Extracto del libro de Mauricio Zúndel, el poema de la Santa Liturgia, p.59 (*)

 

La oración es la respiración del alma, el fiat de la criatura en respuesta al fiat del Creador, en el misterioso diálogo que nos hace colaboradores de Dios. No se propone dar a Dios informaciones sobre nuestras necesidades que él conoce infinitamente mejor que nosotros, ni influenciar su voluntad para que las satisfaga, pues su voluntad es solo el don eterno de amor infinito. Busca solo hacernos cada vez más capaces de ese don, abrirnos a la luz, levantar los dinteles de nuestro corazón demasiado estrecho para dar paso al Rey de gloria.

Dios no necesita que le pidamos que favorezca nuestra felicidad, pues no cesa de quererla. Pero nosotros ponemos obstáculos y hacemos fracasar su amor:

“Jerusalén, cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne sus polluelos bajo sus alas, pero tú no quisiste” (Mt 23:37).

¿No es la declaración más impresionante de la tragedia divina: “Yo, tu Señor y Dios, quise, pero tú no quisiste ?

Dios siempre escucha al hombre, Dios es respuesta eterna, pero con demasiada frecuencia el hombre rehúsa escuchar a Dios.

Asociando esta inefable lamentación con el texto ya citado del Apocalipsis, se podría decir: “Estoy a la puerta y toco” (Ap. 3:20). – Dios siempre escucha al hombre, Dios es respuesta eterna, pero con demasiada frecuencia el hombre rehúsa escuchar a Dios. “Jesús oró y los hombres no lo escucharon (Pascal).

Y justamente, la oración es la respuesta a la espera eterna del amor, el cual se propone en el respeto infinito de nuestra libertad.

La oración... es solo la apertura del alma a la invasión misteriosa de la divina Presencia... A Dios le podemos pedir todo, pues todo lo que pidamos, es Dios mismo lo que le pedimos.

Entonces ya no necesitamos preguntarnos si toda oración tiene respuesta. Tiene respuesta si es verdadera oración y en la medida en que lo es, pues no es sino la apertura del alma a la invasión misteriosa de la divina Presencia y se resume toda en la invitación suprema del Apocalipsis: “¡Ven, Señor Jesús!

Es verdad que no hay diálogo sin respuesta ni matrimonio de amor sin consentimiento recíproco. Y entre Dios y nosotros debe haber matrimonio de amor. Y la oración es nuestro sí en este matrimonio cuya intimidad debe crecer sin cesar para florecer eternamente.

No es necesario formular ese , puede limitarse a una adhesión silenciosa, a una simple mirada en que se da todo el ser, a una escucha apacible en que el alma escucha sin mezclar nada de sí al que se expresa en ella en su única Palabra. Y toda oración tiende hacia la pasividad diáfana que ofrece el diamante de nuestra libertad al fuego de la eterna luz. Se puede orar sin pedir nada y sin decir palabra, para que Dios pueda expresarse libremente.

Pero también se puede orar formulando peticiones, alabanzas, acciones de gracias, murmurando confidencias o confesiones, expresando dolor, arrepentimien­to o desesperación. Nada hay más libre, más variado, más rico y más imprevisible que el diálogo de amor en que han entrado el alma y Dios.

Toda necesidad puede servir de apoyo para elevar una oración, pues a su manera cada una es la revelación y como el sacramento de la necesidad de Dios que abre en cada uno abismos que solo él puede colmar. En efecto, él es en cada uno su inagotable inquietud y su herida siempre abierta, su insaciable deseo y su misteriosa realización. Basta abrirlo a Dios, tan material como parezca, haciendo que el yo lo suelte, para que su verdadera naturaleza se revele y despliegue sus alas de azur.

Todo lo podemos pedir a Dios, pues lo que pidamos, si lo pedimos bien, es Dios mismo lo que pedimos, y todo que puede llevar a Dios en la medida misma en que él nos conduce. Nuestra oración deja a Dio juez de esa medida, a condición de que su reino venga y que él sea glorificado en nosotros como debe serlo.

Llega la hora, en efecto, en que la oración, llevada por la caridad que tiene su centro en Dios… no desea sino a Dios: Dios en sí, Dios en nosotros, Dios en todo.

Llega la hora, en efecto, en que la oración, llevada por la caridad que tiene su centro en Dios, enteramente despojada de toda mezcla, no desea sino a Dios: Dios en sí, Dios en nosotros, Dios en todo. No desea sino adherir a todo lo que Dios es en sí mismo, a todo lo que él es y quiere ser en nosotros y en toda criatura, infinitamente más allá de lo que jamás podemos comprender, infinitamente más allá de lo que nos pueda conceder.

El alma termina deseando su propia beatitud para Dios, para que su amor no tenga fracaso, para que la vocación espiritual del universo se realice, para que todo sea en la creación como lo es en Dios (2 Co. 1:19).

A propósito, no hay que engañarse sobre la apariencia antropocéntrica (centrada en el hombre) de la mayor parte de las oraciones que hallamos en los libros, incluso en la Biblia, en el misal o el breviario, y con mayor razón en los Rituales. Nuestras necesidades ofrecen un punto de partida fácil de identificar. Pero no hay que lanzarse a un vuelo sin aterrizaje cuyo trayecto es solo conocido de Dios.

Las oraciones del Misal romano tienen en más alto grado el carácter dinámico capaz de dar impulso. Son de humildad desconcertante a primera vista, como el pan de la comunión. Parecen amasadas con nuestras necesidades. Pero su sobriedad misma no nos deja detener en las palabras. Que el alma se abandone, y queda en alta mar, en abismos de luz y de noche, de dolor y de paz.

Más que oraciones, son sacramentos de oración, fórmulas inductoras de la oración esencial que habríamos tratado de expresar.

Es imposible ser más sencillo y despojado, más puro y breve, más flexible y denso que esos cuatro o cinco miembros de la mayor parte de las colectas armoniosamente equilibrados.

En tu amor infatigable, Señor,
vela sobre tu familia,
y puesto que tu gracia es nuestra única esperanza,
guárdanos bajo tu santa protección.

Sabemos muy bien además que los mayores peligros vienen de adentro y que ningún infortunio puede empobrecer un alma que es templo de Dios:

¡Presta, Señor, oído a nuestras oraciones:
que la venida de tu Hijo entre nosotros
ilumine la noche de nuestros corazones!

No deseamos tanto el consuelo, aunque necesitemos tanto el rocío celestial. La mirada va más allá de nosotros, cuando impulsada por el amor, el alma aspira a identificarse con el modelo único en que subsiste la humanidad en el Verbo y no expresa sin a él:

Dios eterno,
Tu Hijo se manifestó en la realidad de nuestra carne;
y pues reconocemos
que su humanidad fue semejante a la nuestra,
concédenos ser transformados por él
en lo más íntimo de nuestro corazón.

Solo la experiencia de toda una vida puede revelar el contenido de una oración así. Dios sabe lo que será para cada uno la conformidad con el “Hombre de dolores (Is. 53:3), antes de “encontrar en la contemplación de Dios la plenitud de la felicidad. Dios solo conoce nuestra pena y él solo es capaz de revelárnosla sin herir lo más inefable que hay en nosotros. Entonces solo él puede dárnosla sin destruir lo que merece vivir y haciéndonos morir sin matarnos. La mujer que da a luz conoce esa mezcla inexpresable de vida y muerte, de dolor y gozo en la indecible fecundidad del amor. Qué decir del alma nacida de Dios cuando ella misma puede dar a luz a Dios, dando su vida como refugio a la vida en que todo es vida. Ya no sabe a dónde huir, ni si debe pedir tregua en sus tormentos relajando su concurso a la obra divina, ni si se atreve a pedir que ésta se consuma en ella por un exilio más terrible.

Pero ¿no conoce él infinitamente mejor su angustia, no es él infinitamente más madre que todas las madres? ¿Qué pedirle mejor sino lo que él sabe y quiere más allá de todo lo que podríamos desear nosotros mismos?

En tu amor inagotable,
Dios eterno y todopoderoso,
tú colmas a los que te suplican
más allá de sus méritos y deseos:
derrama sobre nosotros tu misericordia
liberando nuestra conciencia de lo que la inquieta
y dándonos más de lo que nos atrevemos a pedirte.

Llega un momento en que el alma está por fin tan desposeída de sí misma que ya no desea nada más que la voluntad de Dios. Es la suprema pobreza y la verdadera infancia. Entonces puede comenzar a jugar delante de Dios en todo tiempo, como la eterna Sabiduría (Pr. 8:30). Y todo se vuelve gozo para ella en la inefable compañía de los tres que es ahora su familia y su hogar.

Y no hay duda de que la alegría es el final de todo como también el comienzo. La cruz está entre los dos y desmantela las trincheras del yo para que el árbol de vida extienda sus ramas y el amor pueda alcanzar su plena estatura.

El sufrimiento no es bueno por el sufrimiento mismo sino solo porque abre en nosotros los “espacios del amor”. Es bueno cuando Dios lo envía, pero la alegría es más deseable cuando viene de Él. Lo esencial es recibir todo de su mano, respirando en su Espíritu y escuchando su Verbo en el silencio del yo:

Dios de amor,
transfórmanos por tu Espíritu de amor;
que nuestros pensamientos sean tus pensamientos,
y así tendremos para nuestros hermanos y para ti
un mismo amor.

Jamás agotaremos la fecundidad de estos textos que encierran la más viva y magnífica teología.

Y sin embargo son cotidianos, se adaptan a todos los estados, expresan cada alma como ella jamás podría expresarse, y la superan siempre invitándola a entrar en alta mar con una tranquilidad tan segura que previene todo error y toda exaltación.

La misma voz nos urge, como empujó a Pedro hacia alta mar:

Avanza mar adentro y echa tus redes para la pesca – Señor, nos hemos fatigado toda la noche sin coger nada. Pero en tu palabra lanzaré las redes.” (Lc 5:4-5).

 (TRCUS (*) Libro “ El Poema de la Santa Liturgia ”

 Nueva edición, ed. Desclée-Mame, 1988

 Adaptada por Diosdado Dufrasne, benedictino de Clerlande.

 215 págs.

 ISBN : 2-7189-0698-7

 

 

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