3ª conferencia de Mauricio Zúndel en el Carmelo de Matarieh en mayo de 1972.

 

Ya publicada en este sitio, a partir del 22/10/2007. En 1972, Zúndel predicó un retiro memorable a las religiosas de Matarieh. La tercera conferencia fue sobre la obediencia, en el contexto post-conciliar, que tan centrado estaba sobre la libertad... Mayo del 68 no estaba lejos, y quedaba todavía rondando en las mentes. Esta conferencia pone en armonía obediencia y libertad...

El Evangelio de Jesucristo es un evangelio de libertad en el sentido de que libertad significa liberación de sí mismo. Es la paradoja de fundar toda la existencia en la libertad dándole el sentido de hacer únicamente lo que concurre a nuestra liberación, es la aparente contradicción del cristianismo, es además toda su grandeza, toda su belleza, toda su novedad, toda su juventud, fundar toda la existencia en la libertad, pero dándole a la libertad estructura y contenido, es decir, viendo en la libertad no una fantasía anárquica, no el poder de hacer todo lo que uno quiere y cualquier cosa, sino de hacer únicamente lo que concurre a nuestra liberación.

La libertad en Cristo comporta pues e implica las más altas exigencias, pero son exigencias interiores, exigencias creadoras, exigencias que nos hacen existir y nos llevan a la suprema promoción, a la suprema grandeza, y es justamente ahí donde encontramos la respuesta a todos nuestros problemas, la respuesta a los problemas de hoy, la respuesta a la reivindicación universal de libertad, que es en sí algo excelente pero que puede convertirse en catástrofe si olvidamos, si perdemos de vista, si no tomamos conciencia de que la libertad es precisamente una exigencia de don total. Pues ¿qué quiere decir ser libre si uno mismo no es libre? Si estamos prisioneros de un yo posesivo y pasional, la libertad es la negación misma de la liberación, es una falsa libertad.

Cristo nos revela justamente toda la grandeza de nuestra vida interior. Nos conduce a la vida interior, nos da un interior. Pone el sentido mismo de la Creación en la conquista interior, en el espacio de luz y de amor que debe surgir del hecho de nuestro encuentro con Él ya que Él viene a nosotros precisamente como el Amor totalmente despojado de sí mismo, como el Amor eternamente ofrecido, ofrecido hasta la muerte de la Cruz para que nuestra vida brote como un don que responde al suyo.

No hay otra moral. No hay otro código u otra ley de perfección que esa y, lo sentimos bien, si no somos liberados de nosotros mismos y en la medida en que no lo somos, podemos pretender ser cristiano, ser religioso, ser sacerdote, estar consagrado, todo eso finalmente es una contradicción, una burla, un fingimiento y un contrasentido. No hay autenticidad, no hay verdad en la vida, no hay verdad en la acción, no hay eficacia en el apostolado sino en la medida en que la libertad divina se enraíza en nosotrosy en que nos hacemos capaces de comunicarla a los demás.

El mundo no puede salvarse sin que cada uno se salve de sí mismo, sin que cada uno sea devuelto a su soledad, sin que la soledad sea respetada en nosotros y en cada uno, sin que toda la vida se organice para que la soledad sea posible, permanezca intacta e inviolada. Podremos organizar el mundo técnicamente de cualquier manera, llegaremos siempre a catástrofes si no descubrimos la soledad, si cada uno no es tratado como fuente y origen de un bien universal, de un bien que concierne toda la Humanidad y todo el Universo.

Cuando se trata al hombre como hombre, es decir cuando se le reconoce en su dignidad, entonces es capaz de responder con generosidad, porque descubre en sí mismo el poder del don, el poder del amor que hace de él el creador de un bien supremo en la apertura de todo su ser a la Presencia Divina que es precisamente el Bien supremo.

Si Cristo nos apasiona, si el Evangelio es la Buena Nueva, si la Iglesia es un gran misterio de amor, es justamente porque en el cristianismo auténtico tenemos siempre que habérnoslas con una libertad que debe surgir de una liberación.

En este contexto, ¿cómo comprender la obediencia? ¿Qué significa la obediencia si la esencia misma del cristianismo es libertad? Hay aparentemente una contradicción insuperable y sin embargo vemos inmediatamente que puede haber unión, que puede haber un acuerdo entre la obediencia y la libertad si la libertad comporta precisamente una exigencia total de don. Si hay que vaciarse de sí mismo, si hay que hacer el vacío en sí mismo, si hay que dar todo para ser libre, se comprende que la obediencia, que comporta evidentemente una exigencia, no es a priori contraria a la libertad.

Pero, y ya lo hemos observado muchas veces, si no vemos en Dios al liberador, si no vemos en Dios la libertad infinita, si no abordamos a Dios a través de las relaciones trinitarias, a través del misterio de su intimidad que es una libertad soberana, si no vemos que Dios se vacía eternamente de sí mismo para comunicarse, si no vemos que el sentido de la Creación es la comunicación misma de la libertad divina, entonces haremos de Dios precisamente un fabricante de esclavos.

Dios será el que se impone, el que obliga, que amenaza, que castiga, que limita la vida y que es finalmente la negación de la dignidad humana y la negación del espíritu, y volveremos a encontrar eso, como lo decía en estos últimos días, volveremos a encontrar eso en la vida de la Iglesia ya que si nos equivocamos sobre Dios nos equivocamos sobre Cristo, nos equivocamos sobre la Redención, nos equivocamos sobre la Iglesia, nos equivocamos sobre la vida religiosa.

Tratemos pues de ver cómo se sitúa la obediencia en la vida de la Iglesia y muy especialmente en la vida monástica, en la vida religiosa. La obediencia en la vida religiosa fue con frecuencia comprendida como sumisión absoluta a la autoridad, es decir al superior de la orden o de la congregación, es decir que como se veía en Dios una autoridad absoluta que se impone de manera dictatorial por ser el dueño, por ser la potencia soberana, se concibió naturalmente la obediencia en la Iglesia como una dictadura, como una sumisión incondicional a las órdenes de los superiores. El superior habla en nombre de Dios, y siendo absoluta la autoridad de Dios, la autoridad del superior es absoluta. Además, se cree, que en esta sumisión absoluta e incondicional se sitúa la perfección de la vida religiosa. Uno está seguro de que sometiéndose a las órdenes del superior se cumple la voluntad de Dios.

Abusos enormes fueron cometidos con esta falsa concepción. Desviaciones psicológicas, enfermedades mentales, suicidios inclusive fueron provocados por esa obediencia que finalmente se proponía quebrantar la voluntad de los súbditos, quebrantar su voluntad so color de perfección, para que, justamente no se opusieran jamás su voluntad a la voluntad de Dios representada por la voluntad del superior.

El superior entraba muy fácilmente en el juego que le daba una posición privilegiada, que lo identificaba fácilmente con la divinidad y que podía darle el sentimiento de que sus órdenes eran siempre sabias y que no debían ser jamás discutidas ya que él era el portador y representante y expresión de la voluntad divina. Además, la obediencia impuesta de esa manera pudo ser impuesta con perfecta sinceridad. Hay superiores que querían gobernar a sus súbditos en todos los detalles de la vida, y que lo hacían con conciencia perfectamente pura. Ya que su concepción de Dios es precisamente la concepción de una autoridad absolutaque era delegada en su persona y que tenían que afirmarla para conducir la comunidad por los caminos de Dios.

Los súbditos aceptaron con frecuencia la dictadura por infantilismo, sometiendo todos los detalles de su vida a las órdenes de los superiores, permaneciendo como menores, sin ninguna iniciativa, o arreglándoselas para ser bien vistos por la autoridad, adulándola, rodeándola de homenajes serviles.

Recuerdo una comunidad de la que ya tuve ocasión de hablarles, una comunidad inmensa que comprendía un centenar de religiosas, en la que la priora había logrado mantenerse en el poder durante unos 43 años, aunque era elegible cada tres años. Y esta priora, que era una mujer inteligente y apasionada, se las arreglaba para que las religiosas que se le oponían no pudieran encontrarse jamás. En esta comunidad inmensa era fácil darles observancias. Ella les daba obediencias que las ponían en los antípodas unas de otras, de modo que en el momento de la elección, no habiendo podido nunca concertarse, ella era siempre reelegida.

Ella tenía su corte que la rodeaba de homenajes, tenía sus preferidas que le daban el sentimiento de ser amada y de ser deseada por la comunidad. Se identificó con el poder de tal modo que el día en que decidió, porque la persuadieron, de no presentarse a las elecciones, cuando después de la elección de la nueva priora, se trató de pasarle los poderes, ella le daba órdenes a la nueva priora como si tuviera todavía el poder. No podía imaginar que había realmente abandonado la autoridad que se había convertido para ella en un terreno inalienable, un terreno del que no podía separarse antes de la muerte.

Hay pues ciertamente abusos de poder. Hubo vidas sacrificadas, mutiladas, hubo rebeliones. Hubo crisis profundas, hubo descorazonamientos, hubo desesperaciones, porque no había manera de escapar a la tiranía. No se podía ver al confesor sin permiso de la superiora, el confesor extraordinario por ejemplo, no se le podía ver sino con el permiso de la priora. Era todo un problema, y cuando se le dirigía tal o tal petición, eso suscitaba en la mente de la priora una pregunta: ¿qué está pasando? ¿Qué es lo que quiere? y para no descubrir su alma, para no exponerse a la mirada de todos, uno renunciaba a exponer sus dificultades.

Hubo abusos pues, innumerables y muy graves, que fueron siempre cometidos bajo la capa de ese Dios concebido como autoridad absoluta que tiene derecho de romper todos los obstáculos y de someter incondicionalmente nuestra voluntad a la Suya.

En esta visión, el voto de obediencia era el sacrificio por excelencia: uno se inmolaba como Abraham inmolaba a su hijo, se inmolaba totalmente a la voluntad de Dios y no podía hacer un don más perfecto de sí mismo. ¿Qué queda de esa obediencia?

Ustedes saben que, en la época actual hay una especie de insurrección contra la obediencia comprendida de esa manera (las cosas se han calmado un poco después de la época de que nos habla Zúndel), y las congregaciones terminan por dividirse en pequeños grupos que están a cargo de una responsable que no puede gran cosa finalmente, que devuelve a cada uno o cada una a su propia conciencia. Precisamente una religiosa, de gran valor además, me expresaba su desorientación al recibir como respuesta de la superiora: “Consulte con el Espíritu Santo que está en usted y haga lo que le sugiera.”

Entonces, al contrario de una larga tradición, ahora se instala el sentimiento de que la superiora no tiene mucho que decir, no tiene mucho que ver, no tiene mucho que hacer, sólo tiene que dejar que sus compañeras sigan las inspiraciones del Espíritu Santo, lo cual conduce ciertas religiosas a hacer estrictamente lo que quieren, y únicamente lo que quieren. Una religiosa, por ejemplo, decide ir a cine por la noche, se va y vuelve naturalmente tarde en la noche. Se entrega a las actividades que corresponden a su temperamento y a sus talentos, no da cuentas de ellas a nadie, y es finalmente una pensionaria en la comunidad a la cual deja todos los trabajos de que beneficia sin participar. ¿Por qué es religiosa y qué significa la pertenencia a la comunidad? No significa finalmente nada, ya que no asume ninguna clase de obligaciones comunitarias.

Vamos pues ahora hacia un extremo opuesto, una especie de anarquía y de disolución del orden comunitario, del orden monástico. “Yo soy la primera de las contestatarias”, me decía orgullosamente una religiosa “¡yo estoy por la promoción de la mujer! Yo estoy por el sacerdocio de la mujer…”

¿Qué orientación encontrar entre esas dos tendencias, una despótica que refleja la visión de un Dios autoritario que es la causa primera, primera, primera, a la cual es imposible sustraerse jamás, Y la anarquía que disuelve la vida monástica y arriesga convertirse en catástrofe? Pues evidentemente una religiosa totalmente emancipada terminará por sucumbir a los atractivos del mundo con el cual se apresura a confundirse, tanto más cuanto que ha abandonado todo hábito religioso y que quiere aparecer exactamente como una seglar en el mundo al que se mezcla continuamente.

Para eso es necesario evidentemente volver a los orígenes de la vida monástica, de la vida consagrada, que fue primero una empresa privada. Las primeras manifestaciones de vida religiosa consistían cofradías privadas si se puede decir, en que uno se asociaba, en el siglo once o doce por ejemplo, en que uno se asociaba para orar más, para una oración no litúrgica, para una oración en que se cantan himnos, se cantan salmos, naturalmente con aprobación de la comunidad eclesial pero sin obligaciones para con ella. Era una manera totalmente espontánea y privada de consagración religiosa, y tales cofradías comportaban en particular la continencia, y por consiguiente la renuncia al matrimonio con miras a una consagración más personal y más total a Dios.

El cambio considerable que introdujo el monaquismo, el monaquismo de San Antonio, de San Basilio, de San Benito, fue dar a la vida religiosa un estatuto eclesial, al introducir la vida monástica en la vida de la Iglesia y hacer de la vida monástica una misión de Iglesia. Esto es muy importante porque a partir del momento en que se hace institución de Iglesia, la vida religiosa depende de la misión apostólica. Se hace una de las expresiones indispensables de la vida de la Iglesia y, como toda la vida de la Iglesia depende de la misión apostólica, la vida monástica depende de la misión apostólica. ¿Y en qué consiste la misión apostólica?

Como lo hemos visto con mucha frecuencia, la misión apostólica consiste en una dimisión radical de sí mismo. ¿Por qué comporta la misión apostólica esa dimisión radical de sí mismo? Porque se trata – y ahí está todo el misterio de la Iglesia – de comunicar la Persona misma de Jesucristo.

La revelación cristiana no es una revelación como las demás. La Revelación cristiana no es un escrito que permanece inmutable a través de los siglos; la revelación apostólica no es una palabra que se repite de boca en boca con una fidelidad que se perpetúa a través de los siglos. La Revelación cristiana no se puede separar de la Persona de Jesucristo, única que puede comunicarnos el Verbo de Dios sin limitarlo.

El mismo Cristo al hablar a los hombres no está al abrigo del lenguaje humano, y sobre todo, Cristo mismo, al hablar a los hombres, no puede sustraerse al diálogo. Habla para ser entendido, y entonces debe adaptarse al auditorio, debe llegar al auditorio donde esté, hablarle un lenguaje inteligible, es decir que, al hablarles a las muchedumbres o inclusive a sus discípulos, debe adaptarse a ellos, limitar su Mensaje a lo que ellos pueden escuchar.

Si no hubiera otra cosa, el mensaje de Cristo mismo tendría límites insuperables. Si estos límites deben ser superados, si la revelación debe ser definitiva, eterna, inagotable, infinita, es necesario que permanezca en la Persona de Cristo y que sea la Persona misma de Cristo. Entonces la Iglesia no tendrá que comunicar solamente las palabras dichas y recibidas, o inclusive puestas por escrito. Lo que la Iglesia tiene que comunicar es el Verbo Encarnado, la Palabra eterna que es Jesús en persona. Ahora bien, es imposible comunicar esta Persona si uno no es única y simplemente sacramento de esa Presencia.

Esto es inmediatamente inteligible si se colocan en la experiencia del sacramento de la penitencia. El sacerdote da la absolución, y no es él el que la da. El perdón divino les llega a través del sacramento que él es, sean cuales fueren las disposiciones actuales del sacerdote. Si les da válidamente la absolución, la absolución está totalmente libre de los límites del sacerdote.

O también cuando reciben la Eucaristía, la Eucaristía les llega plenamente, sean cuales fueren las disposiciones del sacerdote que consagró la Eucaristía, respecto de la cual juega únicamente el papel de sacramento, es decir que él está totalmente expropiado de sí mismo en el papel de sacramento, no cuenta para nada y el fiel no está ligado a sus límites ya que recibe la Eucaristía y el perdón divino en la plenitud de la Presencia y de la gracia de Cristo, sean cuales fueren las disposiciones y límites del ministro. Entonces, la misión eclesial se realiza mediante una dimisión total.

Se trata de ser constituido por la misión apostólica, de ser constituido en el estado de dimisión. Yo no puedo cumplir la misión apostólica a mí confiada, no puedo cumplirla sino satisfaciendo a todas sus exigencias, vaciándome de mí mismo. Sin duda el fiel no será privado de la gracia de Cristo si yo mismo la rechazo, pero en fin yo mismo no estaría de acuerdo con mi vocación si no entro de lleno en la dimisiónque se exige a todos, a todos los hombres, para llegar a la libertad, pero que se me exige a mí de manera más particular ya que por la ordenación estoy constituido como sacramento de la Presencia personal de Jesucristo.

La vida monástica participa en la misión de la Iglesia y la vida monástica tiene por misión esencial transmitir la Presencia de Jesucristo, es decir vivirla con tal intensidad que el monasterio llegue a ser el sacramento comunitario de la Presencia de Jesucristo, a tal punto que si uno entra en el monasterio, si toma contacto con él, uno respira la Presencia del Señor y experimenta toda su potencia de liberación.

Ahí es justamente donde la obediencia va a tener sentido si el monje, la monja, el religioso, la religiosa tienen misión de Iglesia, si están encargados de comunicar la Presencia de Jesucristo en persona. Tienen pues que recibir misión de la Iglesia que los ponga en estado de dimisión porque nadie puede asumir la misión si no es enviado. Tiene que ser enviado ya que precisamente va a eclipsarse totalmente en Cristo, ya que por su estado mismo está constituido en estado de sacramento de la Presencia de Jesucristo.

Hay pues en el monasterio un envío, una misión que es la misión apostólica. Por consiguiente, la religiosa, la monja, el monje, como el sacerdote, es siempre enviado, está siempre bajo cubierto y en la luz de la misión que hace de él precisamente sacramento de la Presencia de Jesucristo y la obediencia tiene por eso ese significado: yo recibo del obispo o del superior la misión, recibo el mandato de Jesucristo que envía a sus apóstoles y que, a través de sus apóstoles me envía a mí mismo para hacer de mí el sacramento de la Presencia divina.

La misión es tan poco contraria a mi libertad que se enraíza en el corazón de mi libertad, ya que mi libertad es mi liberación, es el espacio en que me convierto para acoger al Señor que es la Vida de mi vida y que es el fermento de mi liberación y de la del mundo entero, es decir, para ser muy claro, que la vida monástica, hecha institución de Iglesia, no está abandonada a la iniciativa privada. La vida monástica ya no es una cofradía de gente asociada sin misión de Iglesia, con miras a la santificación personal, de gente que se impone las reglas que quieren, que pueden eventualmente darse un director de conciencia ligándose a él con lazos voluntarios y admitiendo que pueda quebrantar su voluntad si sienten que eso concurre a su liberación, todo eso puede ser excelente pero pertenece al dominio privado. Una vez que el instituto monástico se hace institución de Iglesia, ya no se trata en primer lugar de la santificación personal, sino de cumplir la misión apostólica, se trata de ser, en comunidad y por medio de la comunidad y con la comunidad, sacramento de la presencia personal de Jesucristo. Y toda la vida, toda la vida de la comunidad queda comprendida en la misión.

Cuando San Benito dice: “Hay que tratar los instrumentos del monasterio como vasos sagrados” expresa exactamente lo que trato de decir. Expresa que el monje en el trabajo, el monje que cultiva la tierra, el monje que recoge la cosecha, está en una liturgia, todo el día está en una liturgia, y las palabras que les conté de uno de mis amigos monje ya difunto: “Tengo tanta devoción al comer la sopa como al celebrar la Eucaristía”, lo cual quiere decir: en el refectorio estoy a la mesa del Señor como en la Eucaristía, y estoy siempre en la misión porque la vida monástica es toda entera misión de Iglesiaen que todas las actividades son actividades litúrgicas, actividades consagradas, actividades de la misión.

Las actividades de la misión están pues determinadas por el mandato, el mandato que comunica el superior o la superiora, están determinadas por el mandato, por la misión apostólica que remonta hasta Cristo mismo que envía sus apóstoles y nos envía a través de ellos.

Entonces la obediencia no tiene ya el carácter de una autoridad absoluta que puede quebrar voluntades sometiéndolas a una voluntad humana que se supone representar la voluntad absoluta de Dios. Es algo infinitamente más profundo. Y además se trata de realizar el Cuerpo de Cristo, de realizar el cuerpo místico interior, se trata de extender la Encarnación al género humano entero ya que la Encarnación no pudo realizarse y cumplirse en la Humanidad de Nuestro Señor sino para difundirse a toda la humanidad y a todo el universo.

Es de la mayor importancia comprender la obediencia en esta perspectiva porque Dios sigue siendo el mismo Dios, sigue siendo el Dios libertad, el Dios liberador y precisamente la misión apostólica es tan liberadora que me confía a Dios en Persona, en Persona, más allá de lo que yo soy, más allá de mis límites, de mis faltas, más allá de mis infidelidades, más allá de mis oscuridades, soy sacerdote y tengo que dar a Cristo en persona de tal modo que cada alma, cada ser humano pueda, a través de mí y a pesar de mí si necesario, encontrar a Cristo en persona con la plenitud de su Luz y de su Amor.

Y el monasterio que debe ser el sacramento de la Presencia de Jesús en persona, se encuentra en la misma situación: misión apostólica, misión sacerdotal, misión de Iglesia, misión crística, misión de dar constantemente a Cristo viviendo constante­mente de Cristo y para Cristo a partir de una misión que es constantemente dada por el llamado del superior que queda totalmente eclipsado en la misión que no puede realizarse sino mediante una dimisión total. Una vez más, lo que el superior tiene que comunicar a partir de la dimisión que él mismo debe realizar, es la dimisión total la cual realiza la Vida de Cristo en el vacío que hacemos de nosotros y en nosotros.

Como el sacerdote es enviado por el obispo, ustedes son enviadas por la superiora o a través de ella, no para estar sometidas a su voluntad, sino al contrario, para estar enraizadas en la voluntad de Cristo que es voluntad de inmolación, voluntad de liberación ya que la Redención es precisamente hacernos libres de nosotros mismos mediante el don que Dios hizo de sí mismo hasta la muerte de la Cruz.

Si la Superiora ha comunicado la misión que nos llama a ser todas, todos, sacramentos de la Presencia personal de Jesucristo que es la libertad en persona, es evidente que no se trata de que el superior o la superiora intervenga a cada segundo y nos mantenga en estado de infantilismo. Una vez dada una responsabilidad a un monje o a una monja, es inútil intervenir a cada instante para la realización de la tarea ya que se le ha confiado la realización y se le tiene confianza. En cuanto posible, se trata de cumplir con la tarea en el recogimiento de la oración y de la contemplación, de cumplirla sin que haya a cada instante una intervención no necesaria para la realización de la función que se le ha confiado.

Es pues de desear que la obediencia no aparezca como un imperativo, un imperativo sin matices, un imperativo que no invita al amor y a la iniciativa del amor.

El superior de los redentoristas que dijo delante de mí a un sacerdote de su comunidad: “Vaya a buscar vino en la bodega” sin tener la precaución de decirle: “Por favor”, o “tenga la bondad de…” y que no le da las gracias cuando regresa de la bodega, lo trata como menos que un empleado. Si tengo un empleado, no le doy una orden sin apelar a su libertad: “Ahmed Maluf, ¡por favor, tenga la gentileza de hacer esto, por amor del Amor, con la generosidad de su buena voluntad, hágalo en virtud de la amistad que nos une!” Y después le agradecemos cuando ha realizado el gesto, justamente porque se trata de una colaboración humana, fruto de una decisión libre y de un amor dado con generosidad.

No se trata pues de eclipsar la obediencia en el sentido de que la obediencia es la acogida o la recepción de la misión apostólica que nos envía al campo o a la viña del Señor para llevar al género humano la libertad en persona que es el Verbo de Dios hecho carne. No se trata en absoluto de llegar a la anarquía, de dejar a cada uno hacer lo que quiera disolviendo finalmente el instituto monástico y haciendo llevar el peso de la tarea a unos cuantos que siguen siendo almas de buena voluntad y permitiendo a los demás ser simples parásitos de una comunidad de la que no hacen realmente parte.

Todo eso quiere decir que la vida monástica debe alimentarse, encontrar su significado esencial en la misión apostólica. La comunidad como tal es un sacramento colectivo que debe llevar al mundo el testimonio de la presencia liberadora de Jesucristo, y esto es un testimonio absolutamente capital ya que es el único incontestable, el único que no tiene peligro de exteriorización y de activismo pasional.

Podemos muy bien darnos sin límites, hacer obras, gastarnos al servicio del prójimo, pero desplegando simplemente los recursos de un temperamento que necesita darse bajo pretexto de Dios por estar orientado hacia Dios por cierta tradición, pero que podría igualmente darse en otro contexto con la misma pasión y el mismo fervor, si ese hubiera sido el contexto original.

Por ejemplo, la mujer que era auxiliar de un sacerdote en una obra sacerdotal, que se entregó sin reservas, pero que abandonó todo cuando murió el sacerdote, es decir que, finalmente, era el amor por el sacerdote, muy legítimo además, el centro de su actividad. Ella creía amar al Señor, creía estar al servicio del sacerdocio. En realidad, aceptaba las intenciones del sacerdote a quien quería mucho y cuando murió él todos los resortes se rompieron y ella pudo descubrir que su pretendido apostolado era solamente una forma de amor humano.

En la acción estamos siempre expuestos a cortejar la opinión, a cortejar el éxito, a esperar aplausos, a buscar cumplidos, a satisfacernos del puesto que tenemos, a presentarnos como dueños en Israel y a alegrarnos de tener el primer puesto en las sinagogas. Pero cuando uno se entrega simplemente a una actividad silenciosa que el mundo no observa, cuando toda la calidad de la vida no tiene otro testigo que Dios, cuando el testimonio que damos es el testimonio del silencio que se vive, el apostolado está entonces purificado de toda escoria, purificado de toda búsqueda de amor propio, uno está por lo menos en las mejores condiciones para ejercerlo con la pureza de intención más perfecta.

Por eso justamente la institución monástica debe guardar hoy más que nunca la clausura, no necesariamente la clausura con rejas, aunque sean las rejas un símbolo muy elocuente de la clausura interior, sino la clausura interior ante todo. Un monasterio que no es sino locutorio, donde no hay sino acción, donde se discute, donde se intercambia con los demás, se hacen proyectos, se hacen encuestas, es finalmente una forma de exhibicionismo, una manera de exponerse que arriesga secar la fuente. Porque a fuerza de hablar ya no se escucha, a fuerza de decir palabras ya no se oye al Verbo de Dios, y uno ya no puede estar vacío como el que se vacía de sí mismo, uno estará vacío como el que no tiene nada, que ha perdido su interioridad y ya no tiene nada que comunicar.

Se trata pues de volver a las exigencias fundamentales de la vida monástica, exigencias de dimisión, exigencias de silencio. Un monasterio es un sacramento comunitario. Es pues toda la comunidad la que debe dar testimonio y cada miembro de la comunidad es responsable del testimonio del conjunto, cada miembro de la comunidad debe atesorar, es decir debe acumular como un tesoro en el fondo de sí mismo la vida crística para que el monasterio en su conjunto dé testimonio de la Presencia de Jesucristo.

Entonces la obediencia será vivida con el espíritu apostólico para recibir la ordenación, para recibir la misión de Jesucristo. La obediencia será tanto más entera cuanto que la voluntad de Jesucristo es voluntad de liberación y que recibimos la misión precisamente para liberarnos de nosotros mismos y concurrir a la liberación del mundo entero. Pero importa una vez más que la autoridad, que tiene como fin aumentar la libertad y la liberación, o la libertad por la liberación, que tenga el carácter litúrgico, el carácter interior, que permanezca centrada rigurosamente en la dimisión que es para la Iglesia la única manera de cumplir su misión.

No se trata pues de abandonar a la anarquía la vida religiosa sino de alimentarla en su origen eclesial y de ponerla toda entera bajo la misión apostólica. Cuando van a la huerta, cuando se ocupan de repollos o de gallinas, ¡ustedes están en misión!

Es muy admirable que Santa Catalina Labouré, que pasaba por tonta, que fue siempre tratada como una idiota además, y a la que confiaron las gallinas – pensaban que no era capaz de nada mejor – fue precisamente la gran contemplativa y la confidente de la Santísima Virgen. Ella cumplía pues admirablemente la misión crística que es la misión de toda vida consagrada.

Podemos pues, en la corriente de Pentecostés en que la Iglesia tuvo nacimiento, en que la misión apostólica está enraizada en la dimisión total de los apóstoles en la Persona de Jesucristo, no podemos sino pedir a Dios la gracia de volver a la fuente de nuestra vocación. No estamos aquí para nosotros, no estamos aquí para protegernos, no estamos aquí para asegurar todas las necesidades, no estamos aquí ni siquiera para nuestra santificación personal porque la santificación personal es la vocación de todos los bautizados y de todo cristiano, estamos aquí para dar testimonio apostólico, para ser sacramento de la Presencia de Cristo en persona.

Saben muy bien que la gente viene a verlas, que se encomiendan a sus oraciones, que les dan limosnas para ayudarles a vivir, que están apegados a esta casa, que respetan la comunidad, que creen en ustedes, ¡creen en ustedes! creen que ustedes viven de Dios y que ¡ustedes son capaces de comunicar a Dios! y esta fe admirable que tienen ellos en ustedes, como en el sacerdote, esa fe es un llamado a su vocación.

Nada puede hacer sentir al sacerdote las exigencias de don total como el respeto de los fieles, como la confianza total que ponen en él descubriéndole los más íntimos secretos de su vida, confiándose a la gracia de Cristo que hizo de él el sacramento de Su Presencia.

Pues es lo mismo para ustedes: la confianza de los fieles, el encomendarse a sus oraciones, la asistencia que pueden darles para permitirles cubrir las necesidades más urgentes, es un recuerdo constante de su misión apostólica, es un llamado constante a vivir su vida como un Pentecostés.

Desde la mañana hasta la tarde están en misión, estén donde estén, tienen que tratar los instrumentos del monasterio como vasos sagrados, porque todo el tiempo, continuamente, están en la liturgia de Cristo, continuamente en el Amor del Señor, están continuamente enviadas para dar a Cristo en persona.

Es ahí donde el misterio de la Iglesia encuentra la suprema realización: la Iglesia es Jesús, pero es Jesús a través de nosotros, es Jesús en nuestra total dimisión, es Jesús en nuestro silencio, es Jesús en nuestro despojamiento, es Jesús en nuestro amor, es Jesús en nuestra sonrisa.

Mauricio Zúndel

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