Homilía de Mauricio Zúndel en Roma en la Fiesta de los Santos Felipe y Santiago. Sábado 1 de mayo de 1926. Inédita.

Muy queridos hermanos y hermanas,

Todos tenemos defectos, pero no todos los mismos. Todos tenemos una carga de pecados. Pero no todos la misma.

¿Cómo? No se necesitó menos que la Sangre de Jesús para devolvernos la esperanza y abrirnos el Cielo y ¿nos asombraría ser culpables de algo, y nos escandalizaría descubrir en los hermanos la sombra de la misma nada a que nos inclina nuestra debilidad cada día?

¿Para qué existimos sino precisamente para darnos lo que nos falta a cada uno?

Entonces, les ruego que se ayuden mutuamente y formen en sí mismos almas, el monasterio invisible de la santa caridad para que Jesús sea cantado en la unanimidad de sus pensamientos y en la sinfonía de su Amor.

Recuerden el manto de Jafet y que la más delicada limosna es cerrar los ojos a las debilidades de los demás, y alejarse marchando hacia atrás para no ver su humillación (Gen. 9:20-24)

Mi deseo es que la alegría de la naturaleza esté en sus corazones y que la gracia de la Virgen se derrame en sus labios.

Florete, Flores. Flores, floreced como el lirio y dad vuestro perfume.

Extended graciosas vuestras ramas

Cantad el Cántico de alabanza

Y bendecid al Señor en sus Obras. (Sir. 39:13)

Hno. Benedicto

Nota: Inicialmente, Mauricio Zúndel firmaba sus escritos como terciario benedictino, llamándose entonces Hermano Benedicto.

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