Comienzo del cap. 18 de ¿Qué hombre y qué Dios? (*) que trata de la Iglesia. Es el mismo tema que el último texto propuesto en este sitio. Más que una institución, la Iglesia se identifica con la Persona misma del Señor.

Un crucificado más o menos no significaba mucho en el aparato de la justicia romana. El año 4 antes de nuestra era, Quintilio Varo, legado de Siria, había infligido el suplicio de la cruz a dos mil judíos rebeldes cuyos nombres no los retuvo la historia. Entonces, humanamente, era muy probable que la muerte de Jesús quedaría anónima y que su recuerdo de desapareciera para siempre, tanto más cuanto que no había escrito nada que pudiera perpetuar su memoria. Representaba un fracaso en el que los discípulos no podrían pensar sin ver en él la ruina de todas sus esperanzas. Solo la resurrección del Señor hizo revivir su fe que había sido enterrada en el sepulcro, dándole a la tragedia del Calvario la dimensión divina que le daba un porvenir cuyo sentido preciso no comprendían ellos además.

A propósito, dos cosas parecen ciertas. Primero, que en cierto modo la resurrección fue un acontecimiento confidencial, cuya manifestación fue reservada a los familiares, conmovidos por la catástrofe que ponía en duda todas sus razones de vivir. A lo más, los enemigos pudieron tener noticias de ella, pero no fueron confrontados ni confundidos con pruebas sensibles cuya oportunidad había sido excluida de antemano por el Señor en la parábola del pobre Lázaro (Lc. 16:19-31). Lo segundo que deducimos de los textos de que disponemos es que los testigos de las apariciones de Cristo resucitado no supieron sacar conclusión alguna respecto de la misión que debían realizar. Según el relato de los Hechos, parece que esperaban simplemente que su Maestro, vencedor de la muerte, realizara los objetivos que los había unido a su persona y que ellos mismos resumen en su última conversación con él en la pregunta última: “Señor, ¿es ahora que vas a restablecer el reino de Israel?” (Act. 1:6). De la re-afirmación de sus antiguos sueños en ese momento, podemos concluir que eran incapaces de tomar por sí mismos la iniciativa de la acción que terminaría unos días después en la fundación de la primera comunidad cristiana.

Por eso se puede decir que, sin el milagro de Pentecostés, el de Pascua habría permanecido indescifrable para ellos, como lo deja adivinar la impresión de misterio en suspenso que se deduce de los diferentes relatos de aparición.

Nos sorprende tanto más ver que los mismos discípulos no vacilan un instante sobre lo que deben hacer a partir del momento en que reciben la “fuerza” del Espíritu Santo. Se tiene una impresión de interiorización repentina y definitiva del Maestro al que habían visto largo tiempo al exterior y que ahora es el principio más íntimo de su vida y de su acción. En efecto, ya no se trata del reino de Israel sino de una adhesión a su Persona por el bautismo, conferido en su nombre para la remisión de los pecados (Act. 2:28). La Iglesia inaugura así su carrera, encontrando desde sus primeras conquistas la oposición de los jefes religiosos de la nación. Los Doce, en especial Pedro, no parecen conscientes de la brecha que se abre entre la comunidad de que ellos son responsables y la sinagoga cuyos usos observan escrupulosamente. Están en realidad tan lejos de pensar en una ruptura con ella que comienzan por presentar a Jesús como al que “Dios ha elevado con su diestra para dar por su medio a Israel arrepentimiento y perdón de los pecados” (Act. 5:31). La convicción es tan firme que se necesitará una intervención divina para que Pedro se decida a entrar en casa de un incircunciso y a bautizarlo a él y a su familia (Act. 10).

Shaúl (Saulo), el enemigo fanático y genial, será el primero en ver la radical incompatibilidad entre los dos caminos (judío y cristiano), con la clarividencia apasionada de un amor que no acepta división, y que, a pesar de la moderación de su maestro Gamaliel (Act. 5:34-39 y 22-31), está listo a utilizar todos los medios para exterminar el mal que representa a sus ojos la Iglesia naciente. También para él se interioriza el debate pero en un cambio radical de todo su ser, entregado para siempre al amor de Cristo en un apostolado infatigable en favor de los incircuncisos cuya igualdad con los convertidos del judaísmo reivindicará, fulminando contra quienes pretendan imponerles la circuncisión como condición para la salvación. En adelante, en gran parte bajo el impacto de su ministerio en el mundo pagano, se hará inevitable la ruptura con la sinagoga, en nombre del principio mismo que la hace necesaria y que podemos resumir en esta fórmula en que se condensa la tesis maestra de las epístolas a los gálatas y a los romanos: “La economía mosaica tuvo valor como etapa preparatoria y ahora ha terminado” (Cf. Biblia de Jerusalén, p. 1486).

Esta conclusión negativa, fuertemente motivada, se enraíza evidentemente en la experiencia de la gracia que lo derribó en el camino de Damasco, poniéndolo de repente al centro de la nueva economía, en que toda la humanidad, vivificada por la gracia de Cristo, está llamada a formar una unidad sin fronteras en el misterio de la Iglesia.

Es pues en forma de Iglesia que Saulo, que deviene Pablo, hace su primer encuentro con el Señor que lo enceguece con su luz (Act. 9:3 y 8):

Yo soy Jesús a quien tú persigues.

Esta respuesta que recibe del Poder que lo invade liberándolo de él mismo, le revela en un destello la comunidad que ardientemente desea destruir como el sacramento de la Presencia que surge en él. Los hombres y mujeres que se preparaba a aprisionar y que estaba dispuesto a matar, como participó en la lapidación de Esteban, viven en efecto de una Persona que vive en ellos como vive ahora en él, y Jesús que le aparece se identifica con ellos como la cabeza con los miembros que penetra con su influjo. Porque la revelación que es él, en cuanto Verbo encarnado, es inseparable de él. Entonces, reducirla a un discurso sobre él sería aprisionarla en los límites de un lenguaje – siempre inadecuado para la realidad divina –, agravados por los de hombres que, por su influencia, arriesgarían a menudo expresar solo lo que hubieran podido comprender ellos. Ni siquiera bastaría que fuera un discurso de él, pues a menudo debió adaptarse a su auditorio y hablarle en parábolas (Mc. 4:10 y paral.), y él remitió a sus discípulos mismos al Espíritu Santo para que los llevará a la verdad toda entera (Jean l6:l2). Es pues necesario que él siga siendo para siempre el guardián de la revelación definitiva contenida en su persona y que devuelva sin cesar lo que se dice sobre él a la Palabra infinita que es él.

De hecho, los primeros discursos que Lucas atribuye a Pedro en los Hechos de los Apóstoles, manifiestan una cristología rudimentaria que no puede menos que sorprender al que lea de los evangelios canónicos, especialmente el de san Juan. Los evangelios mismos y todos los demás escritos del Nuevo Testamento no disiparon todas las ambigüedades respecto del mensaje cristiano, pues fueron necesarios siglos para llegar al homoúsios (consustancial) de Nicea en 325, al theotokos (María, madre de Dios) de Éfeso en 431 y al asynjytós (las dos naturalezas de Jesús sin mezcla o confusión) de Calcedonia en 451: fórmulas admirables que enriquecieron considerablemente la inteligencia de la fe.

Sean cuales fueren las prolongaciones futuras, con las primicias del testimonio apostólico – que tomó ya forma comunitaria con un embrión de organización jerárquica – que sigue siendo puramente oral y se inscribe en cada uno de manera eficaz por el bautismo “para la remisión de los pecados” (Act. 2:38) que Cristo se identifica en su aparición que transforma a Pablo mismo en Apóstol: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”. Así, las palabras que contienen la enseñanza que le concierne (y los ritos sacramentales) se orientan a su persona y son siempre superadas en ella. Tomarán finalmente la forma de Escrituras inspiradas en que estará incorporada una parte de la Tradición oral, la cual sigue entonces siendo apta para completarlos e interpretarlos, y no cesará de garantizar las definiciones eclesiales que tratarán de explicitar en el correr de los siglos “el único depósito sagrado de la Palabra de Dios” constituido indivisiblemente por ella y por la sagrada Escritura” (Vaticano II, 4, p. 47, Ediciones del Centurión).

(*) TRCUSLivre «  Quel homme et quel Dieu? ¿Qué hombre y qué Dios? Retiro del Vaticano  »

Ed. Saint-Augustin, Saint-Maurice (Suiza). Colección "espiritualidad”.

Prefacio del R.P. Carré.

Abril 2008.

359 pp.

ISBN : 978-2-88011-444-2

 

 

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