Artículo de Mauricio Zúndel en la Gaceta de Lausana del 26 y 27 de enero de 1963.

 

La semana de oración por la unidad cristiana terminó ayer 25 de enero. Para marcar esta fecha, aplazamos por una semana la continuación de la serie “Cuando el desierto habla” y proponemos aquí la meditación pronunciada por el P. Mauricio Zúndel el jueves por la noche en Lausana durante un servicio de oración inter-confesional. Tiene como centro EL HOMBRE, SANTUARIO DE DIOS (Efesios 2:11-22). Por Cristo, los dos tenemos libre acceso al Padre, en un solo Espíritu.

1. Es más fácil edificar una catedral que “ser morada de Dios en el Espíritu”.

2. Jesús anunció la destrucción del Templo de Jerusalén que simboliza dramática­mente el fin de la economía antigua, porque en adelante el hombre, cada uno de nosotros como la samaritana, está llamado a ser el santuario de la divinidad.

3. Ante este santuario en que se revela y se realiza “el hombre nuevo”, Jesús mismo se arrodilla en el Lavatorio de los pies.

4. La transferencia del santuario de afuera a dentro corresponde a la revelación del monoteísmo trinitario, recordado en Ef. 2:18 y celebrado maravillosamente en el Símbolo de Nicea que vamos a recitar juntos.

5. Dios es único, lo proclamamos tan firmemente como el judaísmo y el Islam. Pero no es solitario. Solo tiene contacto con su ser comunicándolo en las relaciones inter-divinas que constituyen, como tres polos de altruismo, toda la personalidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es como una familia en que todo sería absolutamente común, en que cada uno sería él mismo solo por su relación con el otro, es decir, sería él por el don de sí mismo. Esta forma de despojamiento interior, de desapropiación radical, nos autoriza a decir que Dios es Amor, todo Amor y solo Amor (I Jn. 4:16).

6. La creación es el desborde y la efusión de ese Amor. La vocación de toda criatura es ser, cada una a su manera, lo que es Dios: Amor.

7. El único mal es no amar.

8. La Redención nos re-introduce, por Jesucristo en la vida del eterno Amor.

9. Ser cristiano sería “ser amor” sin límites ni fronteras, dejando vivir a Cristo en nosotros, como nos invita san Pablo cuando nos confía su más profundo secreto: “Para mí, vivir es Cristo” (Fp. 1:21).

10. ¿Cómo podríamos estar separados si fuéramos amor, si fuéramos el amor mismo, si Jesús fuera nuestra única Palabra, si nuestra vida afirmara sin equívoco, como esencia de la fe evangélica: “Dios es Amor, hay que amarlo y hacerlo amar amando”?

“Donde está la Caridad y el Amor, en efecto, ahí está Dios.”

11. Por este Amor donde san Pablo ve la clave de la perfección cristiana (I Co. 13), llegaremos a ser santuario de Dios, nos transformaremos en un solo cuerpo y participaremos todos en un solo pan.

12. Imploremos esta gracia unos por otros, mirando la Cruz que indica en el espacio los ejes de un mundo engendrado por el Amor.

 

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