Instrucción de Mauricio Zúndel en el Vaticano el 21/02/1972. Las instrucciones del retiro son el origen del libro: “Quel homme et quel Dieu?” (¿Qué hombre y qué Dios?) (*). Para la fiesta de la Trinidad, primer domingo después de Pentecostés.

Beatísimo Padre, Padres míos en el Señor,

Es conmovedor encontrar en el Evangelio una exigencia dirigida precisamente a los teólogos a ponerse al nivel de la Luz divina. En efecto, cuando recibe Jesús una noche la visita de Nicodemo y Nicodemo arguye a partir de los signos y prodigios realizados por Jesús, queriendo llegar a la conclusión de que los signos atestiguan que él viene de otra parte y es verdaderamente enviado de Dios, Jesús le interrumpe sus cumplimientos y le da esta respuesta abrupta: “Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, o si no nace de arriba.

Es necesario pasar por el nuevo nacimiento pero, cuando se trata de Dios, el conocimiento auténtico, el que nutre el espíritu y deviene luz de la inteligencia, es siempre en cierto modo un nacimiento. Es necesario nacer de nuevo para entrar en el Reino de Dios y para contemplarlo.

Estas palabras de Jesús nos permiten además entrever inmediatamente que sus mayores adversarios fueron precisamente los hombres de la religión, los hombres que pasaban su tiempo escrutando las Escrituras, interpretándolas y comentándolas. Son ellos los que opusieron su lógica horizontal a la lógica de Dios que es vertical. Ellos le pusieron trampas, opusieron a Moisés al Verbo de Dios, como nos lo advierte la tragedia fraguada precisamente por los hombres de la Ley y los comentadores de las Escrituras. Se nos advierte que debemos desconfiar de nuestros razonamientos cuando son simples desarrollos de pruebas superficiales que no han sido alimentadas con nuestra sangre ni conquistadas al precio de nuestro amor.

Nada hay más importante que estar atentos a la calidad de diálogo, de intercambio interpersonal entre Dios y la humanidad para no atribuirle jamás a Dios los límites que vienen del hombre. En un texto ya antiguo, eçl Padre Lagrange nos recuerda que hay una evolución inevitable y que no debemos confundir el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Dice, en efecto: “Sin darse cuenta, a fuerza de exagerar la importancia doctrinal del Antiguo Testamento en relación con nosotros, la perfección de la fe judía, la extensión de su visión sobre la Trinidad y la Encarnación, caemos precisamente en el escollo de la evolución natural que queremos evitar. Claro que no lo pensamos. Insistimos fuertemente y demasiado en la intensidad de la acción divina y suprimimos toda línea de demarcación entre el judaísmo y el cristianismo.

Por la revelación de Jesús, la vida religiosa de la humanidad entra en una fase verdaderamente nueva. El judaísmo retrocede, desorientado, rehúsa aceptar esta conclusión de su historia, porque no es tampoco su desenlace natural. Es una intervención de Dios que hace cosas nuevas.

Lo que asombró a los cristianos y les pareció divino fue precisamente que las profecías se cumplieron en Jesús de manera diferente de lo que se podía prever. Lo que más nos importa aquí, como lo vio tan bien el P. Rose, es el testimonio de Jesús mismo, dando al mundo una doctrina que iba a transformarlo. Pues si Jesús no tenía sino que hacer una síntesis de las ideas corrientes, los judíos lo habrían seguido con docilidad. Y para eso ni siquiera se necesitaba un profeta. No es el último eslabón de una cadena sino la flor que brota de repente de la planta que la tenía oculta, y cuando se ha desplegado, el árbol muere.” (1).

Es pues cierto que las cosas no están en el mismo plano y que cuando en el capítulo 18 de su libro, el profeta Jeremías hace una oración por la destrucción de sus enemigos, con una angustia además que todavía nos conmueve, no podemos menos que entender, humanos imperfetos y limitados que somos, que del fondo de su angustia invoque la venganza de Dios. Tampoco hay que olvidar que las últimas palabras de Jesús fueron una oración por sus enemigos.

El papa San Gregorio parece sintetizar en cierto modo esta visión de un diálogo interpersonal entre la humanidad y Dios en el admirable comentario que ustedes saben de memoria sobre los discípulos de Emaús:

A dos discípulos que se encuentran en camino y que en verdad no creían pero hablaban de él, se les apareció el Señor, pero no les mostró un rostro que pudieran reconocer. El Señor manifestó pues afuera, a los ojos de sus cuerpos lo que se manifestaba dentro, a los ojos de sus corazones. En efecto, dentro de ellos amaban y dudaban; ahora bien, justamente el Señor estaba presente afuera pero sin mostrarles quién era. Mientras hablaban de él manifestó su presencia, pero como dudaban de él, les ocultó la vista de su rostro.

Me parece que este comentario transparente y tan sencillo va al fondo de las cosas y muestra en efecto que, siendo tales las disposiciones del corazón humano, para llegarle al corazón humano tan rebelde, tan limitado y tan lleno de tinieblas, Dios se presenta como puede ser entendido y percibido por el tiempo de la revelación respectiva, y que se manifieste más profundamente cuando los ojos del corazón se abren más y están dispuestos a acoger una luz más abundante.

Pero entrevemos que toda revelación solo toma finalmente significado en nuestra historia al precio de una transformación del hombre, como vale en todo régimen interpersonal, es decir, para retomar las palabras de Jesús, “al precio de un nuevo nacimiento”. Y mientras más profunda sea la transformación, más perfecta será la relación; quiero decir que Dios es tanto mejor conocido cuanto más nazca el hombre a la vida divina que se insinúa en su corazón.

No choca en absoluto la Palabra de Dios cuando la vemos difundirse progresivamente aceptando todas las etapas hasta la llegada final del Verbo de Dios, único que podía darnos la Revelación plena porque su Humanidad no tenía ningún límite.

Pero no quiero extenderme más en este punto. Quisiera simplemente subrayar, o mejor, entrar de lleno en lo que me parece a mí y ciertamente también a ustedes ya que de ello viven, como el tesoro y el núcleo del Nuevo Testamento y el centro de la Revelación cristiana: el misterio de la Santísima Trinidad.

El misterio de la Trinidad Divina es lo primero que caracteriza el cristianismo y que constituye su respuesta más adaptada, profunda y radical a todas las aspiraciones de nuestra mente y de nuestro corazón.

En efecto, estamos infectados por nuestro “yo” posesivo. Todos nos identificamos con el “yo” que acostumbramos utilizar desde la infancia. Antes de pensar, ya decíamos “yo” y lo dijimos refiriéndonos a un conjunto de determinismos, lo dijimos sobre la herencia, sobre el entorno, el lenguaje, las costumbres de nuestra familia, sobre nuestra historia infantil, en fin, cuando comenzamos a hablar éramos un simple resultado de todo eso. No hacíamos nada de nosotros mismos, no teníamos ninguna iniciativa, dijimos “yo” y seguimos diciéndolo a lo largo de nuestra vida sin cuestionarlo de modo que en fin de cuentas todos somos más o menos prisioneros de ese “yo” que no es nosotros y que nos impide serlo y no cesamos de referirnos a ese “yo”; nos hablamos a nosotros mismos, nos contamos miles de veces nuestra propia historia, nos glorificamos interiormente, nos defendemos contra los demás, los juzgamos, los condenamos, siempre terminamos dándonos un buen papel, a menos justamente que la gracia de Dios intervenga, e, introduciéndonos en el diálogo de amor, seamos finalmente curados de nosotros.

Pero es cierto que nada es más difícil que hacer saltar la cerradura del yo en que estamos encerrados y que muchos no ven por qué, siendo todos a su manera únicos, el que se conoce como un yo único pueda prevalerse y querer afirmar ese yo contra vientos y mareas, imponerlo a los demás, soñar como Hitler con una dominación que dure mil años, o como Stalin confiscar todos los poderes y hacer morir todos los que se oponen a su reino, justificar todos los ultrajes que impone a los demás en nombre de una primacía que debería descubrir en sí para la salvación de todo el género humano.

Nada es más difícil que llegar a una solución salvadora pues, precisamente, no se ve la razón para ello ni se conoce cómo llegar allá. La visión que los hombres tienen de la grandeza es piramidal. Ser grande es dominar, estar por encima, mirar de arriba abajo. Ser grande es tener súbditos, tener cortesanos. Ser grande es suscitar la admiración de las muchedumbres. Ser grande es ser la excepción en la cumbre, como el faraón que domina a sus súbditos, el polvo que ellos son, como el faraón que multiplica en los templos la efigie de su institución divina y lo encontramos cien mil veces en la actitud hierática en que escapa a su humanidad.

¿Cómo se podría concebir otra cosa? ¿Cómo llegar a la grandeza si no precisamente por la grandeza que domina, por la elevación que necesariamente supone una humanidad sometida y esclava?

Aquí justamente aparece con esplendor increíble la Revelación de la Santísima Trinidad pues de repente, a través del Verbo Encarnado que vive en el corazón de la Trinidad, y más precisamente a través de Jesucristo, aparece Dios no como una soledad centrada en sí misma, fijada en sí misma, una soledad que se alimenta de sí misma, que se rinde homenaje a sí misma y quiere que los demás le rindan homenaje; Dios ya no aparece como un Narciso a escala infinita prisionero de un “yo” estéril e infinito, sino que se manifiesta de repente como una eterna comunión de amor.

En Jesús aprendemos que Dios solo tiene contacto con su ser comunicándolo; que la dicción de sí mismo en que nosotros nos agotamos contándonos a nosotros mismos, que en Dios esa dicción se profiere en otro, que el apego a sí mismo que nos encierra en nosotros es en Dios un movimiento, una aspiración hacia el otro. En Dios nada es poseído. En Dios todo es dado. La vida divina subsiste precisamente en las relaciones intra-divinas en que no cesa de circular en el candor de la Luz Eterna.

Es algo absolutamente inaudito y capital que nos toca en lo más profundo de nosotros mismos porque el camino es posible hacia una grandeza auténtica, porque encontramos justamente en Dios el despojamiento translúcido, la virginidad eterna en que está como a distancia de Sí mismo, quiero decir que en vez de adherir a sí mismo de manera posesiva, no hace sino darse pues, como dice admirablemente el Padre Garrigou siguiendo al Padre Regnons “¿Dónde hallar aquí el mínimo egoísmo? El yo no es ya más que una relación subsistente en quien es amado. Ya no se apropia nada. Todo el egoísmo del Padre es dar su naturaleza infinitamente perfecta a su Hijo, reteniendo para sí mismo solo su relación de paternidad por la cual una vez más está en relación con su Hijo. Todo el egoísmo del Hijo y del Espíritu Santo consiste en estar en relación uno con otro y con el Padre del cual proceden. Esas tres Personas Divinas, esencialmente relativas una con la otra, constituyen el ejemplo eminente de la vida de la caridad.” (2)

¡Qué precioso! ¡Qué cercano deviene Dios para nosotros! ¡Cómo aparece, como dice san Francisco de Sales, como el Dios del corazón humano! Estábamos como aplastados por la visión de un Dios solitario y lo estamos todavía. Cuando vivimos en países musulmanes admirando el fervor y la piedad populares y su irradiación en toda la vida, no podemos no sentirnos oprimidos leyendo el Corán y tratando de entenderlo con la mayor benevolencia, pero no dejamos de sentirnos oprimido en cierto modo por no encontrar ahí la fecundidad interna, el pluralismo interno, la vida de relación que permite a Dios en cierto modo vaciarse eternamente de sí mismo, dar todo y constituir precisamente Su Santidad súper-eminente por ese despojamiento. Pues ¿qué es la Santidad de Dios sino su Caridad infinita?

Como lo dice el papa San Gregorio: “La caridad no se dice en relación consigo mismo: la caridad va hacia el otro para poder ser caridad. Ad alter entendit, ut caritas esse possit.” Y así, justamente, en Dios toda la vida es ese don, toda la vida es ese despojamiento, toda la vida es esa comunión de amor.

No confundamos pues un monoteísmo unitario, como el del Islam o del judaísmo, que es ya muy digno de respeto, ese monoteísmo en que Dios es solo y solitario con el monoteísmo trinitario en que Dios es único pero no solitario. Ahí está nuestra fuente de la más grande esperanza pues, ante ese despojamiento en el corazón de la Divinidad, ante esa santidad constituida por el altruismo interno, por el movimiento hacia el otro que constituye toda la personalidad en Dios, estamos invitados a realizar nosotros mismos una grandeza semejante, a ser perfectos como el Padre Celestial es perfecto, una grandeza semejante en un despojamiento análogo.

Descubrimos de repente que la suprema grandeza es darlo todo y que esa es la grandeza de Dios, una grandeza que no nos domina, que no nos aplasta, una grandeza que aparece como la libertad infinita, porque Dios no sufre su ser sino que lo da y en él brilla la suprema libertad, libertad a que estamos llamados nosotros y que entrevemos a través del misterio adorable de la Santísima Trinidad, hasta el punto de poder decir que no podríamos plantear el problema que somos ni encontrar jamás su solución (y, de hecho, este problema no ha sido jamás planteado ni resuelto de manera eficaz) fuera de la luz de la Santísima Trinidad.

Es porque en Dios todo es dado que la personalidad en Dios es un movimiento hacia el otro, es porque la grandeza de Dios es su eterna caridad, por eso podemos retomar nuestros sueños de grandeza pero en el equilibrio de la luz y en la generosidad del amor, y no en competición con Dios ni con los demás, no para estar por encima y dominar, sino para ser como Dios un espacio inmenso de luz y de amor en que toda la Creación pueda sentirse acogida.

Eso es solo un comienzo pero es algo inagotable, es la última buena nueva que deberíamos imprimir cada día en la primera página del periódico, “que ese Dios es ese Dios porque es seguro en verdad que el mundo de los que buscan, el mundo de sabios, de artistas, no se declara ateo contra el verdadero Dios, contra el Dios que es Amor, que es interior a ellos, que es el espacio en que respira su libertad, contra ese Dios que ellos honran, adoran y sirven bajo el nombre de belleza y verdad. Rechazan algo que les parece una superestructura, que les parece exterior, que no encaja en el árbol vivo de su vida, porque justamente, el mensaje cristiano no les ha sido presentado en el grado de interioridad en que su ser más profundo habría sido asumido, iluminado y enriquecido.

Hay en el cristiano una invitación infinita a la grandeza, a la dignidad y a la libertad, pero que solo puede realizarse a la manera de Dios, que es darse totalmente, sin reservarse nada.

Nada puede entonces ser más nutritivo para la vida del espíritu, nada puede darle más luz para resolver todos los problemas humanos que la contemplación de la Trinidad Divina pues, justamente, todos nuestros problemas se aclaran a la luz de la caridad eterna y porque nuestra libertad alcanza su verdadero sentido, despegada de nosotros mismos.

Hacer de toda nuestro ser un impulso de amor… ¡es devenir como Dios! Y es a eso a lo que nos llama Dios aquí en la revelación de su propio despojamiento, donación infinita que no conlleva reserva alguna, en que todo el Padre es en todo el Hijo en la hoguera del Espíritu Santo. En esta luz adorable es como de repente aprendemos quién somos y qué estamos llamados a devenir.

Si no supiéramos quién somos no podríamos entrar en un camino que nos lleve a nosotros mismos y si no viéramos de repente el Rostro del Señor, del Verbo Encarnado que introduce en nuestra historia el misterio de la santísima Trinidad [banda inaudible]… para introducirnos en el nuevo nacimiento donde descubrimos que nuestra cuna está en el corazón mismo de Dios que late en el nuestro.

(1) R.P. Lagrange o. p. "La Méthode Historique". Lecoffre, p.55

(2) R.P. Garrigou-Lagrange O.P. "Dieu, son existence et sa nature". Beauchesne, 4a ed. p. 510

 

 (*) TRCUSLivre «  Quel homme et quel Dieu? ¿Qué hombre y qué Dios? Retiro del Vaticano  »

 Ed. Saint-Augustin, Saint-Maurice (Suiza). Colección "espiritualidad”.

 Prefacio del R.P. Carré.

 Abril 2008.

 359 pp.

 ISBN : 978-2-88011-444-2

 

 

 

 

 

 

 

 

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