Homilía de Mauricio Zúndel sobre el santísimo Sacramento, en el Cairo, a fines de mayo de 1940, al comienzo de la segunda guerra mundial.

El sacramento de la Presencia Real es el refugio de la contemplación, el fermento de la caridad, el mostrador de la humildad, el símbolo de la unidad de la Iglesia, la fuente de la misericordia y el sello de la paz.

El primer sentimiento al contacto con el Santísimo Sacramento es el del recogimiento y del silencio. El silencio es necesario para todos.

Si los artistas y los sabios, tan mediocres en su vida privada, no recurrieran a menudo al silencio no habrían hecho ninguna creación. El silencio deja pasar la corriente que pone en contacto con la eterna verdad y es el destello de la verdad la que los conmueve y nos conmueve a nosotros en sus obras.

Por su parte, los místicos deben todo al silencio. Ellos han comprendido que en el recogimiento circula el Verbo de Dios y nos descubre sus inefables secretos.

Con el silencio no se puede fingir, y las almas que no lo conocen jamás han alcanzado la verdad, la belleza y el amor. Todo lo grande y creador está formado de silencio.

El ruido es símbolo de barbarie, destrucción, rechazo y encerramiento, pues ¿cómo escuchar en él los secretos silenciosos del primer amor? El tumulto exilia el Verbo.

El silencio es forma de apertura, de renuncia y de pobreza.

Si es imposible de encontrar la belleza y el amor fuera del silencio, es que Dios es silencio, lo mismo que pobreza.

¡Qué privilegio estar cubiertos por la santa liturgia con el misterio del Verbo!

Es la cosa más revolucionaria, más irresistible de nuestra fe, la más alta manifestación del amor de Dios, la presencia oculta de Jesús en el santo sacramento.

Meditemos el milagro de la Presencia Real. Fuera de ella, todo es ausencia y muerte. Todo se habría perdido en la Iglesia si no hubiera esta presencia.

Jamás se le habría ocurrido a una mente humana inventar cosa semejante a la presencia real.

La presencia real es el refugio de la contemplación y una de las cosas de que más sufrimos son las palabras que quieren expresar a Dios. Y los errores contra la fe son la conclusión lógica de razonamientos llenos de artificio como la predestina­ción que pretende que Dios haya olvidado a muchos hombres condenándolos a la desgracia eterna.

Es imposible asimilar a Dios a un hombre. Si la Presencia real es eterna espera, ¿cómo puede condenar hombres, él que es solo Amor?

El místico no se atreve a decir lo que piensa para no limitar a Dios. Y cuando tiene que hablar, teme que el alma que lo escuche diga: “¿Dios no es sino eso? ¿Y eso es todo?” Eso no es todo, pero encamina, da el impulso inicial.

Ante las heridas que nos impone el lenguaje, desde el del catecismo hasta el de la predicación, hay un remedio maravilloso: el silencio de Jesús en el santísimo Sacramento. Es mejor esconderse en Dios para adherir por Jesús a todo lo ignorado de Dios.

La presencia real es fermento de la caridad. No quiere el mal ya que es el bien y la Cruz de Jesús nos enseña que él es la primera víctima del mal. Con él debemos detestar el mal, luchar contra él, detenerlo, pero debemos ir más al fondo y cerrar la fuente del mal, aceptando ser con él víctima del mal.

En el altar anunciamos la muerte del Señor. Cristo es el Amor que se da, es la víctima que recibe todos los golpes y quiere vencer el odio.

Hoy, tornándonos hacia el Santísimo Sacramento, fermento de caridad, queremos reparar el mal identificándonos con el Amor. Si pudiéramos identificarnos con Jesús, habría en el mundo algo fundamentalmente cambiado, pero solo Dios puede volvernos hacia él, darnos odio del mal que no implica ningún juicio sobre el interior de los hombres que lo cometen. Agotar la fuente del mal siendo ofrenda de amor.

La Presencia real es altar de humildad. Aquí se oculta también la humanidad de Cristo. No podía elegir un lugar más humilde. No podía darse más. Para él, es la encarnación y el Lavatorio de los pies hasta el fin de los siglos y la más conmovedora expresión es la condición de cosa a la que se somete en cierto modo en el Santísimo Sacramento.

¿Para qué fingir? Si Dios está en el último puesto de las cosas, la única grandeza es darse, y cómo no comprender que para actuar es necesario escoger el último lugar como en el Lavatorio de los pies. Cuando queremos castigar, el orgullo solo exaspera. No podemos discernir lo que en nosotros es impotente y estimable y no aceptamos que los hombres nos juzguen y critiquen. Cristo nos reveló la grandeza suprema del amor que se pone en el último puesto, y por su solo silencio nos cura del orgullo, del retorno sobre sí mismo que nos hace opaco a la luz divina, porque solo él respetó en nosotros todo lo que puede vivir eternamente.

Cuando Jesús encuentra la mujer adúltera, lo que la sana son los ojos bajos de Jesús. Jesús los sigue bajando en el Santísimo Sacramento. Está sin reproches y sin juicios, es todo Amor.

Los ojos bajos de Cristo salvan al hombre de la desesperación porque perdona siempre y hace brotar de nuevo el acto de amor. ¿Cómo ser despiadado con los demás delante de los ojos bajos que esperan al pecador, el día y a la hora que él querrá?

El Santo Sacramento es el símbolo de la unidad de la Iglesia. Si Cristo nos dio cita en la Iglesia, es porque quiere nuestro corazón tan amplio como el suyo para hacernos presente a todas las almas, a todas las cosas, a toda la Iglesia que es el refugio actual de la humanidad separada por el odio. La Iglesia debe permanecer, ser católica, en cada una de las naciones donde hay capillas del Santísimo Sacramento, como signo de unión universal, de catolicidad. Nunca como hoy es más amenazada la unidad de la Iglesia interiormente por la barrera de odio en las almas. Demos gracias a Dios por habernos dado el papa por encima de las naciones, si no, la unidad de la Iglesia jamás habría podido existir.

No podemos permanecer impasibles ante los crímenes, no podemos dejar de pensar en la patria y en Francia. No podemos dejar de pedir a Dios que la guarde, no podemos dejar de pensar en Holanda y Bélgica invadidas, sin culpa de ellas. No podemos no estar con ellos. Pero no podemos tampoco olvidar que estamos encargados de la catolicidad de la Iglesia. Por fuerte que sea nuestro amor por la patria, no podemos unir la suerte de Dios con la suerte de la patria. Lo que debemos salvar ante todo es el reino de Cristo y la catolicidad de su amor y sentir con dolor que todas las heridas hechas a los hombres son hechas al corazón de Dios que sufre como una madre el dolor de sus hijos.

Debemos sentir como una herida personal cada uno de los golpes dados a Dios.

Si los hombres de guerra que llenan el mundo de odio y de muerte pudieran escuchar su alma, se horrorizarían y se verían como caricatura de la humanidad que hace la deshonra del hombre y de Dios.

Pidamos a Dios que no añadamos al horror de la guerra el horror de perder la libertad del espíritu, el sentido del futuro del espíritu, la fe en el reino de Dios, la posibilidad del perdón.

Dilatemos nuestro amor pidiendo a Dios que lo haga tanto más grande cuanto más terrible sea el mal.

La patria se salva solo en la medida en que está consagrada. ¡Que Dios tenga la última palabra y que Cristo logre la única victoria! ¡Que haya una ciudad de Dios donde reine la tranquilidad del hombre, donde reine el Príncipe de la Paz y del Silencio!

La Iglesia es la línea vertical del Espíritu.

Mauricio Zúndel sueña con una iglesia llamada Aghia Sigué, Santo Silencio como Aghia Sophia es Santa Sabiduría (*), donde la liturgia será el canto de amor. Cada uno puede construir en sí mismo esta Basílica del silencio.

No hablemos más de esta guerra, pensemos en ella delante de Dios para merecer el regreso de la paz.

Una mujer pobre me decía un día: "Lo más duro para nosotros los pobres es que no nos amen. Nadie nos pide el corazón, nadie lo necesita, nadie desea nuestra amistad."

Dios es Amor, debemos amarlo y hacerlo amar amándolo.

Cuando dormimos seguimos viviendo porque Dios no duerme…

Nota (*) Hagia Sophia, Santa Sofía. Evoca también la basílica de Constantinopla (Estambul), que estaba dedicada a Cristo “Sabiduría de Dios”.

 

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