Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana en enero de 1955, domingo de la Unidad. Publicado en Ton Visage ma lumière. (*). Se añadieron los títulos.

Un cuerpo místico

San Pablo nos enseña, y acabamos de escucharlo, que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo (I Co. 12:27) (Ef. 5:23).

La Iglesia es un cuerpo y precisamente bajo este aspecto la Iglesia se presta a confusión y es a menudo piedra de escándalo para hombres sinceros.

Por eso debemos apresurarnos a decir que si la Iglesia es un cuerpo, es un cuerpo místico, es decir que no se puede conocer la Iglesia ni reconocerla sin vida mística, sin vida de unión con Dios, sin enraizarse en la intimidad de Jesucristo. La luz de la intimidad de Jesucristo es lo que la Iglesia quiere comunicarnos y a esa luz desea introducirnos, y en ella conocemos la Iglesia como el sacramento inmenso y eterno que nos conduce à Él.

Si no pasamos por el nuevo nacimiento, las palabras del credo nos serán eternamente incomprensibles: solo las conocemos por el interior.

El credo que recitamos no es una lista de proposiciones a las que debemos suscribir sino el programa o más bien el sacramento de una experiencia que debemos devenir, pues si no nacemos de nuevo, como dice Jesús a Nicodemo, si no pasamos por el nuevo nacimiento, esas palabras nos serán eternamente incomprensibles. Solo las conocemos por el interior, solo las conocemos por la Fe que es la mirada misma de Dios en nosotros, solo las conocemos por el Amor.

La Iglesia, hay que vivirla

La Iglesia no es un partido. Es fácil conocer el programa de un partido: basta leer el afiche que lo proclama. La Iglesia es más bien como una partitura musical. Una partitura se pone en nuestras manos y nosotros podemos no entender nada de su lectura si no somos músicos, y aun el músico debe darle sonido dentro de sí mismo, hacerse música, y si lo hace, hay diez mil maneras de ejecutarla. Y un músico podrá siempre progresar en su lectura, entrar más profundamente en el secreto de la música.

Lo mismo la Iglesia. Jamás se podrá decir que hemos terminado con el conocimiento y la lectura. Hay que vivirla. Hay que esconderse en la intimidad de Jesucristo. Hay que amar a Nuestro Señor y dejarlo vivir en nosotros y a medida que vivimos de Cristo, que vivimos profundamente de la intimidad del Señor, en la misma medida toma la Iglesia un sentido nuevo.

Los apóstoles habían escuchado las palabras, las habían tomado como tales, pero las palabras eran vida, eran la Presencia, la Palabra eterna, eran Dios mismo.

Eso, el Evangelio mismo nos lo da a entender. Vean el Lavatorio de los pies. ¿Qué significa eso? Los apóstoles habían escuchado a Jesús, lo habían seguido, habían comido con él, pero no lo conocían. Habían escuchado las palabras y las habían tomado como tales, pero las palabras eran vida, eran la Presencia, la eterna Palabra, eran Dios mismo. Por eso las palabras no les daban claridad.

Al contrario, creaban falsas perspectivas en sus mentes: ellos les cambiaban el sentido, les atribuían esperanzas egoístas e interesadas y por eso nuestro Señor se arrodilla en el Lavatorio de los pies. Se pone de rodillas para despertarles el corazón, para abrir sus mentes, para hacerles comprender la infinita distancia que hay entre lo que ellos entienden y lo que deberían entender, para que pasen por el nuevo nacimiento, para que descubran en su corazón el tesoro escondido en ellos y confiado a su amor.

Será necesaria la muerte de Jesús. Como dice el Señor mismo, el grano de trigo deberá ser echado al suelo, se necesitará la muerte de Jesús (Jn. 12:24). Se necesitará la Resurrección. Se necesitará Pentecostés. Se necesitará el fuego del Espíritu Santo. Se necesitará el nuevo nacimiento del agua y del Espíritu para que su corazón y su inteligencia se abran, para que comprendan, para que entren hasta el fondo de su promesa y se enraícen en la intimidad de Jesús.

No ser obstáculo para el Misterio de Jesús

Por eso se necesita tanta prudencia al hablar de la Iglesia. Por eso todos arriesgamos hacer pantalla, ser obstáculo para el Misterio de Jesús endureciendo la Iglesia como cuerpo y olvidando que, para contactarla se necesita vida mística.

No se puede ser católico sin transformarse cada día, sin rebasar las palabras y las fórmulas, sin ver en las palabras lo que realmente son: un sacramento.

Con demasiada frecuencia imaginamos que un católico es alguien que se nutre de fórmulas, y las recita sin entenderlas; pero no se puede ser católico sin transformarse cada día, sin rebasar cada día las palabras y las fórmulas, sin ver en las palabras lo que son realmente: un sacramento, es decir el signo que nos comunica la intimidad misma de Jesucristo.

Nada es más difícil que ser cristiano, justamente, porque un cristiano debe siempre rebasar el signo, debe siempre ir más allá de las palabras para caer, perderse en la única Palabra que es vida, que es Presencia, que es un rostro, que es el eterno Amor.

Aun las almas más santas arriesgan equivocarse

San Juan de la Cruz nos previene. Muestra que las almas más perfectas, las más perfectas, que atraviesan las noches místicas en que se están purificando y están como en una especie de purgatorio, se imaginan que Dios las está persiguiendo, que es un enemigo, que él quiere crucificarlas, que le gusta hacerlas sufrir y tienen la impresión de apartarse de Dios y de ser enemigas de Dios.

¿Y cómo es posible, se pregunta san Juan de la Cruz, cómo es posible si pronto, al salir del túnel, esas almas van a descubrir a Dios como la alegría, la alegría inmensa, el gozo perfecto e infinito, cómo es posible que vean a Dios de esa manera, como enemigo, como sufrimiento, como tortura?

Pero, pensaba san Juan de la Cruz, era solo fruto de su imperfección. Dios es siempre el mismo. Siempre es Amor, es siempre alegría, es siempre don, es siempre la generosidad infinita. Somos nosotros los que no estamos. Nosotros estamos ausentes mientras él está siempre Presente. Nosotros le damos nuestro rostro y hacemos de él un ídolo.

Entonces, si las almas santas arriesgan equivocarse, si en cierto modo se equivocan inevitablemente en cierta etapa de su ascensión, ¿con cuánta mayor razón nosotros estamos expuestos a equivocarnos y a hacer de Dios una caricatura y un ídolo?

Solo hay un testimonio posible, el de la vida.

Por eso finalmente solo hay un testimonio posible, el de la vida. Nada podrá jamás convencer de la presencia de la Iglesia, de la Presencia de Jesús a los que nos rodean, sino que todo cambia, todo se transforma porque Jesús está en medio de nosotros, con nosotros y dentro de nosotros.

Llevar de verdad el Evangelio

Si la Presencia de Jesús no cambia nada, entonces es que todo no es sino mentira e ilusión. El Padre Damián que era flamenco, un campesino flamenco que no había salido nunca de su provincia antes de ir a las Islas Hawái donde sería el gran apóstol de los leprosos; tenía una mente estrecha y cerrada y que no sería digno de ser mencionado si no se hubiera hecho leproso de los pies a la cabeza por amor de sus hijos espirituales. Su lepra era su catecismo. No quiso salvar su piel. Dio su vida para comunicar la vida divina. Entonces todos los marcos de su pensamiento se rompieron en el fuego del Amor y se sabía que llevaba de verdad el Evangelio, la Buena Nueva de la luz y la paz.

Un gran dominicano que predicaba en Londres, en un parque, en Hyde Park, encontraba cada domingo un librepensador que venía solo para perturbar con preguntas, para impedirle hablar tratando de cubrir su voz para que no lo escuchara el auditorio. Y el P. Mac Nabb, que era un hombre de genio, lleno de humor y también de amor, el P. Mac Nabb sabía muy bien que no podría vencerlo con medios humanos; para desarmarlo encontró el gesto de Jesús: fue a arrodillarse delante del hombre que le hacía obstrucción sistemática y le besó los pies. Era el gesto mismo del Evangelio, y era tan inesperado y tan sincero y auténtico que el hombre quedó en silencio y no lo volvieron a ver.

Ese es un símbolo: es el signo de que el testimonio que debemos dar es el de la vida. Si llevamos en verdad a Cristo, eso se ve; si vivimos de Dios, eso se siente; si llevamos al que es la alegría, la alegría se difundirá; si vivimos en la llama de la bondad, la bondad se comunicará. Algo habrá cambiado: la vida será más hermosa y ése es el mensaje de la unidad.

¡Ah! No hablemos de la Iglesia…, vivámosla…, llevando en nosotros… la Presencia misma de Jesús.

¡Ah! No hablemos dela Iglesia, no la defendamos, vivámosla como un misterio de fe enraizándonos cada vez más profundamente en la intimidad de Jesucristo, llevando en nosotros esa Presencia, ese rostro, ese corazón, esa ternura infinita, y si la vida es más hermosa no habrá necesidad de mencionar a Dios, de hablar de la Iglesia: la verán, la amarán, porque a través de nosotros será lo que es realmente: la Presencia misma de Jesús, la Presencia del eterno Amor, de la eterna alegría, la Presencia del que es la vida de nuestra vida en lo más profundo de nuestro ser.

TRCUS (*) Libro « Tu rostro, mi luz, 90 sermones inéditos »

 Editorial Mame, París, 2011. 510 páginas

 ISBN : 978-2-7289-1506-4

 http://www.fleuruseditions.com/livres/zundel/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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