Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cenáculo de Ginebra el 15 de febrero de 1970. Inédita.

La decadencia del absoluto puede observarse ante todo en el terreno científico más riguroso. Por eso Bachelard concluye la filosofía del no diciendo: “La doctrina tradicional de una razón absoluta e inmutable no es sino filosofía. Es una filosofía obsoleta.

No existe razón inmutable: está en la historia como lo está el conocimiento

En efecto, por la misma aceleración prodigiosa del saber, para los filósofos de la ciencia es evidente que la razón misma se compromete en la historia. No existe razón inmutable, existe una razón que se perfecciona a medida que descubre los fenómenos, construyéndolos además.

Una de las grandes nociones de la epistemología contemporánea, es decir del conocimiento de los instrumentos del saber, es que la razón misma se comprende en el devenir.

Cada siglo observa el universo con otra mirada, cada decenio podemos decir hoy, y pronto cada año, lo considera con nueva mirada y las evidencias de una época, como dice el P. Lenoble, las evidencias de una época corresponden a lo que esa época busca en el conocimiento. Hay problemas que son centro de interés en una época y que se eclipsan ante otros centros de interés que dan materia para nuevos conocimientos mientras el universo es cada vez mejor conocido y la razón cada vez más conocedora.

Además, este esfuerzo no tendrá fin ya que el hombre no cesará jamás de descubrir, de inventar los fenómenos, de crearlos para comprenderlos y si por desgracia el conocimiento se detuviera y se estabilizara en un punto muerto, eso sería la muerte de la mente o al menos de la inteligencia.

El conocimiento existe en la historia, el universo existe en la historia, la razón existe en la historia y finalmente, como lo piensa Sartre, todo ser existe en la historia. Nada estable existe pues de manera definitiva para poder ofrecer un punto de referencia inmóvil.

Por eso Fernando Conseth, el gran filósofo del conocimiento, resume todo el itinerario de la ciencia en estas palabras: “Un acuerdo esquemático entre una realidad inacabada y una mente en devenir”. Es una fórmula muy luminosa: “Un acuerdo esquemático entre una realidad inacabada y una mente en devenir

Es pues muy difícil concebir hoy en el plano científico una verdad durable. El conocimiento es aproximativo, va de aproximación en aproximación y es imposible llegar a un “es así”. El fenómeno cambia. Además, el hombre no cesa de provocarlo. Todo el equipaje de la conquista de la luna es evidentemente creación humana a partir de fenómenos que fueron complicados hasta el infinito a partir de datos iniciales cada vez mejor inventariados, pero es claro que jamás se podrá decir: “es así.

El gran público se imagina que la ciencia conoce el universo, que está cerca de llegar a la última palabra del enigma… mientras que la ciencia es solo un progresión permanente en que la condición del saber está en cuestionar el saber constituido.

El gran público en general que se impresiona con las consecuencias de los intentos científicos que son prodigiosos, que modifican toda la vida, que la modifican cada vez más rápidamente, el gran público se imagina que la ciencia conoce el universo, que está cerca de llegar a la última palabra del enigma del mundo cuando eso está radicalmente excluido y es imposible precisamente porque la ciencia no es sino progresión permanente en que la condición del saber está en cuestionar el saber constituido.

Lo real se nos escapa continuamente

El saber de hoy es solo una etapa a partir de la cual iremos más lejos para reconstruir un fenómeno aún desconocido y llegar a descubrimientos insospechados. Lo real que afrontamos se nos escapa continuamente, y la razón misma en la perspectiva evocada, tiene su porvenir delante. Por eso, lo que parecía contradictorio en cierta época puede no serlo, puede no parecer tal en otra época, en virtud de análisis más finos, de encuentros más profundos y de aspectos de los fenómenos que se descubren y que eran desconocidos hasta entonces.

Por otra parte, existen niveles de conocimiento muy diferentes (Bachelard enumera cinco) según se comience por la observación ordinaria e inmediata del sentido común o se llegue a una filosofía dialéctica como la de Dirac en su concepto del átomo. La razón está en camino. Está comprometida en la historia. Además, ¿qué es la razón? Quizá finalmente no es más que una mecánica, un computador aunque muy imperfecto comparado con los que se fabrican y que realizan maravillas con una rapidez increíble, trazando un proyecto de ruta con todos sus accidentes en unas horas cuando un ingeniero necesitaría años para calcularla.

Jacques Monod considera en efecto que la razón funciona como un computador, que finalmente todo el pensamiento depende de cierta estructura molecular y que todo se explica por la mecánica físico-química. Ciertos ingenieros en cibernética van tan lejos que piensan que la máquina podría proponernos problemas o mejor, que podríamos proponerles problemas que nosotros ni podríamos comprender ni resolverlos.

El estructuralismo por su parte confirma el sentimiento de que la razón está evolucionando, que la razón que está en movimiento, que la razón que es incapaz de absoluto, que la razón misma finalmente tiene sus raíces en el inconsciente, en estructuras que comprometen el pensamiento y el lenguaje sin que nos demos cuenta. No pensamos nosotros sino hay algo que piensa dentro de nosotros, no hablamos nosotros, algo habla en nosotros, somos movidos por automatismos tan inconscientes que finalmente el sujeto de la acción termina por desaparecer ante los automatismos auto-regulados.

Queda una exigencia absoluta que es toda la dinámica del saber

Por otra parte, no hay que tomar todas estas afirmaciones demasiado a lo trágico pues a pesar de todo ¡hay una exigencia absoluta que es toda la dinámica del saber! Si el saber progresa, si el hombre no cesa de investigar, si pasa de un descubrimiento a otro y jamás para en un nivel sino para saltar más allá, es que lo impulsa una exigencia que constituye un absoluto. Tendríamos pues en el orden del dinamismo un absoluto al que se opone el orden estático.

El conocimiento es siempre solo un acuerdo esquemático entre una realidad inacabada y una mente en devenir

Pero finalmente, el cuestionamiento del absoluto en la ciencia, esta consecuencia de la fórmula de Gonseth que “el conocimiento es siempre un acuerdo esquemático entre una realidad inacabada y una mente en devenir”, no es esta protesta lo que perturba el gran público que, al contrario, tiende más bien a creer en la infalibilidad de la ciencia, a aceptar que ella explica todo y puede todo.

Por qué la negación del absoluto penetró en el gran público

La negación del absoluto o el cuestionamiento del absoluto penetró en el gran público por otros medios y muy especialmente por el freudismo. El freudismo ha tenido evidentemente una audiencia que no puede tener ninguna filosofía de la ciencia, porque hace referencia a experiencias comunes, a los sueños, a las enfermedades, en fin, a cosas todas más o menos conocidas de todo el mundo y cuestiona el valor de todo pensamiento consciente y sobre todo todas nuestras decisiones conscientes sondeando el inconsciente y mostrando todo lo que el inconsciente puede secretar de impulsos, inhibiciones, terrores y sufrimientos; y es claro que no hay que rechazar la importancia extrema del descubrimiento del inconsciente y de las muestras que se pueden practicar, pero aún no es eso lo que hace cuestionar el absoluto en el gran público. Es más bien la oposición a todos los juicios de valor, en particular de todos los juicios morales tradicionales hasta entonces.

El gran público fue profundamente perturbado… por la puesta en sospecha de toda la tradición moral de la humanidad.

Por vía de represión, por la vía del análisis, se pretende justamente demostrar que todo el edificio de la moralidad no es más que proyección de angustias infantiles, de respetos infantiles, de temores infantiles que han proyectado hasta en la divinidad finalmente los límites del inconsciente, de modo que el gran público ha sido profundamente perturbado, no por el conocimiento original del freudismo y de sus experiencias verificables sino más bien por la sospecha puesta sobre toda la tradición moral de la humanidad, y muy especialmente de nuestra humanidad occidental.

Ahí fue donde el problema se convirtió en problema de todos. La ciencia vulgarizada, tomada no en sus fuentes sino en revistas, en periódicos, en la información cotidiana, ahí es donde lo que puede tener de ciencia auténtica el freudismo y todos los psicoanálisis ha dado lugar a una oposición cuyos resultados estamos viendo ahora.

Resultado: todo es permitido, nada es sagrado. Sobre todo, hay que hacer todas las experiencias imaginables e imponerse decisiones es renunciar a ser. De todos modos, estamos gobernados por el inconsciente.

Nada es prohibido, todo es lícito, nada es sagrado. Sobre todo, hay que hacer todas las experiencias imaginables e imponerse decisiones es renunciar a ser. De todos modos, estamos gobernados por el inconsciente que sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y tiene posibilidades infinitas que pueden manifestarse no solo en el arte y la literatura como lo deseaba el surrealismo sino en la vida misma. La vida misma debe ser surrealista, seguir todas las fantasías que brotan del inconsciente para no perder ninguna oportunidad de riquezas de la vida. Y hoy sabemos cuán profundamente difundidas están estas nociones y cómo sirven de justificación para las manifestaciones más extravagantes.

Yo sé que tampoco hay que golpearse demasiado aquí, ya que existe un hecho aterrador que no es debido al psicoanálisis ni a la negación del absoluto en la ciencia de hoy: la guerra, la guerra que ejerce destrucción por doquiera a nuestros ojos, la guerra que lleva la historia en cierto modo, la guerra que manifiesta de lleno el instinto agresivo que está en el fondo de cada uno, la guerra que tiene compañía en la mitología, Marte que es compañero de Venus, compañera de búsqueda voluptuosa que no es un fenómeno nuevo, como lo sabemos muy bien.

Y en fin, es cierto que actualmente existe no solo una indisciplina moral señalada desde siempre, sino un rechazo de los principios que abre todas las esclusas y pone en peligro a los más jóvenes, negándoles el apoyo de una estructura que les permitiría tomar en mano su propio destino.

En el campo de la exégesis

En otro campo además, en el de la exégesis, campo de la fe, podemos comprobar una perturbación semejante. La exégesis sabia, como la de Bultman en particular, la exégesis sabia, desde hace tiempo, elimina sistemáticamente lo sobrenatural, lo milagroso: cada versículo del Nuevo Testamento, por no decir de toda la Biblia, ha sido objeto de examen, de crítica, de cuestionamiento.

Se ha remplazado un texto por otro. Se han distinguido las diferentes capas, los diferentes niveles, el primero, el tercero, el último, el nivel de redacción. Se han transformado las escenas evangélicas en simbolismos de la vida de la Iglesia, evacuando finalmente toda realidad milagrosa. No todos los exégetas, desde luego, pero es una tendencia cada vez más difundida que se propaga en el terreno de la fe: se cuestiona el dogma de manera no disfrazada y finalmente uno se pregunta qué creer.

Vivimos en un mundo donde el absoluto encuentra oposición y la ciencia no podrá remediar a esta situación.

La ciencia y la investigación

Es incontestable que vivimos en un mundo donde el absoluto encuentra oposición y la ciencia no podrá remediar a esta situación. Un autor muy perspicaz, Marcel Deschoux, que analiza o mejor escribe una filosofía del saber científico, demuestra bien que la ciencia no llegará nunca a crear una nueva moral, ni un nuevo humanismo, que el sabio es cada vez más un técnico del trabajo científico.

Hoy en día la investigación es tan compleja, exige tantos instrumentos y créditos que se sale de las manos de los particulares. Se vuelve cada vez más una institución del estado. Como lo sabemos además para la fabricación de bombas atómicas, se convierte cada vez más en secreto de estado, y desde luego, el estado tiene intereses que están a menudo mezclados con muchas impurezas. El estado tiene intereses que no pueden sostener a menudo la luz del día y el obrero técnico de la ciencia, el obrero de la investigación científica se convierte en un funcionario de estado y está obligado a someterse a los fines prescritos por el estado.

Sabios de muy alta notoriedad han puesto su genio al servicio de la bomba atómica, como lo ponen ahora al servicio de la conquista espacial, la cual es para los políticos evidentemente una operación de prestigio y no una operación de conocimiento científico. Este aspecto hace parte de la aventura, claro está, pero el prestigio es primero.

Debería pues surgir en la humanidad otra fuente para fundar un absoluto que permita justamente utilizar el trabajo científico a fines verdaderamente humanos.

Debería surgir en alguna parte una instancia que nos permita encontrar un punto fijo para determinar los valores, los valores humanos que hagan la vida posible.

Para que todo este trabajo no termine destruyendo el género humano y aumentando su pobreza antes del acto final, debería surgir en alguna parte una instancia que nos permita encontrar un punto fijo para determinar los valores, los valores humanos que hagan la vida posible. Y ése, claro está, es un problema tan difícil que solo puede ser enunciado antes de ser resuelto, si jamás puede serlo.

La solución está en el Espíritu

Y yo creo que no puede serlo en el campo de la razón científica, como acabo de decirlo, jamás podrá serlo en ese campo, y que si hay solución, no está en el campo de la razón sino en el espíritu.

Creo, en efecto, que hay que distinguir profundamente entre la razón y el espíritu. La razón puede ser una mecánica que realiza su trabajo casi automáticamente. El espíritu es algo diferente, pero para tomar conciencia de él hay que recurrir a una experiencia muy sencilla e inmediatamente legible, y a este propósito les recordaré algo que ustedes conocen y que yo tomo de Enrique el Verde de Gottfried Keller.

La historia de Enrique el Verde, o cómo surge la conciencia de la inviolabilidad

Recuerdan que en ese libro, donde Gottfried Keller, escritor bernés del siglo 19, de gran valor además para la lengua alemana que es la suya, cuenta en el fondo su vida en la novela Heinrich der Grüner, Enriqueel Verde. Su novela es a base autobiográfica y nos presenta la escena que tuve ocasión de contar a menudo, cuando hijo de una viuda que no tenía sino a él y lo había acostumbrado a hacer sus oraciones sin falta mañana y tarde y antes de ponerse a la mesa y un día regresa de la escuela y se pone a la mesa sin hacer la oración y su madre lo corrige. Finge no haber oído, ella insiste y él persiste en no obedecer. La mamá lo pone al pie del muro: “¿No quieres hacer la oración?” – “¡No!” – “Entonces te vas a la cama sin cenar.” Valiente como es, el niño responde al reto y se va a acostarse sin cenar. La madre, llena de remordimiento, finalmente le lleva la cena a la cama. Demasiado tarde: desde ese día no volvió a rezar.

Es un hecho infinitesimal que lleva a la consecuencia extraordinaria de que el niño deja de orar. ¿Por qué ese final? Fue sin duda que descubrió por primera vez en su vida que había en él una zona inviolable en la que nadie puede penetrar sin su consentimiento. Hay en él algo que es un secreto que él puede guardar para sí. Y sin duda no sabría formular el descubrimiento con palabras y conceptos, pero lo siente con mucha fuerza y toda su vida será finalmente el desarrollo de esa experiencia inicial.

Quizás es ahí donde comienza el encuentro más elemental con el espíritu, encuentro que será ilustrado en el plano de la grande historia por la rebelión de los esclavos. El esclavo toma finalmente conciencia de que no es un instrumento, o al menos, de que no es solo un instrumento. Toma conciencia de que su acción es suya solo en la medida en que él la ejecuta. Y que, manipulado del exterior, no puede reconocer su acción como suya si se le impone, y si solo la ejecuta por obligación. Y finalmente hace saltar las aldabas, se rebela para afirmar la autonomía que le rehúsan, para afirmar su carácter de persona rehusando ser instrumento, para afirmar en cierto modo su inviolabilidad.

Pero vemos en seguida que la inviolabilidad surge, al menos su consciencia surge con tanto más vigor y virulencia cuanto que era ignorada por los demás. Generalmente, es bajo un tratamiento indigno infligido al hombre que se revela más profundamente el sentimiento de su dignidad.

¿Pero dónde reside la dignidad? ¿Cuál es el fundamento de la inviolabilidad? ¿Cuál es la fuente del increíble poder que es el rechazo de la sumisión? Porque finalmente, esa es la primera manifestación del espíritu como tal, el rechazo y la imposibilidad de someterse sin traicionarse y sin faltar a sí mismo.

¿Qué es lo que justifica el poder del rechazo? ¿Por qué es el hombre, según la expresión del Camus, la única criatura que rehúsa ser lo que es, que rehúsa suscribir a todas las prefabricaciones que pesan sobre ella? ¿Por qué tiene el hombre ese sueño de libertad estando atado de todos los lados, atado exterior e interiormente? Pues no basta tomar conciencia de su dignidad pisoteada por los demás, no basta entrever la inviolabilidad que hace que nadie puede penetrar en nuestra intimidad sin nuestro consentimiento.

Fundar la inviolabilidad

La inviolabilidad debería justificarse en nosotros mismos, en nuestra vida. Deberíamos fundamentarla con nuestras decisiones y nuestros actos. Pero la mayor parte del tiempo nos limitamos a indignarnos y después de reivindicar nuestra autonomía y nuestra inviolabilidad, recaemos en el yo propietario, instintivo, pasional y prefabricado. Pero el problema está planteado.

En las relaciones humanas es imposible forzar la puerta.

Si la impresión es tan fuerte, si se confirma por una experiencia constante, si, en efecto, nos damos cuenta que en las relaciones humanas es imposible forzar la puerta, que un esposo puede ser totalmente desconocido de su esposa y recíprocamente, que el conocimiento que tienen uno del otro proviene de cierta desapropiación, de un vacío que cada uno debe hacer en sí para acoger al otro, si en efecto tomamos conciencia que en el ser humano hay realmente una realidad inviolable que hace difícil precisamente las relaciones humanas, que hace difícil la educación y que hace que el docente no puede forzar al alumno, que puede darle objetos para ejercitar su reflexión pero no hacer el trabajo en lugar suyo. Toda la dificultad, todo el drama de la educación, (todos los padres lo saben), es que la autonomía que despierta, que se hace cada vez más exigente en el niño respecto a su padre y su madre.

Hay de repente alguien al que podemos brutalizar del exterior si queremos, pero que escapa completamente al control que quisiéramos tener sobre él.

No hay pues duda alguna sobre la existencia de esta realidad, al menos como exigencia, como resistencia, como vocación. ¿Pero cómo se va a realizar?

Lady Macbeth, o la inviolabilidad en sí misma

Un paso muy importante en este proceso será la tragedia de Lady Macbeth, quiero decir, todo lo que Shakespeare adivinó de ese problema único que es el de lo que somos. Cuando muestra que Lady Macbeth al final de su carrera, cuando todos los asesinatos que hizo cometer a su marido para llegar al trono, cuando el secreto se hace público, cuando todo el mundo está al corriente, cuando el reino entero considera al rey y la reina como vulgares asesinos y espera solo la hora de la venganza para arrebatarles el trono usurpado, Lady Macbeth se desinfla, deja de creer en una realeza en la que ya nadie cree.

¿Qué le queda entonces? Nada, pues el exterior sobre el que apostaba se le escapa, y nada pues el interior, jamás lo había conocido ella, nunca lo había penetrado. Y eso es lo que hace tan sensible la tragedia de Shakespeare, que somos inviolables para nosotros mismos. No solamente los demás no pueden penetrar en nuestra intimidad sin autorización, sino que también nosotros somos incapaces de penetrar sino descalzándonos, como Moisés ante la zarza ardiente: no entramos en el alma como en un molino. Entramos pues bajo los auspicios de una desapropiación, de una purificación que Jesús llama más profundamente un nuevo nacimiento.

Alcanzar el verdadero yo por el nuevo nacimiento

Nos hemos hallado ante un ser prefabricado en que no había en nosotros nada de nosotros.

Eso es: hay que nacer de nuevo. Vivimos un primer nacimiento carnal en el que no tuvimos parte. Nos hemos hallado ante un ser prefabricado en que no había en nosotros nada de nosotros y soportamos el yugo de un yo prefabricado que es la resultante de todos los determinismos que pesan sobre nosotros y que constituyen la prisión más rigurosa. Y si no podemos entrar en nuestra propia intimidad, si no podemos llegar a nuestro verdadero yo, si no podemos esquivar las influencias de lo prefabricado sin pasar por el nuevo nacimiento, estamos orientados hacia un encuentro situado en lo más íntimo de nosotros, sin confundirse con nosotros.

Por ser inviolables para nosotros mismos, presentimos ya que la zarza está ardiendo dentro de nosotros y que si somos inviolables es porque somos el santuario de una Presencia que nos sacraliza, de una Presencia que nos confiere un valor absoluto e infinito.

Y en efecto, la experiencia que alguien se haya sentido libre por un instante del yo propietario y prefabricado que es nuestra prisión, que haya sentido solo por un instante esa liberación, se ha encontrado en la admiración confrontado con cierto X que encuentra cada vez que experimenta una liberación idéntica, aunque sea instantánea y no dure sino un instante, ese X que encuentra cada vez que se realiza esa liberación que se afirma como un encuentro con alguien; alguien que es, como dice Agustín, más íntimo a nosotros que lo más íntimo nuestro.

Buscar el absoluto por el lado del Espíritu

Hay pues que buscar el absoluto por el lado del espíritu, partiendo del rechazo a someternos que sentimos negativamente contra los abusos de los demás; que sentimos con terror cuando ya no tenemos acceso a nosotros mismos por ser indignos de entrar en nuestra propia intimidad; que sentimos positivamente cuando de golpe nos sentimos liberados de nuestro peso al encontrar con admiración un rostro que nos espera en lo más íntimo de nosotros mismos.

En la medida en que no hemos sido conscientes de manera formal de la inviolabilidad de la conciencia humana,… la decadencia del absoluto no tendrá límites.

Es claro que en la medida en que no hemos experimentado esa liberación, en la medida en que no hemos sido conscientes de manera formal de la inviolabilidad de la conciencia humana y ante todo de la nuestra, la decadencia del absoluto no tendrá límites.

Solo los sabios más enamorados de su disciplina, los que la tienen como su mayor pasión, los que obedecen a la exigencia absoluta y dinámica de saber, solo ellos seguirán siendo testigos del absoluto que se liquidificará en la masa de los hombres, a menos justamente que encuentren el camino del espíritu que nos hace descubrir precisamente el absoluto en un universo que no es todavía para nosotros, pues solo puede ser conocido a través de nuestra propia liberación.

En la medida en que seamos liberados de nosotros mismos conoceremos el valor infinito que nos habita, que habita en toda conciencia humana; y en la proporción en que hagamos el vacío de nosotros mismos se mantiene la virginidad del conocimiento que hace que nos encontremos a nosotros mismos en un diálogo con otro realizando la frase de Rimbaud: “Yo es otro.

Además no hay inconveniente, al contrario, para situar la búsqueda y el fundamento del absoluto en el espíritu, porque eso es lo que dura para siempre, sea cual fuere el mundo construido por la ciencia del futuro, sea cual fuere el hombre construido por la ciencia del futuro, en el sentido de una biología humana.

Aunque fabriquen un hombre cerca de genial con un equipo calculado en laboratorio para hacer de él un especialista único en su género en una disciplina en que sea excelente como nadie, ese producto seguirá siendo producto, y para ser hombre, para ser otra cosa que robot, tendrá que hacerse hombre. Tendrá pues que rechazar todas las prefabricaciones, hacerlas pasar por el tamiz de su crítica y de sus decisiones, y hacer en fin de sí el participante de un diálogo en que se vacíe de todo lo que le ha sido impuesto, haciendo de todo su ser un don de amor al amor que lo estará esperando en lo más íntimo de sí mismo, como nos está esperando a nosotros.

Nacer continuamente de la Presencia oculta en nosotros

Y precisamente la proposición de Marcel Deschoux que considera la imposibilidad de que la ciencia constituya un humanismo que resista, que dure y pueda frenar nuestros desvíos, esta constatación, esta afirmación de un filósofo de las ciencias, devuelve a la mente de cada uno la vocación de liberarse a sí mismo y a toda la humanidad y todo el universo, pasando por el nuevo nacimiento, o más exactamente, naciendo continuamente a la Presencia oculta en nosotros y que es la vida de nuestra vida.

Jamás ha tenido el hombre tanta necesidad de ser sacralizado por el diálogo con la Presencia infinita en lo más íntimo de su ser.

Es pues evidente que jamás ha tenido el hombre tanta necesidad de ser sacralizado por el diálogo con la Presencia infinita en lo más íntimo de su ser.

Se habla continuamente de ir hacia el hombre, de cuidar al hombre, de establecer condiciones de justicia, de querer el bienestar y la seguridad de todos, y eso es mil veces justo.

Pero no hay que olvidar que el hombre de que nos ocupamos o del que debemos ocuparnos no es el hombre que existe, quiero decir el hombre en sus determinismos, el hombre esclavo de su ser pasional, el hombre esclavo dentro de sí mismo, el hombre impuro e incapaz de acceder a la zarza ardiente que se consume en su corazón.

El hombre hacia el cual estamos llamados a ir es el hombre que debemos hacer surgir en nosotros, que cada uno está llamado a hacer surgir en sí mismo, el hombre que lleva en sí la exigencia infinita de no soportar nada, de ser libertad por estar llamado a devenir liberación.

La libertad no significa nada si no es liberación, porque si no soy liberado interiormente, si soy esclavo de mis determinismos internos, estoy en la peor esclavitud, según vemos en el diálogo entre Epicteto y Epafrodito, su dueño, que le quiebra una pierna para satisfacer su capricho pasional, mientras el esclavo, Epicteto, domina toda la situación por la liberación que había adquirido interiormente.

Ir hacia el hombre, , pero no para estar al servicio de sus determinismos, de su yo pasional.

Ir hacia el hombre, , pero no para estar al servicio de sus determinismos, de su yo pasional, no para fundar una civilización erótica basada únicamente en el placer, sino para ayudar al hombre, en la medida en que somos fieles a la exigencia interio, para ayudar al hombre a crearse y a hacerse efectivamente inviolable, haciéndose bien universal, valor que el mundo entero tenga interés en defender.

Hoy vemos bien cuán inertes son todas las instituciones jurídicas armadas de principios y de discursos, cuán inertes e ineficaces son ante el horror de una situación en que pasiones desencadenadas no cesan de afrontarse hasta la masacre. Es que no basta con enunciar un axioma o una proposición. Es necesario haber realizado en sí al hombre para propagar el contagio de la humanidad.

Crear en nosotros una verdadera humanidad

Es pues cierto que lo más esencial que tenemos que hacer, a más de las ayudas técnicas o materiales que podemos y debemos aportar, evidentemente y de toda urgencia, lo más esencial que tenemos que hacer es justamente crear en nosotros una verdadera humanidad pues, si traducimos en realidad la exigencia de no soportar nada, la vida del espíritu se hará persona, se hará alguien de pie y capaz de ayudar a los demás a liberarse propagando el contagio de luz y de amor, gracias al cual se hace hombre.

No hay pues que desesperar de la decadencia del absoluto en el plano del conocimiento científico. Además la decadencia está compensada, como lo he dicho, por una exigencia dinámica que es también absoluta pues finalmente el verdadero absoluto no puede sernos totalmente dado; es Alguien, es una Presencia, es un tesoro infinito confiado a toda conciencia humana y que solo podemos descubrir descalzándonos para entrar en nuestra propia intimidad.

Tenemos ante nosotros una esperanza inmensa que depende de cada uno de nosotros, quiero decir que su realización depende de cada uno de nosotros, ya que se trata precisamente de la dimensión específicamente humana que es el espíritu, el cual se caracteriza por la inviolabilidad que cierra a todos, comenzando por nosotros mismos, el acceso a nuestra intimidad más profunda.

La verdad es la luz de una Presencia

Finalmente, qué es la verdad sino la luz de una Presencia que, a través de una búsqueda desinteresada, viene de repente al encuentro del hombre e ilumina no solo la experiencia que está haciendo sino su persona.

Y de nuevo nos damos cuenta que la Presencia interior, la Presencia del Dios vivo que es la vida de nuestra vida es el único camino hacia nosotros mismos y hacia los demás, y hacia el universo. Pues finalmente, qué es la verdad sino la luz de una Presencia que, a través de una búsqueda desinteresada, viene de repente al encuentro del hombre e ilumina no solo la experiencia que está haciendo sino su persona. Es que de repente, a través de la experiencia o de la serie de experiencias, entra en la admiración de un encuentro con una luz incorruptible que transparenta a través de todos los fenómenos del universo, de la humanidad y de la historia como última palabra, como el Verbo inefable, como el Verbo que respira el amor.

Tenemos pues que realizar un trabajo creador…

Tenemos pues que realizar un trabajo creador inmenso y tanto más hermoso cuanto más ilimitado es en su vocación pues concierne toda la historia, toda la humanidad y todo el universo, y que además, por fortuna, se concentra en este punto que es el centro de todo el nuevo universo, sobre el punto único que fulgura en lo más íntimo de nosotros y que es la zarza ardiente que hemos de descubrir cada día más profundamente, pero que no podemos descubrir como Moisés sino descalzándonos ante el santuario de nosotros mismos.

 

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