Conferencia de M. Zúndel, pronunciada en Francia en 1963. Publicada en Emerveillement et pauvreté (Admiración y Pobreza) (*)

 

Durante los terribles años de la guerra española los comunistas saquearon una iglesia pero dejaron intacta una imagen del Sagrado Corazón pintada de rojo, poniéndole al cuello un afiche que decía: “Te respetamos, Cristo rojo, pues eres de los nuestros. Hicieron de ti un rey, pero eres obrero como nosotros”. Es conmovedor porque muestra que puede haber cierta simpatía entre los hombres y cristo en el momento mismo en que atacan con tanta violencia la Iglesia.

Muchos de nuestros contemporáneos estarían dispuestos a escuchar a Cristo, si no les hablara por medio de la Iglesia que les parece poner un velo entre ella y ellos. La Iglesia tiene mala prensa y, justamente por estar representada por hombres cuyos límites humanos son demasiado evidentes, a los hombres les parece que la Iglesia es un intermediario infiel y que limita su libertad, interfiere con su dignidad imponiéndoles una autoridad que les parece finalmente algo totalmente humano.

Tratan entonces de distinguir en el cristianismo lo que es de Cristo y lo que la Iglesia habría añadido para defenderse en una convicción personal y no adherir sino a lo que les parece convenir a Cristo, rechazando todo lo que los hombres de Iglesia han añadido a los datos primitivos.

Es verdad que las fallas de los hombres de Iglesia son innumerables y saltan a la vista a lo largo de la Historia, y se comprende que las fallas alejen de la institución cuando se la mira con ojos humanos y se busca una identificación bien difícil de realizar entre Cristo y la sociedad humana que llamamos Iglesia.

Aunque de cierto modo no es difícil compartir ese temor y participar en la discriminación, es verdad que lo que sabemos de Cristo lo sabemos por la Iglesia. Siendo leales, lo poco que sabemos de la Historia nos lleva necesariamente a la conclusión de que sin la comunidad apostólica, sin la pequeña sociedad que era la Iglesia naciente, Cristo habría desaparecido de la Historia.

Era de condición demasiado humilde como para tener un puesto en los anales de la humanidad, y un crucificado más o menos en el imperio romano pesaba muy poco. Si pensamos que el año 9 de nuestra era los romanos crucificaron dos mil judíos para reprimir una revuelta, entendemos fácilmente que un crucificado no habría podido dejar su nombre en la Historia y con mayor razón, volverse centro de la Historia, si su memoria no hubiera sido conservada por la sociedad que se constituyó sobre base de su resurrección y que llamamos precisamente la Iglesia.

Ella escribió los libros del Nuevo Testamento. Sabemos que la Iglesia vivió sin ellos un período considerable ya que solo a fines del siglo segundo fue enteramente constituida la colección del Nuevo Testamento. Sus escritos son en gran parte cartas conservadas naturalmente por las iglesias a las que fueron dirigidas pero para reunir el conjunto se necesitó ese período considerable. La Iglesia vivió pues sin los escritos. Ellos emanan de ella. No podemos disociar de ellos su testimonio pues ellos solo reflejan su fe.

Por otra parte, si escrutamos esos escritos, es evidente que contienen los rastros mismos del desarrollo de la fe cristiana. Basta comparar a san Juan y san Marcos para ver inmediatamente la diferencia. Es evidente que los aspectos de debilidad subrayados por los sinópticos fueron disminuidos en san Juan. San Juan no habla de la agonía de nuestro Señor. Solo dice algo antes del acontecimiento.

En la época de san Juan la dogmática ha progresado, la concepción de la divinidad de Jesucristo se ha precisado y se siente cierta repugnancia a recordar y contar los aspectos de flaqueza. En vano buscaríamos en san Juan palabras como las que vemos en san Marcos o san Lucas: “¿Por qué me llamas bueno? ¡Solo Dios es bueno!” Está pues perfectamente claro que esos escritos que emanan de la Iglesia y tienen los rastros de su fe son indisociables de su testimonio. El testimonio de los escritos es exactamente el mismo que el testimonio de la Iglesia. Simplemente, el testimonio de la Iglesia es más amplio, por ser una tradición que desborda los escritos.

Es entonces en vano querer separar lo que es de Cristo y lo que es de la Iglesia en los libros del Nuevo Testamento, pues se trata de una sola fuente, una tradición que está parcialmente escrita y que fue primero oral y siguió oral en parte. Pero ese es solo un elemento muy exterior.

Aunque la misión de Cristo fue universal, su vida fue de corta duración. ¿Cómo podrá realizar su misión cuando él haya desaparecido de la Historia visible? Desaparece de la historia visible el día llamado de la Ascensión, después de la última conversación con sus discípulos que muestra además qué lejos están del sentido profundo de su mensaje, ya que la última pregunta de ellos es cuándo va a restablecer el reino en favor de Israel. De todos modos, él no puede permanecer indefinidamente entre nosotros. Si lo hiciera, su humanidad tendría algo de fantástico, saldría tanto de la medida común que no habría ninguna semejanza entre él y nosotros. Es pues normal que después de cumplir su carrera de hombre desaparezca de la Historia visible.

Por otra parte, era absolutamente necesario que permaneciera ya que sin él, su Palabra se habría prestado a todas las discusiones, a todas las exégesis, a todas las interpretaciones y finalmente no habríamos podido descubrir el sentido auténtico de su mensaje.

En efecto, hay que precisar que la Revelación, pasando necesariamente por una persona humana, corre siempre el riesgo de ser limitada a causa de los límites del hombre que la propone. Podemos verificarlo fácilmente. Sabemos muy bien que no adherimos a la verdad de inmediato. La verdad crece en nosotros a medida que el alma crece. La verdad adquiere nuevas dimensiones con el crecimiento de nuestra inteligencia. Y nuestro viaje hacia las fuentes jamás termina: nuestro itinerario no tiene fin. Toda la vida tenemos que descubrir, toda la vida debemos progresar, porque toda la vida tendremos límites que superar y jamás habremos terminado antes de entrar en la intimidad de la visión eterna.

Por eso – ya lo hemos señalado – todos los testimonios proféticos llevan los límites de los profetas mismos. Y siempre será así en toda revelación.

Como la verdad no es algo que se saca de un armario ni un líquido que se sirve en un vaso, no puede enraizarse en nosotros si no nos enraizamos en ella. Es una ley ineluctable: para que la verdad aparezca en toda su plenitud, se necesita una naturaleza absolutamente liberada de sí misma, absolutamente transparente, como lo es la naturaleza humana de Jesús. Sólo en su caso se nos da la Revelación en su plenitud por el hecho de que justamente su naturaleza humana es totalmente desapropiada de sí misma y por lo mismo incapaz de toda parcialidad. Es incapaz de desviar la verdad hacia sus pasiones, no puede reducirla a una posesión, no puede hacer de ella un monopolio, la deja brillar en su luz inmaculada.

Eso mismo muestra que Cristo debe permanecer con nosotros so pena de frustrarnos de la verdad que hace cuerpo con él, ya que la verdad es inseparable de su Persona. Hay que decir que solo la luz de su Persona puede dar a las palabras la amplitud infinita y la transparencia inmaculada. Si las palabras nos llegaran sin él, nos serían necesariamente propuestas por hombres que le mezclarían al lenguaje de Cristo su propio lenguaje y desviarían su sentido en el sentido de sus intereses y pasiones.

Es al mismo tiempo necesario que Cristo se vaya y que permanezca. Además, él mismo dijo que era conveniente que se fuera: “Os conviene que me vaya, pues si no me voy, el Espíritu santo no vendrá sobre vosotros”. Él sabía que su apariencia visible era un obstáculo para sus discípulos, que ellos no habían entrado más allá, que no habían descubierto la naturaleza sacramental de su humanidad. Además solo percibían su humanidad a través de la fe, en la luz de amor como toda otra humanidad, con sus ojos carnales y la revestían de sus propias ambiciones y esperanzas, a menudo muy individuales y egoístas. Pensaban que Jesús los llevaría a la victoria. Con esa convicción lo habían seguido hasta el momento en que, condenado y preso, decepcionara su espera. Entonces huyen, se dispersan y se esconden. Convenía pues que Jesús se fuera para que su humanidad no fuera obstáculo para nosotros como lo había sido para sus discípulos. Al mismo tiempo, era necesario que permaneciera por las razones que acabamos de enunciar.

Solo Cristo podía conservar toda la amplitud de su palabra, tanto más que su Palabra es finalmente él mismo. No podemos olvidar que Jesús habló a hombres y que habló en una época, que habló a una muchedumbre incapaz de comprender. Por eso presentaba su mensaje en parábolas.

De sí mismo afirmó que no se puede meter vino nuevo en odres viejas y como leemos al final del cuarto evangelio, declara a sus mismos discípulos que tiene todavía muchas cosas que decir pero que no pueden entenderlas todavía.

La Palabra de Cristo no es pues tanto la que pronunció, que pudo ser limitada por el auditorio y las circunstancias. En el momento de cumplir Jesús su ministerio, la Palestina está en movimientos revolucionarios. Hay palabras explosivas. Sobre todo la palabra Mesías a la cual Jesús jamás responde y que, según testimonio de los sinópticos, solo acepta en el momento de la Confesión de Cesarea, pero prohibiendo a sus discípulos que lo digan a nadie.

Había asociaciones políticas que marcaban ciertas palabras y hacían extremadamente peligrosa su utilización. Por todas estas razones, porque de cierto modo Jesús estaba preso de los límites de su auditorio, su mensaje se identifica con su Persona. Y la novedad del Evangelio brillará con todo su relieve a través del misterio de la Iglesia. Se podría decir que el Cristo místico pasa su tiempo comentando el Cristo de la Historia.

Finalmente, es de la Iglesia que recibimos la última palabra del mensaje de Jesús. Es de la Iglesia que nos llega el sentido místico de la Revelación de nuestro Señor en su forma más pura. Si estudiamos la historia de los dogmas, nos damos cuenta de ese progreso. No podemos sino dar gracias a Dios de vivir en esta época, de no estar confrontados con el lenguaje de la Iglesia apostólica aún muy incierto en su expresión, cuando había que inventar aún todo un vocabulario y había que dejar sin formular toda la novedad del misterio de Jesús à causa de un lenguaje que no se prestaba todavía para ello.

Jesús permanecerá pues con nosotros hasta el fin de los siglos por medio de la Iglesia. Pero estando invisible, debiendo recurrir a hombres para proponer su mensaje, ¿cómo escapar a los límites humanos, si ellos siguen siendo hombres aunque él los haya escogido y preparado con ese fin?

Ellos no lo comprendieron cuando vivía, y sin duda fueron iluminados el día de Pentecostés, pero ¿quién puede garantizarnos que no van a reducir el mensaje de Cristo a lo que ellos pueden comprender? Sin embargo es imposible que la obra de Jesús continuara sino a través de la comunidad apostólica. De que Cristo haya previsto el peligro a que se exponía confiando su Palabra a hombres, ya tenemos una indicación en el hecho de que la revelación a Saulo en el camino de Damasco toma la forma bien conocida: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”. Ahí está toda la teología de la Iglesia: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”. La comunidad que tú estás atacando y que quieres aniquilar en tu amor al judaísmo, esta comunidad es en realidad yo mismo. En esta perspectiva es que Saulo se convierte, percibiendo al mismo tiempo a Jesús en la Iglesia y a la Iglesia en Jesús. Por eso nos va a hablar con tanta firmeza del misterio de la Iglesia, porque es el misterio mismo de su conversión. Para él, el testimonio de la Iglesia y el de Cristo son absolutamente inseparables, pues él conoció a Cristo bajo la luz de esas palabras que identifican a Cristo con la comunidad apostólica. Si es verdad – ¡y es verdad, y fundamental! – eso nos permite inmediatamente descubrir el carácter sacramental de la Iglesia.

Si la Iglesia es Jesús, es necesario concluir inmediatamente que todo lo que no es Jesús no es la Iglesia y que los hombres que nos repiten o nos proponen el testimonio de Jesús son totalmente despojados de ellos mismos y reducidos al estado de sacramento. Los Apóstoles, transformados por la iluminación del Espíritu y lanzados por ella a la conquista del mundo, tienen perfecta conciencia de que es el Señor el que habla y obra a través de ellos. Ellos no pueden disponer de su Palabra: es ella la que los mide. Deben eclipsarse totalmente en ella para dejar que Cristo sea la vida de toda la humanidad.

Eso es algo considerable y maravilloso pues tenemos la intuición de que por la investidura sacramental continuamente renovada y propagada por la sucesión apostólica, somos liberados de todos los límites humanos, pues a través de los Apóstoles y de sus sucesores somos puestos en relación inmediata con la Persona de Jesús. En la palabra de los Apóstoles y de sus sucesores escuchamos en la propia luz de Cristo la luz que se nos comunica en el destello de la fe. Entre Jesús y nosotros no hay intermediario porque el sacramento no pone velo. Para la fe, el sacramento es signo diáfano que nos une de inmediato con la Persona de Jesús.

Esto va tan lejos que ni estamos ligados en modo alguno a la manera como entienden el mensaje los mismos que lo proponen. Es una situación análoga a la que experimentan cada día cuando participan en la liturgia eucarística. No dudan ni un instante que el sacerdote no celebra en razón de sus dones particulares, de sus talentos, de su personalidad única, que está en el altar solo por haber sido “ordenado”, es decir identificado sacramentalmente con la Persona de Jesús. Es por ser sacerdote y no por ser él, y justamente porque no es él, por ser puro sacramento, por eso únicamente es que su acción es eficaz. Cuando reciben de sus manos la santa comunión, saben que no están ligados a sus humores. Cualesquiera que sean su fervor o su indignidad, de todos modos él actúa en nombre de la Iglesia, en el seno de la comunidad, y es evidente que el sacerdote pierde todo poder si actúa fuera de la Iglesia y contra la comunidad. La idea de consagrar vino en un bar, como en la película El renegado, es absurda: una consagración de ese género es a priori inválida, justamente porque el sacerdote no puede disponer del poder de consagrar. Fue ordenado para la comunidad, en la comunidad y, en cierto modo, por la comunidad, para perpetuar el memorial del Señor. Pero eso no es propiedad suya, no es un monopolio del que podría disponer. Solo realiza la divina liturgia en un estado de sacramento y por ende, en estado de absoluta renuncia.

Y como no se sienten ligados a los humores, al fervor o a la falta de fervor, a la dignidad o la indignidad del sacerdote, a condición de que celebre como sacerdote de la Iglesia, en la Iglesia y para ella, tampoco están ligados a la comprensión que el papa y los Padres del Concilio puedan tener del mensaje que proponen, pues solo están realizando un ministerio sacramental. Como obispos o papa, son siempre y seguramente sacramentos. La renuncia fundamental a que están obligados es la garantía de que no pueden mezclarle nada de ellos al mensaje que proponen, y eso nos exonera perfectamente, nos libera totalmente de su manera de comprenderlo.

Así como puede comulgar con mucho más fervor que el sacerdote que le da la comunión, una mujer analfabeta puede escuchar y comprender el mensaje del Concilio o la decisión pontificia mucho más profundamente que el papa y los obispos mismos, si su santidad es mayor que la de ellos.

Vemos además que la historia de los Concilios presenta a veces defectos humanos que la fe es absolutamente incapaz de ocultar, como esos Concilios del s. V que dieron lugar a ciertos combates contrarios a la caridad cristiana. Sin embargo de esos Concilios salieron profundas definiciones de la fe que clarificaron el testimonio apostólico reformulándolo con admirable precisión en una lengua diferente y mucho mejor adaptada a las exigencias de la vida mística.

Si no tuviéramos las definiciones de Calcedonia, que dieron lugar a tantas batallas y discusiones, es claro que no podríamos leer el Nuevo Testamento con la misma plenitud que tenemos, pues por haber declarado las dos naturalezas perfectamente inconfundibles, cada una de las cuales conserva sus propiedades, coloca la figura de Jesús inmediatamente en su plena realidad humana. Eso nos impide ver en Dios un ser fantástico haciendo una mezcla incomprensible de la divinidad y la humanidad. Puede que los Padres que lucharon en este campo (y que hasta amenazaban a veces con asesinar para no dividir a Cristo, como decían los anti-calcedonianos), no entendieran entonces la importancia de los trabajos que realizaban. ¡Poco importa! El Espíritu Santo actuaba y las almas de buena voluntad no tenían sino que cerrar los ojos sobre todas las falencias humanas a las cuales no estaban ligadas para encontrar la pura luz de Cristo.

Ese es el sentido mismo de la infalibilidad pontificia. Es la proclamación más perfecta de la renuncia del hombre. Es sorprendente que los cortesanos de Pío IX, bajo cuyo reino fue definida la infalibilidad pontificia, en el momento en que se derrumbaba su poder temporal además, hayan creído halagar al papa dándole el homenaje de la infalibilidad o la definición de ésta. Significaba precisamente lo contrario de un homenaje: era la afirmación de una renuncia total. Quería decir: “Usted no cuenta; Usted no tiene nada que ver con nuestra fe. Lo que Usted comprende de los misterios no nos importa. Usted es un fiel como los demás en lo que respecta su vida personal – como lo es todo sacerdote en su vida personal – pues su poder es una renuncia que hace de Usted simplemente el sacramento de la unidad en una fe que es universal y proporciona a todos los hombres como el alimento mismo de su vida mística”.

En la medida en que el misterio de la Iglesia es percibido de esta manera, en que todos los miembros de la Iglesia – obispos, sacerdotes, bautizados, confirmados, esposos cuyo matrimonio mismo es misión – son vistos así, las dificultades de considerar al hombre que propone el mensaje como pantalla entre Cristo y nosotros desaparecen completamente. Ya no hay pantalla pues el hombre no puede disponer del depósito. Para proponerlo es asistido de manera infalible. No puede alterarlo en modo alguno y no dependemos de ninguna forma de la comprensión que pueda tener del mensaje.

Aunque su mensaje es en verdad el de la Iglesia, es decir el de Jesús, él mismo solo puede escucharlo por la fe y el amor, como todo el mundo. Como cada uno de los fieles, solo crece en la inteligencia del mensaje y no podría imponer a nadie la etapa a que él mismo ha llegado en la comprensión del misterio divino.

En el tan patético debate del ecumenismo, sería evidentemente de la mayor importancia elaborar una teología de la “dimisión”. Si la Iglesia solo puede cumplir su misión en una dimisión, no se trata de saber si una parte le gana a la otra, si uno solo domina al otro, sino si todos somos despojados de nosotros mismos hasta la raíz del ser para ser revestidos de Jesucristo.

Habría pues que eliminar radicalmente la palabra “primacía en los debates tan delicados al que los hombres aportan una buena voluntad creciente. Es evidente que aunque estamos todavía muy lejos de llegar al fin, hay un progreso enorme porque se ha desarrollado una caridad intensa bajo la égida del admirable Juan XXIII en una fraternización muy auténtica. Los cristianos divididos tratan de entenderse, de comprenderse, de traducir cada uno en su lenguaje el lenguaje de los demás para asimilarlo mejor. Ya es mucho que una barrera psicológica haya sido derrumbada definitivamente, como se puede pensar.

Pero si el católico se instala en sus posiciones, si espera que los demás se acerquen, si piensa guardar el monopolio de la verdad, si cree que no tiene nada qué reformar, si piensa que sus fórmulas son perfectas y no pueden ser traducidas en un lenguaje nuevo, adaptado a la mente de nuestro tiempo, sobre todo si maneja con imprudencia las palabras infalibilidad y primacía, arriesga, contra sus mejores intenciones, alejar definitivamente a los demás.

Si respetamos a los cristianos que no están unidos explícitamente a la Sede de Pedro, si comprendemos a precio de qué martirio han a menudo perseverado en su fe – pienso en los coptos que, desde la Hégira, desde el siglo VII, han conservado su amor y fidelidad a Cristo viviendo bajo un poder extranjero y no cristiano, en un aislamiento en que nada podía llegarles del resto de la cristiandad y sin embargo continuaron orando al Señor, tatuando puños con la cruz, afirmándose explícitamente como cristianos, ayunando con fervor en honor de la Virgen – si pensamos en todo esto, no podemos dejar de concluir que la separación de esos cristianos es un accidente del que no son responsables.

Esto vale para todos los ortodoxos. También para los protestantes que fueron separados de la Sede de Pedro por causa de sus príncipes y no de su fe.

No podemos pues desconocer que el testimonio cristiano de almas ardientes que viven ciertamente de la vida del Señor, exige el mayor respeto y es necesario ir a su encuentro bajando las barreras de un lenguaje inútil que arriesga falsear para los católicos mismos el sentido de la Iglesia.

La función de Pedro debería aparecer inmediatamente en la Iglesia como servicio de unidad, como sacramento de unidad en una renuncia total y absoluta. Para tomar la afirmación que tiene más oposición: si lleváramos la infalibilidad pontificia a la identificación que emana del mismo Jesús “Yo soy Jesús a quien tú persigues”, si comprendiéramos que hoy como ayer la Iglesia solo puede ser Jesús y que si es Jesús ella nos da necesariamente y sin adulteración la Palabra, la Palabra que es vida, luz e inmortalidad, no nos escandalizaría la afirmación de la infalibilidad que reviste la función de Pedro, ni tampoco la autoridad colegial del episcopado.

Al contrario, lo que parecería escandaloso sería que haya hombres que se interponen entre Jesús y nosotros, que nos aten a sus propias interpretaciones y nos limiten el mensaje a su propia medida. Evidentemente, solo podemos recibir el mensaje con conciencia liberada si quienes nos lo proponen no cuentan, se eclipsan totalmente en la Persona de Jesús y su misión corresponde totalmente a una dimisión.

Esto es lo que me hace decir que nunca somos más libres y en ninguna parte más libres que en la Iglesia, precisamente porque nunca estamos sometidos a una autoridad humana ni jamás dependemos de los límites humanos. Si estamos heridos es porque la fe no ha ido a la profundidad suficiente para alcanzar la identidad original: “Yo soy Jesús a quien tú persigues.

Esta situación tiene como consecuencia – ¡y es muy importante! – que el Credo lo comprende cada uno al nivel mismo de su fe y de su amor. Aunque hay convergencia de los fieles en una afirmación común, convergencia de miradas hacia la Persona del Señor, las mismas palabras no tienen el mismo significado para todos. Van desde luego en la misma dirección, pero cada uno las entiende al nivel de su vida interior. Por eso no hay límite para la comprensión del mensaje y nosotros estamos invitados a progresar sin cesar en la luz para liberar el Evangelio de todo lo que podemos mezclarle de nosotros mismos pues con las palabras más perfectas, con las fórmulas que coinciden mejor con la pobreza de Cristo, el que las emplea sigue arriesgando torcerlas en su dirección. El fiel debe pues volver continuamente a la luz y al diálogo de su fe, que es un diálogo emprendido con el Señor mismo, sin ninguna interposición de presencia humana.

Para alejar todo obstáculo, puede parecernos deseable no exagerar la afirmación del vicariato de Cristo en la persona del papa. Un papa al que le faltaba singularmente humor se hacía llamar “Vice-Dios”. Eso es algo chocante y es evidente que un título como el de Vicario de Cristo arriesga introducir enormes confusiones no solo por parte de quienes lo miran del exterior sino también de los católicos, los obispos y hasta del papa mismo, pues finalmente, arriesgamos hacer del papa un ser solitario que tiene por función mandar en toda la Iglesia, que la contiene toda entera en su persona, que puede identificarla consigo mismo y que, en esa soledad quintaesencial se expone a perder todo contacto con el pueblo cristiano.

No se trata de oponerse al término Vicario de Cristo: el papa es en verdad el Vicario de Cristo en el orden sacerdotal. Es Vicario de Cristo como sacramento de la unidad y ese vicariato es absolutamente necesario, pues continúa y explicita magníficamente la identificación establecida por el Señor Jesús mismo en la visión de Damasco. Pero no hay que olvidar que todo hombre es vicario de Cristo. Nuestro Señor lo declaró con fuerza cuando dijo: “Tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo, estaba preso… Todo lo que hicisteis, a mí me lo hicisteis”. No es posible decir de modo más formal que en toda humanidad Cristo está presente. A través de cada hombre es como estamos llamados a comulgar con su Presencia.

Entonces, si mantenemos el vicariato pontifical con respeto y amor, es para exponernos a la luz de ese sacramento de la unidad, pero sin limitar el vicariato de Cristo a una sola persona. Queremos extenderlo a toda la humanidad y venerar a Cristo en todos los hombres, cada uno según su función, porque es el mismo Cristo que nos aparece bajo diferentes rasgos y que nos pide el mismo respeto y la misma gratitud.

En cuanto al papa, parece que ciertas modificaciones del protocolo serían extremadamente deseables para no hacer depender todo de un solo hombre mantenido en su soledad, puesto en escena, continuamente incensado hasta arriesgar no consultarse sino a sí mismo y olvidar que es un hombre. Juan XXIII no lo olvidó además y ha podido maravillosamente ser un hombre entre los demás. Sin duda, por su investidura y su calidad de sacramento, el papa será siempre preservado de abusos que podrían poner en peligro la vida de la Iglesia; pero considerando las cosas en general, su apostolado sería infinitamente más fecundo si el vicariato de Cristo conservara su sentido místico, el cual puede extenderse a toda la humanidad ya que todos los hombres tienen la misma misión y la ejercen en funciones diferentes. Todos los miembros de la Iglesia tienen la misma misión, es decir que deben ser Cristo para cristificar los demás y si no tienen la misma función que el papa, no por eso están menos encargados como el papa de la salvación de todos los hombres.

Si todos nuestros hermanos y amigos ortodoxos, protestantes, judíos y hasta musulmanes, budistas y sintoístas pudieran escuchar este mensaje en forma arrodillada, si pudieran realmente constatar y sentir que todos estamos en estado de dimisión, ¡qué sencillo sería el problema de la unidad y qué cerca estaría su solución!

Por otra parte, esto nos lleva a concluir que, puesto que el vicariato de Cristo se extiende a todos los hombres, cada uno de nosotros es vicario de Cristo, encargado de toda la Iglesia, y no podemos ser cristianos sino estando a la vez en estado de misión y en estado de dimisión. El cristianismo no es un monopolio para nosotros. No es europeo. No es de raza blanca. Se dirige a todos los hombres y es una gracia recibida por unos y ofrecida a todos los demás.

Toda gracia es misión y desde el bautismo estamos en estado de misión, de la mañana a la tarde y de la tarde a la mañana. Ese es el sentido de la palabra apostólico, es decir enviado. Dondequiera que estemos, haciendo lo que sea, todos somos siempre enviados. Debemos ser levadura en la masa para hacer fermentar la humanidad en el sentido de su liberación divina.

Solo podemos ejercer nuestra misión en estado de dimisión. La humanidad cristiana no es otra cosa que el eclipse consustancial al amor. No podemos amar inflándonos. Solo se puede amar haciendo el vacío en sí mismo para acoger al ser amado en un espacio respirable. Por eso la humildad cristiana está unida a la misión cristiana, justamente porque jamás estamos ahí para nosotros. Desde el bautismo estamos ordenados hacia la Persona de Jesucristo.

Somos un pueblo sacerdotal, como dice san Pedro, un pueblo místico, un pueblo espiritual que no tiene raíces carnales y que debe abrirse a todo el universo. La virtud no es un lujo, un adorno que le pondríamos a nuestra persona. Es la condición de un apostolado que solo puede ser fecundo si Cristo trasparece a través de nosotros. Tenemos pues que tomar hacia los demás la actitud que Cristo tomaría en lugar nuestro. Ahí no hay división. No podemos dedicarnos a prácticas de devoción, sumar a la misa el breviario, el rosario, la visita al Santísimo y pensar: ya hice lo suficiente para el buen Dios, le consagré lo suficiente mi jornada. Eso no tiene sentido pues nunca se puede cerrar la taquilla del amor.

Jamás podemos desconocer el rostro de Cristo en cualquier ser humano: los vecinos, los camaradas de trabajo, los parientes y la parentela, simpáticos o no, cada uno tiene derecho riguroso de exigir de nosotros el don inefable que es Cristo mismo, justamente porque la verdad es Alguien, es una Persona, no tiene límites, no puede manifestarse sino a través de la trasparencia de nuestra vida. Si se reduce a palabras, aun perfectas, las palabras herirán el alma ajena, sobre todo si las pronunciamos con un corazón apegado todavía a sus posesiones. Todo límite o resentimiento que podemos conservar en nosotros impedirá la autenticidad del mensaje y formará pantalla entre Cristo y los demás. Tenemos pues que superar nuestros límites por él, para que no lo transformemos en un ídolo y que sus palabras conserven el poder de vida eterna.

Vemos pues que el misterio de la Iglesia nos implica radicalmente. Es el misterio mismo de nuestra vida. Somos la Iglesia, de los pies a la cabeza, y somos enviados día y noche para que Cristo sea el ser vivo con que el hombre de la calle pueda encontrarse a la vuelta del camino.

Si no se puede encontrar a Cristo, si hay que ir a los archivos para encontrar su recuerdo, si hay personas para quienes él permanece desconocido para siempre y que permanecerán en la indiferencia, pidiendo ayuda en vano y sin poder jamás encontrar ese rostro que sería para ellas la fuente de vida.

Cada uno de nosotros ha podido encontrar hombres que no tienen la fe explícita que nosotros tenemos, que quizá la contradicen y hasta la combaten, hombres de una revelación no cristiana o que prescinden de toda revelación, y constatar que tales hombres, apoyados en la rectitud de su conciencia pueden a veces dar un sonido auténticamente cristiano y tener una actitud admirablemente edificante.

Ustedes han podido ser iluminados, reconfortados por la presencia de seres que no comparten explícitamente su fe. ¿Cómo quieren que tales seres – y existen incontestablemente muchos – cómo quieren que esos seres lleguen al cristianismo simplemente para cambiar de fórmula, para tomar otra fórmula que la que aprendieron o simplemente forjaron ellos mismos, si el cristianismo no les aparece a través de nosotros inmediatamente como libre de toda fórmula, como ilimitado en su mensaje, en fin, como un rostro, como una persona, como un corazón abierto a todos y a todo y que da amplitud inmensa a la vida y le confiere toda su grandeza, toda su nobleza y toda su belleza?

Cuando quienes no están explícitamente unidos a la Iglesia se reconozcan en su casa en ella a través de nosotros ya no habrá problema. Se unirán a Cristo porque lo reconocerán. Ya vivían de él, y reconocerlo explícitamente será vencer los límites que podían aún afectarlos. La única misión, el único apostolado fecundo que es literalmente católico y que manifiesta a Dios en el Verbo encarnado cuya existencia se prolonga en el misterio de la Iglesia.

No es posible vacilar. En esta dirección es donde se debe buscar la identificación entre la Iglesia y Jesús. La Iglesia solo puede interesarnos, apasionarnos, requerir todas nuestras energías justamente en la medida en que realiza esa plenitud que revela al mismo tiempo la ternura de Dios y la grandeza del hombre. Enviados como los Apóstoles, debemos ser católicos como ellos, es decir universales, y eso conlleva en nosotros una exigencia de despojamiento que enraíza nuestra vida en un misterio de pobreza que aclara todo el misterio de la Iglesia así como aclara el misterio de Jesús pues tiene su fuente en el misterio de la Santísima Trinidad.

 

 (*) TRCUSLibro «  Emerveillement et pauvreté » (Admiración y Pobreza)

 Retiro para oblatas benedictinas ; Prefacio de Gabriel Isperian.

 Edit. Saint-Augustin, abril 2009, 260 págs.

 ISBN : 2-88011-458-6

 También existe en formato digital.

 

 

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