Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cairo (Dar El Salam) en 1961. Publicada en "Vie, mort et résurrection" (*)

Hemos continuamente subrayado la conversión a lo humano a la cual nos invita Jesús. El realismo incomparable del Evangelio brilla particularmente en el misterio del Jueves Santo; y para comprenderlo en toda su plenitud, no hay que separar jamás estas tres cosas: el mandamiento nuevo, el Lavatorio de los pies y la Eucaristía.

Conocemos la fórmula del mandamiento nuevo: "En esto conocerán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros como yo los he amado. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado" (Juan 13, 34)

Pero jamás hay que olvidar las circunstancias en la secuencia, es decir en el orden del Evangelio de San Juan: Estamos en los últimos momentos de la Vida de Jesús y San Juan nos da el mandamiento nuevo como testamento de Jesús, muy exactamente como el Nuevo Testamento. Es como la última palabra de Jesús en la perspectiva del Evangelio joánico, no de amar a Dios, lo cual parece evidente, sino de amar al hombre.

Percibimos toda la resonancia nueva, toda la resolución contenida en esta perspectiva. No se trata de amar a Dios de manera abstracta, de amar un dios que uno se imagina y que uno arregla a su imagen. Se trata de amar al hombre, al hombre con sus límites, al hombre con su animalidad, al hombre con todo lo que en él nos aleja y nos repugna, porque justamente superando todo eso llegaremos al verdadero Dios. El Nuevo Testamento, el testamento eterno, es amar al hombre para estar seguro de no fallar con Dios.

Y el realismo increíble, el humanismo incomparable de este Testamento nuevo y eterno, va a ser subrayado del modo más sencillo, más irrecusable, por el lavatorio de los pies. No hay que equivocarse: no estamos ante un consejo que podemos seguir o no, sino en el corazón del compromiso evangélico ya que, justamente, el santuario de la divinidad es el hombre. El santuario de la divinidad ya no es una montaña, ya no es un lugar alto, ya no es un templo de piedras, ya no es un tabernáculo de metal precioso, ¡el santuario de la divinidad es el hombre! Y toda la santidad divina, solo podemos encontrarla en el hombre. Si no, ¿qué sentido tendría la escena que provocó escándalo entre los apóstoles? ¿Qué sentido tendría la escena en que Jesús se arrodilla ante ellos, conociéndolos tan bien? Ahí está el traidor que lo vendió, está el discípulo apasionado que saldrá pronto a su defensa para negarlo inmediatamente después, está Juan el discípulo amado, que va a caer dormido como los demás en el Huerto de la agonía, están todos esos hombres rudos y apasionados, todos esos hombres que lo siguieron, que no dudan de Él, pero que no lo conocen, ¡y no han entendido nada!

Y es ante ellos ante quienes se arrodilla y a través de ellos, ante toda la humanidad, porque justamente ese es el centro y el fin de la Creación: la Creación no tiene sentido sino de comunicar la Presencia divina, comunicar la intimidad divina. Eso terminará en el intercambio: “Dios se hizo hombre para que el hombre llegara a ser Dios”, y mientras el hombre no llegue a ser Dios, mientras el hombre no se abra, mientras no consienta, mientras el Cielo no esté en el hombre, Dios seguirá siendo desconocido, Su Presencia seguirá siendo imperceptible porque no puede manifestarse sino en la transformación del hombre en Él.

El Reino de Dios de que habló Jesús, el Reino de los Cielos que Él simbolizó en admirables parábolas, el Reino de los Cielos que esperan sus apóstoles, el Reino anunciado por Juan el Bautista, el Reino que parece estar a la puerta, el Reino del que Jesús dijo que estaba ya en medio de nosotros, es esto: está en Pedro, está en Santiago, está en Juan, está en Judas, ¡como una posibilidad que Jesús se esfuerza justamente por despertar y reanimar!

Es el último chance, es la suprema tentativa antes de la agonía, antes de la muerte, antes del fracaso, antes de la vergüenza, antes de la derrota suprema. Es la última tentativa para llevar a los que deben ser los herederos de su obra, a los que deben ser los testigos a través de todas las naciones, a los que deben remplazarlo cuando todo haya sido consumado, es la última tentativa para llevarlos a descubrir en sí mismos la perla del Reino, para hacerles comprender que la divinidad está en ellos, que ahí es donde los está esperando, que ahí es donde debe celebrarse el culto en espíritu y en verdad, en la apertura de ellos mismos, en la transparencia indispensable para el brillo de la luz.

Si Jesús pudiera hacer de otro modo, lo haría. No puede hacer de otro modo, está acorralado, no hay otro modo de manifestar la identificación de Dios con el hombre, la cual debe provocar la identificación del hombre con Dios sino arrodillarse ante el santuario eterno que el hombre está llamado a devenir.

Nadie comprende, ni Pedro, ni Santiago, ni Juan, ni Judas, ¡nadie comprende! Y ya no le queda sino morir. Será entonces más allá del velo, en el bautismo de fuego de Pentecostés como se aclarará la escena y, consumidos por el fuego del Espíritu, los apóstoles descubrirán en sí mismos la Presencia de su Maestro.

Ya no queda duda posible, la solidaridad entre el mandamiento nuevo y eterno Y el lavatorio de los pies está estrechamente sellada. Es imposible equivocarse. Siempre habrá que volverse hacia el hombre. Será siempre el hombre de quien deberemos encargarnos para tener chance de encontrar a Dios.

Y el tercer lazo, el tercer anillo de esta cadena indestructible, es la Eucaristía. Y es quizás ahí donde los cristianos se han equivocado más profundamente. Ahí es donde los cristianos cedieron quizás a una tentación tan natural de poner lo sagrado fuera de ellos mismos, de reconstruir un templo de piedras, de reconstruir un tabernáculo de metal precioso para encerrar en él a Dios como un objeto e inclinarse ante ese objeto hecho exterior a ellos mismos, cerrando la puerta con rejas de oro para volver a sus quehaceres dejando la santidad encerrada en el templo.

Esta tentación es grave y ¡cómo hemos caído todos en ella! No vimos que le dábamos la espalda al Evangelio, que ¡eso no era lo que Jesús deseaba! ¿Qué era lo que deseaba Jesús? ¿Qué deseaba a la mesa de la Cena? ¿Qué deseaba en la cita que nos dio a través de la Historia? ¿Qué era lo que deseaba?

Exactamente, quiso establecer entre él y nosotros toda la distancia de la humanidad por asumir para llegar a Él. Quiso justamente que cumpliéramos el mandamiento supremo. Quiso que descubriéramos el santuario del Nuevo Testamento que es el hombre y para que no dejáramos de edificarlo en el hombre, estableció entre Él y nosotros esa distancia a franquear.

Imposible de equivocarse otra vez. Basta con volver a las palabras de las últimas conversaciones: "Os conviene que yo me vaya, pues si no me voy, el Espíritu Santo no vendrá sobre vosotros" (Juan 16,7). A Jesús no lo engañan. Sabe que unen a su presencia física todas sus esperanzas limitadas, todas sus perspectivas nacionales, todas sus ambiciones personales. De la Humanidad que creen ver con sus ojos carnales, esperan que realice sus sueños, que los lleve a la victoria, y por eso se van a desinflar en seguida, negándolo y huyendo.

Jesús los conoce. Es pues necesario que se vaya. No lo han percibido en su universalidad, no Lo ha visto en su pobreza, no Lo han visto en su espiritualidad, le han atribuido un papel que es la caricatura de Su misión. Tiene pues que irse para que descubran en la luz del Espíritu Santo el carácter sacramental en que la divinidad se manifiesta y se comunica personalmente.

¡Y si es así, Nuestro Señor no puede restablecer en la Eucaristía sino un nuevo foco de idolatría, un nuevo foco de magia y de superstición! Por el contrario, la Eucaristía será la imposibilidad de ir a Él si no juntos, ¡juntos! ¡Vendréis juntos, todos juntos! ¡Y juntos quiere decir: traeréis toda la humanidad, toda la historia, todos los dolores, todas las debilidades, todas las angustias, todas las soledades, todas las basuras, todas las miserias, todas las culpabilidades! Totalizaréis todo eso en vosotros, y cuando cada uno de vosotros se haya hecho todos los demás podréis acercaros de mi mesa y estaréis entonces en contacto conmigo tal como soy, dado a todos, conmigo que los vivo a todos, que soy interior a cada uno, que me identifiqué con el que tiene hambre, o sed, o que está prisionero, o enfermo, o desnudo. Cuando hayáis operado esa identificación me encontraréis.

Pues no hay que olvidar nunca que Dios está siempre ahí. Desde siempre. ¡No tiene que venir en el mundo! Y la Encarnación no es la venida de Dios al mundo puesto que está ahí desde siempre, es la venida del hombre a Dios, es la venida del hombre a Dios, ¡del hombre que está casi siempre alejado de Dios! En el seno de María brota la humanidad, la criatura nueva desenraizada de toda pertenencia, expropiada de toda posesión y por fin ¡apta para dejar brillar la Presencia de Dios que está presente siempre! ¡Dios está presente desde siempre, siempre al interior de nosotros, esperando eternamente! ¡Somos nosotros los ausentes! Somos nosotros los que tenemos que venir, los que tenemos que descubrirnos, los que tenemos que abrirnos para ser "sí", para ser "sí" eternamente.

Y así como Dios ya está siempre ahí, el Verbo Encarnado, Jesús, Hijo del Hombre e Hijo de Dios, ya está ahí también. Saúl lo aprende a las puertas de Damasco: “Yo soy Jesús, yo soy Jesús a quien tú persigues en esta comunidad, yo soy, ¡la comunidad soy yo! Soy yo que sigo viviendo, que sigo llamándolos, soy yo que sigo amándolos, soy yo que sigo golpeando a la puerta de cada corazón, ¡soy yo! Yo soy Jesús a quien tú persigues”.

¿Qué es el misterio de la Iglesia sino Jesús que vive eternamente entre nosotros para ser el eje de nuestra historia, para ser el fermento de nuestra conversión, para llamarnos constantemente a la identificación con Dios que hará de nosotros hijos del Padre?

Jesús ya está siempre ahí. Somos nosotros los que no estamos y la Eucaristía tiene precisamente como fin hacernos presentes a Jesús, abrirnos a Él, ponernos en contacto con Él. Él ya está ahí siempre, ya está siempre en lo más íntimo nuestro, pero nosotros no podemos llegar a Él, como tampoco podían los apóstoles que lo tenían delante. Estaba ante ellos ¡y no podían verlo! Estaba ante ellos y no lo conocían, ni siquiera cuando se arrodilló para lavarles los pies, no comprendieron. No tenían pues contacto real y eficaz con Él, la comunicación no se había establecido.

Era necesario el bautismo de fuego de Pentecostés, necesitaban el nuevo nacimiento para transformarse, para abrirse, para amplificarse, para universalizarse y hacerse capaces por fin de estar en correspondencia de luz y de amor con Él.

Y eso es lo que la Eucaristía requiere, exige y supone; eso es, que vengamos todos juntos, que constituyamos todos juntos el Cuerpo Místico de Jesucristo. Eso es lo que supone el banquete al que nos convida Jesús. Eso es lo que supone, que vengamos juntos como Cuerpo Místico suyo, ya que cada uno de los hombres le importa esencialmente. ¡Ninguno puede perderse! Ninguno queda fuera de su amor. Todos están llamados, todos son amados, todos están contenidos en la inmensidad de su corazón y no podemos ir a Él dejando fuera a uno solo.

Tenemos pues que reunirnos, unirnos, identificarnos con toda la humanidad y toda la historia, y entonces seremos verdaderamente el pan, el pan vivo de la humanidad, y estaremos verdaderamente en la universalidad de presencia y de amor, estaremos en contacto real y eficaz con nuestro Jefe, con nuestra Cabeza, con el Cristo sin frontera, con el Cristo presente a toda la historia, con el Cristo que es el eje de todos los acontecimientos desde el comienzo hasta el fin y que a través de nuestro amor quiere totalizar cada acontecimiento humano para darle su dimensión infinita, para recogerlo en las cosechas eternas, para que todo sea divinizado realizando precisamente el designio primero del gesto creador que es el de comunicar la Vida y enraizar nuestra intimidad en la de Dios.

Eso es lo que la Eucaristía supone, pide y exige; es como la confirmación del mandamiento nuevo y como la perpetuación del Lavatorio de los pies, y como la realización del Cuerpo Místico de Jesús, porque si Jesús es el segundo Adán, es decir, si es apto para ser para toda la humanidad un nuevo origen, un nuevo comienzo y una nueva partida para la realización del designio del eterno Amor, nosotros no podemos ser cristianos sino entrando en ese plan, concurriendo a la realización de ese designio, constituyendo justamente el Cuerpo de Cristo que es el único en contacto eficaz con su Jefe, con su Cabeza que es Jesús.

Es pues absolutamente imposible concebir la Eucaristía fuera de esta perspectiva eclesial. Estar delante del Santísimo Sacramento es estar ante el misterio de la Iglesia confiada a nuestra solicitud y a nuestro amor.

La comunión no es jamás un acto solitario sino que es siempre ante todo comunión humana, la cual es condición formal, absoluta, indispensable de la comunión con Dios.

El realismo cristiano va hasta allá ¡y Dios me proteja de culpar a los arquitectos de las grandes catedrales y a los escultores de tabernáculos preciosos! Claro está que todo eso es admirable en la medida que, como lo sugería un novelista inglés, no substituimos a la adoración de Dios la adoración de la catedral donde un pueblo viene a admirarse y a rendir homenaje a su propia grandeza.

¡Oh, qué importa la catedral o la choza, la cabaña de bambú o el altar al aire libre! Lo esencial es la reunión universal, la presencia a toda la Historia y a toda la humanidad, asumir la carga de todo el universo porque ¡todas las catedrales del mundo son mero polvo si no se construye en nosotros el santuario vivo de la divinidad! Y renegamos de Cristo si encerramos lo sagrado en un edifico exterior a nosotros y dejamos la vida desacralizada, profanada, por estar retirada de la luz y a la Presencia de Dios.

Jesús tomó justamente los elementos comunes, la comida de los más humildes, no para sustraer la comida a la vida cotidiana haciéndola entrar en una zona falsa y mágicamente sagrada, sino para consagrar toda la vida, ¡toda la vida!, para transustanciarla, para darle sentido eterno, para que cada gesto sea un gesto creador, que cada encuentro sea eterno, que todas las ternuras se intensifiquen dejando circular en ellas la Presencia Divina, para que justamente Dios sea, como Agustín lo había sentido tan profundamente, la Vida de nuestra vida, es precisamente lo que se debe concebir el Jueves Santo, es la consagración de la vida.

No comprenderemos jamás el cristianismo, toda la novedad del Evangelio, toda su belleza, toda su juventud inagotable, no comprenderemos nada de eso si no damos a la vida un carácter sagrado.

¡Es que toda la moral cristiana es en realidad una mística! Toda la mística cristiana consiste justamente en darle a todo, al cuerpo, à la inteligencia, al corazón y a la acción una dimensión infinita. “La proximidad absoluta está en la distancia infinita”.

Ese es finalmente el esplendor maravilloso del jueves santo. ¡Jamás nos acercaremos realmente a Dios si no ponemos entre nosotros y nosotros mismos la distancia infinita del respecto, del respeto que nos ordena, que nos invita, que nos induce a reconocer en nosotros mismos el santuario de la divinidad, el Cielo que debemos ser, el Reino cuya perla escondida somos nosotros!

¡Qué admirable es el Testamento de Jesús, el último mandamiento confirmado en el Lavatorio de los pies, perpetuado y realizado por la Eucaristía, qué maravilla es el humanismo enraizado en el Hijo del hombre, idéntico al Hijo de Dios, el humanismo que no puede vivirse sino en un respeto infinito hacia nosotros mismos, hacia la totalidad de nosotros y de los demás en el mismo nivel, y como hacia Dios finalmente, ya que es la humanidad la que constituye el circuito de la comunión de los Santos, el circuito de la luz y del amor y que, si no constituimos juntos el Cuerpo Místico, jamás estarán ellos en contacto con nuestro Jefe y nuestra Cabeza que es Jesús.

Estamos pues aquí al extremo opuesto de toda magia, de toda facilidad, de toda santidad colocadas en las cosas como objeto exterior a nosotros mismos.

¡Pero no! Todos los sacramentos tienen una dimensión humana, todos los sacramentos, resumidos todos además en la Eucaristía que es su centro y su foco, todos los sacramentos suponen que nos encarguemos de toda la humanidad, de toda la historia y de todo el universo.

Es, pues, posible hoy, es posible hoy vivir este jueves santo a la escala del mundo tal como la ciencia actual lo concibe, tal como la ciencia de mañana lo hará, porque justamente el llamado de Cristo es universal, porque “su diferencia está en no tenerla”, porque justamente no seremos cristianos sino rehusando excluir nada para acogerlo todo, sabiendo que nuestra comunión no es nada si no es la comunión humana en que todos los hombres participan y en que, a través de nosotros, cada uno se alimenta de la luz, de la alegría y del amor, del don supremo, infinito, que es la Eucaristía, del don de la humanidad de Cristo siempre presente dentro de nosotros, pero que solo puede brillar en nosotros en la medida de la apertura universal.

Sabiendo todo eso y viviéndolo es como cumpliremos el Testamento de Jesucristo, el nuevo y eterno Testamento que pone en nuestras manos, cada mañana y a cada hora del día, el destino del universo, el sentido de la historia, el presente de la humanidad y el porvenir de Dios.

Todo eso es lo que se nos da, todo eso es lo que se nos propone, todo eso es lo que se nos pide para la invitación que resuena a través de toda la historia en que Dios nos invita a Su Mesa que es la mesa del género humano.

Queremos pues conservar de este Jueves Santo, con la gracia de Jesús y en el resplandor silencioso de Su Presencia real, queremos conservar el sentimiento del carácter sagrado de la vida, del carácter sagrado de nuestra vida, de nuestro trabajo, de nuestro pensamiento, de nuestros impulsos, de nuestro cuerpo, de todas las fibras de nuestra carne, para que la vida entera sea liturgia, comunión, creación siempre nueva, sacramento vivo de la Presencia adorable que quiere justamente transfigurar nuestra vida para hacer brillar a través de ella el Rostro de la divinidad.

¡Oh, el adorable misterio de la Transfiguración! Sí, eso es todo el Evangelio, toda la moral, toda la mística, toda la santidad: que la vida revista toda su belleza, toda su dignidad, toda su grandeza, toda su potencia creadora y que cada uno de nosotros, haciéndose hijo del hombre en pleno sentido, asumiendo como Jesús a todos los hombres, que cada uno de nosotros asumiendo así a todos los hombres, haciéndose con Jesús hijo del hombre, aparezca por lo mismo auténticamente como hijo de Dios.

¡La Trinidad no es una fórmula, la Trinidad no es un rompecabezas! La Trinidad es simplemente la única posibilidad de un Amor fuente, de un Amor que va hacia otro, de un Amor que constituye la divinidad como tal y nos libera del sátrapa, del déspota, del dios faraón, de todos los ídolos que forman su cortejo.

Se trata de encontrar ese Dios – y no hay otro – y cuando dudamos, no hay que recurrir a argumentos y preguntarnos cómo comenzó el mundo, porque el mundo donde encontramos a Dios sólo comienza ahora, solo comienza con nosotros, solo comienza con la decisión de una libertad que germina, de un amor que se descubre y que se da como despierta el amor en un corazón humano, como despierta el verdadero amor en una luz imprevisible, insospechable antes del encuentro, ya que es en el circuito de una luz interior como el rostro descubre el Rostro, y el corazón descubre el Corazón.

Se trata pues de que sepamos de qué espíritu queremos ser y si, bajo el nombre de Dios entendemos poner nuestros privilegios y defender nuestras posesiones o al contrario, si ser cristiano significa liberarnos de toda posesión, ya no ser esclavos de ninguna biología sino transformar toda la realidad en el concierto de una relación universal, transformar todo eso en el ser nuevo que pasa por el nuevo nacimiento de que habla Jesús a Nicodemo y que nace por fin a sí mismo naciendo para el Dios vivo.

¡Está bien claro que si Dios, visto en la luz y vivido en el amor de San Francisco, fuera nuestro Dios, no habría problema, no estaríamos donde estamos! ¡No habría problema! ¡Si Dios hubiera sido en nosotros la acogida, la apertura, la dignidad, la grandeza, la generosidad, no habría problema!

¿Por qué se habría defendido el mundo y contra qué? Se defendió contra un ídolo, contra un sátrapa, contra un faraón, ¡contra un inmenso déspota, un inmenso propietario! E hizo bien: ¡es un falso dios! La desgracia fue que creyó que no había otro.

A nosotros nos toca, si nos interesa, si nos interesa verdaderamente, si nos interesa apasionadamente con la pasión rectificada y luminosa que es la que siente Francisco por la divina pobreza, si nos interesa, entonces comenzará el verdadero testimonio, el único válido, entonces se inaugurará la única catolicidad que tenga sentido, la catolicidad del amor, la universalidad del don en la supresión de todas las fronteras de raza, de clase y de confesión.

Porque el cristianismo no es una confesión, no es un credo entre otros, es pura y simplemente la pobreza divina puesta como fermento en la Santa Humanidad de Jesucristo para que fermente en nosotros y haga levantar la cosecha de espigas maduras, la cosecha gozosa, la cosecha infinita en que todos los pueblos podrán encontrar el pan porque ya nadie querrá acaparar para sí mismo el bien de los demás, porque cada uno sentirá en cada uno la dignidad de Dios comprometida, expuesta y confiada a nuestro amor, al menos eso sería el Evangelio.

¡Cómo necesitamos convertirnos, ustedes y yo! ¡Cómo necesitamos convertirnos en el sentido más profundo para entrar en ese mundo que es el verdadero mundo, el único que Jesús consagra, el único en que la humanidad puede respirar, el único en que cada uno se sentirá acogido, el único en que Dios no es problema porque ese verdadero mundo respira en Él, porque es inmediatamente su luz reconocida y el centro acogido con gozo!

¡Todos los problemas se renuevan así por la novedad infinita del Evangelio! ¡Ya no hay sino un problema, el de eclipsarnos, el de consentir, el de liberarnos del yo frontera, del yo límite, del yo asfixiante, del yo que es la negación de nosotros mismos y de todo!

¡El camino se abre! ¡Esa es la oportunidad única, incomparable y maravillosa! Y a ella está unido también el porvenir de Dios en este mundo, ya que si no aprovechamos esta oportunidad, Dios morirá cada vez más en nuestra humanidad, pues mientras más poderosa se haga la humanidad en el orden técnico, menos se abrirá y aún menos capaz será de soportar el dios sátrapa y lo relegará con razón al museo de antigüedades.

¡Pero Jesús no es una antigüedad! ¡Jesús está vivo! Jesús nos llama a la vida, Jesús nos introduce en la confianza adorable, Jesús nos introduce en la intimidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Jesús nos conduce al corazón del primer amor, Jesús nos hace padres de la divinidad porque entre ella y nosotros ya no existe el obstáculo de un poder que quiere dominarnos, ya no hay sino la generosidad que nos invita, que quiere transformarnos en ella a fin de que seamos lo que Él es y que Dios pueda realmente decir “Yo” en nosotros, como lo decía a un místico que le preguntaba: “¿Quién eres Tú, Señor?” – “¡Tú, tú!”.

Allá quiere llevarnos Jesús, a un Dios más íntimo a nosotros que nosotros mismos y que nos responderá como la voz del amor cuando lo interroguemos: responderá en modo nupcial, nos repetirá en lo secreto de nosotros mismos lo que dice cada día en la divina liturgia: “Tú eres yo”.

 (*) TRCUSLibro « Vie, mort, résurrection (Vida, muerte y resurrección) »

 Edit. Anne Sigier - Sillery. 2001.

 164 pp.

 ISBN : 2-89129-244-8

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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