Homilía de Mauricio Zúndel en Egipto en 1963. Inédita.

 

Observamos hace unos días que la creación por Hitler de un ministerio de la propaganda era, a su manera, un homenaje rendido a la mente. Pero también, y más todavía, una empresa de corrupción de la mente pues no se trataba de ofrecerle verdades a la mente sino de imponerle ideas sosteniendo automatismos pasionales. En el fondo, el razonamiento que llevó a Hitler fue comunicado a una gran parte de la nación y determinó una especie de locura que la llevó a las peores catástrofes.

Cuando se somete la idea a automatismos pasionales, cesa de llevar su luz, cesa de ser interior, pues la idea solo tiene valor en la medida en que es desposesión que toma su luz en nuestra mente. Por eso, un ministerio de la propaganda que impone automatismos pasionales materializa la idea.

Al mismo tiempo que Hitler creaba ese ministerio, Gandhi entrenaba su pueblo a hacerse digno de la libertad restringiendo su violencia. La idea se hace espíritu, luz, en una persona digna de ese nombre, en un ser que se ha conquistado y ha llevado a los demás un espacio ilimitado. Ahí vemos la diferencia entre un conocimiento puramente utilitario del universo y un conocimiento verdaderamente sabio, un conocimiento que va al centro de la realidad, que permite contemplar el mundo y no simplemente explotarlo. En las palabras d Gandhi vemos que la persona aparece en ese gran hombre, en ese santo, bajo el aspecto de despojamiento. La plenitud de la existencia, de la vida, la fuente de toda fecundidad, es justamente lo que hace que el hombre hace de sí mismo un espacio magnético, la posibilidad de llegar a sí mismo por la ofrenda de su ser.

Hay momentos en el amor humano en que este fenómeno se realiza, en que uno se une a sí mismo por el don que hace de su ser y uno tiene una conciencia muy viva de alcanzar su ser en ese momento.

Un hombre llegó un día a mi casa, y era la imagen misma del fracaso más completo. Viendo esa humanidad fracasada, ese ser sin esperanzas, sin soluciones, yo sentí que había toda una humanidad que salvar y que era necesario salvar en él ese valor único e incomparable cuyo precio se sentía tanto más cuanto que estaba en peligro. Uno es solicitado por ese tesoro amenazado y se siente tanto más indispensable cuanto que justamente uno cesa de adherir a sí mismo para adherir a ese valor que siempre reconocemos.

Vemos claramente que el nacimiento se centra en el conocimiento. El conocimiento técnico es limitado, teóricamente vivimos en un mundo atómico, pero prácticamente vivimos en los límites del siglo 19. La ciencia no dirá jamás la última palabra. Está en progreso indefinido. La verdad es Alguien y no algo. De todos modos, el conocimiento se humaniza en la persona y se universaliza pero la persona se constituye por la evacuación de sí mismo. La dificultad para acceder a ella es que nuestro yo es doble. En efecto, nos distinguimos de los demás por nuestra individualidad, como dice san Agustín, por la expresión fría: es mío, es mío, o soy yo. La frontera entre nosotros y los demás es una prisión, un cautiverio. El yo puede significar otra cosa que una frontera, el yo puede significar libertad de existir por sí mismo y para sí, independiente de todo ser existente, pero esta existencia solo puede constituirse por una oblación, por una nueva polaridad.

Nosotros tenemos doble polaridad, egocéntrica y oblativa. Y la polaridad egocén­trica nos retiene como un cordón umbilical. Debemos pues luchar continuamente para llegar al despojamiento que es el camino de la pobreza. Debemos curarnos de nosotros mismos. “Mi amor, dice san Agustín, es el peso que me arrastra.” Sentimos una imantación oblativa que es teocéntrica y en eso reconocemos a Dios en nuestra vida, precisamente por la imantación oblativa, el llamado a una generosidad que hace contrapeso al yo posesivo y pasional.

La sustancia de Dios está constituida por el despojamiento. En Dios hay una especie de vacío creador que es el misterio de su Libertad. Por ahí se recupera Dios de la necesidad de existir. Él existe, pero se retoma eternamente, se recupera en sus relaciones intra-divinas. Hay pues en Dios una especie de vacío creador que es el grito del gozo divino, el gozo de darse eternamente, de dar todo, y que es el grito de toda la creación. La santidad divina es la caridad divina, la pobreza divina. Por eso la acción divina solo puede ejercerse bajo la forma de imantación, de esperanza oblativa.

Dios no puede sino comunicar su pobreza, su desapropiación, ya que suscitar el ser es suscitarlo del fondo de la pobreza para introducirlo en el gozo de la dignidad y en la grandeza de la pobreza.

No cesamos de pensar en la imantación oblativa de Dios. No cesamos de limitar a Dios y de hacer de él una caricatura. El gran peligro para nuestra fe, el mayor peligro, es justamente retomarnos por el yo posesivo que es constante y que constituye un fermento para limitar a Dios y hacer de él una caricatura y una prisión.

En la humanidad de Jesús, formada en el seno de María, fue impedida la eclosión del yo propietario por la asunción divina, por la comunicación de la pobreza divina. En el seno de María, la humanidad de Jesús es despojada del yo individual. Lo aspira y lo imanta la referencia sustancial, la relación eterna que es el eterno despojamiento que constituye la persona del Verbo. La humanidad de Jesús está unida a Dios por la relación que refiere eternamente el Hijo al Padre.

Dios es el Amor con el cual hemos de identificarnos. “Ya no soy yo quien vivo sino Dios quien vive en mí. Yo es Otro verdaderamente. Entonces, en esta evacuación radical de sí mismo es como resplandece la santidad de Jesucristo. No en una confusión del creador y la criatura. Él comienza a existir en el seno de María por la imantación divina que es obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nada ha cambiado en Dios, ni en el Padre, ni en el Hijo, ni en el Espíritu en el momento en que se realiza ese misterio en el seno de María.

Dios se comunica a la mosca como a uno mismo, pero la mosca no lo recibe como uno mismo” dijo alguien. “Si dieras a Dios la misma presencia que Cristo, tú serías como el mismo Cristo.

En el misterio de Jesús hay un misterio de pobreza y repito este enunciado muy sencillo: el misterio de Jesús es el misterio de la humanidad asumida por la divina pobreza. No derogamos así la majestad de Dios, pues Dios es la eterna pobreza. Solo se puede revelar perfectamente en una humanidad evacuada de sí misma. La Revelación en Jesús tomaría la forma perfecta que puede tomar una comunicación que no encuentre obstáculo.

Lo único que es importante saber es la pobreza de Dios. El testimonio de Jesús, el grito más profundo de su ser, es vivir la desposesión, la asunción que lo arroja en Dios. No hay nada más: Cristo no revelará jamás otra cosa que la pobreza de Dios que es lo mismo que su Amor, su Santidad y su Verdad ya que la Verdad es el candor de la Luz eterna. Nada se guarda para sí, todo es ofrecido y dado.

La inmensa mayoría de los cristianos no ha comprendido nada del cristianismo y no ha hecho sino travestir y deformar el misterio de Jesús por no haber partido de la experiencia cardinal de la mística cristiana que es la mística de la pobreza divina. Si el cielo es el alma del justo, si Dios es interior a cada uno, si está esperando en lo más íntimo de la conciencia, si Dios no cesa de revelarse en la imantación oblativa que es el fermento de nuestra libertad, el llamado incesante a nuestra personalidad, si Ése es el verdadero Dios, se comprende que solo pueda revelarse en una humanidad completamente evacuada de sí misma, radicalmente incapaz de decir “yo” y que está constituida por su existencia como testigo de la pobreza divina.

Sabemos que el único bien es el que brillaba en Gandhi, el de ser un espacio abierto a todos y que es para cada uno un llamado a la grandeza y como revelación de la dignidad, que es para cada uno perpetuo ejemplo de desposesión y por tanto, de perfecta humanización. En el fondo, es lo único que nos interesa: esperamos siempre que quienes nos aman lleguen a sí mismos y ellos esperan que nosotros lleguemos a nosotros mismos.

Y el único sufrimiento que constituye para el amor una herida incurable es saber que un ser amado no ha llegado a sí mismo, que es incapaz de ser referencia otra que de su yo propietario. Eso es lo que envenena todas las empresas humanas, falsea todos los juegos de todas las naciones e individuos, en que cada uno, como decía Claudel, se instala en su diferencia y excluye a los demás. Y la única grandeza, la única fecundidad, y la única universalidad es esa, el vacío creador del hombre, el retomarse totalmente que se une a la grandeza divina que es grandeza de despojamiento.

Si Cristo es eso, se puede entender que la Luz divina esté fijada de manera perfecta, insuperable y definitiva. Se comprende que esa humanidad, por haber alcanzado la cumbre del despojamiento, sea un espacio abierto a todo y esté encargada de una misión que concierne todos los hombres en todos los siglos. Es imposible que no esté presente a toda humanidad, la humanidad cuyo yo es la eterna pobreza y por ahí veremos aparecer el segundo Adán, es decir, el hombre que conduce toda la historia humana porque está presente a toda humanidad.

Es el hombre en su plenitud, su universalidad sin fronteras, es el hombre dado y presente a todos. Si eso es verdad, nos queda todo por aprender y volver a comenzar pues, felizmente, en Dios todo comienza siempre.

No hay testimonio posible fuera de la pobreza. Si se trata del YO, Dios es un ídolo. Tiene que ser ÉL, él en nosotros, y para eso no hay fórmula. No hay verdad sino en el candor total de la eterna pobreza. Es pues en total renuncia a nosotros mismos que entregamos la misión cristiana porque la fragilidad de Dios nos está confiada, porque su vida está en nuestras manos, porque el verdadero Dios solo puede aparecer en un auténtico despojamiento.

Si tratamos de vivir el Evangelio en esta línea, comenzaremos a ser cristianos y a ser llamados a entrar en el reino que es el reino de la Verdad y del Amor. Comenzaremos a ejercer una acción.

Jesús es el polo magnético de las almas, es decir el imán que aspira. La grandeza es darse. Dios es una existencia de don.

Solo la plenitud del amor puede revelar la plenitud de Dios. Se necesitaba esa humanidad centrada en la pobreza de Dios para que reconociéramos el verdadero rostro de aquél que nos llama a la verdadera grandeza que es darse. Por eso, delante de Cristo, debemos decir en esta visión de pobreza: “Ver al hombre es ver a Dios.

 

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