Artículo de una obra colectiva "Les Cahiers de la Vierge" (Ed. Le Cerf) hacia 1936.

 

El hombre conserva siempre la nostalgia de su infancia. Se diría que quisiera revivir con conciencia adulta todas las ternuras que rodearon con su cálida luz los años en que toda acogida era sonrisa.

Pero el niño no podía comprender todo el precio de la ofrenda de un corazón. Es necesario haber atravesado ciertos desiertos de soledad para conocer en verdad el valor de la amistad.

Entonces, todos los tesoros de simpatía acumulados en un ser apenas consciente parecen haberse disipado demasiado pronto. Y herido por la vida, el hombre quisiera refugiarse en el seno materno que en otro tiempo lo protegía.

¿No es en gran parte ese el secreto del amor?

Más allá de la pasión carnal y más profundo que ella, capaz a menudo de purificar y ennoblecer maravillosamente, este elemento parental sostiene de ordinario con intensidad más fuerte las afinidades del hombre y la mujer si la infancia ha sido privada del capital de ternura que constituye en quienes lo han recibido una especie de reserva vital. La ternura que comparten tiene un matiz de protección paterna o materna. El lenguaje que hablan es el mismo que acunó su infancia.

Uno puede sonreír, si no ha entendido el deseo de renacer implicado. Pero se siente conmovido cuando percibe la analogía que prefigura en el amor humano los aspectos misteriosos de la invitación divina.

Por eso el Evangelio nos propone una nueva infancia y la primera condición para entrar en el Reino de Dios es un nuevo nacimiento.

Es sin duda un acontecimiento sobrenatural que se realiza en cierto modo como la generación del Verbo en el seno del Padre. En el régimen de la encarnación, sin embargo, conlleva normalmente el signo sacramental que hace participar la criatura en la causalidad divina. El agua santificada por el Espíritu abre al alma las fuentes de la vida.

Sin embargo, en la medida en que el ser es consciente, el nacimiento bautismal no da su plena realidad sin el consentimiento de la voluntad y el concurso de todas las facultades del hombre.

Igualmente, el gesto litúrgico del sacerdote que es el ministro del sacramento pide llegar al nacimiento espiritual cuyos fervor y angustia expresa san Pablo en el grito de la epístola a los gálatas: “¡Hijos míos, sufro por vosotros como si os estuviera de nuevo dando a luz hasta que Cristo sea formado en vosotros!” (4:19)

En verdad, el sacerdocio incluye en el más alto grado esa forma de maternidad divina de que inviste Jesús todos sus discípulos en las palabras tan poco meditadas: “El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt. 12:50).

Además, el Señor mismo propone su cumplimiento inefable dejando sobre su corazón durante la Cena a su discípulo amado cuya ternura buscaba en él refugio. Al instituir el memorial de su pasión y el sacerdocio de la Nueva Alianza, en el momento universal que reúne todos los siglos bajo la Cruz cuyo terrible misterio agobia su alma con angustia infinita, Jesús no deja de estar totalmente presente al discípulo ingenuo al que una curiosidad ansiosa imprime la actitud de un niñito que calma sus temores escondiéndose en el seno materno.

De esa manera debe el sacerdote a cada alma la atención única requerida por la vocación personal de cada una. Dios jamás se repite. Expresa en cada ser algún rasgo inédito del rostro cuyo descubrimiento debe renovarse en cada encuentro.

Pero esta revelación solo se da al precio de un don que nos invita a arrodillarnos ante el ser confiado a nuestro ministerio, como el Señor lo estaba en el lavamiento de los pies. Por eso, este gesto es el que encarna el espíritu del sacerdocio cristiano: solo podemos ser siervos de los siervos de Dios. No debemos dominar las almas sino eclipsarnos ante el Espíritu que las conduce, siendo como los sacramentos de la Caridad subsistente que es el lazo vivo del Padre y del Hijo.

Sea cual fuere la falta cometida, las transgresiones exteriores del hombre son solo los síntomas de su alejamiento de Dios. Ha salido de su centro y caído en sí mismo, su egoísmo lo guía. Es necesario volverlo al Amor de que se ha alejado. Todo remedio periférico es vano mientras no se haya realizado la dimisión de sí mismo.

¡Que todo su ser sea don! ¡Que todas sus facultades sean canto de amor! En eso consiste la santidad cristiana. La moral no es un código, sino un lazo de amor con Jesús. No es un sistema sino una Persona cuyo rostro festivo brilla en nosotros.

El Evangelio es la Buena Nueva, el fin de la esclavitud que somete el hombre a las fatalidades cósmicas desencadenadas por el rechazo de amor que es el comienzo de nuestra historia

Es importante mostrar todo su gozo en la irradiación de nuestra vida.

A los hombres les gusta la libertad. Nuestra misión es suscitarla en ellos haciéndoles sentir la amistad divina en la acogida de nuestra caridad. Amarán a Dios si es amable en nosotros.

Comencemos por adorar su Presencia en el alma que viene a buscarlo en nosotros. Entonces tendremos menos tentación de profanar con palabras el misterio de la gracia divina.

Se trata sobre todo de saber escuchar impregnándonos de los hábitos de la hostia, dándonos como pan vivo.

Por poco que nos eclipsemos en Dios, quedamos confusos por todo lo que se realiza, por todo lo que recibimos por la acción de Cristo cuyo instrumento es nuestro sacerdocio y nuestro corazón testigo.

La Virgen nos enseñará a leer cada vez mejor el evangeliario vivo de las almas, informando con su propia paternidad la que está misteriosamente incluida en nuestra ordenación. Ella protegerá en nosotros el sentido de la verdad como relación viva con la Persona del Verbo. Ella nos alcanzará la humildad necesaria para suscitar entre Cristo y las almas la simpatía profunda que preludia el matrimonio de amor cuya medida debe ser la eternidad de Dios.

Ella preservará nuestra sensibilidad de la sequedad estéril ayudándonos a vivir el voto de castidad, no como rechazo de paternidad sino como paternidad universal en una disponibilidad total para con cada uno.

Sobre todo, ella nos introducirá en el cristocentrismo de su propia misión para hacernos comprender en los hermanos la vida del Señor que en ellos nos está confiada.

Quién mejor que ella podría comunicarnos el júbilo de la luz y de la vida, si es verdad que su maternidad está toda ordenada a producir en nosotros a Jesús el cual es eminentemente la una y la otra.

Además, la Luz que es la Vida es inseparable del Amor. El Verbo respira el Amor y se revela en el Sagrado Corazón: Dios es corazón, Dios es todo corazón, Dios es solo corazón.

De ese corazón debería ser testigo toda nuestra vida.

A los argumentos siempre se puede oponer argumentos, pero ¿cómo resistir a la bondad?

Si el sacerdote fuera todo corazón, los hombres simplemente al verlo adivinarían el rostro de Dios.

Dios es Amor, hay que amarlo y hacerlo amar amándolo. Ahí está lo esencial del cristianismo.

Es lo que nos enseña la Iglesia en la persona de María en la liturgia en que la honramos como Reina de los Apóstoles y Madre del amor Hermoso.

 

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