toda la alegría es precisamente integrar en ella ese sueño de pureza, a través del cual todo hijo inocente se representa un día a sus padres, y quizá llegarán a la conclusión, como conviene, de que no existe voluptuosidad más perfecta para la carne que estar en la luz del espíritu, como no existe para el amor felicidad más grande que identificarse con una intimidad que no teme entregarse, descubriendo en ella la luz misteriosa donde brilla con vida el rostro de la Verdad que respira el Amor.


(1) André Lhote, 1885-1962, es un pintor, escultor y teórico del arte, uno de los representantes del movimiento cubista. Los pintores cubistas adoptan en sus composiciones la multiplicidad de puntos de vista: un mismo objeto es representado al mismo tiempo de frente, de arriba y de perfil…. No es la realidad de la visión pero sería la del conocimiento. Para A. Lhote, la visión, que es subjetiva, que es el “punto de vista accidental”, cedería su lugar a un enfoque conceptual de lo real, “que es el punto de vista absoluto”.

(2a) Flaubert, Lettre à Louise Collet, 23/12/1853

(2b) Flaubert, Lettre à Louise Collet, 22/04/1854

(2c) Flaubert, Lettre à Louise Collet, 29/11/1853; y también en Les pensées

(3) Einstein e Infeld, La evolución de las ideas en física, 1936

(4) Bachelard, Le nouvel esprit scientifique (1938).

(5) Lecomte du Noüy, l’homme devant la science (1939), p. 273

(6) Cita del profesor Pierre Javet, probablemente en el libro La figure de l’univers. Cosmologies modernes, Neuchâtel, 1947.

(7) Cita en Le Combat avec le démon: Kleist- Hölderlin- Nietzsche de Stefan Zweig, 1937. “Ese silencio transforma en infierno la última, la séptima soledad de Nietzsche: se rompe el cerebro contra su muro metálico. “Después de un llamado como era mi Zaratustra, salido de lo más íntimo del alma, no escuchar una sola palabra de respuesta, nada, nada, siempre exclusivamente la muda soledad, desde ahora mil veces más dolorosa, es algo que supera todos los horrores y el más fuerte puede morir de ello.”

(8) Palabra que designa las relaciones de las Personas en la Trinidad.

(9) Diálogo de Fausto y Margairta:

Margarita: ¿Crees en Dios?

Fausto: ¿No extiende el cielo su bóveda allá arriba y la tierra su firmeza aquí abajo? ¿Y las estrellas eternas no se levantan mirando alegremente? ¿No se hunden mis ojos en los tuyos, y no se apretuja todo en tu cabeza y en tu corazón, moviéndose todo en eterno misterio, invisible y visible a tus lados? Llena tu corazón de todo eso, tan grande como sea, y cuando sientas que eres plena felicidad, entonces nómbralo como quieras: llámalo felicidad, corazón, amor, Dios. Aquí el sentimiento es todo, los nombres: ruido y humo que ocultan las nubes el incendio del cielo.

(10) En otras palabras, como si los individuos no constituyeran sino el “medio de cultura perecedero que asegura temporalmente el mantenimiento de la perpetuidad del germen”.

(11) August Rodín, El Arte, conversaciones reunidas por Paul Gsell, 1911, capítulo 9, El misterio en el arte.

(12) Alusión a la descripción del Retrato de la Sra. Cézanne en el sillón rojo de Rilke. “Es como si cada punto del cuadro tuviera conocimiento de todos los demás. Tanto participa cada uno y tanto se combinan en él adaptación y rechazo; tanto vela cada uno a su manera al equilibrio y lo asegura; así también el cuadro entero, en fin de cuentas, hace contrapeso a la realidad.” (Carta del 22/10/1907 a Clara Rilke.)

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