Homilía de Mauricio Zúndel en un retiro en Bourdigny (cerca de Ginebra) en 1938.

Freud dio importancia a la libido. Estableció que en el plano individual, la sensibilidad tenía principalmente un papel sexual, pero nosotros sabemos bien que puede tener igualmente un polo espiritual: todo depende de la medida en que el ser es prisionero del individuo o está liberado de él.

Aunque la sensibilidad es totalmente interior a la persona, aunque esté liberada del individuo y espiritualizada, es verdad que su objeto connatural, su manifestación sensible, es lo espiritual encarnado en el arte, la ciencia, el amor y la santidad humana.

Parece que en la simpatía hay siempre cierta correspondencia, una armonía de todo nuestro ser con el de otra persona. En esto puede haber inicios de espiritual. Si la simpatía permanece en el nivel individual y si el hombre cede, resulta un impulso fatal de todo el ser, sin el control del espíritu, que en ciertas circunstancias dará lugar al estado de “enamoramiento”. Pero naturalmente, como en la simpatía el individuo no es jamás puro individuo, los elementos personales pueden siempre intervenir en grados innumerables en la armonía, para asumir todas las vibraciones individuales hasta el plano de la caridad.

La caridad es una de las palabras más deterioradas por nuestro materialismo religioso. La oponemos continuamente a la simpatía. En el lenguaje ordinario, significa soportar a los que no queremos, mantener una bondad exterior, lo cual nos permite sentirnos “como se debe”. Eso es completamente monstruoso. No hay en eso punto común con la caridad real que supone el supremo desarrollo de la vida del Espíritu. Es verdad que simpatía y antipatía son espontáneas. Puede ser peligroso y hasta inmoral simular un impulso que no sentimos y que a la larga no podríamos mantener.

¿La simpatía es un dato inmóvil, experimentado una vez por todas? Absolutamente no. En la misma medida en que la simpatía implica al individuo, es algo fatal, que puede surgir o desaparecer en un momento dado. La atracción puede pasar. En la medida en que la simpatía está enraizada en la persona, puede crecer con el espíritu.

Pero las noches del espíritu existen. El más alto amor, el más puro, puede conocer esas noches, lo mismo que el amor hacia Dios. El alma tiene su misterio. Un ser puede necesitar soledad: en ciertos momentos, el alma no puede estar sola con Dios, no puede soportar presencia humana, ni siquiera de seres muy queridos. Puede que ellos no entiendan esa necesidad de soledad y reclamen la presencia sensible del ser amado.

Solo en Dios puede asegurarse la permanencia del amor. El amor solo puede ser él mismo, adquirir toda su nobleza, su duración eterna, ser nuevo cada mañana si es diálogo de tres, en que el otro es silencioso e invisible pero siendo el centro, el lazo, toda la vida y toda la fidelidad. El amor absoluto es caridad, es decir Cristo en ti. Ahí está la fuente de un elemento siempre nuevo, la verdadera fuente de juventud del amor. En el nivel de la sensibilidad, un tal amor puede dar nacimiento a una simpatía divina.

Eso no impedirá la permanencia de los determinismos individuales. En ciertos casos habrá siempre una especie de impulso espontáneo, en otros casos, cierta retracción de nuestra sensibilidad, pero tales determinismos se suavizan y ya no tienen la supremacía.

Es absolutamente necesario que logremos, por la gracia de Cristo y a la luz de la fe, encontrar todo el esplendor de la palabra caridad que es el nombre mismo de Dios.

No hay en el mundo nada igual al gozo profundo del encuentro con un alma que, en una mirada de caridad divina descubre de repente su rostro y nos muestra el resplandor del rostro único. Todas nuestras conversaciones podrían tener ese gusto, esa hermosura si, en vez de rompernos la cabeza contra muros buscando a Dios donde no está, lo buscáramos donde nos está esperando, donde tiene necesidad de nosotros. La caridad es Cristo en ti, Cristo eres tú.

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