Conferencia de Mauricio Zúndel en París, en 1966.

El problema, lo que me parece ser el problema, es saber si el hombre existe. ¿Existe el hombre? En esto me parece que es necesario que nos entendamos.

Si el hombre existe hay problemas, o mejor, ése es el único problema. Si no existe, no hay problema pues estamos contenidos en un orden prefabricado en que el hombre es absolutamente incapaz de introducir cualquier clase de novedad.

Entonces, si permiten, para situar del modo más concreto el problema, tomaré una frase que ya tuve ocasión de pronunciar: “Nuestros orígenes animales están detrás de nosotros y nuestros orígenes humanos están delante”. Esto tiene importancia capital como van a verlo y como ya lo presienten.

Es evidente que si nuestros orígenes humanos están por delante será cuestión de crear el hombre que no somos todavía y evidentemente, en ese mundo, quiero decir en el mundo humano creado por nosotros, es donde se sitúa el problema de Dios.

Nos es absolutamente imposible poner atrás el problema de Dios, en lo prefabricado, en un mundo que no hemos creado, en un mundo que se nos impone, que no hemos escogido, ya que ese mundo es embrionario en relación con el mundo humano posible. Si existe un mundo humano posible, todo lo que está detrás de nosotros es embrionario y todo lo que está delante de nosotros debe ser creado y en el mundo que debemos crear podrá plantearse el problema de Dios y tendrá significado además si surge de la misma creación nuestra.

Si ponemos a Dios en el pasado, en un mundo que aún no es humano, en un mundo que no hemos creado, Dios mismo es devaluado. En el mundo embrionario no puede encontrar espacio donde difundir su vida y toma necesariamente un aspecto caricatural.

Sería pues necesario considerar todo el problema de Dios de manera prospectiva, es decir hacia adelante, delante de nosotros, e interpretar por consiguiente toda la revelación en función de esas visiones prospectivas.

No se trata de explicar un pasado localizándonos en él y comprendiendo en él a Dios. Se trata más bien de abrir un porvenir creándolo, y al crearlo, hacer simultáneamente la experiencia de una Presencia divina en cuyo seno precisamente no puede existir ese mundo humano.

Ese mundo, naturalmente, es fácil limitarlo fajo formas muy generales. Todo el mundo comprende la frasecita: “Nuestros orígenes animales están detrás y los orígenes humanos están adelante de nosotros.

Sin embargo, para fundar el problema en la realidad, es necesario recorrer cierto número de etapas y la primera consiste en constatar en los términos más sencillos que el hombre salió del reino. A nuestro conocimiento, el hombre es el único animal que pueda salir del reino, es decir que pueda modificar de cierto modo el dato espontáneo, el dato natural.

El hombre salió del reino ya que no se ha confinado simplemente en sus órganos, en sus instrumentos naturales, que hacen parte de su cuerpo y de su organismo como las manos en particular. Añadió a las manos el instrumento, y al hacerlo inauguró el mundo de la técnica, mundo prodigioso y magnífico que multiplicó infinitamente su poder y creó las civilizaciones. Es evidente que el instrumento permitió al hombre ganar en libertad, tomar cierta distancia frente a sus necesidades orgánicas.

Ustedes viven en París. ¿Dónde están los trigales de donde proviene su alimentación? Todo lo que los alimenta no lo sacan del asfalto de las calles. Esta inmensa aglomeración humana no produce su alimento sino que constituye un organismo técnico de complejidad asombrosa y magnífica pero cuya duración supone que tras ella haya campos, que haya campesinos, que haya intercambios y que la vida pueda mantenerse sin producir inmediatamente lo necesario a su subsistencia.

Evidentemente, los instrumentos complicados y mejorados de una técnica que permite intercambios, especialización, jerarquías, grupos y aglomeraciones, asegurando su existencia con los campos que solidariamente la aprovisionan mientras que la ciudad les proporciona eventualmente los instrumentos de trabajo, o en todo caso, los recursos financieros que les son indispensables.

Esta salida del reino, esta posibilidad de alejarse del campo de la producción material, del campo fuente de su subsistencia, esta posibilidad de salir del reino ha engendrado aglomeraciones, especializaciones que han provocado perfecciona­mientos más y más complejos en aglomeraciones cada vez mayores – lo que vemos en particular con la civilización tentacular en que grupos cada vez más numerosos se reúnen en un mismo lugar sin producir lo que concurre a su subsistencia orgánica pero produciendo otras cosas que, mediante intercambios, aseguran finalmente la vida, o al menos pueden asegurar la vida de todos.

Todo eso es admirable y todos los progresos de la cosmonáutica nos dan de ello una expresión maravillosa, todo eso es admirable, pero en el fondo no ha transformado profundamente el hombre en el sentido que el hombre sigue condicionado por sus necesidades orgánicas fundamentales.

En eso no puede salir del reino. Necesita alimentarse. Necesita defender su subsistencia orgánica, asegurarla. Necesita reproducirse, ya que los aparatos técnicos no significan nada naturalmente si no tiene asegurada una duración la cual solo puede ser función de la reproducción, y bajo el doble aspecto de la subsistencia y de la reproducción, el hombre de hoy es más o menos lo mismo que era en sus comienzos.

Es decir que el hombre está orientado hacia sí mismo como todos los organismos, por lo que llamo la endotropía. La vida y lo que la caracteriza es que constituye una autonomía, es decir cierta independencia que está ordenada a sí misma, y lo que hace el misterio de la vida es que todas las energías se concentran en cierto modo en este minúsculo islote pero que en la inmensidad del mundo representa una existencia autónoma, una existencia vuelta hacia sí misma y cuyas energías están todas concentradas hacia la subsistencia de ella misma. La vida se defiende y quiere durar, y todos los préstamos que está obligada a tomar del medio ambiente, ya que debe respirar y alimentarse, todos esos préstamos están siempre orientados a la duración con relación a sí misma. Es una especie de egocentrismo biológico indispensable porque la vida es una empresa frágil y amenazada. La vida está tan condicionada por los préstamos que hace al medio ambiente que debe a cada instante ser providencia para sí misma para poder durar. Si no estuviera atenta, si no se defendiera, estaría inmediatamente condenada.

La vida pues, toda la vida, es la providencia de sí misma, toda vida está ordenada a sí misma, toda vida debe defenderse, toda vida debe tomar préstamos, pero siempre en esa forma de convergencia hacia sí misma y una vez más, esto es inevitable ya que la vida es frágil y amenazada. Además, mientras más se estudia la vida, por ejemplo la vida de la célula, por ejemplo la vida del núcleo celular, la vida de los cromosomas, suponiendo que son vivientes, y son en todo caso constituyentes de la vida, se llega a los organismos, edificios cada vez más complejos y para asegurar el equilibrio de la vida, ustedes saben cuántos recursos son indispensables. Si estudian en detalle la vida celular, ustedes se ven absolutamente sumergidos por la inmensidad de tal empresa. Es colosal. Si tratamos de crear materia, si tratamos de intervenir sobre todo en las células de la vida, nos damos cuenta de que su condicionamiento es de una complejidad tal que supera la imaginación y el cerebro humano. Hoy solo las máquinas electrónicas son capaces de sintetizar todos los datos por lo enormes y por decir infinitos que son.

Entonces, para que exista la vida y escape a la destrucción es naturalmente necesaria una lucha tanto más encarnizada cuanto más compleja es la vida. Entonces, si el hombre pudo salir del reino y constituir así un universo técnico que suscita nuestra admiración, es cierto que el hombre está fundamentalmente ligado a sus instintos primeros que caracterizan la vida: primero subsistir individualmente y subsistir como especie por la reproducción. Ambas cosas se combinan además. En efecto, sabemos que si el individuo se reproduce no es por pensamientos de generosidad sino que el instinto está inscrito profundamente en su endotropía, es decir que al reproducirse, los animales y en especial el hombre, tienen la impresión de ocuparse de sus propios intereses.

La naturaleza se las arregló maravillosamente además para construir la trampa increíblemente perfecta que es persuadir el animal de que la reproducción es su bien. Su bien por el gozo que experimenta, de manera que los animales y sobre todo los animales superiores y el hombre en particular, consideran la reproducción como algo que les interesa por encima de todo y constituye uno de sus bienes supremos. Pero ya se trate de la subsistencia del individuo ya de la reproducción, ahí no salimos de una exigencia biológica fundamental. Por doquiera encontramos desde luego algo no específico del hombre y es que toda vida debe velar sobre sí misma, toda vida es frágil y amenazada, toda vida debe defenderse, toda vida subsiste solo a fuerza de préstamos y en una encarnizada lucha que termina regularmente en derrota ya que todos los seres vivos están llamados a morir, al menos los que están dotados de cierta complejidad y para escapar a la muerte definitiva no tienen otro recurso que la reproducción.

La reproducción que asegura al menos la supervivencia de la especie, si no la del individuo, es decir la supervivencia de cierto tipo orgánico que, conjugado con millones de otros, constituye la figura biológica de este mundo. En todo eso, sean cuales fueren las complejidades de la técnica, una vez más encontramos una permanencia que ciertos seres llaman fundamental en la cual no somos en absoluto diferentes de los demás seres vivos. De modo que llegamos al dato además legible en nuestra historia: hemos sido arrojados en el universo sin quererlo, hemos recibido la existencia sin escogerla y hemos sido puestos en un mundo que no es más obra nuestra que nuestra existencia.

Que hayamos nacido en tal época, en tal siglo, con tales técnicas, no es cosa nuestra. Que hayamos nacido en tal país, de tal raza, de tal sexo, bajo tal signo del zodíaco, todo eso estuvo fuera de nuestra elección, y finalmente somos totalmente prefabricados, impuestos a nosotros mismos sin que haya nada de nosotros en ello, y eso es verdad no solo respecto de los instintos primitivos y tan poderosos e incoercibles como la necesidad de subsistir, la necesidad de alimentarse, de abrigarse, de dormir, de reproducirse, sino también de nuestras opciones intelectuales, confesionales, religiosas y políticas; nacimos en cierta clase, bajo cierto clima, nacimos en cierta religión.

¿Por qué es musulmana el África del norte? Cuestión de geografía. ¿Por qué es cristiana Francia? ¿Por qué la India es brahmán? ¿Por qué es budista Ceilán? Cuestión de geografía… Todos los nacidos en cierto clima, que pertenecen a cierta tradición, se hallan automáticamente enraizados en cierta cultura, en cierta visión del mundo, en cierta moral, en ciertas creencias. Pueden sin duda reaccionar, pero reaccionar es una manera de responder a un dato que no hemos escogido y las reacciones son a menudo determinismos corrientes donde aparece claramente la marca recibida al comienzo; cuando reaccionamos con cierta violencia, es porque aún no estamos liberados y que de cierto modo estamos todavía presos de aquello de que tratamos de desembarazarnos.

Hay algo que puede ser más patético todavía y más insidioso, es la ciencia y en especial la ciencia biológica, que nos induce a cierto materialismo. La ciencia tiene una metodología materialista, y sobre todo la ciencia biológica, en el sentido preciso de que no hay experiencia objetiva, entendiendo por objetiva que no hay experiencia que pueda ser hecha por todos los especialistas del mundo entero, con métodos universales, con instrumentos que sean por doquiera los mismos, no hay experiencia que pueda hacerse fuera de una verificación que es finalmente exterior a la subjetividad, y que pueda ser realizada por cualquiera y muy especialmente por aparatos que son realmente mucho más precisos y sensibles que nosotros. De ahí la tendencia de la experiencia y muy especialmente de la experiencia de la vida, de orientar todo, como es natural, a un condicionamiento físico-químico.

Les voy a dar una lista muy impresionante. Quizá conocen este pequeño escrito de vulgarización de René Cochinel sobre la cibernética que en marzo de 1880 presenta chorros de agua que se transforman en corriente continua en un tubo de caucho bastante largo. Los biólogos aceptan por eso que para explicar el fenómeno de regularización del flujo sanguíneo no es necesario imaginar que las arterias sean controladas por los centros nerviosos. Basta pues simplemente controlar la construcción de los vasos sanguíneos que ordenan la circulación sanguínea. Por su parte, en 1925 Ralph demuestra que un hilo de hierro sumergido en ácido nítrico concentrado y puesto luego en ácido nítrico diluido transforma una excitación aplicada a uno de sus extremos en onda eléctrica que recorre el hilo de punta a punta. Entonces los neurólogos aceptan que la explicación de la transmisión del influjo nervioso no necesita conceptos de orden psicológico. En 1948, Gray Walter monta un mecanismo electrónico – las famosas tortugas – con desplazamiento autónomo y dotado de órganos sensibles que simulan el comportamiento de reflejos condicionados al contacto y al sonido; un mecanismo electrónico simula el comportamiento de reflejos condicionados.

Los fisiopsicólogos aceptan entonces que el reflejo condicionado es un fenómeno fisiológico cuya explicación no exige contexto de orden psicológico. En 1958 el Doctor Slovan presenta en el Congreso internacional de cibernética un mecanismo que simula la creación del instinto. Entonces los psicólogos abandonan a la fisiología los fenómenos atribuidos al hombre.

En fin, las calculadoras que funcionan como máquinas que razonan, pueden efectuar hoy automáticamente todas las operaciones lógicas que realiza la mente humana, especialmente construir una teoría deductiva.

Hay pues que admitir que el razonamiento deductivo, por ejemplo la construcción de las matemáticas, no exige la activación de una facultad mental, por ejemplo lo que llamamos la inteligencia.

En esta serie de explicaciones, todo se reduce a un mecanismo de dirección físico-química, inclusive el desarrollo de todas las operaciones lógicas, la construcción de todas las teorías deductivas. Las máquinas pueden remplazarnos y lo hacen admirablemente.

No existe pues el hombre, no existe, pues lo superan las máquinas que hacen mucho mejor que él y precisamente en las zonas que hasta ahora se consideraban como terreno propio dela inteligencia y de la mente.

Y es algo muy importante, ya que se trata de conclusiones dadas por sabios cuya probidad es imposible de poner en duda y que llegan a ellas por los mismos métodos universalmente utilizados para buscar la explicación más sencilla y espontánea que se impone rigurosamente por el uso mismo de los instrumentos de verificación.

Finalmente en todos los fenómenos que se consideraban como psíquicos o inteligentes, no se encuentra nada que no se explique por la mecánica o por la físico-química.

Esto constituye evidentemente uno de los cambios más fatídicos de nuestra cultura. Hemos construido una técnica cuyos prodigiosos éxitos percibimos y, en razón de tales éxitos, evidentemente podríamos considerar el hombre como la cumbre de la grandeza y nos damos cuenta por métodos científicos bien probados, sin olvidar además que los éxitos de la técnica reposan hoy cada vez más sobre máquinas, sobre máquinas electrónicas. Observamos o mejor constatamos que esas personas están dispuestas a firmar el fracaso de la inteligencia y a reconocer que funcionamos finalmente mucho menos bien que las máquinas, que hay en el universo una especie de… ¿es una sabiduría, es una inteligencia?, se diría simplemente una especie de trabajo que llega a resultados pero que no tienen ningún significado ni psíquico, ni espiritual, ni personal y que el hombre puede muy bien finalmente estar encerrado en la naturaleza en que toda finalidad está excluida, pues los sabios biólogos no cesan de repetir, con razón además, pienso yo, que en la naturaleza no hay ninguna finalidad, ningún fin perseguido; que solo hay consecuencias y consecuencias que van de un fenómeno a otro en un encadenamiento al que no hay que buscarle ninguna especie de significación.

Yo confieso que todo eso no me molesta pues precisamente todo eso está atrás de mí. Sea cual fuere la explicación que demos del origen, si lo hay, del origen del mundo, del origen del hombre, del origen de la vida que ciertos biólogos atribuyen simplemente a ondas ultravioletas que caen sobre ciertas combinaciones moleculares, y que ven entonces en la vida pura y simplemente la expansión de un fenómeno físico-químico, todo eso no me molesta en modo alguno.

Que el hombre sea prefabricado, que sea un resultado, que esté comprendido en el universo, que sea una de las piezas del universo, que todo lo que se agita en él se encuentre en otras partes, que no haya en él ninguna especie de privilegio, que bajo el camuflaje de la moral, de la religión, no haya finalmente sino fuerzas naturales sin finalidad ni significación, eso no me molesta pues basta experimentarse a sí mismo, basta prestar atención a las espontaneidades de la vida, en sí mismo o en los demás, para reconocer en efecto fuerzas que encontramos en otras partes, en los animales, particularmente en los animales superiores, para concluir que el hombre se comporta, la mayor parte del tiempo, como un resultado, como un dato de la naturaleza, como un manojo de instintos, como un complejo de energías irracionales, y yo pondría tanto en el plano individual como en el colectivo, y tanto en el plano colectivo como en el plano individual.

La mayoría de nuestras reacciones en la vida cotidiana, la mayoría de nuestras expresiones en las relaciones humanas emanan evidentemente de ese fondo no comprendido, de ese fondo biológico que es de cierto modo civilizado muy superficialmente y que se arregla además para que lo que no es muy fácilmente aceptable pase bajo cubierta de etiquetas honorables.

Pero si rehusamos dejarnos engañar, si tratamos de ser honestos, si no hacemos voluntariamente trampa, si prestamos atención a la resonancia de la sensibilidad, la propia y la de los demás, nos damos cuenta a cada instante que las relaciones humanas están gobernadas por lo que se llamaba en otro tiempo los humores y que llamaríamos hoy las hormonas o las enzimas, es decir precisamente los factores químicos o físico-químicos que no tienen absolutamente nada de original y que nos enraízan muy profundamente en el magma cósmico que sigue siendo para nosotros profundamente obscuro.

Este cuadro es, claro está, muy incompleto pues, salido del reino, el hombre sintió instintivamente que había peligro, había peligro, el hombre percibió sin poder razonarlo, percibió muy bien que no estaba todo contenido en un orden dado como los animales que pueden entrar cíclicamente, sin ser responsables en modo alguno de su comportamiento, porque no pueden ir más allá, no pueden romper el límite de sus instintos, los animales están pues siempre en estado de inocencia y de no culpabilidad. Por haber salido del reino, el hombre comprendió por instinto que su salida le representaba un inmenso peligro, un peligro de anarquía y de destrucción y que era necesario ponerle barreras, era necesario impedir la biología que no estaba totalmente controlada por una espontaneidad natural, era necesario limitarla para que no llegara a destruirnos.

Hubo pues inmediatamente, al mismo tiempo que la salida del reino, la constitución de barreras, de represas, de diques, de protecciones bajo el aspecto de costumbres, las costumbres de la tribu, las leyes de la tribu, la moral de la tribu, la religión de la tribu, todo lo que concurrió a preservar la biología contra los asaltos de una anarquía destructiva. Y claro, si la humanidad se propagó, si la humanidad duró, si el hombre pudo transmitir sus técnicas, si pudo aumentar y enriquecer sus civilizaciones, si tenemos hoy la maravillosa herencia de un pasado innumerable e innombrable, es porque hubo también, con una expansión de la técnica, la constitución de disciplinas capaces en cierto modo de frenar la iniciativa humana, de defender al hombre contra los peligros de una libertad anárquica, de una libertad que por otra parte no lograba ni tomar conciencia rigurosamente de sí misma ni definirse.

La herencia de la sangre no es pues simplemente técnica, sería únicamente benéfica, sino que es también herencia moral y herencia religiosa, comporta tradiciones sanas y otras que son prejuicios, pero de todos modos, el hombre que está hoy arrojado en la existencia está forzosamente confrontado con todos los datos que lo rodean, que lo invisten de afuera y de adentro y hacen que su iniciativa queda extremadamente reducida ya que de cierto modo ya está orientado por todas las ideologías que le trasmite su medio.

Entonces ¿qué es lo que viene de él? Poco, pocas cosas, y se ve bien además en el orden espiritual, en el orden religioso, que tras pretensiones infructuosas, tras los magníficos programas de caridad, de despojamiento, de pobreza, el hombre llega a crearse situaciones bastante confortables y termina muy fácilmente gargarizándose con palabras, creyendo que realiza lo que dice y viviendo en realidad según sus instintos más cómodos.

En todo eso, ¿dónde está el hombre? ¿Dónde está el hombre? Y se plantea la pregunta: ¿puede existir el hombre? Es decir, estando sometidos a todas esas prefabricaciones, ¿hay en nosotros una posibilidad de iniciativa y ese es para mí el único problema – o el hombre está encerrado en sus prefabricaciones haga lo que hiciere, no puede agregar nada pues hasta idealmente es juguete de una mecánica mental superada hoy por la mecánica pura de las máquinas electrónicas.

Entonces, inclusive cuando cree crear finalmente es solo teatro de operaciones que no controla y de las cuales ignora el origen, el centro y el fin, si existe. La cuestión es entonces ¿puede el hombre estar contenido todo en sus prefabricaciones o es capaz de crear un universo que solo puede existir por él y que no podría existir sin él? Ahí está evidentemente todo el problema de nuestra dignidad, de nuestros derechos, de nuestra libertad, del sentido mismo de nuestra vida, del sentido de nuestras ternuras, de nuestros amores, y del sentido de nuestra inmortalidad, si se puede plantear el problema y del sentido de Dios si jamás es posible un encuentro con él.

No hay pues sino un solo problema: ¿puede existir el hombre?, pues evidentemente si no hay en nosotros más que un ser totalmente prefabricado, si no podemos salir de los determinismos naturales, si aun cuando creemos salir de ellos solo aplicamos una lógica interior al universo que nos escapa totalmente, entonces no existe hombre y entonces no hay problema y es inútil romperse la cabeza para resolver cualquier cuestión, ya que entonces nuestra existencia está desprovista de todo significado, está toda contenida en un universo donde no tenemos ninguna iniciativa y de todos modos cuando perezca el mundo y con él nuestra sabiduría no quedará ningún rastro de todas nuestras empresas.

Entonces ahí está el problema: ¿podemos admitir que sea eso, una experiencia que se realiza sin nosotros? Me es totalmente indiferente que llamen el mundo como es: espiritual o material. Me es totalmente indiferente que hablen de alma como simio del cuerpo. Ese no es el problema. Porque las palabras son susceptibles de mil definiciones diferentes y que sería primero necesario entenderse sobre su sentido preciso. La cuestión fundamental me parece ser si yo me sitúo realmente, si puedo situarme realmente en un mundo que no existe todavía, que está llamado a existir pero que no puede existir sin mí. Si yo soy indispensable para una creación humana, si tal creación solo se hace realidad gracias a mí, mi vida tendrá significado y toda la cuestión está ahí.

Ahora bien, es claro que la inmensa mayoría de la gente no se plantea el problema de este modo. Acepta los datos, los datos de su propio ser diciendo “Yo” sobre esos datos primitivos. Creen sinceramente ser ellos cuando dicen “Yo” sin darse cuenta que ese “Yo” es simplemente la proyección de datos prefabricados. Defienden su posición, su edad, su sexo, su época, su cultura, su partido, su pertenencia, sus tradiciones provinciales o locales sin darse cuenta que todo eso es dado o prefabricado, que eso no depende de ellos para nada y que no hay motivo alguno para decir “Yo”, es decir para utilizar pronombres personales que supondrían que han creado algo. Y todos dicen “Yo” con la misma autoridad, es decir con la misma ausencia de bases.

Cada uno dice “Yo” y pretende además ser escuchado, ser respetado en su particularismo, en su autonomía personal, aunque no haya hecho absolutamente nada para crear un nuevo centro, para ser origen o fuente de cualquier cosa. Y eso se agrava ya que cada uno de nosotros no solo tiene una biología individual sino que está encerrado en una biología colectiva. Uno es de tal continente, de tal raza, de tal color de piel, y ahí están todas las barreras que se levantan y todos los razonamientos que cambian de signo según uno esté de uno u otro lado de la barrera y eso es tan profundo, tan profundo, que los seres más inteligentes no pueden engañarse y hallan justificaciones, ya que siempre se puede explicar, siempre se puede legitimar, siempre se puede justificar encontrando premisas que ordenan silogismos impecables además y que dan justificación a sus propios ojos.

Es pues cierto que la inmensa mayoría de la gente no se da cuenta que se engañan, que se aceptan sin legitimidad alguna y que cargan de dignidad algo que no es más respetable en ellos que la biología de una ostra o de un chacal. Además, estando todos sumergidos en una biología colectiva que conlleva ideología, desarrollamos ciertas visiones sobre Dios, sobre la culpabilidad, la moral, el amor, visiones que son función precisamente de una biología colectiva.

Para mí es claro que todos los pensamientos humanos son conformes con la historia. Todos los pensamientos del hombre reflejan su experiencia; pero la experiencia colectiva es muy compleja, muy dudosa, es una experiencia no decantada, una experiencia que conlleva límites evidentes y parcialidades incontestables, de modo que aquello mismo que orienta a los hombres en el orden espiritual, aquello mismo que ordena sus ideologías es la mayoría del tiempo fruto de una biología ciega e instintiva. Por eso todos los fanatismos que nos oponen unos a otros, fanatismos de clases, de razas, fanatismos religiosos; y ¿dónde está el hombre en todo eso? Es evidente que si el hombre existe solo puede comenzar allí donde tiene su comienzo nuestra iniciativa.

¿Podemos crear una dimensión absolutamente nueva que haga de nosotros el origen y la fuente de nuestra existencia? Pues ahí es donde habrá que organizarse para plantear el problema con toda su agudeza: o somos un dato al que no podemos agregar nada, o nuestra verdadera existencia está más allá de lo dado, en algo que solo nosotros podemos crear. Recuerden las palabras de Flaubert, tan hermosas como inagotables: “¿Por qué desear ser algo cuando se puede ser alguien?” En su concisión y su generalidad, esta frase es de admirable transparencia porque muestra bien la oposición que hay entre alguien y algo, es decir una realidad que se sufre y de la que uno no es origen y alguien, es decir una realidad en que uno accede a sí mismo en virtud de una iniciativa propia.

Es pues evidente que si aceptan la dignidad humana, si son sensibles a la dignidad humana, si la han percibido, si la han experimentado, se han embarcado inmediatamente y se han orientado hacia una creación en que verdaderamente el hombre se crea a sí mismo.

Tomo un ejemplo de lo más cotidiano: los innumerables náufragos del psiquismo humano, la miseria humana, la desesperación humana. Existen ciertas desesperaciones que nos colocan ante tales abismos, tales abismos… que uno se da cuenta que la miseria del hombre no es simplemente la miseria de un organismo agotado, de un organismo que tiene hambre, no es solamente la miseria de un ser trabajado por sus instintos reproductores sino que hay otra cosa, hay en el hombre poderes de soledad que son tan terribles que ante cierta desesperación uno siente inmediatamente la impresión de una catástrofe infinita.

Y quizás en los encuentros con la desesperación humana, con la soledad humana, uno toma más viva conciencia de la imposibilidad del hombre de aceptar su condición de prefabricado, no puede coincidir con su ser prefabricado, no puede estar encerrado en su biología y dar explicación a tal desesperación [¿?] hay otra cosa. En el vacío desesperante se percibe un espacio posible. En la catástrofe se presiente, se intuye también la grandeza posible. En la ausencia se toma conciencia de la presencia posible.

Por este lado se puede entonces decidir si el hombre existe. Solo puede existir más allá de la biología, por cierto no destruyéndola o despreciándola sino transformándola tan radicalmente que constituya un centro absolutamente nuevo y un valor universal y eso es lo que experimento cada día cuando recibo – casi todos los días – mendigos que vienen a vaciarme los bolsillos, y Dios sabe que no están muy llenos, pero en fin, es habitual y nunca puedo tener nada, nunca puedo guardar, en seguida me despojan todos los días, y eso es normal.

Pero es evidente que la confrontación con la miseria, esa confrontación nos da en seguida el sentimiento de que más allá de la necesidad orgánica puede surgir una dignidad si las necesidades orgánicas fueran satisfechas naturalmente. Y es imposible encontrar esa angustia cada día sin percibir un valor humano violado, aplastado por las necesidades materiales, el cual podría surgir si se le abriera camino, si esas necesidades tuvieran respuesta humana.

Cuando uno ha sentido eso, y yo lo siento cada día, es una experiencia que se puede hacer a cada instante, cuando uno siente el sentido de la dignidad humana, uno sabe de manera irrefutable que en el hombre puede haber un valor infinito, un valor universal, un valor que por otra parte solo puede constituirse por el consentimiento de todos, es un valor que no puede venir de afuera, es un valor que no puede aprenderse, es un valor que debe crearse y que cada uno puede crear.

Y justamente nuestra solicitud por la miseria humana, por la soledad humana, por la desesperación humana, se funda en este sentimiento, en esta experiencia irrecusable de que hay en cada uno un origen posible, que cada uno solo será hombre cuando haya ejercido esa iniciativa, cuando haya hecho de su vida una creación personal que lleve luz y dignidad y en efecto, de vez en cuando se percibe a través del rostro humano tal respuesta, tal grandeza, tal nobleza que uno queda completamente iluminado.

En ciertos momentos se despliega un rostro humano y deja brillar ese punto misterioso e infinito que nos colma y nos libera de nosotros mismos hasta la raíz del ser. Entonces el hombre se encuentra más allá de lo dado. El hombre no puede ser dado, no puede ser prefabricado, tiene que hacerse, y ese es finalmente el único problema: ¡hacerse hombre! ¡HACERSE HOMBRE!

Es decir, hacerse fuente y origen, hacerse libertad y dignidad, hacerse espacio de luz y de amor para que el mundo entero pueda ser iluminado y transfigurado. Y de hecho, ante un ser que se ha superado, que se ha conquistado a sí mismo – estoy pensando en Gandhi, por ejemplo – ante un ser de tal calidad, todas las fronteras desaparecen, todos los muros de separación se derrumban, uno se halla en un centro único, único, universal e intemporal en que todos los seres pueden comulgar por lo más profundo de ellos mismos, por lo más personal y secreto, comulgar en lo universal en que cada uno puede coincidir con los demás y todos los demás con él en ese punto, en ese centro único que es interior a cada uno, precisamente en el sentido que ese centro solo puede constituirse por lo que san Agustín llamaba el paso de afuera a dentro, entendiendo por afuera una vida condicionada por la fenomenología física, físico-química, una vida llevada por el universo, y por dentro, una vida que se lleva a sí misma, una vida contenida en su secreto, una vida que surge de su propia generosidad, una vida que es don, una vida que es ofrenda hecha a todos, a todo el universo y ante todo hecha a una presencia que es más análoga a nosotros que lo más íntimo de nosotros mismos.

Evidentemente, es sólo en este centro único [¿?] que puede plantearse el problema de Dios. Quiero decir, de manera fecunda, de manera actual, de manera verificable, de manera experimental, de manera cotidiana.

En ese momento puede comenzar el problema de Dios, o mejor la experiencia de Dios, porque ¿cómo podría yo hacerme fuente y origen, cómo podría superar todos mis determinismos – los de mi biología individual y los de mi biología colectiva – sin retomarme a la raíz de mí mismo? Es necesario que tome mis raíces y las trasplante en otro terreno que el terreno cósmico, y esto solo se puede realizar si encuentro una presencia que haga brotar en mí un don tan profundo y total que todo mi ser logre por ello una nueva polaridad y que en vez de estar orientado hacia sí mismo como la vida que debe defenderse, en vez de estar orientado hacia sí mismo para subsistir en una especie de egocentrismo natural indispensable, es necesario que sea tomado tan profundamente que me pierda de vista por estar invadido por una presencia que es pura generosidad, puro amor, y que su encuentro determine inmediatamente en mí un surgimiento de amor que haga de todo mi ser una ofrenda para ella, para esa presencia.

Solo esta vía de oblación, esta vía de ofrenda, esta generosidad, esta vía de amor puede remediar el egocentrismo biológico indispensable que me encierra en el universo orgánico como a todos los seres vivos sometiéndome a determinismos que no tienen absolutamente nada de original y no pueden pasar por humanos en modo alguno. Una ofrenda total de mi ser solo puede realizarse si todo mi ser puede ser arrastrado por la corriente de amor, llevado por el impulso de generosidad para con una generosidad que vino antes de mí, es decir que se revela de repente como lo hizo con Agustín, que se revela en mí como una presencia que me está esperando, que me alcanza, que no me obliga en modo alguno y que está presente como un rostro amoroso.

Entonces podrá instaurarse un diálogo de reciprocidad en que Dios no aparecerá como explicación del universo prefabricado, del universo infra humano, del universo incapaz de toda iniciativa, del universo embrionario.

Un universo nuevo puede inaugurarse si nos es imposible de encerrarnos en el universo prefabricado y si tenemos ya la intuición que nos compromete a emprender la experiencia, si tenemos el sentimiento de la dignidad humana, si hemos encontrado la dignidad humana, si la sentimos, si no podemos escapar a la fraternidad con los demás sin sentir que en efecto hay en ellos un valor esencial que nos concierte en primer lugar, un valor que no puede desarrollarse en ellos sino con nuestra colaboración y que no puede desarrollarse en nosotros sino mediante la fraternidad, si hemos comenzado una experiencia que nos abre a una dimensión nueva, entonces estamos de hecho en camino hacia la creación de un universo que es el universo propiamente humano.

En ese universo propiamente humano, y no antes, encontrarán su luz el problema de la libertad, el problema del derecho, el problema de la dignidad, el problema de la propiedad, todos esos problemas. Antes de estar en ese mundo humano tendremos soluciones biológicas, soluciones colectivas, soluciones de compromiso, soluciones de fuerza, pero que son además inevitables porque si la biología no está centrada, si la biología no ha encontrado su timón, si no ha encontrado su polaridad humana está forzosamente entregada a la anarquía o reducida a una disciplina que la encierra en los límites determinados para impedirle destruirse.

Es entonces en ese universo que no existe todavía que vamos a encontrar una solución creadora, y en ese universo que no existe todavía es donde la vida espiritual tendrá sentido. Ya no se tratará de definir el espíritu en función de la materia sino de ver en el espíritu una realidad que es tal que solo puede existir mediante una creación de sí mismo. Y solo existe una creación de sí mismo que no es ni quimérica ni monstruosa ni paranoica ni absurda, es una creación de amor en que retomándonos a la raíz constituimos una nueva polaridad, un nuevo centro que es a la vez interior y altruista. Hay una especie de endo-heterotropía si quieren, en que el impulso más profundo, más autónomo, más libre e interior solo puede ser impulso hacia otro que es a su vez puro interior, más íntimo a nosotros que lo más íntimo nuestro.

En todo caso, en el camino de esta creación de nosotros por nosotros mismos es donde encontraremos la fuente divina, llamémosla como queramos, poco importa, encontraremos al otro presente en cada uno de nosotros y que aparece en cada uno como el valor a la vez frágil, amenazado e infinitamente precioso alrededor del cual gravita toda nuestra historia personal, toda nuestra historia de creador. Esto puede parecer una consecuencia infinita, y creo que ese es el problema de los problemas.

Una vez más, el único problema es que una visión retrospectiva, una religión retrospectiva, una moral retrospectiva, una política retrospectiva, una sociología retrospectiva, todo eso puede evidentemente representar solamente soluciones de compromiso, soluciones provisorias que a falta de otras pueden ser necesarias en un momento dado, pero es claro que el verdadero problema no es ese y que hay un not to be, o mejor un to be or not to be que se nos impone en el orden de la persona. Solo seremos alguien si de cierto modo dejamos de ser algo y el paso de algo a alguien supone una re-creación tan fundamental y radical que no es concebible fuera de un orden oblativo, de un orden de amor en que nos retomamos totalmente para ofrecernos a otro que es también y supremamente nuestro.

Creo que esa es la solución cristiana, pero no quiero desarrollar este tema esta noche. Yo creo que esa es la solución cristiana. No me puedo interesar por Dios bajo otro aspecto porque no puedo interesarme por Dios sin interesarme por el hombre, es lo mismo. El encuentro con Dios reviste un interés supremo en razón de esta creación humana, porque hay una experiencia humana por hacer, por vivir, por ser, y es nuestra única oportunidad de escapar de un universo prefabricado y absurdo.

No un Dios afirmado a priori, no un Dios prefabricado, no un Dios de tribu, no un Dios que es simplemente proyección de una biología colectiva, sin querer por otra parte desdecir de todas las etapas que la humanidad ha debido recorrer. Es otra cosa, precisamente porque no se trata de una conclusión, de un razonamiento deductivo que podría hacer una máquina en lugar nuestro sino de un compromiso que solo nosotros podemos realizar y que nos sitúa en un universo absolutamente nuevo y que no durará sino lo que dure nuestra adhesión a esa presencia única.

Está bien claro, en efecto, que si soy sensible a la dignidad humana, si me siento deudor de toda la humanidad, es porque encuentro en cada humanidad el mismo valor infinito, infinito, es porque me es imposible creer en un valor en mí sin cuidar el mismo valor en los demás, puesto que se trata del mismo valor. Sería renunciar a toda creación de mí por mí mismo no colaborar con la misma intensidad al nacimiento humano de los demás, pues es lo mismo; es lo mismo entonces es la misma presencia, el mismo valor que nos está confiado en los demás y en nosotros mismos.

Llámenlo como quieran. Que lo llamen Dios o Cristo, eso no es lo importante. Ese no es el problema sino justamente saber si el universo que no existe todavía pero que puede existir es realmente el universo humano y el único universo humano posible; y yo pienso que en efecto es el único universo humano posible, pero es difícil, es difícil darle toda su realidad, ya que ello supone de nosotros un compromiso de todos los instantes y que con el menor rechazo es decir al menor rechazo de generosidad y de amor consciente y voluntario tan pequeño como fuere, toda la realidad de ese universo refluye y arriesga desmoronarse y derrumbarse ya que tal realidad del mundo humano solo puede mantenerse con reciprocidad de amor en que nuestro consentimiento es requerido siempre esencialmente.

Ustedes ven qué perspectivas puede ofrecer todo eso en el campo de la revelación, de lo que llamamos la revelación; que si proponemos una dogmática retrospectiva, si no damos al testimonio evangélico una resonancia actual en esta misma búsqueda y en esta creación del orden humano, llegaremos ciertamente a compromisos no satisfactorios y esa fue la impresión que tuve yo en el Concilio donde se hicieron tantas cosas útiles y buenas por otra parte, que en el fondo no se planteó el verdadero problema ya que el problema de fondo es “¿de qué Dios hablamos, y ante qué hombre?”

Porque si nos ponemos ante el hombre por venir, ante el hombre que hemos de crear, pasamos forzosamente al porvenir que reducimos a la medida de una humanidad que no es todavía humana y que pertenece a una biología cósmica.

Yo creo que el cristianismo es prospectivo. Yo pienso que cuando Jesús elogia a Juan Bautista diciendo que el más pequeño en el Reino es más grande que el mayor de los profetas, hace alusión y nos orienta justamente hacia un porvenir en que el hombre será el santuario de la divinidad y en que la divinidad se revelará en ese partenrship, en esa forma de reciprocidad nupcial que constituye toda la vida espiritual.

No sé si me equivoco, pero me parece que esa es una perspectiva absolutamente necesaria y que es la única que puede darnos el sentimiento, no de rumiar un déjà vu sino al contrario una novedad inagotable ya que es una promoción constante de nosotros que descubrimos a la vez cada vez mejor el rostro del hombre y el rostro de Dios, lo que viene finalmente a ser lo mismo, ya que es imposible aceptar que el hombre sea, en el sentido de una creación, que merezca toda nuestra estima, todo nuestro respeto, toda nuestra colaboración, imposible creer en una dignidad real si no creemos o no hemos encontrado en el corazón del hombre un valor infinito que llamaremos como queramos y que podemos simplemente llamar Dios, a condición que al pronunciar ese nombre también sea el del hombre: ese es el terreno que hemos de cubrir [final de la frase no grabado].

Es tanto el campo que debemos abrir, un campo que hemos de explorar y solo puede ser una experiencia, una experiencia en que nos constituimos a nosotros mismos y que se va a desarrollar de manera imprevisible ya que nuestras fronteras pueden ampliarse continuamente y los muros de separación derrumbarse y una experiencia que debe crecer al infinito pero que se concentra siempre alrededor de esa presencia inefable, única, frágil y desarmada y que está constantemente confiada a nuestro amor ya que solo puede expresarse a través de nosotros lo mismo que nosotros solo podemos realizarnos a través de ella. La reciprocidad es absoluta, el hombre solo puede devenir humano trascendiéndose en una ofrenda ilimitada.

Y Aquél a quien se ofrece solo puede devenir origen de la historia transparentando a través del hombre. De modo que los dos rostros son continuamente correlativos el uno del otro, el rostro del hombre y el rostro de Dios.

ext_com

 

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir