Homilía de M. Zúndel en el Cairo, en 1961, en la Fiesta del Sagrado Corazón. Tomado del libro Ta Parole comme une source p.349 (*)

 

La estadía de Oscar Wilde en la prisión de Reading Jail nos valió la bien conocida balada: "La Balada de Reading Jail". Ustedes la saben de memoria y conocen el estribillo: "Each man kills the thing he loves." Wilde ve los ahorcados colgando al cabo de la cuerda. Están ahí por haber matado lo que amaban, como hace cualquiera pues justamente “cada uno mata lo que ama”. En sus inmortales cuentos, Wilde nos recuerda que “every family has a skeleton in his cupboard”, “toda familia tiene un esqueleto en su armario.”

Justamente, la vida se dedica la mayor parte del tiempo a matar la vida, la vida se dedica a matar la vida… ¡Cuántas enfermedades, cuántos dolores, cuántas desesperanzas y soledades tan cerca unas de otras! Vivimos unos junto a otros pero estamos a una distancia infinita unos de otros. Cada uno está encerrado en sí, quiere vengar en los demás todos los sufrimientos que experimenta en su prisión, y despliega su resentimiento en el medio ambiente, cada uno colora sus actitudes con todas las represiones, pasiones insatisfechas y deseos frustrados. Todos matan lo que aman y por eso la vida se consume sin producir nada, sin crear nada hasta que la muerte interviene y lloramos en vano, cuando es demasiado tarde, una vida que no pudimos colmar, una existencia que no hicimos madurar, cuando habríamos debido hacerlo mucho antes.

Pero justamente, no sabemos vivir. El arte de vivir es lo más desconocido y sin duda lo más difícil. No sabemos vivir: pasamos la vida perdiéndola, en vez de pasarla creándola. Y aquí mismo, en esta ciudad, en estos extremos de la ciudad de El Cairo, donde está el santuario de santa Teresa del Niño Jesús, poco a poco podemos encaminarnos hacia el descubrimiento del arte de vivir. ¿Cómo imaginar que una francesita muerta hace 64 años, en un convento de Normandía completamente desconocido entonces, ejerza una atracción inagotable sobre mujeres de la calle que no son de su religión ni conocen su lengua, pero van allá misteriosamente atraídas hacia esa iglesia que surgió en su tierra para responder a una invitación que resuena siempre en el fondo de nuestro corazón? Imposible ver esas pobres mujeres musulmanas sentirse como en casa en la iglesia de santa Teresa del Nino Jesús, sin percibir ahí el milagro de la acción de una presencia auténtica.

¿Qué necesitó esa niña, muerta a los 24 años, sin haber hecho nada, habiendo solo escrito malos poemas de interna, además de su gran libro Diario de un alma, y que hizo flores de papel y lavó los vidrios de las ventanas del monasterio, en fin, que era un ser absolutamente sin importancia en la historia del mundo, cómo imaginar que unos 60 años después sería una presencia real capaz de ser escuchada, percibida en lo más secreto del alma de esos seres que parecen despojados de todo saber y de toda mística y que responden tan magníficamente en su simplicidad a esa invitación al amor?

Es justamente uno de los ejemplos que nos introducen en el centro del tema: ¡la única acción es la irradiación de una presencia auténtica! ¿Cómo no pensar aquí una vez más al amigo san Francisco que desde el comienzo fue despojado del gobierno de su orden? El cardenal Hugolino, futuro Gregorio IX, había comprendido en seguida que Francisco no era un hombre de acción y era incapaz de entrar en su política amplia y elevada a la vez y que podía hacer de él un superior honorario de quien se hablara con respeto, pero sin pedirle nunca que ordenara. Y desde muy pronto Francisco fue en efecto un superior honorario que todos veneraban de lejos, pero al que nadie obedecía. El hermano superior era el Hno. Elías de Cortona, cuyo nombre nos sería hoy desconocido sin el apoyo vivo de la historia siempre viva de san Francisco.

Elías de Cortona fue el que desvió el pensamiento de san Francisco para hacerlo aplicable además, para hacerlo posible a miles de hombres, para hacer de él una fuerza eficaz en la cristiandad de su tiempo. Él supo sacar con gran habilidad partido de una inspiración única e incomparable para hacer palanca de una acción eficaz concreta para realizar maravillosamente cosas temporales.

Por su parte, Francisco seguía escuchando a Dios, hundido en el silencio del amor, subiendo la montaña de la contemplación y perdiendo la vista llorando por la pasión de Dios, y haciéndose cada vez más la vida eterna que permanecerá por lo siglos de los siglos. Por él, siguen vivos en nuestro recuerdo todos los que estuvieron en su historia. Él los sostuvo y los sigue sosteniendo, porque es el gran ser viviente.

¿Y por qué es el gran ser vivo? Sencillamente, porque se escondió en la Presencia infinita, le dio la transparencia absoluta de su amor, y a través de él, no era el al que veían sino a Dios. Si a su paso se levantaron ciudades enteras, fue porque a través de él se veía a Dios. No hizo nada extraordinario, no tenía cultura literaria, solo había leído novelas de caballería y apenas sabía unas palabras de latín, y no era sacerdote. Era un corazón ardiente. Había encontrado el Corazón de Dios y sabía que en la pasión de Dios está la respuesta a todas las cuestiones humanas.

Y hoy precisamente, tenemos la suerte de que la única acción que cuenta es una acción de presencia. Todo lo que hacemos es casi siempre vano y deberíamos además volver a hacerlo y volver a comenzar. Todo lo que hacemos, otros pueden hacerlo en nuestro lugar, también las máquinas podrían hacerlo además pues a menudo nos superan de manera muy útil y eficaz.

Una sola cosa es necesaria y eficaz, y solo nosotros podemos realizarla y es el don silencioso de nosotros mismos, eclipsándonos para transparentar a Dios. Ese silencio en que escuchamos a la vez al hombre y a Dios, se convierte en espacio donde se percibe el misterio de los demás, sus posibilidades, toda sui grandeza virtual, todo lo que están llamados a devenir y en que podemos justamente, sin decir nada, ni nada imponer, sin dar consejos, podemos dejar subir en ellos la Presencia que los está esperando en su intimidad, y de la cual han de ser como nosotros, sacramentos vivos.

Nada queda de la acción humana, nada vivo que pueda seguir actuando, nada queda como presente que fermenta en lo más íntimo nuestro, sino justamente la luz del amor que hace eterno al hombre, por el cual todo se hace cielo y se realiza en él Reino de Dios.

Al tratar e escrutar el misterio del tiempo nos enredamos generalmente con fórmulas, perdemos de vista la analogía de la duración situada a tantos niveles diferentes y olvidamos que el sentido de la palabra presente no se realiza sino en una presencia y que una presencia solo es auténticamente tal cuando es presente, obsequio, don silencioso y creador. Si esperamos continuamente un porvenir que solo llegará en un presente tan fugitivo y vano como el nuestro de ahora, es justamente porque nosotros no somos presencia real. Es porque buscamos en otra parte que en la acción de presencia el sentido mismo de nuestra vida.

Y los días pasan con rapidez fulgurante, y no hacemos nada. Estamos cada vez más lejos unos de otros, cada vez más extranjeros unos para otros. Hablo de lo que sucede más a menudo: los cuerpos se tocan, las almas se exilian y los seres más cercanos se ignoran y desconocen, y el secreto del corazón pasan desapercibidos casi siempre a quienes pretenden amarlo más.

Y justamente, el sentido de la fiesta de hoy, fiesta del Sagrado Corazón, el sentido de nuestra reunión tan amistosa y fraternal, el sentido mismo de la vida contemplativa que nos acoge, todo eso quiere decir con una sola voz: solo existe una vida auténtica, una acción eficaz y es el brillo de una presencia verdaderamente tal. Cada uno de nosotros es un misterio infinito, y para llegar a ese misterio solo sirve el diálogo de alma a alma, de corazón a corazón, de persona a persona.

Las palabras solo tienen significado en la medida en que dejan vibrar esa resonancia inefable. Son vanas si no dejan pasar la vida íntima en que tiene su secreto el amor, la vida escondida en que se revela Dios que es la única revelación del Dios vivo.

Todos tenemos un poder infinito, el mismo que santa Teresa del Niño Jesús, el mismo que san Francisco o san Juan de la Cruz, el mismo que todos los místicos ignorados que son las verdaderas columnas de la Iglesia y de la humanidad. Todos tenemos el mismo poder de darnos silenciosamente a Dios por medio de los hombres y sin decir ni pretender predicar ni convertir a nadie, podemos ser testigos del Evangelio que es la Buena Nueva de la luz y del Amor.

¡Qué importa lo que hayamos hecho hasta ahora! nuestra vida puede haber sido magnífica en acciones resonantes y públicas, y puede haber sido un fracaso de cabo a cabo, puede haber sido un rosario de faltas e iniquidades: eso no tiene importancia si comenzamos ahora a vivir la verdadera vida, renunciando a la superstición del hacer. No se trata de hacer sino de ser, de existir en forma de don y de abrir un espacio por nuestra sola presencia, de ser viviente por la sonrisa de la bondad divina a través de nosotros.

El Cielo, Dios, Cristo, el Evangelio, la Eternidad, la Transfiguración, la Resurrección, todo eso es imposible de creer y de pensar si no comienza hoy. Y todo puede comenzar hoy, todo debe comenzar hoy, si miramos a lo único necesario, si escuchamos simplemente el grito más íntimo de nuestro corazón. En fin, en nosotros encontramos todas esas exigencias.

Los demás nos limitan, nos ofenden y sobre todo nos ignoran, nos toman continuamente por lo que no somos, nos ponen etiquetas, nos cargan de prejuicios, hacen de nosotros seres listos para ser utilizados y nos clasifican en sus categorías.

Y nosotros aspiramos a ser reconocidos en nuestra unicidad, en nuestra verdad, a ser considerados como fuente indispensable, como ser necesario, como creador con un papel personal a jugar en el equilibrio del mundo. Y nuestro gran dolor es esperar el reconocimiento que no viene, espera la mirada discreta que nos identifique por fin con nosotros mismos. Nuestro gran dolor es vernos inactivos en una vida en que tomamos actitudes y jugamos papeles que no nos corresponden, que no somos, y decimos palabras prefabricadas, entramos en conversaciones banales y absurdas de las que nada se gana y que no son sino refugios contra el aburrimiento y la desesperanza, pero que no cesan de contribuir a esos estados.

Hoy es tiempo de comenzar, bajo la dirección de la voz interior porque es el llamado del corazón, del alma, de la sensibilidad, de nuestra soledad y nuestra angustia. ¡Lo que esperamos lo esperan los demás! Todos, sean cual fueren el vestido, la función, la religión, la nación o el color de su piel, todos llevan dentro ese grito de una humanidad desgarrada que no se ha realizado, que no sabe en qué dirección realizarse y que no puede realizarse de verdad sino conforme a los caminos trazados por el Evangelio, es decir por la presencia de amor n por el don silencioso de todo su ser que Jesús realizaba y no cesa de hacerlo en el eterno lavamiento de los pies.

No busquemos otra cosa: ésa es la grandeza, ahí está el genio, la acción, la creación, ahí está el Evangelio, la verdad, la santidad, ése es nuestro rostro verdadero, y por ahí se realizará nuestra verdadera personalidad. Y, desde luego, no se trata de hacer de todo eso un programa ni de proclamar por los cuatro puntos del horizonte un método o receta, sino de ir hacia el Evangelio inscrito en nosotros, del Evangelio interior, con la certeza de que esa voz del interior profundo es justamente la que Jesús oyó y a la cual obedeció.

Nadie ha comprendido mejor que el Hijo del Hombre lo que hay en el hombre y quiso darle la grandeza, la dignidad, la calidad de ser fuente y origen, única que hace la vida digna de ser vivida.

La mayor gracia es justamente escuchar hoy el De Profundis que Oscar Wilde debía escuchar en su prisión. También él se había equivocado, también él había buscado afuera lo que estaba dentro, también él había deseado la gloria, la fama, el reconocimiento oficial, también él estaba persuadido de que el rango que ocupaba en las columnas de los periódicos o en los salones era testimonio de su valor. Y fue necesario el deshonor, la publicidad de su perversión en los grandes diarios de Londres, fue necesaria la amargura, la soledad y desesperación de Reading Jail para hacerle escuchar la voz de las profundidades, para hacerle tomar consciencia de la órbita de su alma, para que descubriera el sufrimiento y el dolor divino para que, finalmente, bendijera a Dios por esa prisión que había sido la mayor gracia de su vida, ya que allá se había encontrado a sí mismo, y a Dios al mismo tiempo.

Pidamos unos por otros la gracia de arrancarnos la máscara, de dejar de estar prisioneros de nuestras costumbres y personajes, de tener el valor de romper con todo ese universo artificial y, sin ruido, naturalmente sin anunciar nuestra conversión para esta tarde a las cinco menos cinco, tratemos simplemente, conforme a la Cruz más interior nuestra, de comenzar a existir, à extender la duración magnífica que es un presente eterno, haciendo de nuestra presencia un don, un obsequio, una sonrisa, un espacio.

Ese es el genio. Esa es la grandeza. Esa es la santidad. Esa es toda la mística. Por ese medio existe auténticamente el hombre y transparenta Dios en esta verdad, y mientras más bella y grande es la vida, más descubre el rostro de Dios su esplendor y su propiedad.

Hundiéndonos en el silencio de la acción que nos va a llevar al corazón mismo de Jesucristo, pidamos la gracia de que todo comience hoy, que nuestra vida se haga eterna como presente dado y que no haya más vuelta atrás sobre nosotros, sobre nuestro pasado, más lamentos por cosas que ya no son, sino la firme e inquebrantable decisión de hacer de nuestra vida una obra maestra de luz y de amor como Teresa y Francisco, simplemente estando en medio de los hombres, en medio de la familia, en la oficina, en el taller, en el país, estando simplemente ahí como presencia testigo de sí misma y que lleva la luz y la sonrisa de su Amor.

(*) TRCUSLibro « Ta parole comme une source, Tu Palabra como fuente, 85 sermones inéditos. »

Editorial Anne Sigier, Sillery, agosto 2001, 442 páginas

ISBN : 2-89129-082-8

 

 

 

 

 

 

 

 

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