Homilía de Mauricio Zúndel en El Cairo, en 1942. No publicada.

Presencia real de Jesús en el santísimo Sacramento. Cristo está presente también a toda la humanidad. La Presencia es la más real de todas las presencias. Hay una infinidad de presencias reales a partir de la presencia local que es la más imperfecta de todas: presencia del cuerpo, presencia del alma, Presencia de Dios en el universo, inhabitación divina del Santísimo Sacramento en el alma, presencia de la virtud, del artista y su cincel, presencia intencional del conocimiento, presencia de amor.

En la Eucaristía Jesús es presencia real, sin embargo su modo no es local sino sacramental. En la comunión no hay contacto físico posible. Ya no juegan las relaciones locales. Comulgamos por lo más íntimo de nuestro interior. Vamos a Cristo, al Santísimo Sacramento, por el espíritu, Jesús está realmente presente por medio de las especies, pero su Presencia solo es accesible al contacto espiritual. Es una Presencia que exige la nuestra: en la Iglesia, para la Iglesia, para toda la humanidad y para todo el universo. La comunión con él es comunión con todo.

Pero es necesario ser pobre de sí mismo para amar universalmente. La comunión es Presencia que nos abre a Jesús, a toda la humanidad, a todo el universo. Una Presencia que nos desposee para que seamos ofrenda total a Dios. Presencia que solo podemos lograr si nos damos. En la consagración, la Iglesia se abre y se da a Dios. La Presencia real de Cristo que solo podemos entender espiritualmente nos exige también nuestra presencia real.

Dios es Espíritu. Nos le acercamos con el Espíritu. Es necesario buscarlo en la comunión de la Iglesia. La Eucaristía es el sacramento del cuerpo y la sangre de Jesús. Es un contacto espiritual con el Cristo total. Exigencia espiritual: eclipsarnos, hacernos presente a su Presencia. Las personas solo pueden ser tomadas de dentro, no del exterior como cosas.

Conversión de san Francisco de Asís. Era vanidoso. Luego, “Porque los ojos de Dios no encontraron nada más vil sobre la tierra, se fijaron en mí. En mí ya no hay sino Él”. Francisco encuentra entonces en todas las cosas la fuente y la figura del primer Amor. Lleva a su derredor la revelación del Amor. Es un contagio de Luz.

Pablo es de temperamento dominante. Pero ese apetito se interioriza. Comprende que la gente se debe abrir por dentro, librarlos de su egoísmo dándoles ejemplo de eclipsarse y no dominándolos con orgullo. La medida de su transformación nos es dada en su actitud ante rivales, en Roma, donde estuvo cautivo. Escribe a los filipenses: “Demostrar que se anuncia a Cristo”. Se eclipsa y libera a los demás que encuentran en él la grandeza, el bien, el amor, la libertad. El orgullo cosifica queriendo dominar del exterior. Es necesario liberar por dentro.

El bien no es algo por hacer sino alguien por amar. El bien es la Presencia amada del bien vivo. Unirse a él es devenir libre. Separarse de él es el mal. El pecado es la apropiación. La virtud es volverse a él. Se trata de ser o no ser.

El ser es desposesión, altruismo. Hay que dejar pasar a Dios por nosotros, para darlo a los demás. En vez de preguntarse hasta donde se puede ir sin pecar, hay que preguntarse ¿puedo todavía darme? El bien es una exigencia fundamental. Dios que nos comunica su Presencia, nos comunica un sentimiento de desposesión. Él mismo es el don infinito del eterno Amor. Es necesario encontrar en todo la apertura hacia la fuente de todo ser. Es necesario despegarse de sí mismo para ser capaz de amar las criaturas. Si se ama totalmente se ama por dentro. Es un amor de desposesión. Si salimos del centro, recaemos en nosotros, en la periferia. Encontramos el egoísmo. Somos llevados por los instintos.

La moral es teocéntrica. Nos hace devenir mostrador del primer Amor. La Iglesia es una escuela de libertad. Su autoridad viene de Dios que es interior a la conciencia. El hombre solo debe obedecer a Dios, tender el oído a las invitaciones del primer Amor. Por el cristiano está por doquiera la Presencia real de Jesucristo. El cristiano debe ser don. El ser es don. Sólo se puede ser dándose.

La ciencia debe hacer brotar del universo el pensamiento eterno del Creador. La Penitencia consiste en liberarse. Es necesario ser disponible al Espíritu para ser diáfano a la Presencia divina. Es la alegría en la libertad.

En el Santísimo Sacramento, lo más interior de nosotros entra en contacto con lo más interior del Cristo total. Jesús está totalmente presente. Seamos presentes a él nosotros.

Un Sacramento es un signo que representa y comunica lo divino. La humanidad de Jesús es un sacramento. La Iglesia es un sacramento. Todo el universo es morada de la Presencia divina.

La Eucaristía representa y comunica a Jesús todo, cuerpo, sangre, alma, divinidad a aquél que está realmente presente cuando comulga. Por parte de la Presencia divina hay todo lo necesario. A nosotros de poner nuestra parte.

La comunión excluye todo contacto físico, pero no un contacto profundo, real y ritual con Jesús.

La eternidad es el tiempo condensado, recogido, en el cual no hay sucesión. La vida eterna es la duración siempre actual. En cierto modo, experimentamos la eternidad cundo encontramos la verdad, la belleza, el Amor, cuando entramos al centro de nosotros mismos y ahí encontramos a Dios. La eternidad es silencio, recogimiento, interioridad y efusión. La muerte está en la periferia, en la circunferencia, en el tiempo. En cuanto espíritu, el hombre no puede morir.

La Pasion de Cristo es eterna porque es interior. “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo, no hay que dormir durante ese tiempo” (Pascal). El hombre es capaz de recogimiento, de libertad, de interiorización. Es autónomo. Tiene su propia ley en sí mismo.

La sobriedad es un acto humano venido del interior, que es libre. Se debe recibir el alimento espiritualmente, como don que nos hace comulgar a la mesa de Dios, sin dejarse dominar por los instintos.

Lo que vale desde el punto de vista de la conservación del individuo vale también para la conservación de la especie.

Con el hombre, el universo sube. Es el sentido que la vida humana debe dar al impulso cósmico, cuando la voluntad del hombre supera el impulso biológico, lo libera, lo recoge, lo pone en libertad.

Si el universo se hace espiritual, se hace digno de Dios Espíritu.

El tiempo y el espacio pueden condensarse, interiorizarse para hacerse impulso eterno. Es la revancha del espíritu sobre la materia. Como Pascal, yo puedo comprender el mundo que me oprime sin saberlo. Puedo consagrarlo a Dios, crearlo con Dios y para Él. Nuestro universo tuvo comienzo y tendrá fin. Hubo quizás una infinitud de universos antes del nuestro. Las palabras “antes” y “después” implican sucesión en el tiempo. Dios existe por encima del universo y más allá del tiempo. La eternidad es una efusión sin sucesión, una eterna novedad.

Dios crea por amor. La simpatía es un elemento activo, un poder de creación. Estar en un medio simpático o no, es para nosotros cuestión de vida o de muerte. La simpatía divina es el rayo de ternura del que todo está suspendido. Ser criatura es ser amado de Dios. La imagen del alfarero está en las Escrituras: tener una noción espiritual de ella. Dios crea por amor. Dios es invisible. El hombre debe ser sumo sacerdote de la creación. A través de la ciencia, el sabio debe llegar al Espíritu, la luz, Dios. Él es el eterno. Él es la Presencia, la verdad.

El misterio de la oración es que Jesús oró y las almas no le respondieron. En su agonía, buscó la simpatía de los suyos y no la encontró. La oración es la respuesta del hombre a Dios. Dios siempre está totalmente presente. La luz no para de brillar. Pero nosotros no estamos abiertos. Dios quiere más que nuestra felicidad. Hagamos de nuestros pensamientos y actos, impulsos de amor hacia Dios.

La necesidad que tenemos de darnos a Dios es símbolo de la necesidad que Dios tiene de nosotros. Toda oración ha sido ya escuchada. Es la respuesta de nuestro amor a Su Amor.

No se puede falsificar la verdad. El sabio no debe interrumpir el mensaje sino recogerlo con su amor.

María es la mujer espíritu, la mujer pobre, despegada. Ella deseaba el reino de Dios. Su mirada estaba orientada hacia la luz. En ella está la victoria del Espíritu. Ella sabe que la verdad es Alguien. Ella es la morada de Dios a imagen del Verbo: luz salida de la luz. La mujer Verbo en el matrimonio virginal en que el hombre es a imagen del Padre, relación viva con Jesús en desposesión total de sí misma: la Mujer Pobre.

En 1854, definición del dogma de la Inmaculada Concepción por Pío IX. En el siglo XII, san Bernardo que tanto amaba a María, pensaba que si ella era inmaculada en su concepción habría escapado a la Redención. Al contrario, por ese privilegio, ella fue redimida más que nadie. Fue redimida de la obligación de asumir el pecado original. La Inmaculada Concepción es la afirmación del Reino de Jesús en María desde el primer instante de su Concepción. Ella es relación viva con Cristo. Por la pobreza total de María desde el primer día, la Realeza de Cristo se realizó en ella totalmente. Su Asunción afirma en su carne la eterna Realeza de amor de Cristo. Ella es un sacramento transparente a Dios.

El verdadero valor es la realidad de Dios en la transparencia del ser. Es la corriente que pasa a través del artista, del sabio y del santo. El que es trasparente a Dios ha cumplido toda su vocación.

María desaparece en el amor de Jesús. Es un grito de amor, puro sacramento de Jesús. Es una Eucaristía, un hogar de Presencia real por su maternidad divina. Dios es la fuente de todo amor. Es Padre, Madre.

María es como la efusión de la misericordia divina. María es la mujer que es puro don. Ella nos da su hijo que es fuente de vida, siendo ella misma el sacramento de la ternura infinitamente maternal de Dios.

Alcanzaremos la suprema libertad sumergiéndonos en los abismos de Dios, llegando al corazón de Dios. Hay un misterio único. Es un misterio de amor.

Dios es Amor. Jesús es Amor. Para todo hombre, el bien es trabajar por Su Reino y Su alegría, olvidándose a sí mismo. Todo lo que tiene valor lo tiene por eclipsarse, para dejarlo brillar a él. El que se eclipsa, crea. El que es opaco destierra la luz. Es necesario que Dios reine por lo que espera de nosotros. Todo otro problema es secundario. Dios sabe lo que nos va a suceder. Confiemos en Él.

En vez de escrutar el porvenir, es mejor esconderse en Dios para adherir por Jesucristo a lo desconocido de Dios. Nuestra felicidad lo glorifica. El ojo del hombre nada ha visto. La fe es una zambullida en la luz de Dios. Dejemos que Dios brille en nosotros y a través de nosotros. La virtud es Jesús viviendo en nosotros.

En todo sufrimiento físico o moral, en toda destrucción de nosotros, volvámonos hacia él, adhiramos totalmente a sus designios para nosotros.

Olvidemos los intereses personales para ocuparnos de los suyos. Y Él cuidará de nosotros. Tengamos confianza.

La Comunión es un acto católico, universal. A todo cristiano el amor le obliga a estar presente en toda agonía. Comulguemos cada día para responder al deseo que Jesucristo tiene de recibirnos. Comulguemos para ser el viático de todos los que van a morir el día mismo.

Que nuestra pobre oración esté unida a la de toda la Iglesia, a la de toda la humanidad, para adherir por Jesucristo a todo lo desconocido de Dios. Me debo eclipsar para revelar a Dios al que lo busca. Debo centrarme en su Amor. Él me guiará paso a paso, un solo paso a la vez.

¡Que me eclipse en Él! ¡No temer nada! En medio de todas las tormentas permanece una verdad que basta para darnos seguridad: Él está. Dominus est.

Oración de Newman:

Guíame, dulcísima luz, en las sombras que me rodean, guíame.

La noche es oscura y estoy lejos del hogar, guíame.

No te pido ver los horizontes.

Un paso a la vez me basta, guíame.

No he sido siempre así: me gustaba ver y elegir mi camino, pero ahora, guíame.

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