Homilía de Mauricio Zúndel en El Cairo en 1948. Inédita.

 

Cierta mirada permite descubrir la pureza de las cosas. Solo Cristo enseña a mirar las cosas con total libertad. No ignorar nada de la realidad. La pedagogía cristiana se ha equivocado al pedir ignorar el cuerpo, disimularlo, hacer como si no existiera. Al contrario, hay que aceptarlo con la armonía de su ser y hacerle justicia.

Visto por un gran artista, el cuerpo humano es lo más hermoso que hay. El cuerpo es una catedral. Miren una plancha de anatomía con la musculatura: el cuerpo es la catedral enraizada en el suelo como impulso del universo hacia Dios. Los pies son el sócalo vivo que lo unen a la tierra; las piernas son las columnas del santuario; el santuario es el tabernáculo de la vida; las posaderas son el lugar donde se equilibran e intercambian el pensamiento alto y bajo, el peso del torso y el impulso de los miembros inferiores; los brazos son el crucero; la cabeza es la rosa cuya luz hace de todo el edificio un misterio de claridad. Hay toda una oración por hacer sobre la catedral del cuerpo.

Si consideramos el cuerpo en su función creadora, el sistema sexual es el sistema nutritivo de la especie cuando el sexo se reduce a su papel. Cf. ensayo de génesis virginal en que solo la mujer entraría en causa. Se empobrecería pues la esperma es el elemento nutritivo de la especie. Los órganos masculinos son los pezones de la especie. La imagen de la lactación, muy sencilla, vuelve a la verdad.

Los elementos creadores son promesas de hijo, de vida divina. Esto es capital: si queremos fundar una moral real, hay que comenzar por los elementos físicos de la generación. Aquí estamos en el germen mismo, principio material de donde deriva el cuerpo humano. Si vemos la moral como exigencia de lo real, hay que hacer justicia a la fisiología.

Independientemente de toda moral, hoy se viola sistemáticamente la fisiología. No se tiene en cuenta el germen: se emprende el acto creador rehusando la vida, leche de la especie. Falta verdad fisiológica. Se excluye la siembra de semillas. No se hace justicia a la especie. Ya en la fisiología hay exigencia de castidad.

Hay más. No solamente no se entra en la realidad del gesto realizado, ni siquiera se entra en sí mismo. Considerar en efecto el plano del sentimiento que consiste en hacer el don de sí: error una vez más. Si por ejemplo el deseo es el que hace el amor, uno se ama a sí mismo y no al otro. La sexualidad no puede llevar a la unicidad. La fidelidad será entonces seguir el impulso sexual.

Una sola seguridad para el sentimiento: la castidad. Si no se ha dominado el sentimiento sexual, no hay seguridad. Cf. Rilke en las Cartas a un joven poeta.

En el sentimiento mismo hay una exigencia de unicidad que no puede satisfacer más allá del instinto. Esto lo confirma la metafísica del acto. Releer el relato de la muerte de san Juan Bautista. ¿De dónde proviene el odio de Herodías hacia Juan el Bautista? Un acto humano enteramente lúcido y libre es un acto infinito; inteligencia y voluntad solo pueden decidirse totalmente ante un acto infinito, si el acto humano es un medio para llegar al Otro. Entonces ya no hay restricciones. ¿Por qué defiende Herodías su adulterio? Porque quiere que su acto pueda ser un valor universal. Hacemos metafísica cuando queremos tener razón. Todo acto humano conlleva una exigencia de infinito. Por ser humano, el cuerpo conlleva exigencias de infinito.

El deseo crea una especie de magia alrededor del cuerpo. Ahora bien, hay infidelidad si el don no ha sido hecho. Son las glándulas que secretan todo eso. La naturaleza pesa entonces sobre el determinismo y uno va hacia lo que cree ser la plenitud. Toda la literatura está llena de esa historia. Situación infinitamente trágica, porque los individuos han creído en el encadenamiento y ¿qué hacen cuando despiertan? Se resignan o divorcian. Más a menudo resignación.

Error profundo: el hombre y la mujer tienen infinitamente más qué darse. El más grande amor es aquél en que nada sucede, en que la seguridad es perfecta, en que el cuerpo se confía al otro para que lo transforme en el Cuerpo de Cristo. Para poder dar su cuerpo es necesario haberlo personificado, que se haya hecho luz. Darlo es difundir a través de él la luz de Cristo.

Uno puede identificarse con una persona. El cuerpo personificado escapa a toda captación. Es la mirada interior que solo puede captarse con una mirada interior. La hermosura del cuerpo es belleza que puede crecer mientras viva el cuerpo. ¿Envejece? Puede ser aún más hermoso, con una novedad que es encanto, surgimiento, más joven, más libre. Se trata siempre del amor del hombre por la mujer y de la mujer por el hombre.

Si vamos hasta el final de las exigencias, descubrimos el sexo espiritual. La mujer deviene Hijo del Hombre, complementaria, recíproca, cuya realidad primera está en la Trinidad. La personalidad humana es un impulso hacia Dios que se encarna en el amor: el hombre es el padre, la mujer es el hijo, el hijo es el espíritu.

La mujer es el hijo: este título comporta una virilidad con el matiz de filiación sensible en la mujer que no puede subsistir sin el hombre. Hay mucho menos de sexualidad física que sentimental en la mujer. Toda mujer necesita un hombre para su personalidad. Siendo el hombre el padre y la mujer su verbo silencioso, esto es capital. La mujer es ante todo el hijo en la pasividad diáfana ofrecida a la personalidad del hombre.

Por eso se puede hacer oración sobre el cuerpo. La vida del cuerpo y la vida del espíritu es Dios. El último secreto de la vida es él. Es necesario pensar la vida que hay en el cuerpo como la vida misma de Dios. El cuerpo está llamado a la vida eterna. Resurgimiento de la vida divina en el cuerpo.

Hacer oración sobre el cuerpo es pensarlo espiritualmente. Es arrodillarse ante el misterio que hay en él. Además nuestro cuerpo es función de Dios. La castidad hace los cuerpos fecundos de Dios. La vida que nace de un acto carnal no es vida.

El celibato escogido es el don universal que quiere hacer de todo ser humano una persona en Jesús. Se trata pues de amar el cuerpo como lo ama Dios, de humanizarlo, hacerlo trasparente, traslúcido, hacerlo mostrador de Jesús. Solo Cristo amó nuestro cuerpo y nos reveló la personalidad, la libertad.

La impureza no está en el cuerpo, es un rechazo metafísico que trata de rechazar en lo cósmico, rechazo de libertad, de infinitud, es un egoísmo estéril donde se mata la vida.

No hay que avergonzarse del cuerpo sino serlo, hacerlo fecundo de Dios, ofrecerlo para que Dios en él se encarne. No son los elementos físicos los que pueden mancharnos. Somos también impuros en cierto modo replegándonos sobre nosotros. No se trata de limitar las cosas a esto tan pequeño. Nada está prohibido. Estamos llamados a ser creadores de nosotros mismos, a ser un Adán que debe llevar todo el universo a Dios. La pureza implica todo el universo. ¡El que lucha y triunfa eleva consigo el universo! Cf. las palabras de Nietzsche: “Toda la estética hay que situarla en el terreno”. Como en todo, se trata de una dirección por seguir, de una mentalidad de la mirada, de la voluntad.

Recordar que estamos en marcha, llegar a darnos a fondo, porque la virtud que es alguien, es nuestra identificación con el Amor. No se trata de fingir que hemos llegado, nunca hacer como si, sino mirar quiénes somos y construir la catedral con lo que somos. Para los casados, el caso de cohabitación es probablemente un error. Pero ¿se trata de cesar en seguida quizás imprudentemente? Jamás puede el hombre o la mujer resolver el problema solos. Vale más que la mujer sufra y no haga sufrir al marido. Se necesita una libertad alegre.

Para comprender que es necesario tender a la castidad que no es límite sino libertad, en la castidad se encuentra la solución. Se trata, en efecto, de hacer el gozo el uno del otro. Algo a evitar a todo precio: la falta de ternura.

La solución última es la santidad. Ahí, como en todo, la castidad es un privilegio maravilloso, el esplendor del Amor.

Los no casados tienen naturalmente los mismos ritmos enraizados en el Universo, para que el Universo se termine en nosotros en la línea del Espíritu. Concentrar todas las fuerzas de la naturaleza en una mirada. Todas las llamadas fisiológicas son inocentes, no se trata de moral en el determinismo. Lo inmoral es quedarse en el determinismo. Jamás preocuparse por estar perturbado. Mantenerse en la orilla del océano en tempestad. Sea cual fuere el vértigo de la vida, agarra tanto menos cuanto más sosegado esté uno. Es un ritmo cósmico que no tiene nada de vergonzoso. Se trata de hablar al cuerpo y pedirle que acepte la música.

La mayor parte del tiempo no estamos a nuestro nivel de humanidad: tenemos imágenes y no pensamientos. Las cosas no están al nivel de nuestra mente. La mayoría del tiempo son rumias cósmicas.

Poner las cosas al nivel del espíritu. No ver fácilmente pecado mortal en este terreno. Actuar apaciblemente, sin hacer ruido consigo mismo. Ver con sencillez, con amor y ternura maternal. El miedo no es bueno en ningún terreno.

Terminar todo en la línea del espíritu. El medio más seguro para vencer la pasión es llamarla por su nombre. Se necesita una mirada crítica sobre todo eso, en el sentido intelectual.

Tener amistades sanas y amores lúcidos. No se trata de estar sin afección sino de humanizar sus afecciones. “Todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios.” (1 Co. 3:23)

ext_com

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir