Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana, el 22 de agosto de 1965. Evangelio de Marcos 7:31-37 (1). Publicada en Ton visage ma lumière p.251 (2). Se añadieron los títulos.

 

El Evangelio de hoy nos pone en contacto con el secreto mesiánico, una de las características más conmovedoras del Evangelio de san Marcos.

“¡No decir nada a nadie!”

Si comparamos este Evangelio que nos dice que no divulguemos un milagro que acaba de suceder, con los procedimientos usuales en ciertos evangelios sinópticos, nos sentimos inmediatamente interpelados por la sobriedad de los Evangelios canónicos.

Los evangelios de la Infancia de Jesús en particular inflaron las narraciones con prodigios inverosímiles, absurdos y crueles: Jesús da vida a pájaros de barro, hace morir uno de sus camaradas que lo insultó… Al contrario, el Evangelio de San Marcos insiste en subrayar la desconfianza que Cristo siente frente a los signos que salen de su Amor.

Sabe muy bien que lo que llamamos milagro es equívoco y es un arma de dos filos: ahí se puede ver un acto mágico así como una intervención del Amor.

Y por eso san Marcos sistematizó en cierto modo la prohibición que acompaña a menudo el milagro en su narración, la prohibición de divulgarlo; como prohibirá Jesús a sus discípulos utilizar el título de Mesías para designarlo a él, en razón de todo el equívoco de que está cargado ese título.

Él tiene un secreto, un secreto interior, un secreto de Amor que solo el Amor es capaz de defender en el evangelio de hoy y de encontrarlo, la consigna de guardar el secreto, el prodigio, para que siga siendo una realidad interior que conduzca al descubrimiento de Dios.

San Pablo nos dará la teología de ese silencio y de esa discreción en el Evangelio de la Caridad, diciéndonos: “Si tuviera la fe hasta transportar las montañas, sin amor no soy más que címbalo que resuena y campana que suena” (1 Co. 13:1-2).

Y los Hechos de los Apóstoles nos presentan en Simón el mago el hombre ávido y curioso de prodigios que quiere pagar con dinero a los Apóstoles el poder de hacer milagros. Y Pedro rehúsa con excepcional severidad esa pretensión tan contraria a la religión de Jesús.

Lo más milagroso de los milagros de Jesús es justamente que les atribuye menos precio en relación con la divinidad popular y no los acepta como sobrenaturales como los actos del Espíritu y del Amor.

Solo hay milagro porque el mundo está en desorden

Y cuando aparecen, la discreción milagrosa que nos hace sentir de inmediato que el milagro no era tal sino en el mundo desordenado en que estamos. En un mundo donde reinare el Amor no habría milagro, todo sería milagro. El milagro brilla en nuestra experiencia imperfecta, porque la acción divina está fraccionada, parcializada por nuestra división y nuestra propia parcialidad.

Si estuviéramos totalmente enraizados en Dios, el universo entero lo estaría y todo estaría perfectamente ordenado según el orden del Amor, tan presente en el corazón de Dios.

El milagro nos vuelve al orden del Amor

Y justamente, esta consigna de Jesús en el Evangelio de hoy nos vuelve al orden de Amor que es el orden eterno, y nos revela un flujo de amor que no es ante todo un poder que se impone, un poder visceral de las leyes del universo, un poder al que deberíamos someternos, sino que es ante todo y esencialmente, física y totalmente Amor. Dios es Amor y solo tiene Amor. Puede todo lo que puede el Amor y no puede nada que no pueda querer el Amor.

Sería pues un error en la visión del milagro en Marcos dar a los milagros de Jesús un valor que él mismo les negó. Siempre, a través de esos signos pedagógicos, a través de esos signos destinados a atraer la atención sobre el secreto y el misterio de su Persona, de llegar a su infinitud.

No hay que olvidar que en tiempos de Jesús el milagro, quiero decir lo sobrenatural del milagro, era lo más difundido en el mundo religioso en que se prestaba mucha más atención a los hechos excepcionales que a la vida profunda del espíritu. Y en el pozo de Jacob, Jesús introduce la samaritana en los secretos supremos del Espíritu.

De todo lo que Jesús le dice, resulta que lo esencial es el espíritu y que su Amor no puede quedar ante la situación sin prestar una ayuda que será signo válido; él sabe finalmente que nada cuenta comparado con la conversión del corazón y que la conversión supone un encuentro de nuestra intimidad con la suya.

Una creación que no resulta de un gesto mágico, una creación que es una Historia de dos, una creación que supone reciprocidad de Amor.

El mundo está inconcluso, aspirando con dolores de parto a su plena realización

En el centro del Evangelio de hoy vemos perfilarse el mensaje de un Dios que es todo Amor, de una creación que no resulta de un gesto mágico, de una creación que es una Historia de dos, de una creación que supone reciprocidad de Amor, de una creación que fracasará si la criatura inteligente no juega su papel y no consiente con el orden del Amor.

Y ya escuchamos el famoso texto de san Pablo a los romanos que nos presenta el universo sometido a la vanidad contra su voluntad por el hombre que se ha alejado de Dios, y aspirando a la revelación de la libertad gloriosa de los hijos de Dios, el universo que sufre con dolores de parto y que no corresponde al orden del Amor (cf. Rm. 8:19-22).

Pero aún más profundamente, en el horizonte del incidente de la curación del sordo-mudo, vemos levantarse el misterio de la Cruz: sí, Dios puede fracasar, Dios puede ser vencido, Dios puede morir. Finalmente, en un universo que se rehúsa, no puede sino morir para hacer contrapeso con la inmensidad de su Amor a todos nuestros rechazos de amor.

Hay algo infinito en esta consigna del silencio,… toda la novedad de la Nueva Alianza se perfila,… Jesús viene a revelarnos un rostro de Dios,… el único al que podamos apegarnos, ese rostro de Amor.

En este relato tan sobrio y conmovedor en la manera de expresarse, en la consigna de silencio, hay algo infinito pues inmediatamente toda la novedad de la Nueva Alianza se perfila en nosotros y comprendemos que Jesús viene a revelarnos un rostro de Dios que aún no se había manifestado, el único al que podamos apegarnos, el rostro de Amor que nos introduce en una reciprocidad tan profunda que la acción de Dios es ahí condicionada por nuestro consentimiento.

El marxismo rechaza a Dios porque impide que el hombre realice la aventura prodigiosa que hará de él un creador. Y otros, que combaten el marxismo, afirman un dios que es el guardián de sus privilegios, y en los dos casos es un falso dios.

El verdadero Dios no puede hacer nada en nosotros sin nuestro amor

El verdadero Dios es el que luce en el silencio y la discreción de Jesús. El verdadero Dios es el que no puede hacer nada solo, el que no nos impone una existencia prefabricada, aquél que, justamente, por ser todo Amor, no puede nada en nosotros sin nuestro amor.

Todos y cada uno debemos asumir una creación en estado de bosquejo y darle en nuestro amor toda la terminación compatible con la realidad del Dios Espíritu.

Es él precisamente el que nos va a abrir el camino de una aventura infinita, puesto que estando el mundo inacabado, estando el mundo inconcluso, estando el mundo sometido a la vanidad y esperando en dolores de parto su plena realización, todos debemos asumir una creación en estado de bosquejo y darle en nuestro amor todo el terminado compatible con la realidad del Dios Espíritu.

En el Evangelio de Jesucristo, en el Evangelio que es la Buena Nueva, nos encontramos aquí en el centro de la verdad humana más conmovedora y exuberante. Nosotros somos llamados, somos necesarios, somos indispensables para un Dios cuyo poder es absoluta y rigurosamente idéntico a su Amor.

¡Qué inmensa respiración, si Dios es Amor! Si no es más que Amor, ¡qué inmensa liberación!

Entrando en la unión nupcial que Dios solo está esperando, podremos hacer de nuestra vida una ofrenda perfecta.

Ya no estamos bajo un yugo, ya no tenemos dueño en el sentido de un despotismo trascendente. En el centro de nuestro corazón encontramos un Corazón que es la fuente de nuestra vida, que nunca ha cesado de esperarnos y que nos pide hoy tomar el relevo de una generación que nos precede y que además mora eternamente junto a él. Para que hoy el mundo comience en nosotros con toda su hermosura, toda su nobleza y toda su dignidad, cerrando el anillo de oro de las bodas eternas, entrando en la unión nupcial que Dios solo está esperando, podremos hacer de nuestra vida una ofrenda perfecta o al menos, cada vez menos imperfecta, en que podrá transparentar el rostro adorable impreso en nuestros corazones, que es el rostro del Eterno Amor.

 


(1) Jesús salió del territorio de Tiro, fue por Sidón y atravesó la Decápolis hacia el lago de Galilea. Le llevaron un sordo tartamudo y le rogaron que le impusiera sus manos. Jesús lo llevó aparte de la gente, le metió los dedos en los oídos, con su saliva le tocó la lengua, alzó los ojos al cielo y le dijo “ Épheta”, que quiere decir “¡Ábrete!” Inmediatamente se le abrieron los oídos y se le soltó la atadura de la lengua, de modo que hablaba correctamente. Les encargó que no lo dijeran a nadie; pero cuando más se lo ordenaba, más lo proclamaban. Y en el colmo de la admiración decían: “Todo lo ha hecho bien, hasta a los sordos hace oír y a los mudos hablar”

Livre-Ton visage ma lumière (2) Libro « Ton visage, ma lumière, 90 sermons inédits » (Tu rostro, mi luz, 90 sermones inéditos)

 Editorial Mame, París, 2011. 510 páginas

 ISBN : 978-2-7289-1506-4

 http://www.fleuruseditions.com/livres/zundel/

 

 

 

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