Homilía de Mauricio Zúndel, en Lausana, en 1963. Publicada en "Ta Parole comme une Source" p.205 (*) Lectura de la 2ª epístola de Pablo a los corintios, cap. 11-12

 

Acaban de escuchar, queridos amigos, esta página del apóstol san Pablo sobre la cual temo se equivoquen pues en ella hay un orgullo extraordinario, un humilde orgullo desde luego, como todo orgullo digno de ese nombre, pero con tanto humor e ironía pues no hay que equivocarse cuando san Pablo habla de su flaqueza.

Cuando habla aquí de la espina en su carne, no se trata de alguna falla moral posible, no se trata de una tentación, menos aún de tentación carnal, ya que en la primera carta a los corintios, es decir al mismo público, hablando de la castidad, les dijo con sencillez que quisiera que todos los fieles fueran como él, y entonces, no va a confesarles ahora que es teatro de luchas que ponen en peligro su virtud. No. Evidentemente, habla de una flaqueza física, que en cierto modo debe ser visible, que podría hacer que lo desconsideraran, o constituir un obstáculo en su apostolado y por eso ha pedido ser liberado de su debilidad, y sobre eso, el Señor le dijo: “Mi gracia te basta” (2 Co. 12:9).

Pero en el curso de su apología en que habla de sus inmensos trabajos, donde no teme decir que es más ministro de Cristo que todos los demás, sentimos el maravilloso orgullo de un hombre que tiene temperamento de conquistador y que sabe que el Evangelio es la más alta expresión del poder de Dios, ya que el Evangelio es la suprema glorificación del hombre. Y él está tan convencido de ello, tan ardiente con ese fuego devorador que apenas convertido en Damasco, apenas recibido el Bautismo, ya comienza a anunciar a Cristo. Acaba de entrar en la Iglesia, acaba de reconocerla e identificarla con Cristo Jesús, “Yo soy Jesús a quien tú persigues”, al llegar a Damasco precisamente a extirpar y destruir la comunidad naciente, al día siguiente de su bautismo, presenta ya a Cristo a la admiración y al amor de sus hermanos de ayer que acaba de abandonar para unirse a esa pequeña Comunidad que no es aún más que un grano de mostaza pero que pronto extenderá sus ramas sobre el mundo entero.

No puede contenerse porque justamente ha comprendido que la gracia… ¿qué es la gracia, si no la vida de Dios en nosotros, la belleza de Dios comunicada a todo nuestro ser, y todo ese movimiento que arrastra la vida de Dios en la comunicación de la vida trinitaria? El movimiento, el espacio [?] que está a la base de toda realidad es lo que mueve al apóstol. Él sabe que recibir la gracia es precisamente abrazar toda la humanidad y todo el universo, despegándose de sí mismo.

Para él, es inconcebible que la gracia se nos pueda dar sin ser dada a todos, pues justamente, recibirla es ya comprometerse a comunicarla, ya que recibirla es cambiar de ser, cambiar de yo, es revestir la caridad de Dios, es pues partir con Dios a la conquista del mundo, pagando con su propia persona. Por eso no puede poner límites a su ambición. Recorrerá todo el mundo conocido en su época, para sembrar la semilla evangélica, para hacerla fructificar, para conquistar por doquiera al hombre para Dios. Porque él lo dice precisamente unos versículos después de los que acabamos de escuchar, gloriándose de su trabajo, porque trabaja con sus manos ganando su vida con el sudor de su frente, como todo el mundo.

Y justamente, su gloria es no depender de nadie, no ser de nadie, y dice estas palabras magníficas: “¡No deseo vuestros bienes, no estoy buscando vuestros bienes, sino a vosotros, a vosotros!” (2 Co. 12, 14). Compendió pues que a la luz de Jesús, el bien supremo es el hombre, el tesoro supremo es la conciencia humana y que para conquistar ese tesoro hay que dar todos sus bienes. Y él que tiene temperamento de dictador, temperamento de dominador, él que tiene un genio irresistible, se va a eclipsar por entero delante del Hijo del Hombre que es también el Hijo de Dios, a fin de hacer de todos sus hermanos los hombres, Hijos del Hombre e Hijos de Dios.

Y por eso en esta apología en que dibuja su retrato, en que relata todas sus aventuras, en que habla incluso de sus visiones, no hay que ver una especie de escapatoria como si quisiera mostrar sus debilidades, sino al contrario. Quiere mostrar que él está obrando la fuerza de Dios y que un cristiano no es alguien que se sonroja del Evangelio sino que se enorgullece de él porque sabe precisamente que en el Evangelio está la medida de la grandeza humana.

El cristiano no es alguien que se complace en desvalorizarse, no es alguien que se disminuye y quiere disminuir a los demás. Al contrario, es alguien que sabe que la grandeza del hombre es la gloria de Dios. Entonces, nadie como Dios nos ha tratado como iguales, y eso es justamente el significado de la Cruz: la Cruz significa que Dios nos trata como iguales. Sólo él nos ha revelado la libertad como inviolable y la trató como tal. Si Dios pudiera disponer de nuestra voluntad, si pudiera voltearla en todo sentido, si pudiera sorprenderla y someterla, el drama de la Cruz no tendría sentido alguno.

La Cruz significa precisamente que a los ojos de Dios hay una dignidad que es imposible violar y sorprender, una dignidad que hace del hombre un creador, que lo llama a disponer de sí mismo, a disponer del mundo y de Dios mismo, pues en fin Dios no puede ser en el hombre fuente de luz y de vida si el hombre no consiente.

El juicio final ante el cual ciertos hombres quisieron hacernos temblar, el juicio final es la Cruz misma. Y en la Cruz, no es Dios el que mata sino el que muere. No es Dios quien castiga sino quien ofrece el rescate de todos nuestros rechazos de amor. No es Dios el que nos rechaza sino el condenado y exiliado. Eternamente, Dios será el Dios de la Cruz, mientras haya un alma que se niega si es posible, Dios seguirá siendo el Dios crucificado, siempre dispuesto a ser el contrapeso de amor que reequilibra todas nuestras miserias y todos nuestros rechazos.

Y por eso es esencial hoy, si queremos escuchar la invitación de esta liturgia, si queremos acoger las palabras de san Pablo y ser fieles a su apología, es esencial que comprendamos el humilde orgullo de ser cristianos, esencial que comprendamos que la gracia es una invitación a propagar el incendio que Jesús quería encender y que deseaba ver propagarse en el mundo entero. Porque justamente en el Evangelio está la gloria del hombre, en el Evangelio está el secreto de nuestra grandeza, en el Evangelio está el fermento de nuestra libertad, en el Evangelio está todo lo que puede darle a nuestra vida gusto y hermosura.

Entonces no se concibe que un cristiano guarde para sí el secreto, guarde para sí ese tesoro y se complazca en un pretendido estado de gracia en que buscaría simplemente su propia seguridad. Eso lo entendemos muy bien si somos cristianos. Es absolutamente imposible. Un hombre como san Pablo que ha recibido la gracia, está ardiente con un fuego interior y no tiene otro deseo que el de contagiar a los demás, de comunicarles esa onda de luz, de llevarlos a esa Presencia, de confrontarlos con ese rostro, de hacerlos entrar en ese inmenso secreto de amor.

En el corazón mismo de una auténtica conversión, en el centro mismo del Bautismo que es el pórtico por el que entramos en la vida cristiana, hay de inmediato un llamado al apostolado. Además, lo que motiva y justifica el bautismo de infantes es precisamente encender en ellos el fuego, ponerlos en esa grandeza para que no sean parásitos solamente y consumidores, sino que sean iluminadores desde su entrada en la Iglesia, que lleven al mundo, que lleven a todo el universo el mensaje de paz, de justicia, de hermosura y de amor.

Tenemos justamente la tentación de confiscar el Evangelio y hacer de él una cuestión individual que nos concierne y nos pone en seguridad, “pero los demás, ellos harán lo que puedan…” Es imposible. La gracia es universal y jamás se da a un hombre sino para comunicarla a todos los demás. Por eso en la vocación del cristiano hay un elemento apostólico. La palabra apostólico no es una palabra inerte, no es una fórmula vacía. La palabra apostólico quiere decir que todos somos llamados, todos somos enviados, todos somos apóstoles de Cristo, responsables de la salvación de los hombres y del universo, que todos debemos tomar a cargo todas las angustias, todos los dolores, todos los sufrimientos, todas las soledades y todas las esperanzas, y también felizmente todas las alegrías, pues finalmente, la alegría es el homenaje supremo del hombre a Dios.

Es pues necesario que salgamos de la visión mezquina y estrecha, y en la inmensa clave de ironía y de humor que constituye precisamente este capítulo 11 de la segunda a los corintios, no se debe ver en san Pablo alguien que actúa como derrotista atrincherado en su pequeñez, sino al contrario, uno de los héroes, uno de los inmensos conquistadores que sabe muy bien lo que ha hecho y está dispuesto a más todavía, porque cree en el poder del Evangelio, porque está orgulloso del mensaje como lo está de Dios y del hombre. Y quizá encontraremos un remedio precisamente a todas nuestras impurezas, a todas nuestras debilidades, si nos abrimos a ese espíritu de conquista.

Somos indignos, claro está, pero ¿para qué macerar en nuestra indignidad? Ser indigno significa finalmente haberse alejado de Dios, haber ignorado su Amor. Entonces ¿cómo ser digno? No hay sino una manera y es volver a él y ponerse a amarlo. Y cuando lo amamos, ya está: se acabó la indignidad y esta palabra ya no tiene sentido en la relación nupcial que Dios quiere contraer con nosotros. No hay pues que lloriquear por nosotros sino entrar en la misión que es toda la humanidad, toda la Historia y todo el Universo.

Es uno de los aspectos más conmovedores de El Poder y la Gloria, la novela de Graham Greene, precisamente, que nos muestra un sacerdote indigno, es decir de verdad ignorante, que no había entendido ni su vocación ni su sacerdocio, ni al mismo Dios, y que descubre todos estos valores precisamente cuando en el fondo de su estado de pecador comprende que está encargado de los demás. Entonces, rehusando considerar su propio caso y ocuparse de su salvación, se queda como rehén del amor en medio de un pueblo perseguido, único sacerdote en miles de kilómetros para alimentar el rebaño abandonado, para llevar la vida, para distribuir la Presencia del Señor, para hacer cantar todas las uniones conyugales bajo el sol del eterno Amor. Y justamente, olvidándose a sí mismo se santifica, se encamina hacia el martirio, se despoja totalmente y llega a descubrir a Dios, no como poder, no como autoridad, no como límite, ni como deber, sino como fragilidad tan grande como su hermosura, fragilidad puesta entre sus manos a propósito de la cual podrá decir: “Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos.” A partir de ahí, justamente, está salvo de sí mismo.

Y de eso se trata, de ser salvos, de salvarnos de nosotros mismos y de nuestros cuentos para entrar en la gran Historia, la del mundo, de la humanidad y de Dios.

Unos niños lo han comprendido, niños de Moscú, niños de Pekín, niños de diez años que debían tomar la releva de las iglesias desiertas y de los sacerdotes aprisionados. Hicieron cadena y se enseñaron lo que habían aprendido del Evangelio y del catecismo, y dieron testimonio sin temor, dieron testimonio de Cristo y de su Amor, con el admirable orgullo de ese pequeñito, de ese chinito que pudo decir ante la iglesia cerrada de donde lo querían echar: “La Iglesia, ¡soy yo! La Iglesia ¡soy yo!

Sí, la Iglesia somos nosotros, la Iglesia es cada uno de ustedes. No se trata pues de lamentarnos, de lloriquear por nuestra suerte, por el tirano o por temor del juicio, sino de levantarnos, de arrodillarnos derecho como decía Péguy, de levantarnos como Hijos del Hombre y como Hijos de Dios, persuadiéndonos como el apóstol san Pablo de que el Evangelio es la mayor manifestación del poder de Dios, porque el Evangelio es la base de la grandeza, la base única de la grandeza y de la dignidad humanas.

¡Ah! ¡Saber que la libertad es inviolable para Dios! Que es Dios quien la consagra, que es Dios quien muere para revelárnosla, para que pueda desplegarse, que muere para que el hombre pueda vivir en plenitud y ser a su vez creador y salvador. Eso y nada menos es lo que se nos propone en este día.

No se trata, claro está, de hacer propaganda indiscreta, ni de recargar a los demás con nuestras convicciones, sino de dejar brillar. Porque eso es todo el cristianismo: una Presencia, una Presencia que es un presente, una Presencia que es un regalo, una Presencia que es luz, una Presencia que es juventud infinita, una Presencia que es la gracia de la eterna hermosura. Se trata de dejar trasparentar esa Presencia y de presentarla gratuitamente, sin decir nada; se trata de estar ahí, de rodear a cada ser humano del honor con que debemos tratarnos mutuamente como dice la epístola a los efesios, de rodear a cada uno de honor, de crear a su derredor el espacio de luz y de respeto que le permita descubrir en el centro de sí mismo el Amor que buscaba en vano afuera y que lo estaba esperando dentro.

¿Quién podría resistir a esa Presencia? ¿Quién podría rehusar ese regalo? ¿Quién sería insensible a ese respeto? ¿Quién no respiraría en ese espacio en que circula el eterno Amor?

Es por eso que somos cristianos, al menos por eso vamos a pedir a Dios que lo seamos, para que también nosotros como san Pablo, acabados de bautizar, salgamos de aquí con el sentimiento admirable de que el mundo entero está en nuestras manos y que debemos consagrarlo y ¡revelar el hombre a él mismo y glorificar la vida!

¡Sí, eso es! Cuando la vida toma toda su dimensión en nosotros, toda su grandeza, toda su hermosura, se sabrá que Cristo vive, ahora y más que nunca, que es una Presencia que tiene influencia en la vida, que él es la respuesta a la vida, y que en él, por fin, podemos respirar en una libertad por fin descubierta que no tiene fronteras, ya que no es ni puede ser sino la luz creadora del eterno Amor.

(*) TRCUSLibro « Ta parole comme une source, Tu Palabra como fuente, 85 sermones inéditos. »

Editorial Anne Sigier, Sillery, agosto 2001, 442 páginas

ISBN : 2-89129-082-8

 

 

 

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir