Conferencia de Mauricio Zúndel en París/el Cairo en 1951, en relación con la fiesta de la Asunción. Inédita.

Reflexiones sobre las discusiones ordinarias

La vida dedicada a conversaciones banales conlleva varios aspectos. La charla banal puede ser una forma de respeto hacia los más altos valores y hacia el misterio del alma que participa. No tocamos a ella por temor de estropearla. Pasamos a la superficie de todo para no perturbar los secretos profundos.

Es un modo de recreación que descansa de una sublimidad que sería demasiado pesada de continuar. Es también un modo de espera sin peso que deja la puerta abierta a las confidencias, sin solicitarlas. Uno de los participantes en la conversación podrá sentirse tanto más dispuesto a confiarse cuanto que no tiene que desconfiar de ninguna forma de indiscreción. En tal caso, si una intimidad se manifiesta, el tono del que dirige la parada se adapta en seguida al cambio de plano pues, en verdad, la charla superficial gravitaba alrededor de la intimidad cuyo misterio deseaban simplemente preservar hasta que ella misma decidiera manifestarse.

Y en realidad un ser normal no hace confidencias importantes sin que cierta densidad de silencio no las haya preparado.

Mediocridades de las conversaciones

Pero la reserva es terriblemente compensada en la forma común de las conversaciones diarias por la manera como se habla de la intimidad de los ausentes, por el manoseo de una curiosidad que se apresura a emitir juicios rápidos sobre todo lo cognoscible, por los sectarismos de opciones partidarias que interpretan el mundo a través de sus pasiones, en fin, por el automatismo de las fórmulas que ofrecen las palabras bien adaptadas a toda situación, cuya estupidez y cobardía nos hace sentir cruelmente Heidegger.

Pero hay algo peor aún, y es convertir a Dios en alimento de la charla, lo que hacemos de manera sabia o vulgar cada vez que hablamos sin comprometernos, sin estar de hecho en contacto con él. Nada desollará el alma como este elemento de misterio en una conversación donde lo divino se pone al nivel de nuestras curiosidades como complemento de nuestras más mediocres preocupaciones, en que se habla de la Revelación bajo forma de informaciones que completan nuestro bagaje de nociones, añadiendo descripciones del más allá a las de más acá, un más acá singularmente complicado además, sin ningún cuidado del nuevo nacimiento del que Jesús dice a Nicodemo que es la única que da entrada al Reino de Dios a propósito del cual los apóstoles mismos errarán mientras permanezcan en la superficie de las palabras.

Una intimidad humana solo se entrega a otra intimidad en ecuación de silencio con ella, en un intercambio en que las palabras toman la figura de las personas.

Sin embargo, sabemos que una intimidad humana solo se entrega a otra intimidad en ecuación de silencio con ella, en un intercambio en que las palabras toman la figura de las personas. ¿Cómo entonces podríamos aceptar que la intimidad divina nos sea accesible de inmediato, por el mero enunciado de una proposición escuchada materialmente sin que nuestra intimidad tenga que dejarla vivir en sí identificándose a través de ella con la intimidad divina que pretende comunicarnos?

Afirmaciones que hacen obstáculo

Ya la simple afirmación de que Dios existe puede dar lugar a numerosos malentendidos. En efecto, ¿de qué Dios se trata? La samaritana localizaba el suyo en la cima de una montaña. Y en nombre de su Dios los adversarios de Cristo decidieron crucificarlo. Mientras tal afirmación no sea hecha en una experiencia espiritual en que el alma se transforma en luz y amor puede constituir tanto un obstáculo al verdadero encuentro, como un camino.

Esto se verifica además en todo conocimiento: jamás el universo físico ha estado más totalmente entre las manos del hombre como hoy, y jamás el hombre ha estado tan amedrentado por su poder.

Es que un descubrimiento puede quedar en el nivel técnico, indispensable además, de un racionalismo operatorio que ofrece posibilidades de construcción que nada impide ser igualmente posibilidades de destrucción. Así el hombre aumenta su poder y no su valor y la barbarie más perfecta puede coexistir con ese progreso.

Entonces, para que un descubrimiento sea levadura de cultura y de humanidad, es necesario que el diálogo con el universo se personifique, que el sabio se sienta comprometido en él por lo más íntimo suyo, como responsable de un valor que da sentido y plenitud a su vida, aun cuando le pida su sacrificio.

El descubrimiento, rebasando su fórmula, se promueve al nivel de Verdad… el pensamiento… lo libera de sus fronteras y parcialidades.

Entonces el descubrimiento, rebasando su fórmula, se promueve al nivel de Verdad, precisamente porque aparece en el pensamiento, porque lo libera de sus fronteras y parcialidades y el sabio, por ello mismo, se hace valor universal, bien común y fermento de luz y de libertad.

A partir de las palabras del dogma, comienzo de una experiencia espiritual

Con estas premisas, se comprende que no puede bastar repetir que la Madre de Cristo “al final de su vida terrestre fue asumida a la gloria celeste en cuerpo y alma” (1) para entrar en el espíritu de la fe. En efecto, esas palabras no significan nada si no dan comienzo a una experiencia espiritual gracias a la cual se harán luz en nosotros.

La experiencia de la muerte

La primera pregunta que hacen nos confronta con la experiencia de la muerte. Pero ante la muerte considerada como punto final de la aventura terrestre, es imposible aceptar la destrucción de los valores que dan sentido a la vida. Esa es una evidencia experimental. Yo no pregunto ¿Qué significa la vida? La vida misma se afirma con su propia claridad en la persona de Don Vicente, capellán de las galeras (2), y en la presencia de todos los héroes cuya presencia ilumina y purifica nuestra intimidad elevándonos al menos por un instante, al nivel de la existencia auténtica.

Si la muerte física pudiera destruir la existencia auténtica, la indiferencia hacia los valores sería la última palabra del universo.

Si la muerte física pudiera destruirla, la indiferencia hacia los valores sería la última palabra del universo. Lo absurdo triunfaría. El heroísmo y la santidad no serían más que una mueca de la biología. No solo seríamos animales como los demás, sino engañados y burlados por una horrible comedia de conciencia y libertad. La vida no se limitaría a ser una historia contada por un imbécil: el mundo sería perverso.

Semejante concepción del universo no concuerda con nuestra experiencia. El héroe que se sacrifica nos parece ganar, no el que se embosca para salvar su piel. No tenemos inquietud respecto de la suerte del héroe. Sentimos su valor a través de la muerte y que ésta no puede perjudicar el valor que es, al contrario, su condición. Pero el emboscado que deja morir a los demás en su lugar, solo es sostenido después por su biología. Ha dejado de vivir como ser humano. Es pues un muerto en espera y su muerte solo consagrará la ausencia que él ha llegado a ser prefiriendo una supervivencia animal a una inmortalidad de valor.

En su muerte, san Francisco nos hace sentir maravillosamente el triunfo de la inmortalidad. Todos los hermanos que pudieron acudieron a rodearlo. Francisco no quiere que se abandonen a la tristeza. Llama a Ángel y a León y les pide que canten el Cántico del Sol. No deja el mundo que Dios hizo y sobre el cual no ha cesado de cantar su amor desde hace más de 20 años.

Todo el universo está presente en el ofertorio en que su ser se consume. Solo le queda acoger la muerte que debe consumar su ofrenda. Su médico está encargado de anunciar esa visita como el heraldo anuncia al rey en un cortejo. Francisco se reincorpora y saluda: “¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte!” Y ahora rinde su último homenaje a Dama Pobreza: se hace despojar de sus vestidos y ahí está, desnudo sobre el suelo desnudo. Recoge un puñado de polvo y se asperge sonriendo para abandonar su cuerpo al polvo antes de confundirse con él. Ahora todo está terminado. La tarde cae, el ocaso se hace púrpura, las golondrinas cantan y Francisco entrega su alma a Dios repitiendo la invitación del salmista: “Con toda mi voz grité al Señor, con toda mi voz grité al Señor.

Así se cumple con prodigiosa sobreabundancia el voto de los hermanos consignado en el "speculum perfectionis": ¡Que tu muerte, como tu vida, sea espejo y luz! Es cierto que Francisco murió, sin perjuicio para la permanencia única de su luz; su carne consagrada por las llagas del Señor, tuvo que sufrir la ley de toda carne en su disolución. Tenía todavía algo que purificar, algo que le impedía en cierto modo la fuente de vida y que creaba en ella el hueco de ausencia por donde nos alejamos de la Presencia vivificante de Dios.

La muerte solo se conecta con la muerte, con lo que pertenece aún al orden biológico y se agota con ello. Dicho de otro modo, solo la muerte debe morir.

Si en ella todo hubiera sido vida y valor, ¿qué razón tendría de disolverse en la muerte? Porque la muerte solo se conecta con la muerte, con lo que pertenece aún al orden biológico y se agota con ello. Dicho de otro modo, solo la muerte debe morir. Por tanto, Dios no es el inventor de la muerte. La padece como padece la ausencia constitutiva del pecado en que se enraíza la muerte, como lo presentimos cuando, cansados de las exigencias de nuestra libertad, recaemos en la biología, dejándonos llevar por ella en vez de llevarla. No somos entonces sino un pedazo de universo entregado a todo azar y sepultados en la opacidad de las cosas, por estar separados de la vida de nuestra vida. En las Escrituras, la luz de vida se opone a la sombra de la muerte. No hay muerte donde no han sombra.

En las Escrituras, la luz de vida se opone a la sombra de la muerte. No hay muerte donde no han sombra.

Y justamente, la Madre de Cristo es llamada “Madre de la luz”. Toda la cuestión es saber en qué medida la luz de Cristo ha recaído sobre ella y la respuesta a esa pregunta está contenida en la maternidad de la Virgen cuyo carácter único aparece por una comparación con la maternidad ordinaria.

Una maternidad en que la persona precede a la naturaleza

Una mujer que espera un hijo sabe que, salvo accidente, dará a luz un ser humano. Niño o niña, ella no sabe. Tampoco sabe si se parecerá a ella ese bebé cuya herencia dominante podrá ser muy diferente de la suya. Ella ignora aún más completamente cuál será la personalidad del niño, si la adquiere, pues ello dependerá del uso que haga de su libertad. Esto quiere decir que la maternidad ordinaria concierne inmediatamente y de por sí la naturaleza humana del ser que va a nacer y no la persona que deberá hacerse, de la cual la naturaleza solo contiene la capacidad indeterminada. Dicho de otro modo, aquí la naturaleza precede a la persona.

Ocurre lo contrario en la maternidad de la Virgen. Ella está ordenada primero a una persona. Y esa persona es designada en el mensaje de la Anunciación con el nombre de Jesús que prefigura su misión de Salvador. Es decir que en la concepción virginal de Jesús en el seno de María, la persona precede a la naturaleza.

La persona de Jesús

Debemos pues considerar ahora la persona de Jesús cuya cuna fue la Virgen. ¿Qué nombre le da ella? La apelación bajo la cual se presenta habitualmente Cristo es la de Hijo del hombre, que significa simplemente hombre. Pero atención al artículo: Jesús no es solamente un hombre sino El Hombre. Por eso, para él, este nombre es nombre propio. Más aún, nombre único. Ser hombre, nada más banal. Pero ser El Hombre, nada más singular.

Ser hombre, nada más banal. Pero ser El Hombre, nada más singular.

Esto supone que Jesús contiene en sí toda la especie humana y que ésta está orientada hacia él, en el “Yo divino” que personifica la humanidad del Salvador y al cual se ordena toda personalidad humana por el impulso mismo que la constituye. Jesús no es pues un eslabón en la serie de las generaciones. Él es la unidad viva, a la vez trascendente e inmanente de la serie, que la abraza y la sostiene. Por eso no puede nacer de la serie como un anillo intermediario como uno de nosotros, entre la generación que muere y la que va a nacer, hasta ser arrastrado por la muerte. Él nace fuera de serie, concebida como sucesión carnal y unidad sucesiva a través de la muerte. Dicho de otro modo, él entra en el mundo según la línea vertical de la persona y no según la línea horizontal de la naturaleza. Nace como persona que tiene su yo en Dios y nace de una persona, es decir que nace del Espíritu en el seno de una Virgen, como lo atestigua el relato de la Anunciación.

Hay algo inmenso cuyo misterio entrevemos pensando en los estigmas de san Francisco. Cuando Francisco desciende del Alvernia en septiembre de 1224 con las llagas del Crucificado en las manos y el costado, todos los testigos del prodigio comprenden que la contemplación de la Pasión de Cristo por la cual ha llorado hasta perder la vista, ha desbordado de su mente a su carne para marcarlo todo entero con el objeto único de su amor.

María, una carne que no es más que oración

Algo análogo, en un orden más elevado aún, se realiza en la persona de la Virgen.

Su alma no es sino un grito hacia la Redención del mundo a través del Redentor. Sin comprender la parte única que tendrá ella en la obra salvadora, su espíritu proyecta su figura en la disponibilidad total que ofrece a su realización. Y la intensidad del llamado y la plenitud de la contemplación arrastran su carne en el impulso que pone en movimiento todas las potencias de su alma. Su cuerpo se hace oración. Su carne es solo oración. Y la Presencia que es el deseo de su corazón y la respiración de su espíritu toma cuerpo en su cuerpo y se hace carne en su carne. Y Cristo nace según la carne de la oración de ese cuerpo, de la oración de esa carne.

En el fondo, nada es más natural que esta influencia del espíritu sobre la carne, si Cristo entra en el mundo según la línea vertical de la persona como nuevo Adán y si la maternidad de la Virgen se sitúa en el mismo plano que la persona de su Hijo.

Mientras más meditamos sobre esta correspondencia, más parece normal que una maternidad destinada a alcanzar tal nivel se enraíce en las más lejanas preparaciones. Más aún: puesto que no está en la naturaleza de una mujer considerada como instrumento de la especie que Cristo nazca como persona perfecta en una naturaleza sometida aún al devenir, se deduce que nace de la persona de su madre y que por lo mismo la maternidad de la Virgen se identifica con su personalidad y la constituye como relación que surge de lo más profundo de su ser para ordenarlo totalmente a la persona de Jesús.

La maternidad de la Virgen,… relación que surge de lo más profundo de su ser para ordenarlo totalmente a la persona de Jesús.

La Inmaculada Concepción no significa otra cosa. Desde el primer instante de su existencia, ella no tiene nada propio, no es nada para sí, es toda entera de él, por él y para él. Y él es la vida eterna, como lo sugiere san Pablo en la confidencia que hace a los efesios: “Para mí, la vida es Cristo.” Si pues la personalidad de María está constituida por su ordenación à Jesús, es decir idénticamente que está constituida por su ordenación a la vida eterna de que está totalmente impregnada, cuerpo y alma, como un ser totalmente penetrado por el yo que elige.

¿Qué podía alcanzar la muerte en María?

Frente a estos datos debemos considerar la muerte de la Virgen. ¿Qué podía alcanzar en ella la muerte? ¿Qué podía ser causa de muerte en ella? ¿Qué ausencia de valor podía consumir? En una palabra, ¿qué debía purificar en aquella que por toda su persona era la cuna de la vida eterna?

Sin duda nada, si las premisas que hemos enunciado son fundadas, pues en María no había nada que no viviera de vida eterna, ninguna sombra, ninguna ausencia, ningún sobresalto de una biología rebelde, solo la transparencia de un ser totalmente vacío de sí y perfectamente enraizado en Dios.

La muerte física en el sentido ordinario habría sido una contradicción ya que habría tenido control sobre un ser que era totalmente vida y valor, en su carne y en su espíritu.

Entonces, si la Virgen murió… no fue de muerte biológica,… sino de muerte espiritual, de una muerte de conformidad y de amor en que ella se identifica con la muerte del Señor para la obra de la Redención.

Entonces, si la Virgen murió, de lo que estoy seguro, aunque la definición de la fiesta de Todos los santos no hace ninguna alusión a ello, no fue de muerte biológica que conlleva la disolución, sino de muerte espiritual, de muerte de conformidad y de amor en que ella se identifica con la muerte del Señor para la obra de la Redención.

Esa muerte no podía atentar contra ningún valor ni debilitar en lo más mínimo el lazo con la vida eterna enraizado en la persona de María, ni con mayor razón, provocar la disolución que resulta de la muerte biológica. Por tanto, debía retornar a la vida la que fue por todo su ser la cuna de la vida y ese retorno siguió de cerca esa muerte de conformidad y de amor.

Esta resurrección es menos sorprendente además que la muerte y podemos decir sin paradoja que en este caso es la muerte el milagro y no el retorno a la vida, ya que aquí, al contrario de lo que sucede en nosotros, la muerte, como la maternidad, es fruto del espíritu. En fin, esta resurrección es una resurrección gloriosa, es decir, en una palabra, que la Virgen vive lo que creyó; se desgarró el velo que la ocultaba a sí misma. Y ya no tuvo que creer en la noche sino que contemplar en la luz de las grandes cosas que Dios había realizado en ella, lo que equivale a decir que ella resucita no para entrar en nuestra historia y continuar su carrera terrestre, sino para vivir frente a frente con la Presencia que experimentamos como infinitamente real seguramente, pero que no vemos aunque la llevemos dentro.

Y es justamente porque el Cielo está ahí, el Cielo de luz y de amor ya está en nosotros, aunque nosotros no estemos aún en él, que no imaginamos un instante un rapto de la Virgen hacia un cielo arriba de nuestras cabezas, el cual no es más que un mito de poeta. Ella desapareció del plano de nuestra historia. Es todo lo que podemos decir. Nada impide que esté entre nosotros como Presencia cuya claridad es inaccesible a la debilidad de nuestros ojos.

¿Hemos dicho lo esencial? Así lo espero, pero debemos volver un instante al centro del misterio, el dogma no es jamás sino una luz que aclara la persona de Jesús, el cual no cesa de expresarse en la Iglesia donde prosigue su Encarnación, explicitando el sentido espiritual de su vida temporal.

Correspondencias entre la maternidad de la Virgen y la persona de su Hijo

La Asunción nos interesa únicamente por eso, quiero decir por las correspondencias que reinan entre la maternidad de la Virgen y la persona de su Hijo; siendo esta persona lo que es, esa maternidad reviste un carácter único. Y como la Virgen es personificada toda por su maternidad, la Inmaculada Concepción y la Asunción no hacen sino anunciar su enraizamiento personal, alma y cuerpo, en Jesús y al afirmar esos privilegios, nosotros no hacemos otra cosa que recoger la irradiación de Jesús a través del prisma sacramental de una confidencia que llega a la madurez.

Una vez aceptado esto, nos queda preguntarnos cuál puede ser la oportunidad de atraer hoy la atención sobre la Asunción de la Virgen. No volveré sobre lo que dije de la muerte: no podría añadir nada sin salirme del tema.

Vocación divina de nuestros cuerpos

Otro aspecto de este misterio solicita nuestra reflexión: es la vocación divina de nuestros cuerpos sugerida por la glorificación corporal de la Virgen. La educación de la pureza recibe aquí su programa. Si hay en nosotros una complicidad inagotable con los deseos carnales, eso nos viene en buena parte de los numerosos tabús que han confundido lo sagrado con lo prohibido, suscitando en nuestra imaginación un sentido de vértigo y de fatalidad ante nuestros poderes creadores del que no escapamos sino huyendo.

Pero la huida no está hecha para preparar el reino de la razón. Al contrario, la huida crea la impresión de dominio impenetrable a la razón y no impide el juego de las hormonas que difunden en nosotros las grandes ondas cósmicas. Por eso el individuo, puesto en la órbita de sus instintos por las solicitaciones endócrinas, no tiene modo de dirigir sus impulsos y termina, cansado del combate, soltando las riendas a cualquier sugestión, al menos en la imaginación, si las circunstancias exteriores le impiden pasar al acto.

Pero si el cuerpo puede hacerse oración y al límite, fecundo de Dios, tanto en los célibes como en los casados, se trata simplemente de recuperar en él un infinito que se desvía, controlando la carne e invitándola a personificarse para realizar un estado superior de la materia, haciéndose toda rostro, es decir luz, espacio y libertad.

Esto será más claro si recordamos que la Asunción, como toda afirmación de la fe respecto de María, nos pone bajo la luz de Jesús.

En el último cántico del Paraíso de Dante, san Bernardo entona un himno a la Virgen cuyas primeras palabras expresan de manera incomparable esta relación de la Madre con el Hijo: “Virgen Madre, Hija de tu Hijo”. “Hija de tu Hijo”: eso contiene y rebasa el paralelismo sacado de los Padres de la antigua imagen bíblica que representa a Eva sacada del costado de Adán. También la nueva Eva es sacada del nuevo Adán. Pero Dante precisa que se trata de una filiación y así nos lleva quizá sin pensarlo a la trinidad humana que es la más conmovedora imagen de la Trinidad divina y en que el hombre representa al Padre, la mujer al Hijo y el hijo al Espíritu Santo, y donde la mujer aparece como hija del hombre.

La trinidad humana

Nada me parece más importante para situar las dos mitades de la humanidad. La complementariedad física de los sexos salta a la vista y, en este plano, el hombre y la mujer son los instrumentos de la biología. Pueden sin duda introducir en esta relación un sin número de matices fundados sobre afinidades espirituales, la entrega, la fidelidad y el don de sí. Pero eso les da finalmente tantas razones para ceder al instinto, para el amor del amor, tanto que la marcha contraria no es menos concebible, en que el instinto fabrica las situaciones ideales para liberarse de su tensión. El lugar del hijo es bien difícil de definir en este complejo de sentimientos y pasiones.

En efecto, si el acto sexual encuentra toda su explicación y su justificación en el amor de los dos participantes, el hijo no es necesario y arriesga a menudo estar de sobra. Si está de sobra, el amor puede disponer libremente del mecanismo biológico ya que de todos modos se expresa por su medio. Ya no es más que cuestión de gusto establecer cierta distancia entre el deseo y la satisfacción mediante una jerarquía de afinidades o reducir todo a una atracción física. De hecho, este camino es el más frecuente y estamos inundados por una literatura y un teatro doblados de películas en que todos se acuestan con todos en una estereotipia que pierde todo interés.

Estamos pues en un impase. Ente el hombre y la mujer hay que hallar otra complementariedad que la del sexo físico, infinitamente más profunda y específicamente humana, sugerida además magníficamente en esta relación: la mujer, hijo del hombre, así accedemos a un plano que los concierne exclusivamente y en el que tienen algo esencial para intercambiar, pues aquí se trata de su personalidad misma. En efecto es en la línea de la persona que la mujer debe nacer del hombre, en una atmósfera infinitamente delicada, de protección, de respeto, de seguridad y de ternura.

Ahora bien, la persona es la cumbre interior que surge a pico sobre la biología, imantando todas las energías de ésta hacia la luz y la alegría de la cima. El amor deviene así todo lo contrario de un camino diferente o brutal, hacia la promiscuidad: el arte de crear distancias, de hacer surgir inagotablemente nuevas cumbres donde el amor retoma impulso para comenzar de nuevo hacia más altas cimas cuyo descubrimiento renueva eternamente su juventud y su fervor.

Entonces, en la libertad maravillosa del silencio de sí donde cada uno es para el otro un espacio ilimitado cuya extensión llena la Presencia divina, no es solo el infinito lo que se puede intercambiar, porque el hombre solo alcanza toda su talla dando a la mujer toda la suya, y la mujer solo concurre a la grandeza del hombre poniendo sin cesar en sus manos su propia exigencia de grandeza. En este punto, el amor se sella en el corazón de Dios y reviste su dignidad de sacramento y todo el universo participa en esta Fiesta divina. Cargado de infinito, puede volver entonces sin complejidad al acto creador pues se mueve hacia el infinito en la tercera persona, en el hijo cuyos riesgos mide y asume aportándole el contrapeso de gracia, de santidad y amor que los equilibra. Así se construye la escala de Jacob que va de la trinidad humana a la Trinidad divina, pasando por el misterioso nacimiento de la Virgen en el corazón de su Hijo, el cual, a su vez, nace de ella para nacer en nosotros. Hay que seguir este itinerario vertical para alcanzar la serenidad de una mirada liberada, exenta de codicia y tanto más capaz de amar.

Este es el nuevo génesis del mundo nuevo del que Cristo es origen, centro y fin, en que María nace de Jesús antes que Jesús nazca de ella para nosotros y en nosotros.

En la medida en que progresamos, la Asunción de la Virgen deviene más concretamente probable, quiero decir que toma poco a poco la forma de una experiencia vivida en la ligereza divina de la gracia. El hombre no puede encontrarse sin la mujer, ni la mujer sin el hombre. No hay discurso que logre situarlos y salvar el amor de los espejismos que terminan en pantanos. Necesitábamos descubrir una Encarnación, es decir una verdad que fuera vida, presencia y persona. Y este es el nuevo génesis del mundo nuevo del que Cristo es origen, centro y fin, en que María nace de Jesús antes que Jesús nazca de ella para nosotros y en nosotros. Es lo que Dante pone en boca de Bernardo y que es la suya y la nuestra: “Virgen Madre, Hija de tu Hijo”.


(1) Nota. Dogma de la Asunción de María en los términos definidos por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950. El verbo assumere empleado en la definición (Zúndel traduce asumida) tiene el sentido de tomar o ser tomado y no el de elevarse o ser elevado como se lee con frecuencia. En términos teológicos, se podría decir que María fue asumida por Dios, unida a Él, cuerpo y alma.

(2) Vicente de Paúl, capellán general de las galeras, nombrado en 1618. Hizo cuanto pudo por mejorar la suerte de los galeotes.

 

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