Conferencia de M. Zúndel en Ghazir, en 1959. Cf. "Silence, Parole de Vie" Ed. Anne Sigier (*). Ya publicada en este sitio, à partir del 10/10/2006.

Parábola de la herencia de los hijos desunidos

Para iniciar a los niños en el misterio de la Eucaristía, les doy esta parábola. Había a finales del siglo pasado (s. 19) un gran ingeniero parisino que tenía muchos hijos, a los que deseaba dar la mejor educación posible, y para ello necesitaba mucho dinero. Aceptó pues una oferta de trabajo en América del Sur para construir represas enormes. Era un trabajo de varios años, unos 15. Y como en ese tiempo no había aviones, y que los transportes eran a la vez largos y costosos, se quedó todo ese tiempo alejado de su familia, aunque no estaba en América del Sur sino para asegurar la subsistencia de su familia y dar a sus hijos la mejor educación posible. En el intervalo murió su mujer y los hijos se dispersaron, y se hicieron más o menos extranjeros unos para otros. Hubo disensiones entre ellos para el reparto de lo que la madre pudo dejarles.

Cuando una vez terminado su trabajo el padre regresó a París solo pudo constatar la terrible división entre sus hijos, pero se había hecho demasiado extranjero para ellos durante su larga ausencia como para tener influencia sobre ellos y poder reconciliarlos. Murió sin haber restablecido la unidad, con la más gran tristeza por la división. Los hijos, naturalmente, se reunieron como siempre en casos semejantes, para el testamento. Ahí nadie estaba ausente ya que se trataba de reivindicar sus derechos.

Cuando leyeron el testamento, por la última voluntad del papá, supieron que toda la fortuna de que disponía estaba en un cofre que se abría con cierta clave, un nombre que exigía construirse, era necesario cierto número de letras para poder abrirlo. Buscaron todos los apellidos, todos los nombres que conocían, sin resultado.

La clave era la palabra juntos…
su corazón se abrió.

Volvieron a leer el testamento y vieron que la frase "busquen juntos" estaba subrayada. Entonces formaron la palabra "juntos". Y funcionó… pero también se abrió su corazón. Entendieron el valor de la palabra "juntos", y se encontraron unidos esta vez por la muerte del padre, se volvieron a encontrar y ya no se separaron más porque la palabra "juntos", que era el verdadero testamento del padre no podía salir de su corazón.

Así, digo a los niños, así es como Nuestro Señor nos dio su testamento en la Eucaristía, justamente para que estemos juntos y es esa unanimidad, ese conjunto indisoluble la condición de nuestro encuentro con El: esa es una parábola que pueden retener, que es fácil y que entra directamente en el tema.

Comentarios sobre el Evangelio: el diálogo con la samaritana

Volvamos ahora, por favor, al descubrimiento de este misterio inspirándonos del evangelio de San Juan en el capítulo 6 que conocen de memoria y del que es evidente que está construido sobre el mismo esquema que el capítulo cuarto… Saben igualmente que el capítulo 4 de San Juan, que todas recuerdan, ya que es muy fácil recordarlo. El capítulo 4 es el diálogo con la samaritana, en que el agua del pozo se convierte en el pretexto o en el punto de partida simbólico de una conversación que debe llevar al agua interior que debe brotar en vida eterna y que Cristo dará a los que creen en El.

No hay duda de que el agua del pozo es aquí el símbolo del agua espiritual, que es la vida eterna, cuya comunicación recibimos de Cristo mismo, mediante su santa humanidad. Y el diálogo es además admirable, justamente porque sentimos que sube, que mientras más se endurece la samaritana en su comprensión, más se centra Jesús en el centro esencial, hasta que por fin habiéndole revelado el estado de su conciencia, ella entiende que se trata de un misterio interior.

El alma es el verdadero santuario
y cada uno es el templo de Dios.

Entonces ella desvía la conversación y la lleva sobre el monte Garizim y la colina de Sion, y finalmente, escucha la suprema revelación del Nuevo Testamento, que Dios no está en una colina, no habita en una montaña, ni está encerrado en un templo hecho de piedras, que su verdadero santuario es el alma, y que cada uno es templo de Dios, a condiciónjustamente de escuchar, de estar atento, de adorar a Dios en espíritu y en verdad. Entonces descubrirá en él la fuente que brota en vida eterna.

Después de la multiplicación de los panes

Aquí tenemos exactamente la misma estructura. Después de la multiplicación de los panes que había terminado en catástrofe, noten el acontecimiento: la multiplicación de los panes se había vuelto catástrofe porque precisamente habían querido hacer de Jesús un rey, es decir habían querido ver en la multiplicación de los panes el signo de que la era mesiánica había comenzado, y querían justamente que Jesús fuera el rey, tal como lo imaginaba la muchedumbre, el rey milagroso, el rey que de un golpe, por un nuevo prodigio, iba a echar fuera, a arrojar fuera los enemigos de Israel, es decir a los romanos, a echarlos fuera de las fronteras de la Tierra Santa e instaurar el reino glorioso en que los judíos serán el primer pueblo de la tierra y en que de todas las naciones vendrán humildemente a refugiarse a la sombra de su fe para tener parte en las promesas del Reino.

La multiplicación de los panes,
signo de que la era mesiánica había comenzado.
Querían que Jesús fuera rey.

Y Nuestro Señor se había asustado precisamente del giro de los acontecimientos, ¡era justamente lo contrario lo que Él quería! Había rehusado siempre llamarse el Mesías, evitaba como el fuego ese término lleno de equívocos que tenía asociaciones políticas y revolucionarias, cuando ese gesto de misericordia y de amor realizado en la multiplicación de los panes terminaba en la catástrofe, evidentemente en lo contrario de lo que El esperaba. Por eso, de prisa, se apresura a dejar ir los discípulos cuya cabeza no es muy sólida y que podían dejarse llevar por el movimiento, les pide que tomen de nuevo el mar y regresen a Cafarnaúm. Y Él, aprovechando de la noche, dispersa la muchedumbre demasiado entusiasta y se retira a la montaña para orar y, por la mañana ya no lo encuentran, y calmado por el momento el movimiento, la especie de efervescencia mesiánica es diferida.

Sin embargo los más exaltados, que no quieren perder la ocasión de ser los primeros para tener parte en los favores del Mesías, lo encuentran en Cafarnaúm y es entonces justamente donde, para ponerlos en guardia y desviarlos del mesianismo fácil en que las codornices fritas les caerían en la boca sin tener que hacer esfuerzos, para iniciarlos en la verdad de su mesianismo, que debe desembocar en la cruz, sigue exactamente como lo había hecho en el discurso con la samaritana, a partir del pan que piden: "Ustedes vienen, no porque creen sino porque fueron alimentados. Pues bien, trabajen para obtener el verdadero alimento, el que dura". (Juan 6, 26-27)

La sombra de la Cruz va a aparecer cada vez más claramente
en las palabras de Jesús.

Entonces, naturalmente, vueltos un poco a la realidad, la cosa no les gusta del todo y el diálogo se va a endurecer cada vez más, el rechazo por parte de ellos se hará cada vez más claro, y entonces justamente la sombra de la cruz va a aparecer cada vez más claramenteen las palabras de Jesús que, finalmente, acorralado, va a ponerlos frente a la cruz en los términos que vamos a leer de nuevo. En el fondo, la partida está perdida. Este discurso en San Juan representa un punto crucial: la partida está perdida. La partida está perdida en el sentido de que Jesús sabe que no los va a ganar, y que apenas si puede contar con sus discípulos, y no con todos.

Entonces no queda sino una solución posible, la que además conocía desde siempre: la cruz. Entonces va a partir del pan: pues bien, ¿qué hacer para obtener ese pan? ¡Hay que creer! ¡Hay que creer! Creer, ¿pero porqué creer? Creer, ¿con base en qué signo?

¿Qué signo haces tú?
Moisés nos dio el maná, pues está escrito:
Nos ha dado pan del cielo.

Hace unos días querían hacerlo Mesías, ahora les pide un esfuerzo y se endurecen, mientras Él les dice que es necesario creer en aquél que el Padre marcó con su sello, es decir en el Hijo, y ellos piden con cierta insolencia: ¿Y qué signo haces? ¿Qué signo haces? Moisés nos dio el maná ya que está escrito "nos ha dado pan del cielo";

Y Jesús prosigue diciendo: "¿Pan del cielo? ¡No! Moisés no les dio el pan del cielo, ¡es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo!" Y entonces naturalmente se endurecen más todavía y Él explica: "El pan del cielo, sí, es el que viene de Dios y que da vida al mundo". Y en todos los versículos que se siguen hasta el versículo 51, se trata en el fondo de la palabra, de la palabra que Jesús da, de la sabiduría que Él comunica, de la luz que reciben los que creen en Él.

Jesús, pan de vida,
porque es el alimento del espíritu y el agua viva
que brota hasta la vida eterna.

Y finalmente, cuando la resistencia se hace más viva e irreducible, los va a poner frente a la decisión suprema: lo que habrá que hacer para obtener el alimento que es vida eterna, creer sin dudar en la palabra que es Jesús, que es el Pan de vida precisamente, porque Él ¡es el alimento del espíritu como es el agua viva que brota en vida eterna!, pero finalmente habrá que digerir el misterio de la cruz, habrá que comer la carne inmolada, habrá que beber la sangre derramada, es decir habrá que venir a buscar la salvación en la derrota, en la fragilidad, en la muerte, en el oprobio de Dios.

El verdadero Dios

Ese es Dios: Dios no es el que los salva a golpe de milagros, el que los dispensa de todo esfuerzo, el que los alimenta sin tener que trabajar, el verdadero Dios es el que los busca en la intimidad, el que los busca en su amor, que los busca en su grandeza, el que los busca en ese corazón a corazón que quiere iniciar, que quiere hacer surgir entre Él y ustedes. Y si quieren encontrar en adelante el Mesías, si quieren tener parte en la salvación, así como Pedro tendrá que dejarse lavar los pies para tener parte en la vida eterna, será necesario que digieran la humillación, que vengan a buscar en la derrota, la vida eterna en el cuerpo inmolado y en la sangre derramada.

Y tienen la prueba de que se trata del cuerpo inmolado o de la sangre derramada, en los dos hechos que todas las palabras de la institución y todas las palabras de la consagración notan: "La sangre de la Nueva Alianza o la Nueva Alianza en mi sangre".

La Nueva Alianza en mi sangre…
De esta muerte se deberá sacar la vida eterna.

En la Eucaristía se trata de la sangre de la Alianza, de la sangre que sella la Alianza, de la sangre derramada que pone punto final a la Antigua Alianza e inaugura la Nueva. Además, para que sea imposible dudar de ello, San Pablo (I Co. 11,26) nos recuerda que "cada vez que comemos de ese pan y bebemos de ese cáliz, anunciamos la muerte del Señor, hasta que vuelva".

Hay en la Eucaristía una referencia indisoluble, esencial, a la sangre de la Nueva Alianza derramada en la cruz, y al cuerpo roto del Cordero que quita los pecados del mundo, y es de eso de lo que es necesario alimentarse, del misterio de la cruz, de esa muerte es necesario sacar la vida eterna y, desde luego, el tesoro de la Nueva Alianza será confiado a la Iglesia, Y en la Iglesia, por la Iglesia, para la Iglesia (para construir el Cuerpo místico) tendremos acceso a esta fuente de vida eterna.

Una Presencia que solo puede ser accesible a la fe y al amor

y: Roboto;">No se trata pues de comer materialmente el cuerpo del Señor, de beber materialmente la sangre del Señor ya que nuestro Señor debió comprobar que sus discípulos, que no habían dejado de estar con Él, que eran sus comensales, que no lo abandonaban, que eran testigos de sus hechos y gestos, no lo habían conocido todavía (¿tampoco nosotros?) ya que nuestro Señor declara que ¡debe irse para que lo encuentren! La Eucaristía no está pues instituida para ponerles su presencia al alcance de la mano y sin que tuvieran que hacer ningún esfuerzo, su presencia que no puede ser accesible sino a la fe y al amor.

Y, además, tenemos de nuevo el signo evidente de ello en el hecho de que San Pablo dirigiéndose a los Corintios no repite el relato de la Cena sino para criticar a los Corintios que vienen a la iglesia para comer sus comidas separados unos de otros, saciándose hasta embriagarse, y ¡luego se atrevían a comer la Cena del Señor! Como si la Cena del Señor pudiera seguir una comida en que uno se sacia y se embriaga, como con alimentos que no es necesario distinguir de todos los demás.

La Cena del Señor es el misterio de la Cruz
que debemos vivir y asimilar.

Hay que discernir justamente la Cena del Señor porque no se la puede comer como un alimento cualquiera. La Cena del Señor es el misterio de la cruz: hay que vivirlo y asimilarlo. Y para vivir y asimilar el misterio de la cruz y para encontrar la vida en la muerte e identificarse con Cristo, es necesario justamente llegar a los demás, hay que estar juntos, es necesario que la comida sea comunión humana, que sea signo de encuentro de toda la humanidad, es necesario que se afirme la cadena de amor que va a constituir el cuerpo místico alrededor de la mesa del Señor.

No lo encontraremos si no estamos juntos.

Pues ustedes comprenden que, ¡si Nuestro Señor nos dio cita bajo la forma de una comida, no fue por nada! Escogió justamente (con justeza) esta forma, quiso ese signo, quiso el sacramento de la comida para afirmar que no lo encontraremos si no estamos juntos, que la condición misma, y el único acceso posible a su presencia es estar juntos.

Y si pretendemos encontrarlo rompiendo la cadena de amor, rehusando asumir la humanidad, desolidarizándonos de todos los dolores y de todas las esperanzas del mundo, entonces cometemos un sacrilegio porque pretendemos injustamente llegar a El de manera material, mágica, como los judíos que querían apoderarse de El para hacerlo rey, como los corintios que pretendían comulgar sin caridad, sin cuidado de unos por los demás, cuando los más ricos se saciaban dejando con hambre a los pobres.

La obra de Jesús es hacer de toda la humanidad su cuerpo,
a fin de que todos los hombres estén en la unidad de su Persona.

Es pues absolutamente indispensable tener cuenta de la exigencia comunitaria que es esencial ya que la obra de Jesús es constituir toda la humanidad como su Cuerpo, para que todos los hombres estén en la unidad en su persona. Y noten la estrecha solidaridad en el Evangelio entre: "Les doy un mandamiento nuevo, el mandamiento supremo" Y el lavamiento de los pies: el lavamiento de los pies y la Eucaristía no son sino una cosa, ¡no son sino una cosa!, expresan la misma caridad, el mismo servicio, la misma presencia a todos, la misma imposibilidad de ser discípulo sin asumir toda la humanidad y todo el universo.

El Santísimo Sacramento

y: Roboto;">El Santísimo Sacramento nos da acceso desde luego, nos da acceso a toda la presencia de Nuestro Señor, cuerpo, sangre, alma y divinidad, claro está. Cristo no abandona a su Iglesia, está constantemente con ella, está realmente en medio de ella.

Pero, precisamente, para llegar a Él, para que esa presencia real nos sea accesible, para que no sea sacrilegio, para no hacer de ella un rito mágico, para que no pretendamos apropiárnosla simplemente abriendo la boca o tendiendo la mano, se necesita la apertura infinita que nos universaliza, que nos pone al nivel de su corazón.

Entonces sí, en ese momento, sí tenemos acceso eficaz, real, santificante a su Presencia, estamos realmente en contacto con ella, comunitariamente, universalmente, católicamente.

Comer la carne y beber la sangre…:
Se trata siempre de una relación de persona a persona.

Es pues perfectamente claro que comer la carne y beber la sangre es como sacar agua viva, como tener fe en su Palabra: se trata siempre de una relación de persona a personas, y si la relación es una realidad suprema, es porque aquí tenemos, de manera radical, toda la exigencia del misterio de la Iglesia. No podemos unirnos al Señor sino viviendo el misterio de la Iglesia, no podemos llegar a Él sino por la Iglesia, en la Iglesia y para la Iglesia.

La Eucaristía y la Iglesia son indisociables

Por eso los teólogos, hay que releer a Santo Tomás para verlo, los teólogos insistieron en el modo de presencia del Señor en la Eucaristía, modo de sustancia, es decir no accesible a los sentidos, no localizable. Pero he dicho y repetido estas explicaciones, como pueden verlas en Santo Tomás, simplemente porque son caras para mí, porque no hay que pedir a la fe más de lo que pide la Iglesia.

Si estas explicaciones no les satisfacen, no están obligados de aceptarlas, lo esencial es que sosteniendo firmemente que en la Eucaristía tenemos el sacramento del cuerpo y la sangre del Señor, y que así tenemos acceso absolutamente auténtico e infalible a la presencia de Nuestro Señor, cuerpo, sangre, alma y divinidad, lo que hay que retener es que este misterio adorable se sitúa en el corazón del misterio de la Iglesia y que la Eucaristía y la Iglesia son indisociables porque justamente es a través de la Eucaristía como el misterio de la Iglesia no cesa de engendrarsey que no podemos unirnos efectivamente a Cristo sino ensanchándonos hasta las dimensiones del Universo, entrando en la catolicidad de su amor y constituyendo juntos el cuerpo místico cuya Cabeza es Él y que Él es el único, el único que tiene derecho de invocar y de evocar. Por eso toda consagración que no esté fundada en el llamado del cuerpo místico es a priori inválida.

Cuando nos presentaban en una película un sacerdote renegado que pretendía consagrar un jarro de champaña en un bar, esa consagración es simplemente imposible, porque ese gesto que sería pura magia, ese gesto no tiene ninguna eficacia por el hecho de que no es hecho en la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia. Un sacerdote indigno conserva sin duda el poder de consagrar, pero siempre en la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia.

Ante el Santísimo Sacramento
debemos pensar el universo, la humanidad,
recapitulando toda la historia.

Hay que conservar a los misterios de la Cruz y de la Eucaristía todas sus exigencias espirituales, toda su luz interior, toda su catolicidad, y cada vez que estamos delante del Santísimo Sacramento, tenemos que pensar universo y humanidad recapitulando toda la historia. Así nos acercamos más aún al misterio de la Misa. El misterio de la Misa, que es un acontecimiento tal, un acontecimiento incomparable, la más alta acción, ¡si la Misa es vivida!, y el misterio de la liturgia es un camino progresivo, justamente, hacia el encuentro con Cristo en el Calvario.

Una forma de reto de amor

Y, justamente el discurso de Nuestro Señor en la sinagoga de Cafarnaúm es una especie de reto del Amor lanzado por un Dios acorralado: "Cómo, ¿no creéis? Me ponéis entre la espada y la pared, no queréis entender que Dios es frágil, que Dios es Amor, que Dios os está confiado y que lo que necesitáis es ser salvos, pero ser salvados de vosotros mismos, de vosotros mismos, de vuestros límites, de vuestras parcialidades, de los muros de separación que levantáis continuamente entre vosotros unos contra otros, de eso es de lo que tenéis necesidad de ser liberados, y no podéis serlo si no descubrís en Dios al Dios desarmado, al Dios frágil, al Dios que es sólo Amor, y que no puede vivir en vosotros sino mediante vuestro amor. Así es como seréis salvados."

Pues bien, justamente, en la Misa, la Iglesia acepta el reto y viene a reunirse bajo la cruz de Jesús con María y San Juan, con las santas mujeres, con la Magdalena y con los pocos fieles que se rehicieron o que deben parecer, como la Madre del Señor cuya calidad de mujer la había alejado hasta ahora, pero que ¡vendrá a reivindicar su puesto en el oprobio y la ignominia!

Esta es mi vida eterna en la muerte.
Este es el cuerpo del Cordero que borra los pecados del mundo,
esta es la sangre que sella e inaugura la nueva y eterna Alianza.

Pues bien, la Iglesia viene a colocarse bajo la cruz y reivindica este condenado. Reconoce a este crucificado que comparte la vergüenza de los esclavos ya que la cruz era el suplicio de los esclavos, este crucificado rodeado de dos bandoleros, la Iglesia viene a reivindicarlo como su Señor y su Dios. Y como María en el descendimiento de la cruz la Iglesia lo recibe en sus brazos murmurando sobre El: "¡Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre!" la Iglesia justamente dice sobre el Crucificado: Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre, esto es mi vida, esto es mi fuente de vida, esto es mi vida eterna en la muerte, esto es el cuerpo del Cordero que borra los pecados del mundo, esto es la sangre que sella e inaugura la Nueva Alianza.

Entonces la vida circula bajo la figura del pan y el vino,
bajo la figura de la comida comunitaria,
el Señor está realmente presente.

Y, al mismo tiempo, el Señor dice sobre la Iglesia, el Señor al mismo tiempo dice las mismas palabras: esto es mi cuerpo, esto es mi sangre. Hay un intercambio en las palabras de la consagración, un intercambio entre la Iglesia y Cristo, un intercambio en que la Iglesia justamente se identifica con su muerte, como María lo hace al pie de la cruz: "Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre" y en que Jesús se identifica con la Iglesia: "Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre."

Y entonces, al final, la vida circula, y bajo la figura del pan y del vino, bajo la figura de la comida comunitaria, el Señor está realmente presente, es decir que su presencia brilla y se comunica, la Iglesia la toma sobre sí porque justamente se identifica con El, acepta el reto de amor lanzado en la sinagoga de Cafarnaúm, vino realmente a alimentarse con el cuerpo inmolado y la sangre derramada.

En nosotros el Dios vivo y resucitado

Pero aquí justamente brilla la alianza de la muerte y la vida, la unión indisoluble del Viernes Santo y del agua pascual. Porque finalmente, si Jesús Nuestro Señor debió morir, murió por todos nuestros rechazos de amor, lo crucificaron nuestros rechazos de amor, lo clavaron en la cruz donde El mismo anuló el decreto por el cual el pecado nos condenaba a muerte. El rechazo de amor clavó a Jesús en la cruz, y Jesús venció nuestra muerte mediante la Cruz, la venció con su muerte.

Pero justamente, porque venimos a misa, venimos a la liturgia divina, venimos como la Iglesia entera reunida de todos los extremos de la tierra, venimos a colocarnos al pie de la cruz y a solidarizarnos con Él: justamente por eso condenamos la condenación que le infligimos, renunciamos a nuestros renunciamientos, anulamos las causas de su muerte, lo despegamos de la cruz y Él llega a ser en nosotros el Dios vivo y resucitado.

Y ese es el prodigioso itinerario de la liturgia: justamente, la recapitulación de toda la historia humana desde el comienzo, la reunión de todos los siglos, de todos los hombres y la reunión de todos juntos al pie de la cruz para reclamar nuestra parte de oprobio y de ignominia solidarizándonos con el Cordero de Dios, inmolado por nosotros. Y entonces, acabo de decirlo, al renunciar a nuestros renunciamientos, al anular la condenación del Señor, deja de ser en nosotros, deja de ser por medio de nosotros el Dios crucificado y se hace en nosotros el Dios vivo, el Dios del agua pascual, el Dios resucitado.

El sentido último de la misa…
bajar a Jesús de la Cruz, darle refugio en nuestro amor,
darle de beber como él lo pide en la Cruz y a la samaritana…
recogerlo en nosotros.

Y es también el sentido mismo, el sentido último de la misa. No vamos a misa por nosotros, participamos en ella para salvar el mundo entero, participamos en ese inmensa reunión de la que nadie puede ser excluido, pero mucho más todavía para despegar a Jesús de la cruz, para darle refugio en nuestro amor, para darle de beber como lo pide en la cruz y a la samaritana, para finalmente, acogiéndonos como María lo acoge en el descendimiento, para acogerlo en nosotros, a fin de que pueda vivir en nosotros una vida sin límites y sin fronteras, y que Él sea en nosotros el Dios vivo y resucitado.

Es imposible además vivir un tal misterio, vivirlo o soñarlo, y tratar de vivirlo cada vez que volvemos al altar, es imposible estar seguros de tener las disposiciones necesarias. Por eso siempre es necesario pedir a la Santísima Virgen, pedirle que nos inicie en ese misterio de amor universal, y por eso, por mi parte, yo no pronuncio nunca las palabras de la consagración sin pedir a la Santísima Virgen que las diga conmigo, que las diga en mí y las llene con la verdad de su vida. Porque, al menos para ella, es verdad, ¡para ella es verdad! Al menos ella, está bien presente, al menos ella, está toda entregada, al menos ella, es universal, al menos ella, acoge toda la historia en su amor, al menos ella no excluye a nadie. Entonces esas palabras, a través de ella, se vuelven verdaderas: "Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre".

La eucaristía, misterio de la fe en el centro del misterio eclesial

Así, pienso yo, viviremos el misterio eucarístico que no es materia de discusión, sino que es tan profundo, tan verdaderamente el misterio de la fe, el centro del misterio eclesial, el misterio de la cruz cuya fecundidad se difunde a través de toda la historia, el misterio de unidad en que los hombres se reúnen en el amor de un Dios muerto y que no puede resucitar sino en el amor de ellos.

En este espíritu podemos pasar esta jornada de adoración, velando sobre la tumba sagrada con la Magdalena, con María, pero justamente para ofrecer a Nuestro Señor un corazón pascual, para que esta jornada brille más viva la luz de Su amor y que, formados por María, hechos cada vez más universales por su mediación, nos hagamos a nuestra vez pan vivo, hostia viva, con que los demás puedan comulgar a la presencia real de Jesús.

Dos pequeñas notas del P. Boismard

Se me olvidó leerles dos notitas del Padre Boismard, uno de los grandes especialistas de san Juan, en la Biblia de Jerusalén.

Dice en el capítulo 6: “Según ciertos exégetas, un discurso eucarístico, es decir cap. 6, desde el versículo 51 al 58: Jesús, verdadero alimento por su cuerpo y su sangre, fue insertado en el discurso siguiente: a los judíos que reclaman un “signo” análogo al del maná, Jesús responde: Por la enseñanza del Padre que yo transmito a los hombres, yo soy el verdadero pan asimilable por la fe. Los judíos no comprenden, a excepción de Pedro y los discípulos”.

Y en la página siguiente dice: “Jesús es el verdadero pan como Palabra de Dios y como víctima ofrecida en sacrificio, por su cuerpo y su sangre, por la vida del mundo”. Él es pues el pan vivo, como Palabra de Dios y como víctima ofrecida en sacrificio, por su cuerpo y su sangre, para la vida del mundo. La palabra carne sugiere la relación entre la Eucaristía y la Encarnación: el hombre se alimenta del Verbo hecho carne.

Para alimentarse del Verbo hecho carne
es necesario comprometer toda la persona.

Es evidente que para alimentarse con el Verbo hecho carne hay que comprometer toda la persona y es justamente en esta comunicación por el fondo de nuestro ser con lo más íntimo de Cristo como se realiza esa unidad, a través de la manducación material de las especies que constituyen el sacramento que representa y opera la asimilación espiritual de todo nuestro ser con todo Cristo.

 (*) TRCUS Libro « Silence Parole de vie  » – (Silencio, palabra de vida).

 Edit. Anne Sigier, Sillery, 2001, 250 págs.

 ISBN : 2-89129-146-8

 

 

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