Homilía de Mauricio Zúndel en 1928, donde las benedictinas de la rue Monsieur de París. Esta comunidad tuvo profunda influencia en el medio católico intelectual antes de la segunda guerra mundial. Inédita.

 

Tratemos de dar a estas consideraciones un aspecto más concreto representándonos lo que pueden ser en Dios la justicia y el Amor, según nuestra manera de ver.

En efecto, no vacilamos en atribuir a Dios las perfecciones que nos parecen que convienen de inmediato a su naturaleza: Dios ama, Dios es Amor. Pero ¿ama Dios como nosotros?

Deus creans et fundens bonitatem in rebus”. Esta frase de santo Tomás nos sugiere la respuesta: «Dios crea e infunde en las cosas su propia bondad”.

Al contrario de nuestro amor que presupone la bondad en el ser amado, verdadera o simulada, la cual funda nuestra atracción y justifica el apego, el Amor creador solo se presupone a sí mismo. Lo que lo inclina hacia las cosas y lo mottiva no es la bondad de las cosas sino su propia bondad que irradia sobre ellas y hace todo su brillo. No es porque son adorables que Dios las ama, sino que ellas son amables porque Dios las ama.

Dios no se enriquece con el amor de las cosas, sino ellas por el suyo.

Dios es el que da sin recibir nada. Dios es don con toda la fuerza de esta palabra. El dador como dicen los teólogos de la Persona del Espíritu Santo.

Y si nos lleva a él, no es para colmar un vacío en sí mismo sino en nosotros y para embriagarnos con su gozo. Concibamos la gratuidad inefable de ese Amor.

Siempre soñamos ser amados sin condición, sin egoísmo y sin interés. Pero ninguna criatura es capaz de ello, ya que toda criatura quiere enriquecerse amando, colmar un vacío que hay en ella, prolongar en otro corazón los latidos del suyo, y mientras más generoso es su amor, más se esfuerza por ser desinteresado, más lo enriquece rompiendo los límites del yo de que aspira a liberarse.

Pero el yo divino es ilimitado y Dios encuentra en sí mismo la plenitud del gozo. No hay en Él ninguna efusión hacia afuera que responda a alguna necesidad o se traduzca por algún aumento para Él, Su Amor hacia nosotros es totalmente gratuito y esencialmente desinteresado, teniendo por único objetivo nuestra felicidad y no la suya.

Único Amor gratuito… Único Amor… y todo otro amor no vale sino en la medida en que participa de ese primer Amor.

Nosotros, dice san Juan, hemos conocido el Amor que Dios nos tiene y hemos creído porque Dios es Amor.

Ahora debemos considerar la justicia como ejercicio del Amor. ¿Qué es ser justo? Dar a cada uno lo que le es debido.

Apliquemos a Dios esta noción: ¿Tiene Dios deudas con alguien? no, porque si fuera deudor de alguien estaría en dependencia respecto de alguien. Su poder sufriría límites. No sería Dios.

Ser justo, para él, será dar a cada uno lo que se debe a sí mismo darle. Él es la regla de su justicia. Su sabiduría provee al bien de todo, y más profundamente su Amor. Porque el gobierno divino cuyo instrumento es la justicia, obedece necesariamente al mismo motivo, al mismo móvil que la creación misma.

Como Dios crea por Amor, con gratuidad y desinterés infinitos, conserva todas las cosas y las gobierna con la misma gratuidad y el mismo desinterés.

La justicia es pues en Dios el ejercicio del Amor.

 

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