Artículo de Mauricio Zúndel, en la Revista Foi Vivante, trimestral de espiritualidad de Bruselas, N °4 - Julio/Sept. 1960. La Cruz de Cristo es la manifestación más evidente de la presencia de Dios dentro de nosotros que da a la vida humana una dimensión infinita. Se añadieron los títulos.

La casa y el hogar, muros y corazón

Bruselas, como todas las ciudades del mundo, crece sin cesar con nuevas casas. Cada una de ellas se prepara a acoger nuevos hogares y en cada uno de esos hogares se enciende la lámpara del amor. Porque un hogar no está constituido por los muros de la casa, por los muebles que la disponen, sino por el don misterioso que las personas se hacen una a otra. Los esposos y los hijos esperan uno de otro, y los hijos esperan de sus padres, el bien supremo que sólo una persona es capaz de comunicar.

¿Qué hay en el hombre?

¿Qué hay en el corazón del hombre para que su felicidad dependa esencialmente del don que sólo el hombre puede hacer al hombre? Wilde, el gran poeta, cuando hubo perdido su hogar, descubrió en la prisión la órbita de su alma, la inmensidad del mundo interior que no había encontrado antes. Y cuando fue privado de la paternidad, dijo esta frase magnífica: “El corazón de un hijo es como el corazón del Señor. Yo no soy digno ni del uno ni del otro”.

¿Qué hay en el hombre para que el sufrimiento de un niñito haya suscitado en los grandes novelistas rusos del siglo 19 tanta emoción y tanta pasión? Dotados de tan gran genio, estos hombres (pienso ante todo en Dostoievski) cantaban que en un niño inocente hay un tesoro tan sagrado e inviolable que desconocer la grandeza de ese niño, desconocer su carácter sagrado, es atacar directamente a Dios.

¿Qué hay en el hombre para que Camus sienta que el hombre no pertenece al mundo, que el hombre tiene un estatuto único, que el hombre es la única criatura que rehúsa ser lo que es y aspira a otra cosa que no puede ser contenida en ninguna dimensión, que sólo puede respirar en lo infinito? A la samaritana que quería situar a Dios en una montaña, Jesús le hizo comprender: “¡No, Dios no está en una montaña, Dios está dentro de ti!” Dios está en ti como una fuente que quiere brotar hasta la vida eterna.

En el hombre está pues todo lo cognoscible, todo lo imaginable, todo lo que los poetas han soñado, todo lo que los sabios han tratado de conocer, todo lo que los seres capaces de amar han buscado jamás en el amor. Todo eso está en nosotros como una fuente oculta, como un tesoro desconocido y con frecuencia despreciado.

Dios, un corazón de madre

La Cruz de Cristo… es la manifestación más evidente de la presencia interior que da a la vida humana una dimensión infinita.

La cruz de Cristo nos hace volver ahí, justamente porque es la manifestación más evidente de la presencia interior que da a la vida humana una dimensión infinita. Ella es esa presencia en nosotros, pero herida, afligida, desconocida, crucificada en nosotros y por nosotros. Porque eso es lo que importa subrayar: el memorial de la cruz no significa un sacrificio que ofrecemos a la majestad de Dios para compensar los ultrajes, impotentes por otra parte, que le hemos infligido. El memorial de la cruz nos introduce en los abismos del amor, porque el corazón de nuestro Dios es el corazón más infinitamente maternal que podamos concebir, o mejor, que es inconcebible, como la fuente de todas las ternuras, de todos los heroísmos de que una madre humana jamás haya sido capaz. En efecto, la parábola más hermosa de Dios es el amor de la madre que se identifica con su hijo hasta vivirlo más que él mismo.

La historia de la madre que no dejará de esperar en su hijo

Tuve el privilegio extraordinario de conocer el amor maternal llevado hasta el heroísmo insuperable. Conocí la espera del alma de una madre que estuvo esperando a su hijo por más de 30 años, tomando sobre sí misma el oprobio de él, sufriendo su deshonor, atormentada por su libertinaje y sus vicios, y no por sí misma, sino por él y en él. Conocí a esa madre que es una columna de oración y de silencio, que jamás se cansará de dejar la puerta abierta esperando a su hijo, el cual viene por fin, descubre el rostro de su madre, y en ese amor inagotable descubre la grandeza de su alma. Comprende que ella llevó toda su miseria, que ella lo engendró de nuevo porque creyó en su grandeza humana, creyó en la gracia, creyó en la presencia que es la vida de nuestra vida. Ella sabía que para darle ese tesoro, para restituirlo, para hacerlo sentir, para hacerlo conocer, se necesitaba nada menos que el don de sí misma, la larga y silenciosa inmolación que es la medida del alma de su hijo.

El plan de relaciones de Dios con los hombres

Dios es infinitamente más madre que todas las madres.

Dios se identificó con esa madre en Isaías: “Aunque una madre pueda olvidar a sus hijos y no recordar el fruto de sus entrañas, yo, dice el Señor, no os olvidaré jamás” (Isaías 49:15). En el Profeta, el amor de la madre es insuperable. Sólo el amor de Dios lo puede superar, porque Dios es infinitamente más madre que todas las madres.

Dios no es alguien que alimenta la ira de un eterno resentimiento. Dios, el Dios que se revela en Jesucristo, no es un Dios vengador, Dios no necesita nuestra humillación. Dios no necesita nuestros homenajes. Su relación con nosotros y la nuestra con él se sitúan en otro plano, en el plano al que Jesús conduce la samaritana, porque Dios es espíritu y los adoradores que busca son los que lo adoran en espíritu y en verdad.

En el dominio del espíritu sólo hay una exigencia, la de la generosidad, no hay sino una ley, la de la gratitud, no hay sino una relación posible, la de la reciprocidad.

Y en el dominio del espíritu sólo hay una exigencia, la de la generosidad, no hay sino una ley, la de la gratuidad, no hay sino una relación posible, la de la reciprocidad. Por eso si Dios se ofende con nuestras ofensas, si se ofende por nuestras fallas, por nuestra indignidad, por nuestro egoísmo, si se ofende quizá por nuestra indiferencia, no es por él sino por nosotros. No es en él sino en nosotros.

El sentido del sacrificio de la cruz

Es la extraña justicia de la madre que se sustituye al hijo culpable.

Ese amor ofendido en nosotros y por nosotros es el que se revela en la cruz de Jesús. Y el sacrificio de la cruz no es el sacrificio que aplaca la ira, que desarma la justicia, es la extraña justicia de la madre que se sustituye a su hijo culpable y que hace de todo su ser el contrapeso de luz y de amor que abre el corazón del hijo a la luz y al amor. Pues para el amor no hay más recurso, más posibilidad que esa: el amor es pura generosidad, el amor quiere hacernos entrar justamente en su ciclo de generosidad, y sólo puede liberarnos de nosotros mismos y de nuestras posesiones, y de nuestras adherencias por medio de su infinita pobreza.

En la cruz de Jesús, el amor eterno tiende los brazos hacia nosotros. En la cruz de Jesús se nos quiere restituir la presencia íntima que nos habita, ofendida en nosotros y por nosotros. O mejor, quiere hacernos presentes a ella, a fin de que el bien que ella es, el tesoro infinito que constituye, sea verdaderamente para nosotros la fuente de todas las alegrías y el espacio mismo en que respira nuestra libertad.

En una palabra, lo que nos enseña la cruz es la inmensa grandeza del hombre. El hombre que comienza a salir del globo terrestre, el hombre que se prepara a viajes espaciales, el hombre que ha descubierto mediante sus cálculos la inmensidad del universo y que es más grande que el universo pues como decía san Juan de la Cruz “un solo pensamiento del hombre es más grande que el mundo entero y solo Dios puede llenarlo” (1)

El hombre debe ensanchar su amor

Al hombre de hoy, al hombre de 1960, la cruz de Cristo aparece justamente como la revelación y la realización de su propia grandeza, grandeza semejante a la de Dios, procedente de la de Dios, totalmente llena de la de Dios, grandeza de generosidad y de amor. Porque ¿de qué sirve ir hasta los astros, de qué sirve salir del planeta, si es para llevar a la luna o a Mercurio o a Venus nuestros conflictos y rivalidades?

¿Cómo se ampliaría nuestro amor sino descubriendo en cada hombre… toda la extensión del Reino de Dios?

Es claro que a la conquista del espacio debe corresponder la inmensidad del alma, una expansión incomparable de nuestro amor. Y ¿cómo puede ensancharse nuestro amor sino descubriendo en cada hombre, en el más sencillo y desarmado, descubriendo en cada uno toda la extensión del Reino de Dios? Porque en adelante, como dijo Pasternak, la historia de una sola alma, la historia de un alma individual llena toda la extensión del universo.

Es esencial que tomemos conciencia de nuestra grandeza, que tomemos conciencia de la inmensidad del don de Dios que hace de nosotros sus hijos.

Sí, es esencial que tomemos conciencia de nuestra grandeza, que tomemos conciencia de la inmensidad del don de Dios que hace de nosotros sus hijos, hijos iguales, para crear con él un universo de luz, de alegría y de belleza. La cruz de nuestro Señor, fruto de la pasión de Dios por la humanidad, del inmenso amor que es nuestra cuna, nos revela de manera incomparable nuestra vocación de hijos ya que nos llama al matrimonio espiritual en que todos los grandes místicos vieron el fin de nuestra identificación con Dios.

Y eso es lo que deseamos retener mirando la cruz, ese llamado a la grandeza, ese llamado a la unión, ese llamado a la identificación, recordando que Dios es madre más que todas las madres, que en el corazón de Dios hay una pasión sorprendente y maravillosa y que la pasión de Dios es justamente la grandeza del hombre.

(1) Nota: máxima del manuscrito autógrafo Andu-jar: “Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo; por tanto solo Dios es digno del”

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir