Extracto de la conferencia Misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús, de Mauricio Zúndel en Ghazir, Líbano, en 1959. Publicada en Silence Parole de vie (Silencio, palabra de vida). Ed. Anne Sigier, 2001. p. 112. (Ya publicada en este sitio, el 27/10/2006.)

“Si queremos vivir el misterio de la resurrección, hacer de nuestra vida entera una victoria sobre la muerte, para afirmar la plenitud de la vida en Jesús, debemos hacer oración, oración por los demás: oración por vuestros enfermos, por vuestros servidores, por los niños que les han sido confiados, orar unas por otras, porque justamente todo lo que tenemos que hacer es suscitar, hacer nacer, revelar comunicar esa plenitud de vida que brota de la Cruz donde Jesús venció nuestra muerte con la suya.

En cada uno, como Francisco lo sabía cuando besó al leproso, en cada uno, sea cual fuere el color de su piel, su miseria física y lo feo de su apariencia, en cada uno hay un tesoro escondido, el tesoro que es todo el Reino de Dios, el tesoro conquistado por la sangre del Señor, el tesoro infinito que es todo el Reino de Dios, y eso es lo que debemos salvar, lo que debemos despertar, lo que debemos suscitar, lo que debemos engendrar.

Y por eso en nosotros, finalmente, la vida resucitada, la vida de Cristo vencedor de la muerte, debe expresarse en la maternidad del alma para con de toda alma de que nos habla Jesús diciendo: “El que hace la voluntad de mi Padre, ¡ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre!(Mat. 12:50 ; Marc 3:35 ; Luc 8:21)

Es mi madre, ¡es mi madre!

Eso es lo que hay que escuchar: es mi madre.

Eso es ser cristiano, es ser madre de Cristo, darle cuna nueva en nuestro corazón suscitando la vida en el alma de los demás.

¿Vamos a escuchar ese ángelus que se nos dirige? A nosotros se dirige esta palabra: “El que hace la voluntad de mi Padre, ese es mi madre, ¡es mi madre!” ¡Qué alegría, qué temblor, qué felicidad! Eso es el cristianismo: entrar en la vocación de María, y, como ella, hacerse cuna viviente de Jesús. Ese es el misterio de Navidad que se une al misterio de Pascua, la Navidad eterna en la resurrección eterna, la Navidad que hemos de llegar a ser llevando la vida, orando por los demás, visitando en cada uno a la Santísima Trinidad cuyo santuario es toda alma, y tratando de dominar el cansancio, los humores, las antipatías, los resentimientos, tratando de vencer en nosotros las fuerzas de la naturaleza, tratando de vencer los elementos del mundo, de vencer la muerte, para que Jesús aparezca verdaderamente, a través de nuestro rostro y de toda nuestra vida como el “Archegos tes zoes”, el “Príncipe de la Vida” (Hechos 3:15).

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