Para la fiesta de la Trinidad: homilía de Mauricio Zúndel. En Ginebra, en septiembre de 1969. Esta homilía sobre la Trinidad, misterio de pobreza y de don constituye un prólogo a una conferencia sobre el hombre, intitulada Yo es otro (publicada en los artículos anteriores, a partir del 10/07/2005). Un prólogo, porque solo se puede hablar auténticamente del hombre en la medida en que se ha comenzado a penetrar en el misterio trinitario, a imagen del cual fue creado el hombre y para el cual es salvado.

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Ustedes recuerdan las palabras de Nietzsche: “Si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser dios?” Él podría encontrar su liberación y su fuerza en este evangelio de la Trinidad: “Id, haced discípulos míos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28:19).

En efecto, si como piensa Nietzsche en su crisis de rebeldía, Dios fuera un Poder del que dependemos radicalmente, que nos impone su voluntad sin comprometerse en modo alguno con nosotros, si Dios fuera esa realidad invulnerable totalmente encerrada en sí misma, si Dios fuera un ser solitario que goza eternamente de sí mismo, si Dios no tuviera sino a sí mismo para todo referirlo a sí, no comprenderíamos por qué, si no tiene diferencia cualitativa con nosotros por ser como nosotros centrado en un yo que se goza de sí mismo, no entenderíamos por qué el fuera Dios y no nosotros.

Lo que nos trae Nuestro Señor, la revelación esencial que cambia todo, que nos libera esencialmente, es precisamente la confianza inefable e inagotable en que aprendemos, por el testimonio d Jesucristo, que Dios no es un ser solitario, que en su unicidad, Dios puede dirigirse a Otro, que Dios es en verdad más sencillo e inmediatamente accesible, que Dios es una comunión de Amor. Que es comunión de Amor, que en Él no hay nada más que Amor, que se vacía eternamente de sí mismo : el Padre en el Hijo, el Hijo en el Padre y el Espíritu Santo en el uno y el otro, y que la Vida Divina no hace más que circular como don eterno pues cada persona en Dios es solo relación a la otra en una desapropiación total de sí misma, pues Dios realiza en lo más secreto de su intimidad la Pobreza que es la primera bienaventuranza, la Pobreza que san Francisco amó tanto, y cantó en todos los caminos de la tierra pues sabía que la Pobreza es el gran secreto de Dios.

Y debía subir hacia Dios precisamente hoy a través del misterio de la Trinidad Santísima, que suba hacia Dios porque Dios es Trinidad porque es comunión de amor, porque Dios no tiene nada, porque da todo, porque justamente Su Divinidad no es otra cosa que su despojamiento y su pobreza.

Y de repente se abren ante nosotros esos argumentos inagotables. Ya no estamos bajo un yugo, ya no sufrimos una servidumbre, ya no somos súbditos de un soberano que nos domina sin que tengamos la posibilidad de respirar libremente: estamos frente al Amor, interior a nosotros además, que solo nos toca por su amor y al que solo podemos llegar por nuestro amor que es una respiración infinita dentro de nosotros, que es el campo ilimitado en que se revela nuestra libertad.

Y como no ceso de decirlo, jamás habríamos podido ni descubrir lo que la libertad ni alcanzarla, y estaríamos perdidos en caminos que no llevan a ninguna parte si no hubiéramos encontrado el rostro de la Trinidad, si no hubiéramos comprendido que Dios mismo es la infinita libertad por ser libre de sí mismo, por no tener ningún apego a sí :mismo y que eso es claramente la librad: estar libre de todo apego a sí mismo, ya no sufrirse, sino hacer de toda la vida un don en un puro impulso de amor.

El encuentro con la Trinidad es el comienzo de un mundo nuevo.

El encuentro con la Trinidad es lo que nos conduce al centro interior, al santuario que somos en lo más íntimo nuestro en que Dios no cesa jamás de esperarnos para comprometerse con nosotros en el matrimonio de amor de que habla san Pablo cuando escribe a los Corintios: “Os he desposado con un Esposo único, para presentaros a Cristo como una virgen pura” (2 Co.11:2)

Y eso deseamos poner en el centro de nuestro corazón de cristianos: dar gracias por tener el privilegio inmenso de encontrar al Señor, por haber aprendido del Señor que Él es el Amor y no más que el Amor, por haber aprendido a través del Señor los caminos de la libertad en el despojamiento y la desapropiación y la pobreza. Por Cristo hemos entrado en el inmenso espacio interior donde el mundo se reconstituye y adquiere su verdadero rostro.

Escuchemos pues en esta liturgia esa confidencia esencial de la Trinidad. Penetremos en la comunión de amor que es la eternidad de Dios para encontrar en ella a todos los que nos han precedido, todos los que descansan en Cristo, todos los que llevamos en el corazón como vivientes en el Dios vivo. Reunamos a todos los mayores que están colmados de su liberación, reunamos toda la historia, toda la humanidad, todo el universo en la ofrenda que debe consumar la Creación, que debe conferirle su dimensión de libertad y amor reuniendo todos los seres alrededor de la Mesa del Señor.

Entremos en la dimensión en que va a acogernos Cristo, llevando nuestra ofrenda que es todo el universo, que es toda la historia, que es toda la humanidad. Dando gracias por todas las criaturas, porque Dios es Amor, porque Dios es Trinidad, porque Dios es Pobreza, porque Dios es Libertad, porque justamente en él podemos acceder hasta nosotros mismos, y aprender el secreto maravilloso que Jesús inscribió para siempre en el lavatorio de los pies: que la grandeza no consiste en ponerse por encima, que la grandeza no es exigir, que la grandeza no consiste en mandar, que la grandeza consiste en dar para ser, y que el más grande es el que más se da, y que Dios es infinitamente grande solo porque Él está todo en el don, arrodillado eternamente ante sus criaturas en el lavatorio de los pies.

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